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09-12-12 Villamanrique

En las marismas se encuentran las aguas saladas del mar con las dulces de los ríos, las subterráneas con las del rocío, mojando las tierras y los ritos, los recuerdos y los anhelos, las alquimias que inspiran las cuatro esquinas del proyecto Delta de Maya.

En este artículo, que publicamos dividido en cuatro entregas, el Dr. Manuel Bautista Aranda (Director del Complejo Espacial NASA de Robledo de 1964 a 1984 y Director General del INTA de 1984 a 1988) nos muestra cómo la ciencia se acerca ya a la consideración de algunas de las propiedades del agua, misteriosas y hasta hoy inexplicables desde el enfoque del conocimiento racional, pero recogidas desde tiempo inmemorial por leyendas y saberes vinculados a paradigmas diferentes, acaso más universales.

Este es el tercer capítulo.

Sobre el agua y sus misterios (3)

Manuel Bautista Aranda
Marzo 2011

¿Tiene memoria el agua?

En 1988 el investigador francés Jacques Benveniste, junto con otros 12 colaboradores, publicó en la prestigiosa revista Nature un artículo, cuyo título traducido es Desgranulación de basófilos humanos activada por un antisuero contra IgE muy diluido. Para cualquier persona no experta en el campo de la medicina el tema parece bastante inocente y sin ninguna relación con que el agua pueda o no pueda tener memoria. Pero su contenido era realmente revolucionario y desencadenó una gran polémica, que al final tuvo graves consecuencias para el porvenir profesional de Benveniste. Sin entrar en detalles médicos, difíciles de explicar en pocas palabras, el artículo venía a dar indirectamente un respaldo científico a las llamadas diluciones homeopáticas, que son la base de los tratamientos de la medicina homeopática.

Benveniste

Jacques Benveniste

Pero antes de seguir adelante, vamos explicar lo que se entiende por dilución homeopática. Supongamos que partimos de un litro de agua pura en el que se ha disuelto una pequeña cantidad de cierta sustancia (por ejemplo cloruro sódico), que llamaremos el soluto. De este litro tomamos un centilitro, le añadimos agua pura hasta completar un litro y sacudimos enérgicamente la mezcla. La concentración de soluto que hay tras esta operación será la centésima parte (es decir 0,01 o bien 10-2 ) de la que había antes. A partir de la nueva disolución repetimos la operación anterior, tomando también la centésima parte, rellenando con agua pura hasta un litro y sacudiendo de nuevo la mezcla. Tras esta segunda operación la concentración de soluto será la diezmilésima parte de la inicial, es decir, será 0,0001 o bien 10-4. Y cada vez que se repita esta operación se rebaja la concentración del soluto en una centésima parte.

Supongamos que la cantidad inicial de soluto es un mol. Recordemos que un mol de una sustancia cualquiera es una cantidad, medida en gramos, igual a la masa molecular de esa sustancia. Por ejemplo, en el caso del cloruro sódico (NaCl) antes citado, su masa molecular es 58,5 y, por tanto, un mol de cloruro sódico serán justamente 58,5 gramos. La gran importancia que tiene en química esta unidad se debe al hecho de que en un mol de cualquier sustancia hay el mismo número de moléculas, y este número es de 6×1023. Es el llamado número de Avogadro.

Volvamos ahora al razonamiento que queríamos hacer. Si la cantidad inicial de soluto es un mol, tendremos inicialmente 6×1023 moléculas de soluto. Cada vez que hagamos una de las operaciones de dilución antes citadas, el número de moléculas se habrá reducid en cien. Y si el número de operaciones es superior a 12, la concentración del soluto será inferior a 10-24 de la concentración inicial. Lo que significa que probablemente en la última disolución no quede ni una sola molécula del soluto.

