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Trova y caballería

Por Taíd Rodríguez
Julio de 2016

No es fácil tratar de contar en pocas palabras, o en pocos renglones en este caso, todo lo que a mi parecer, para la Edad Media y por tanto para el mundo actual, supusieron los trovadores. Pero sí se puede hacer un intento de sintetizar la transformación tan radical que introdujeron en el mundo en que vivían. De alguna manera lograron el éxito allí donde muchos de nosotros parecemos fracasar: conseguir transformaciones económicas, sociales y culturales palpables en relativamente poco tiempo y sin ejercer ningún tipo de violencia. Antes al contrario, llevaron a cabo todas estas transformaciones a través de cosas como la poesía, la palabra o la música. Visto desde la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, este logro y la manera de conseguirlo resultan tener un mérito impresionante. La historia tiene estas cosas, lo mismo te muestra ejemplos nefastos que conviene evitar a toda costa (y en los que, sin embargo, parecemos caer como polillas atraídas por la luz – véase el nacionalismo o las actitudes sectarias-), que te provee de ejemplos fascinantes que, sin embargo, nos resistimos a incluir en los planes de estudio de las escuelas.

Los trovadores, que según lo que sabemos nacieron en el Languedoc hacia el año mil, cambiaron con sus mensajes y con sus nuevas formas de transmisión la faz de la Edad Media, iniciando el cambio que, en poco más de tres o cuatro generaciones, habría de llevarla a su plenitud. El período conocido como Plena Edad Media, culturalmente hablando, se caracteriza precisamente por la omnipresencia de los temas introducidos por ellos, y singularmente por la idea de Nuestra Dama, que parece dominar los siglos xii y xiii de principio a fin, a la que hay que unir la noción de Amor Cortés, su estrechísima relación con las Leyes de Caballería y su característica concepción de la Nobleza.

Sin embargo, esta profunda impregnación de los mensajes de los trovadores y de sus formas de transmisión se nos suelen pasar por alto. Por ejemplo, cuando al hablar del esplendor de la Edad Media nos referimos a las catedrales como ejemplo paradigmático, no solemos caer en la cuenta de que todas ellas están dedicadas a Nuestra Dama (o a Nuestra Señora), y por lo tanto a dignificar y difundir el ideal introducido por los trovadores occitanos. Cuando al referirnos a ese mismo esplendor ponemos como ejemplo las cortes medievales, con sus coloridos estandartes, la enorme variedad de vestidos, peinados, joyas y adornos, los caballeros con sus brillantes armaduras y sus ricas espadas, los torneos con sus heraldos, etc…, no solemos caer en la cuenta de que detrás de todo ello subyace siempre el ideal de servicio a la dama. No habría torneo medieval sin dama por cuya insignia combatir. Cuando, ante un tapiz medieval, ante una bella vidriera, o ante una de las muchas tallas en madera o en piedra que han llegado hasta nosotros nos maravillamos de su extraño simbolismo y de su exquisita ejecución, no solemos caer en la cuenta de que sus protagonistas suelen ser casi siempre personajes femeninos, o bien estar tratados con una sinuosidad y una delicadeza marcadamente femeninas.

Como podemos ver, los trovadores occitanos generaron a su alrededor un movimiento estético de grandes proporciones y de un gran alcance temporal y geográfico. Pero lo más importante es que esta estética se desarrolló tomando como punto de referencia un determinado tipo de comportamiento ético. La estética de la Edad Media en el momento de su apogeo es el reflejo del triunfo del ideal del caballero y su dama.

La nobleza vinculada al mérito

Pero, ¿nació este ideal en la Edad Media? La verdad es que no ha habido muchos medievalistas que se hayan dedicado a rastrear el origen de este modelo ético, básicamente porque su origen medieval se ha dado por hecho. A pesar de ello, sí se sabe, por los estudios realizados sobre otras épocas, que probablemente ya existía de forma muy parecida tanto en las sociedades iberas como en las sociedades celtas, como en aquellas otras que resultaron del encuentro entre ambas.

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La gran diosa y un jinete, Rusia, culture Pazyrik, siglo V-VI aC. Museo del Hermitage, San Petersburgo. (wikimedia.org)

Las leyendas de los osetas y de los escitas estudiadas por Dumezil en relación con lo “indoeuropeo”, más antiguas aún, abundan también en narraciones sobre caballeros y princesas, y es muy posible que en el orden social indoeuropeo (sea lo que sea lo que se quiera denotar con este controvertido vocablo) el caballero tuviese un lugar destacado por derecho propio, como lo tuvo entre los arios de la India. Desde luego, en la arqueología ibera el caballo y el caballero tienen una presencia singular.

