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Documentan antiguas fuentes que existía en el promontorio de Palos de la Frontera, en Doñana, en lo alto del cual aún hoy persisten los cimientos de un antiguo castillo, un suntuoso santuario dedicado a la diosa Infernal, una cueva y una entrada secreta.

No está del todo claro que fuera este de Palos el promontorio en cuestión (podría ser otro cercano o alguno actualmente desaparecido) pero la sombra de la leyenda ha excitado la imaginación de los buscadores de aventuras de todas las épocas.

El Santuario Infernal de Palos

por Taíd Rodríguez Castillo
Octubre  2015

El pueblo de Palos, en el extremo occidental de la Comarca de Doñana, junto a la desembocadura del río Tinto, es un pueblo en el que, de forma muy curiosa, convergen una gran cantidad de memorias, algunas de ellas muy antiguas. Desde el nombre, que recuerda el modo casi paleolítico de construir las casas sobre estacas o pilares de madera, hasta el nombre casi desconocido del río (se llamaba Ibero y no Tinto), todo tiene un aroma a vestigio vivo de épocas muy pasadas.

Tal vez sea la situación geográfica del pueblo lo que ha favorecido esta pervivencia de memorias: situado justo en una esquinita en el confín de Doñana, que no deja de ser un territorio casi despoblado, apenas han existido vías de comunicación que lo unieran con las grandes urbes, con Sevilla o con Huelva. Su conexión con el mundo se hacía a través del pueblo de Moguer, del que dependió durante buena parte de la Edad Media, y de Niebla, ciudad que cayó en desgracia a raíz de una acción de castigo, terrible, de Fernando de Aragón. Modernamente sólo el auge del turismo de sol y playa, el auge del comercio de la fresa y la industria química han traído por fin carreteras relativamente confiables que lo conectan con el resto del mundo.

Pero esta relativa desconexión se ha dado tan sólo en estas épocas, épocas recientes en las que el comercio y el transporte de mercancías se han llevado esencialmente por tierra. Con anterioridad, cuando los caminos sólo eran transitables un poco en verano y nada o casi nada en invierno, primavera y otoño, cuando eran peligrosos y muy, muy lentos, cuando la capacidad de las carretas apenas llegaba a los veinte sacos de trigo, el comercio y el tráfico de mercancías y personas se hacía utilizando caminos de agua: los ríos. El mar y los ríos eran las autopistas de la antigüedad y el medioevo. Por aquel entonces, Palos estaba mucho mejor situado que ahora: de hecho, gozaba de una situación excepcional.

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Reconstrucción infográfica del castillo de Palos (tomado de Bermejo Meléndez y otros, “El castillo de la villa de Palos”)

El pueblo de Palos se alza junto a un promontorio que se eleva unos 30 m sobre el nivel del mar y que parece avanzar sobre el estuario que a su altura forman las desembocaduras conjuntas de los ríos Tinto y Odiel, un emplazamiento hecho como a propósito para otear desde allí quién entra y quién sale del río Tinto. En lo alto del promontorio (uno de los pocos, además, que hay por esta zona) hubo durante la Edad Media un castillo, del que hoy sólo quedan los cimientos, y un poco más abajo hay una iglesia.

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El posible santuario de la diosa Infernal con-vertido en idílico jardín.

A los pies del promontorio, frente a la iglesia, por el lado de la desembocadura del río, se extiende, como en un tercer nivel, una pequeña franja de costa donde hay emplazada una bella fuente, de fábrica romana pero de origen seguramente ibero, llamada “La Fontanilla”, que es actualmente uno de los monumentos colombinos más populares. Así pues, los marineros de la época de Colón tendrían esta bella vista desde abajo: fontanilla, iglesia, castillo.

Como decimos, no hay muchos promontorios que destaquen tanto como este en esta zona de marisma. Por ello, es muy posible que fuera este de Palos el santuario al que se refiere Avieno en su famosa Ora marítima, toda vez que los santuarios marítimos solían alojarse en cuevas cerca de algún promontorio:

“A continuación, otra vez se encuentra un cabo,
y un opulento santuario consagrado a la Diosa Infernal [Infernae deae],
el interior de una caverna escondida, y un acceso secreto.
Cerca se halla una gran marisma, llamada Etrafea:
más aún, se dice que en estos parajes se levantó en la Antigüedad
la ciudad de Herbi, la cual, destruida por las calamidades de las guerras,
sólo ha dejado su fama y su nombre a la comarca.