Y aquí viene lo sorprendente del caso. Si el soluto es un producto medicinal adecuadamente seleccionado, su acción sobre el organismo se sigue manifestando con diluciones extremadamente pequeñas, e incluso con diluciones en las que, teóricamente, ya no queda en el agua ni una sola molécula de la primitiva medicina. ¿Qué ha sucedido?, ¿cómo es esto posible? Aparentemente las moléculas del soluto han transferido de alguna forma sus propiedades médicas a las moléculas de agua. Lo que significa a su vez, que el agua ha sido capaz de aceptar este tipo de transferencia y de conservarla, es decir, que el agua ha mostrado tener un cierto tipo de memoria.

Hay muchos científicos que se niegan a aceptar estos hechos. Dicen que van contra las leyes físicas y químicas conocidas y que no ven ninguna explicación razonable para ello. Los homeópatas por su parte, aceptan que no saben explicar el porqué; pero aportan el hecho de que la eficacia de las soluciones homeopáticas se viene comprobando en miles y miles de pacientes, y que han acumulando una evidencia experimental abrumadora e indiscutible. Incluso, ante la objeción de que los resultados curativos puedan ser por efecto placebo, por sugestión del paciente, muestran el hecho de que las medicinas homeopáticas son igualmente eficaces en niños pequeños e incluso en animales.

La polémica sobre si el agua puede tener o no algún tipo de memoria se viene arrastrando desde hace muchos años. Un artículo publicado en el año 2003 por el físico suizo Louis Rey en la revista Physica [1] la ha reavivado. El artículo se limita a describir una serie de experimentos sobre termoluminiscencia. Es éste un fenómeno de emisión de luz, que se presenta al elevar la temperatura de algunos cuerpos sólidos, si previamente, cuando su temperatura era baja, han estado sometidos a radiaciones ionizantes (rayos ultravioletas, rayos X, rayos gamma, …).

Louis Rey decidió utilizar esta técnica para estudiar el agua. La solidificó primero enfriándola hasta una temperatura de 77 K (es decir, a 196 ºC bajo cero) y la irradió a continuación con rayos X y rayos gamma. Después, al irla calentando lentamente, apareció una luminiscencia especialmente intensa al llegar a las temperaturas de 120 K y de 166 K. Hasta aquí los resultados eran los normales. El primer pico está relacionado con la propia molécula de agua, mientras que el segundo lo está con los puentes de hidrógeno y las estructuras que forman. Rey repitió estos experimentos, pero utilizando como soluto cloruro de litio, que se supone rompe los puentes de hidrógeno entre las moléculas de agua. Y, efectivamente, como era de esperar el segundo pico de luminiscencia, el que se produce a 166 K, quedó muy reducido. Y lo mismo ocurrió, aunque más atenuado, con diluciones de cloruro de sodio.

Pero la sorpresa llegó cuando utilizó diluciones extremadamente altas de cloruro de litio y cloruro de sodio (hasta 10-30 g cm-3), diluciones tan extremas que cualquier traza del soluto había desaparecido y sólo quedaba agua pura. Y pudo comprobar que, a pesar de ello, se seguía produciendo una cierta reducción del pico de lunimiscencia al llegar a los 166 K, cosa que no debería ocurrir puesto que ya sólo existía agua pura. A menos que el agua hubiera conservado memoria del soluto. Este experimento refuerza la idea de que el agua tiene algún tipo de memoria.

Consideraciones sobre la memoria del agua

Al examinar la estructura de la molécula de agua decíamos que, por medio de los puentes de hidrógeno, las moléculas forman habitualmente complejas agrupaciones (en inglés clusters), con un número prácticamente ilimitado de tamaños y formas. Estas agrupaciones tienen una estructura geométrica que, en cierto modo, puede ser considerada como una estructura cristalina. Su vida es muy corta, las uniones con puentes de hidrógeno son débiles y continuamente se están rompiendo, pero rápidamente se vuelven a recomponer. Ello permite la típica fluidez del agua líquida. A título de ejemplo, en la figura adjunta [2] se muestra de forma esquemática una agrupación de 280 moléculas de agua con forma de icosaedro.

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Agrupación de 280 moléculas con forma de icosaedro.