Sabemos que los iberos combatían a caballo, a menudo montando un caballero y un infante sobre una misma montura, tal y como los veremos después en los sellos de algunas órdenes de caballería como la de los templarios. Y junto a las representaciones de caballos y caballeros en la iconografía ibera también destacan, precisamente, las grandes “damas”, significando casi con total seguridad un ideal femenino rector dentro de las distintas sociedades iberas.

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Guerrero de Moixent (Valencia), figurilla de bronce ibérica fechada alrededor del año 400 aC. (wikimedia.org)

Nuestra tesis es que la caballería-trova occitana podría haber sido el resultado de un intento de revivificación de este binomio celtíbero (que se convierte en trinomio si tenemos en cuenta que en el mundo ibero el caballo, muchas veces, era representado por sí solo), socavado por un lado por la dominación romana, con sus reclutamientos forzosos en un contexto de guerra casi continua y con la fuerte profesionalización de su ejército, ajeno a todo ideal, en especial a todo ideal femenino, y por otro por el ideal germano de “nobleza de sangre”. En el primer caso tenemos constancia, a través de varios testimonios de la época, de la sorpresa de las jefaturas iberas ante el incumplimiento sistemático de la palabra dada por los generales romanos, lo cual destacan esas mismas fuentes como ejemplo de un carácter mucho más general de los romanos, que parecen no mostrar respeto por nada ni por nadie, que parecen no tener consciencia de lo sagrado, ni de lo que esto pueda llegar a ser, y que se consideran “libres” para servirse sistemáticamente del engaño y de la buena fe de sus enemigos para someterlos [1].

El comportamiento ético vinculado al ideal del caballero celta, celtíbero, ario o indoario (como queramos llamarlo) se vería desplazado entonces por la apabullante realidad de los ejércitos mercenarios romanos, mezcla heterogénea de todo tipo de etnias y condiciones sociales, donde lo único que se tiene en común, además del jefe, es el salario y la disciplina: aceptas un pago por tus servicios y tu ideal ético se somete entonces al de tu pagador. El acceso a la nobilitas (el formar parte del patriciado o patriarcado romano, que inicialmente se transmitía por sangre como entre los germanos) se lleva a cabo fundamentalmente por compra, y en casos extremos por compra y por fuerza.

Tras la caída del imperio romano en occidente, un cierto ideal de nobleza en el comportamiento del caballero y del guerrero serían reintroducidos por las tribus germanas, pero su reconocimiento social sería de muy corto alcance: seguía muy arraigada entre ellos la concepción de una “nobleza de sangre”, el acceso a la cual, como su nombre indica, vendría impuesto básicamente por el nacimiento. Nadie que no perteneciese a alguno de los antiguos linajes regios, por ejemplos los Amalos entre los ostrogodos, podía ser considerado noble. Por muy valiente, leal o inteligente que hubiera sido su comportamiento en la guerra, por muy sabios que pudieran ser sus consejos, un hombre nunca entraría en el círculo de la nobleza exclusivamente por sus méritos. Tenía que esperar a que, gracias a ellos, el jefe decidiera casarlo con una de sus hijas, o bien adoptarle.

En ambos casos, tanto entre los romanos como entre los germanos, la falta de vías para el reconocimiento de los méritos de las castas “más bajas” podría relacionarse quizás con la constante inestabilidad política y social que caracterizó a ambas sociedades. Frente a ello, la Plena Edad Media que veremos, se caracterizó por una inestabilidad política igual de constante, pero por una estabilidad social infinitamente mayor. En buena medida debido a que el reconocimiento del mérito de una persona por parte del segmento privilegiado de la sociedad, hacía que dicho mérito estuviese por encima de su condición económica, social, étnica, o religiosa. Esto es bien visible en nuestro país, donde durante el reinado de Alfonso x la ética del ideal caballeresco y del servicio a la dama primaba sobre otras consideraciones, y esto fue seguido de una estabilidad social sin precedentes (aunque, como decimos, de una inestabilidad política similar a la de épocas anteriores), cuyo resultado fue un florecimiento cultural nacido precisamente del intercambio de saberes entre entidades sociales diferentes y anteriormente segregadas. Esta misma situación ya se había dado antes aún en el Languedoc: el mérito de la persona primaba sobre su condición religiosa, y así pudieron convivir en perfecta armonía albigenses y cristianos católicos.