Después fluye el río Hibero, y fertiliza los parajes con sus aguas.
La mayoría dice que los hiberos han recibido su nombre de él,
y no de aquel que se desliza a través de los vascones inquietos,
pues se llama Hiberia al territorio de este pueblo que se extiende
junto al río hacia occidente. En cambio, la región oriental
comprende a los tartesios y a los cilbicenos” [1].

Avieno, que escribió esto hacia el s. iv de nuestra era, pero que para hacerlo se sirvió de periplos marítimos más antiguos, describía de forma poética en este trabajo todos los puntos importantes que uno se podía encontrar cuando viajaba por mar entre el cabo de san Vicente y la costa francesa. Es decir, describe con cierta minuciosidad, aunque con veleidades poéticas que despistan un poco, todo ese itinerario. Y al llegar a la desembocadura del río Hiber lo describe como hemos visto. La marisma que él llama Etrafea es la misma que otros geógrafos griegos más antiguos llamaron Erebea o “pantano del Erebo”. Como el periplo avanza de Oeste a Este no cabe mayor duda de que se esté refiriendo a este río Hiber o Ibero y no al Ebro.

Imagínense la incredulidad primero y la sorpresa después de los primeros traductores de Avieno: ¡había otro río Ibero! ¡Y allí había existido incluso una ciudad con ese nombre! ¡Y hasta un suntuoso santuario dedicado nada menos que a la diosa Infernal, reafirmando la creencia ya muy extendida que situaba el Tártaro en Tartessos!

En el s. xix llegaron las primeras excavaciones arqueológicas en el promontorio de Palos, buscando este santuario infernal que en otras fuentes se llamaba también templo de Proserpina. La primera en excavar allí fue la controvertida Elena Whishaw, una arqueóloga inglesa – la arqueología acababa de nacer como disciplina y aún era tremendamente rudimentaria; se trataba más bien de grandes excavaciones en busca de tesoros, de ahí que, con razón, fuese controvertida – a la que sus colegas contemporáneos apodaban despectivamente como “la inglesita”. Se había dedicado a las antigüedades y a la excavación arqueológica junto a su marido, en Sevilla, donde llegaron incluso a abrir un museo. A la muerte de éste se instaló definitivamente en Niebla, donde fundó también una casa-museo junto a una de las puertas de la ciudad. Su nacionalidad inglesa le facilitó el estar en muy buenas relaciones con la sociedad inglesa que explotaba las minas de Río Tinto (un yacimiento “arqueológico” en toda regla), por un lado, y por otro con la “buena sociedad” española que financió su museo y muchas de sus investigaciones.

Con apoyo del alcalde de la localidad, Whishaw hizo una cata bastante profunda en lo alto del promontorio buscando el santuario, pero lo que halló fueron diversos tipos de materiales procedentes del antiguo castillo. En realidad, lo que le llamaba la atención del promontorio no era tanto el castillo como la iglesia, dedicada a san Jorge, conocido en el santoral cristiano por su lucha contra el dragón. De alguna forma, Whishaw identificaba a Proserpina (pro= “delante de”, “por”, “a favor de”; serpina (serpens)=serpiente) con la serpiente, y a ésta con el dragón. No era por ciencia infusa: la mayoría de los iconos y de las representaciones de san Jorge, sean grabados, bajorrelieves, pinturas o emblemas, representan al dragón con unas alas diminutas y un cuerpo alargado y ondulante como el de las serpientes.

El mito de Proserpina es una especie de traducción romana del mito griego de Perséfone. Esta joven doncella fue raptada por Hades y convertida en reina del inframundo. Ceres, su madre, no cesó de vagar por el mundo en su busca hasta que el padre de los dioses se apiadó de su desgracia y mandó a Hermes a rescatar a Perséfone. Éste cumplió con su misión pero, justo antes de salir del inframundo, Perséfone probó entre cuatro y seis granos de granada, no se sabe si queriendo o sin querer. El caso es que esa falta la obligó a permanecer en el inframundo con Hades un mes por cada grano que comió. Cuando Ceres está con su hija, todo florece, pero cuando ésta tiene que regresar al inframundo la tristeza se apodera de la diosa de la Tierra.