Ahora bien, ¿qué induce a las moléculas del agua a agruparse de una u otra forma? En los casos antes citados el estímulo era la sustancia disuelta en ella. Pero el agua es sensible a multitud de estímulos externos. Las experiencias de Massaru Emoto lo ponen claramente de manifiesto, y sería interesante saber cómo eran las agrupaciones de las moléculas en las aguas correspondientes a cada una de las imágenes que nos muestra en sus libros. Seguro que entre ellas habría formas muy distintas.

¿En qué medida el agua conserva memoria de los estímulos que ha ido recibiendo? Parece ser que sí, que tiene una gran capacidad de memoria. Que la memoria de los últimos estímulos no borra la memoria de los anteriores. Si esto es correcto, entonces el tema de la memoria del agua adquiere una importancia difícil de calibrar.

Por ejemplo, el agua que hay en la Tierra es básicamente la misma desde hace millones de años. A nivel global el agua no se consume, el ciclo de evaporación y lluvia se ha repetido infinidad de veces. En cada ciclo, el agua ha pasado por multitud de seres vivos, ha sido bebida por nuestros antepasados, ha corrido en forma de ríos, ha ido al mar, se ha evaporado y ha vuelto a caer en forma de lluvia, tal vez en otro continente. Y esto repetido miles y miles de veces. Lo que significa que el agua que bebemos ahora tiene una muy larga historia. Y si el agua conserva memoria de esos episodios, cada vez que una persona la bebe, en cualquier punto de la Tierra, recibe información del pasado de toda la humanidad. Es algo parecido a lo del aire. Todos respiramos el mismo aire y, al hacerlo, algo nos transmitimos unos a otros. Es decir que, con independencia de nuestra voluntad, a través del agua, del aire y posiblemente de algo más, todos los seres humanos estamos bastante más relacionados de lo que cabría imaginar.

Otro aspecto curioso relacionado con la memoria del agua se refiere al origen del agua en la Tierra. Básicamente se contemplan dos posibles orígenes. Según uno de ellos, el agua de la nebulosa original quedó atrapada durante el proceso de formación de nuestro planeta y, a través de los volcanes, fue expulsada posteriormente a la superficie. Según el otro, el agua llegó del espacio exterior por medio de los cometas. Probablemente el agua actual sea una mezcla de ambas, con predominio de la que llegó del exterior. Pero a efecto de la memoria ¿qué importancia puede tener que venga de un sitio o de otro? Yo no sabría explicarlo, pero está claro que el ambiente en que ha permanecido el agua es muy distinto en un caso que en otro, y muy distinta debe ser la memoria que transporte. De hecho, algunas aguas que afloran desde las profundidades de la Tierra tienen propiedades curativas muy especiales, son los manantiales de aguas “milagrosas”. 

El agua y el magnetismo

Para empezar, diremos que todas las aguas naturales están algo magnetizadas, pues todas han estado sometidas al campo magnético terrestre. Y algunas, tras haber corrido por lechos de rocas magnetizadas, lo están en mayor grado. Pero en realidad, ¿qué importancia tiene que el agua esté o no magnetizada?, ¿en qué medida afecta a sus propiedades?, ¿cómo influye en los seres vivos?

Desde la más remota antigüedad se conocían las propiedades curativas de ciertos manantiales de agua magnetizada, aunque no se supiera que eran debidas a las cualidades especiales que adquiere el agua cuando se la magnetiza. Sabían que esas propiedades se manifestaban cuando el agua se bebía recién extraída del manantial; pero que se iban debilitando a medida que transcurría el tiempo, y acababan desapareciendo si se embotellaban y guardaban. Ahora sabemos que es algo natural, pues el grado de magnetización del agua se va perdiendo con el tiempo.

Anteriormente, al citar los experimentos del profesor Piccardi, se puso de manifiesto la influencia que las grandes erupciones cromosféricas solares tenían sobre el agua y, por medio de ella, sobre los seres vivos y sobre muchas reacciones químicas. En realidad esta influencia parece ser que tiene lugar a través del campo magnético terrestres. Las citadas erupciones solares provocan grandes tormentas en dicho campo, que son las que acaban afectando al agua y a todo lo que hay sobre la Tierra.