 

El valor de un caballero

El decaimiento de muchas de las principales vías de comunicación durante el final de la época romana, la presión de los impuestos en las ciudades, la creación de las consiguientes estructuras rurales autárquicas donde se refugiaban quienes huían de la voraz hacienda romana, y el semiabandono de la mayoría de las ciudades (sobre todo del interior), generó grandes vacíos de poder, grandes espacios libres donde las antiguas tradiciones iberas, celtas y celtíberas, que seguían manteniendo vivas si no todas sí muchas de sus tradiciones, debieron encontrarse con campo abierto para reorganizarse de nuevo. El Languedoc fue, sin duda, una de estas regiones. Situada a los pies de los Pirineos, en una región montañosa surcada por profundos valles, como el formado por el río Ariège, en ella hallaron refugio las tradiciones y las leyendas iberas y celtíberas que hacían del rey Bébrix y de su hija Pirene los reyes legendarios del país.

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El castillo cátaro de Puivert (Ariège) albergó las cortes de amor que se desarrollaron durante la Edad Media en Occitania. (http://vivrevouivre.over-blog.com/)

Aquí debieron refugiarse los últimos druidas y bardos y aquí debieron nacer también los primeros caballeros trovadores. Los amores de Hércules y Pirene debieron dar paso a los amores de Arturo y Ginebra; el caldero mágico de Lug debió dar paso a la búsqueda del famoso Grial. Aquí nacen los cuentos del Grial, aquí se desarrolla el mítico personaje de Perceval, arquetipo del caballero que gana su nobleza a partir del más humilde de los orígenes, a base de tomar para sí la defensa en justicia de las damas ultrajadas por caballeros de dudosa o nula moral, como Keu [2].

Pero, ¿qué valoraban exactamente las narraciones clásicas de Wolfram von Es­chenbach o de Chrétien de Troyes? ¿Qué aspectos del comportamiento ético del ca­ballero realzan las composiciones poéticas de los trovadores occitanos?

Valoran y elevan por encima de todo la capacidad de Amar, de entender qué es el Amor y de comportarse conforme a sus reglas. Entre estas reglas destaca una: el Amor no es nunca hacia uno mismo, o hacia su rey o hacia sus familiares y amigos, el Amor tiene que tener siempre como primer y único objeto a la Dama.

Aquí hay que hacer un pequeño inciso para aclarar que prácticamente todo lo que se conoce sobre los trovadores y sobre las cortes occitanas, es decir, sobre el Amor Cortés, deriva en buena medida de unos pocos cientos de documentos que contienen sus canciones y las vidas de los más destacados trovadores. Estos documentos son a menudo compilaciones tardías o copias de copias, por lo que la base documental está lejos de ser todo lo amplia que sería deseable. Se conoce también a través de los romans, o novelas, de Chrétien de Troyes y de otros, que popularizaron los cuentos y leyendas occitanas, pero debemos tener en cuenta que la práctica totalidad del material de la trova occitana se perdió, seguramente coincidiendo con la entrada en el Languedoc de los ejércitos del Papa primero y de los Tribunales de la Inquisición después. A este respecto hay que hacer notar que ni los principales especialistas ni los manuales consultados establecen un vínculo entre catarismo y poesía trovadoresca, a pesar de que el desarrollo de ambos coincida prácticamente en el espacio y en el tiempo.

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(http://iconosmedievales.blogspot.com.es/2015/12/maria-chretien-lancelot-y-la-carreta.html)

En sus composiciones los trovadores occitanos se refieren a ese Amor como Amor fino o Amor puro. Por su parte, los trovadores alemanes se llamaron Minnesänger, donde la palabra Minne se traduce como “amor”. Sin embargo, está clara la relación fonética y formal de Minne con el pronombre posesivo singular femenino, tanto en francés (mienne; “mía”), como en alemán (meine), de donde podríamos traducir algo así como “trova de la (dama) mía”, traducción bas­tante plausible y que, sin em­bargo, tampoco es fácil de encontrar. En occitano, por el contrario, ese mismo pro­nombre parece que se decía de varias formas distintas: ma, mi, mieua, mia [3], ninguna de las cuales concuerda con minne, lo que nos lleva de nuevo a recordar que prácticamente todo lo que conocemos de los trovadores se conoce a través de terceros (de trovadores exiliados, o de trovadores que aprendieron el oficio de éstos, etc…).