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Sibilas y Proserpinas del palacio de Cnossos, en Creta. Sostienen una serpiente en cada mano. http://gnosticwarrior.com/the-serpent-goddess.html

En Etruria, la región donde los roma fundaron Roma, era frecuente la consulta a los oráculos sibilinos y a las sibilas, que eran profetisas, mujeres sabias de gran prestigio que en ocasiones actuaban también como sacerdotisas. Las sibilas llevaban a cabo sus ritos generalmente en cuevas y en lugares oscuros y húmedos, donde a menudo se hacían acompañar por serpientes. Como quiera que era una costumbre extendida por casi todo el Mediterráneo, la serpiente llegó a simbolizar, por todo él, el saber y los conocimientos atesorados y custodiados por las sibilas. Sibilas y serpientes están, pues, en el trasunto de Perséfone-Proserpina y de la diosa infernal.

Deesse aux serpents

https://en.wikipedia.org/wiki/Snake_Goddess

Es lógico, pues, que los romanos transfirieran el mito de Perséfone al de Proserpina e hicieran una superposición grosera de ambos, pues no eran muy dados a entrar en diferencias y sutilidades (eran de carácter más bien práctico que sutil, como demuestra el modo en que consiguieron sus mujeres). También es lógico que al hacerlo adoptaran el símbolo de Perséfone: la granada, pues lo griegos eran bastante más cultivados que ellos en lo que a representaciones artísticas y simbólicas se refiere. Lo que es más llamativo es que el tiempo haya devuelto modernamente al promontorio sacro de Palos el símbolo de su más antigua advocación, pues he aquí que la patrona de Palos es la Virgen de los Milagros, una talla medieval que en su día, antes de mutilada durante la guerra civil, llevaba una azucena en la mano, pero que después de restaurada pasó a llevar ¡una granada!

Bello enigma. ¿Conocerían los restauradores de época franquista las leyendas relativas al cabo de Palos, al santuario de la diosa Infernal, a Proserpina y Perséfone y pretendieron con este gesto insuflarles nueva vida? ¿O es cosa de destino, del hado o del hada de este pueblo, de su inconsciente colectivo? ¿O tal vez lo hicieron, sencillamente, por la estrecha relación histórica existente entre Palos y Moguer, cuya patrona también es una Virgen de la Granada? Sea como fuere, geografía física, geografía astral, historia y mitología se enredan en Palos de manera sorprendente [2].

Pero aún hay más sobre dragones y serpientes en Palos. Según la mitología griega el pantano del Erebo daba paso a los Campos Elíseos, que pueden ser leídos, como hace un compañero nuestro de Delta de Maya, como “Campos de Lis”. La lis es una forma de representar el lirio, y era el emblema de los pueblos del tridente, de los pueblos de la pata de oca, los pueblos “patos”, pueblos palustres que habitan en casas levantadas sobre palos. Según esta lectura, Palos de la Frontera (que éste es el nombre completo del pueblo) era frontera, como dice Avieno, entre Iberos y Tartesios: los tartesios eran los pueblos del Eliseo, de los Campos de Lig, que habitaban el Lago Ligustino; los iberos, en cambio, eran los pueblos del verso y de la verdad, destinados tal vez, a transmitir y a enseñar las enseñanzas de los antiguos paleos a la generación nacida de Noé.

Mucho más tarde, cuando la memoria de estos hechos ya casi se había perdido, algunos pueblos iberos que habitaban el Mediterráneo oriental regresaron de nuevo a occidente [3], al Lago Ligustino y al Pantano del Erebo, en busca de estas raíces: fueron los llamados “danaos” por los griegos, los “danitas” hebreos, los “tuatha de Danan” celto-escitas… cuyo emblema era ¡un dragón!

simbolo signo y runas

La imagen de portada procede de la región de Gotland en Suecia
(https://en.wikipedia.org/wiki/Snake_Goddess)

[1] Traducción de Julio Mangas, Domingo Plácido (Eds.), Testimonia Hispaniae Antiqua I. Avieno. Madrid, 2000.

[2] Proserpina solo recibió, en la mitología griega, este nombre una vez fue hecha señora del Inframundo, antes de eso era conocida sencillamente como kore, que significa “doncella”, “virgen”. Está claro que Proserpina era para los griegos también la “Kore de la granada”, es decir, “la Virgen de la granada”.

[3] Ver la publicación Presencia Ebrea en Doñana de esta misma web (www.deltademaya.com).

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)