¿Y qué pasa si se somete el agua a un campo magnético sustancialmente más intenso que el campo magnético terrestre? Pues que algunas de sus propiedades físicas cambian temporalmente, dependiendo estos cambios de la intensidad y duración del campo aplicado. El Dr. Ramos Fernández en su libro El agua magnetizada estudia en profundidad este tema.

A nivel molecular, los campos magnéticos ejercen en el agua una serie de efectos, que vamos a intentar explicarlos de forma simplificada. Como ya se indicó con anterioridad, las moléculas de agua tienen un carácter polar, es decir, vienen a comportarse como unos pequeños dipolos eléctricos. Al moverse estos dipolos dentro de un campo magnético se generan automáticamente fuerzas, que provocan un giro de cada molécula alrededor de su centro de gravedad y una velocidad perpendicular a la dirección de su movimiento, de tal forma que la trayectoria resultante de estas moléculas acaba siendo de tipo helicoidal. Además, como una pequeña fracción de las moléculas de agua está normalmente disociada en iones, es decir, en partículas eléctricamente cargadas, al moverse dentro de un campo magnético también acaban describiendo movimientos helicoidales.

Estos movimientos dan lugar a minúsculos torbellinos que afectan a la estructura normal del agua, rompiendo numerosos enlaces por puentes de hidrógeno y reduciendo el tamaño de las agrupaciones moleculares. Ello afecta a las propiedades físicas del agua. Al reducirse el número de enlaces por puentes de hidrógeno se crea un ambiente más reactivo; se aumenta la capacidad disolvente del agua; se dificulta el cambio de estado de los minerales disueltos en ella, permitiendo que sigan en suspensión en concentraciones superiores a las normales. (Esta propiedad, conocida desde hace mucho tiempo, ha dado lugar a numerosas patentes industriales para evitar los depósitos de sales calcáreas en tuberías y calderas); se acelera la coagulación de partículas suspendidas en el agua, que precipitan y son más fáciles de eliminar, y, en igualdad de condiciones de presión y temperatura, aumenta la cantidad de oxígeno disuelto en el agua magnetizada y se reduce la del dióxido de carbono.

Se ha escrito bastante sobre la actuación del agua magnetizada en los seres vivos. Se afirma que las plantas regadas con agua magnetizada crecen mejor, más frondosas y con mejor aspecto. El mayor poder disolvente del agua magnetizada se traduce, entre otras cosas, en que facilita el proceso digestivo de los alimentos y es más eficaz en el drenaje de los desechos orgánicos, incluyendo a veces los cálculos renales y biliares. La lista de beneficios que, según ciertos autores, tiene el beber habitualmente agua magnetizada es realmente larga, así como la lista de enfermedades que pueden aliviarse o curarse.

La eficacia del agua magnetizada depende de la intensidad del campo magnetizador y del tiempo a que haya estado sometida al mismo. El problema es que, así como es fácil medir la intensidad del campo magnético de un imán, no lo es medir el grado de magnetización del agua. Hay que recurrir a medidas indirectas, tales como: conductividad eléctrica, densidad, pH, susceptibilidad magnética, etc.

El tema del agua magnetizada y muy especialmente su efecto en los seres vivos puede ser muy interesante, pero está todavía poco estudiado. Requiere investigaciones más profundas y experimentos más controlados.

El agua y las transmutaciones biológicas

Es un hecho bien conocido que algunos elementos químicos experimentan procesos espontáneos de desintegración, que acaban transformándolos en otros elementos químicos. Por ejemplo el uranio-235 se acaba transformando en plomo-207. Y también es conocido que con el empleo de altas energías es posible conseguir transmutaciones en elementos no radiactivos.

Pero en las líneas que siguen no nos vamos a referir a estos tipos de transmutaciones. Nos vamos a referir únicamente a un fenómeno un tanto sorprendente, para el que todavía no se ha encontrado ninguna explicación satisfactoria. Nos vamos a referir a las llamadas transmutaciones biológicas, a las transmutaciones de elementos químicos que, con ayuda del agua, producen algunos seres vivos, sin la intervención en el proceso de ninguna “alta energía”. Su realidad se ha comprobado experimentalmente en numerosas ocasiones.