Según Ramón Llull, en su Felix, amor “era y es lo que hace unir voluntades diversas a un mismo fin”; y el Amor Puro, que es el que siempre pide una dama a su caballero, es el que hace unir (o acercarse al menos) nuestra voluntad a la de Dios.

Dar a conocer la naturaleza y las formas en que este Amor se manifiesta en el mundo, así como dar a conocer su existencia misma era, casi con seguridad, la meta de los trovadores occitanos, pues este era casi exclusivamente el tema de composiciones. Éstas recibían el nombre de “trobas” (así, con b), palabra occitana que deriva de trobar, “encontrar”. Y lo que el trovador quiere encontrar es la manera de expresar el amor que él siente hacia su dama.

Esta búsqueda y sobre todo la expresión de lo encontrado estaban al parecer sometidas a leyes, igual que lo estuvo paralelamente la caballería. De hecho, trovador y caballero, trova y caballería, son dos estancias inseparables: la gran mayoría de los trovadores, por no decir todos, fueron además caballeros. Esto es, que combatían habitualmente a caballo, rompían lanzas contra sus enemigos, quebraban huesos y espadas y estaban bastante habituados al espectáculo de la guerra y la muerte. (Esto hoy en día resulta particularmente difícil de imaginar: ¿cómo pasar de la crueldad de la guerra a la armoniosa cadencia de las rimas consonantes occitanas y sus canciones de Amor a la dama? Tal vez, como aseveran los filósofos, sea cierto que Amor y Guerra tampoco están tan lejos uno del otro. Tal vez nadie mejor que un trovador pueda entender y llevar a cabo el arte de la guerra. Hoy, desde luego, en occidente estamos bastante lejos de eso. Si existe una filosofía de la guerra, es que solo los sectores más desfavorecidos acabarán abocados a servir en ella).

Las leyes de la trova se llamaron, según una tradición recogida a partir del s. xiii, Leys d´Amor. Debían ser leyes transmitidas oralmente desde mucho tiempo atrás. Si una parte de ellas se puso finalmente por escrito fue como medida extraordinaria, para frenar la decadencia de la trova en occitania. Según esta versión escrita, las Leyes de Amor codificaban básicamente los distintos tipos de composiciones y cuáles de entre ellas eran las adecuadas para tratar las distintas formas de amor. También indicaban cómo había de componerse cada una de ellas, qué tipo de rimas utilizar, etc… En este sentido las leyes marcan muy claramente que las trovas habían de hacerse siempre en rima consonante (frente a la rima latina eclesiástica, que es siempre llana) y en la lengua del pueblo (el occitano en este caso).

Parece claro que aunque se trate solo de unas pocas directrices, parecen suficientes para dejarnos entrever que fueron estas leyes las que marcaron qué era valorable en un caballero y qué no, al describir los distintos tipos de amor y cómo debía comportarse el caballero trovador ante ellos.

El crédito en la corte

Irradiando desde las cortes de Tolosa, Foix, Carcasona, Narbona, Béziers, Arlés o Albi, una nueva forma de regular la vida social entre los estratos más altos de la sociedad se fue abriendo paso. Una regulación que se impuso, finalmente, a la fuerza de la costumbre del sistema anteriormente vigente. Sin entrar a derogar el derecho señorial basado en la costumbre, los señores de feudos y de vasallos renunciaban por doquier, sin embargo, a hacerlo efectivo, en favor de alcanzar el ideal caballeresco que triunfaba en la corte. No dejaban estos pequeños y medianos señores de reconocer sus derechos sobre las personas que dependían de ellos, (derecho sobre las primicias de los campesinos dependientes, incluidas las hijas, derecho a organizar acarreos y pedir trabajos personales a los siervos, derechos de pernada, derecho a establecer y juzgar castigos, derecho a imponer y cobrar multas, etc…), pero sí renunciaban, en cambio, a aplicarlos.¡Y como el derecho feudal estaba basado en la costumbre, en poco más de una o dos generaciones los derechos feudales desaparecieron prácticamente en todos los señoríos del Languedoc! (Tal vez sea una forma tosca de expresarlo, pero resulta bastante indicativa de cómo debió realmente pasar).