Hace ya más de doscientos años, en 1799, el químico francés Vauquelin publicó una memoria, en la que manifestaba su sorpresa al comprobar que una gallina, alimentada exclusivamente con avena, expulsaba (entre los excrementos y los huevos que producía) una cantidad de cal (óxido de calcio) que excedía en más de cuatro veces la cantidad de cal ingerida. ¿Qué había pasado?, ¿de dónde procedía esta cal? Vauquelin no encontró ninguna explicación y se limitó a dejar constancia del hecho.

Entre 1875 y 1883 el biólogo alemán von Herzeele realizó varios centenares de experimentos en su laboratorio de Berlín. Cultivó plantas sin tierra, alimentándolas con soluciones acuosas, cuyo contenido en tipo y cantidad de minerales estaba bien medido y controlado. Pero, cuando posteriormente analizó el contenido de las cenizas de las plantas ya crecidas, encontró en ellas elementos químicos que no les habían sido suministrados. Su conclusión fue que las plantas los habían obtenido a partir de la transmutación de los otros elementos suministrados.

Kervran

C. Louis Kervran

El gran investigador sobre las transmutaciones biológicas, a las que dedicó más de veinte años y por las que fue nominado al premio Nobel de medicina de 1975, fue el científico francés C. Louis Kervran. Sus trabajos, descritos con todo detalle en los numerosos libros y artículos que publicó [3] abarcan experimentos realizados en microorganismos, plantas y animales.

Especialmente concienzudos y meticulosos fueron los experimentos realizados por ingeniero químico J. E. Zündel en la Universidad Politécnica de Zurich con granos de avena. Antes de empezar cada experimento midió con gran precisión el contenido de los granos en potasio, calcio y magnesio. El cultivo de los mismos se realizó en un recinto cerrado, sin añadir ningún fertilizante, utilizando agua bidestilada exenta de calcio, con suministro de aire filtrado y lavado. A las seis semanas de cultivo se extrajeron las plantas, se secaron y se analizó el contenido de los tres elementos antes citados. Los resultados fueron que el contenido de calcio había aumentado en más del 100 % con respecto al que había inicialmente en los granos, que el contenido de magnesio no había variado y que el contenido de potasio se había reducido en una cantidad muy parecida al aumento del calcio. La conclusión fue que la avena había transmutado una parte del potasio en calcio.

Entre las transmutaciones biológicas conocidas, podemos citar de forma esquemática algunos ejemplos. En ellos se ve también la función del agua que, además de proporcionar el ambiente acuoso necesario, interviene directamente aportando su oxígeno o su hidrógeno.

  • El potasio puede transmutarse en calcio.      Reacción       39K + 1H → 40Ca
  • El sodio puede transmutarse en potasio.       Reacción       23Na + 16O → 39K
  • El magnesio puede transmutarse en calcio.    Reacción       24Mg + 16O → 40Ca
  • El sodio puede transmutarse en magnesio.    Reacción       23Na + 1H → 24Mg

Si bien las transmutaciones biológicas se han confirmado repetidamente, los procesos íntimos que tienen lugar son todavía un misterio. ¿Hay involucrado algún tipo especial de energía, distinto de los que se manejan en física y en química?, ¿qué desencadena estas reacciones?, Si bien sólo se han comprobado en algunos vegetales y animales, parece que el fenómeno es bastante frecuente en muchas especies, incluido el propio ser humano. En cierta ocasión oí hablar de una persona que había vivido varios meses alimentándose exclusivamente de patatas, lo que significa que su organismo había estado sintetizado otros productos esenciales para la vida.

Sobre este tema de las transmutaciones biológicas se pueden hacer muchas preguntas, pero todavía hay pocas respuestas.

[1] REY, L. :Thermoluminiscence of ultra-high dilutions of lithium chloride and sodium chloride, Physica A 323 (2003) 67-74

[2] Tomada de Martin Chapin, Water Structure and Behavior

[3] KERVRAN, C. L.: Las transmutaciones biológicas y la física moderna, Editorial Sirio, 1988.