Ese pequeño señor feudal del Languedoc podía pasar mil penurias, podía no alcanzarle para mantener y vestir un caballo, un escudero, un equipo, pero era considerado “noble” y recibido y tratado como tal en las cortes de Foix o de Carcasona si su estar resultaba cortés, esto es, si había recibido una educación esmerada, si conocía las leyes de la oratoria y de la retórica y las sabía poner en práctica, si conocía las Escrituras y el fundamento teológico de las mismas, si sabía música, si sabía componer versos o expresarse adecuadamente. Todo ello se ponía en práctica durante los frecuentes y agitados debates que tenían lugar en aquellos tiempos. Debates sobre justicia, sobre teología, sobre el orden social, sobre las costumbres y lo adecuado o no de éstas, sobre los puros, sobre los “buenos hombres”, sobre su influencia…

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Codex Manesse

En estos debates y encuentros cortesanos con frecuencia eran las damas quienes arbitraban, quienes conducían y también quienes debatían. Hubo mujeres trovadoras, al parecer, y desde luego hubo mujeres cortesanas cuya opinión pesaba mucho más que la de los más altos consejeros y aún que la de la mayoría de los obispos. Las damas de la corte empezaron a tener un peso específico a la hora de valorar el comportamiento de un caballero. Empezaron a hacer valer su “crédito” en la corte.

Y cuanto mayor era el crédito acumulado del caballero mejor recibido sería (de ahí la costumbre de obligar a los caballeros vencidos a presentarse ante la dama del caballero vencedor). A un caballero de mucho “crédito” todo noble señor del Languedoc querría tenerlo a su servicio, pues el crédito (o la honra) del nombre de aquél aumentaba el de su señor. Y sería éste quien a conti­nuación le ayudaría a vestirse y acudiría a cubrir de la mejor forma posible sus necesidades, otorgándole un feudo más amplio para que pudiera sostenerse dignamente como noble caballero de su corte.

Hay que recalcar que fueron las damas quienes empezaron a otorgar de manera decisiva ese “crédito” en la corte, empezaron a decidir qué señores feudales eran dignos de estar junto a ellas y cuáles no, iniciando un proceso varios siglos anterior, pero muy similar al que estudiara el sociólogo e historiador Norbert Elias en su libro La sociedad cortesana. Aquí, el autor analizaba cómo la competencia entre los nobles por tener acceso a la corte del rey Luis xiv fue aprovechada y alimentada por éste en beneficio del poder real, cambiando por ejemplo sus hábitos de vivir lejos de la corte o haciendo incurrir a esta nobleza en gastos desproporcionados que a menudo acababan forzando su ruina. Luis xiv (o sus consejeros) cambiaban los hábitos de vida y las costumbres de la nobleza francesa sin tocar por ello las leyes, sin ejercer violencia física u obligación alguna. Pero ejerciendo el poder.

Las Leyes de Amor y los caballeros trovadores que las transmitían y las conservaban transformaron por completo la Edad Media otorgando poder a la dama, en su doble sentido de ideal y de ideal encarnado por una mujer. Pero ese poder tenía su fuente en unas Leyes de Amor. En la época de Luis xiv, por el contrario, ese poder transformador no dimanaba del mero empleo de la fuerza bruta sino del correcto manejo, en beneficio de la monarquía, de la envidia, la competencia y la ciega avaricia de la nobleza francesa.

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Portrait de famille

Contraste entre la vestimenta en la época de los trovadores y la de los nobles en la época de Luis XIV.
A la izquierda, Codex Manesse (http://digi.ub.uni-heidelberg.de/diglit/cpg848/0136).
Arriba, Retrato de familia, 1730, Nicolas de Largillière, París, museo del Louvre.
(http://www.aparences.net/periodes/rococo/le-rococo-un-art-du-xviiie-siecle/).

El resultado fue una estética completamente diferente. Si la estética pleno-medieval se caracteriza por la fuerza del símbolo desnudo, la estética del siglo de Luis xiv se caracterizó por la falsedad: se caracterizó por la peluca, el maquillaje y los polvos de talco en los hombres, por el corpiño y los falsos escotes en las mujeres. No cabe comparar dos épocas más distintas, con genios más diametralmente opuestos: Raimond de Miraval en una, el marqués de Sade en la otra.

[1] El famoso guionista de Asterix, Goscinny, supo plasmar muy bien este carácter romano tan tremendamente práctico: en uno de sus álbumes los romanos conquistan Gran Bretaña aprovechando que los ingleses paran todas las tardes a las 17.00 h para tomar el té.

[2] Luego, toda esta materia viaja y tiene su segunda época de esplendor en Gran Bretaña.

[3] Raynouard, Lexique Roman, t. i, París, 1838.