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Reza el rocío

Taíd Rodríguez Castillo
Junio 2016

En el origen de la actual romería del Rocío, tan popular en Andalucía y fuera de Andalucía, encontramos, como tan a menudo sucede, no un hecho fielmente documentado, en el que se diga algo así como “aquí se dio origen a la romería del rocío por esto y por esto y por estas gentes”, sino una multitud nebulosa y variopinta de informaciones que confluyen o que más bien parecen dimanar de una leyenda común, conocida y compartida por todos los que forman parte de la romería. Sus orígenes, por tanto, se remontan a un tiempo en el que no existía la costumbre de dejar constancia por escrito de casi todos los actos de la vida, o al menos a un tiempo en el que no estaba tan extendida como lo está ahora. Para guardar memoria de los grandes sucesos, o por lo menos de aquellos que acababan marcando el calendario anual de una comunidad, se recurría a las leyendas, que por entonces no se leían, como contradictoriamente indica su nombre, sino que se contaban. De esta forma se han conservado fielmente no sólo innumerables tradiciones (leyendas sólo cuando posteriormente se pusieron por escrito para ser leídas), sino innumerables canciones, ritmos y coplas relacionados con el Rocío.

Hemos de creer que al inicio de cada leyenda hay efectivamente un acontecimiento real, que al principio se debía contar con todo lujo de detalles, con los nombres y apellidos de los protagonistas, con los días exactos de los sucesos, pero que con el paso del tiempo se va historiando, va perdiendo sus detalles accesorios y remarcando aquellos otros que, de forma cada vez más simbólica conforme van pasando las generaciones, guardan en su seno el significado profundo de aquel lejano acontecimiento, su esencia, que es ya mezcla de un suceso real y de cómo se ha vivido. Por eso las leyendas poseen esa mezcla tan característica de realidad y ficción.

A grandes rasgos, la leyenda del hallazgo de la Virgen del Rocío, que dio origen a la romería, dice así:

“En el siglo XV un cazador de Villamanrique, población en el borde de la Marisma del Guadalquivir, encuentra, atraído por los ladridos de los perros, una imagen en el hueco de un viejo árbol, que al principio confunde con una muñeca; era un simulacro de la Virgen del Rocío escondido desde la época de los moros. Dio cuenta a Almonte, por ser el pueblo más cercano, pero también lo conocieron los de Villamanrique, que manifestaron su deseo de llevársela. Sometieron ambos pueblos sus pretensiones al juicio de dos yuntas de bueyes que, uncidos a una carreta, no pudieron avanzar en direcciones opuestas. El hecho fue interpretado como el deseo de la Virgen de permanecer en el lugar mismo donde fue hallada y allí se le levantó una ermita”.

Según el erudito Salvador Rodríguez Becerra, en su obra Religión y fiesta, de donde hemos sacado el anterior texto, “esta versión forma parte de la tradición oral que comparten los pueblos de la comarca, salvo Almonte, que en sus Reglas (1758) establece que un cazador, sin decir de dónde, encuentra el simulacro”. Existen otras muchas versiones de este mismo suceso. Algunas aseguran que el cazador vio el lugar donde se hallaba la Virgen durante un sueño, otras que el árbol era un acebuche u olivo silvestre, pero todas concuerdan en que quien encontró la Virgen fue un cazador, textualmente un montero, que la encontró en el hueco de un árbol entre Villamanrique y Almonte, y que esto fue poco después “del tiempo de los moros”.

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En el Escudo de los Monteros llama la atención la serpiente que se muerde la cola, principio y fin en sí misma y las seis llaves del castillo que cuelgan del árbol que forma el eje del escudo. (Heráldica de los Monteros de Espinosa recogido de Pedro de la Escalera Guevara, Origen de los Monteros de Espinosa.)

Este aspecto de la leyenda es significativo, porque sí quedan documentos históricos que vinculan claramente a los Monteros de Espinosa con la gestión para la caza real de los sotos y bosques que rodearon a la primitiva ermita de Santa María de las Roçinas (donde después se levantaría la actual del Rocío). Aparecen mencionados, por ejemplo, en relación con esto, en el Libro de la Montería de Alfonso xi, y aparecen, cien años antes, también en los heredamientos practicados por Alfonso x en la antigua villa de Mures (en las inmediaciones de la actual Villamanrique), donde tuvieron posesiones durante al menos un lustro, tiempo más que suficiente para restaurar el culto en la ermita, organizar los caminos y extender la devoción. Y cuánto más cuando sabemos que muchos de estos monteros y de sus descendientes estuvieron después y durante mucho tiempo vinculados estrechamente a los Guzmán, señores de estas tierras [1]. Es probable, por tanto, que el cazador de la leyenda haga alusión a estos Monteros y a la especial predilección que debieron tener por la ermita enclavada en el corazón de Doñana.

Los Monteros de Espinosa fueron una hermandad, una orden de caballería que solo aceptaba entre sus miembros a personas nacidas en el pueblo de Espinosa de los Monteros. Estaba, desde su nacimiento allá por el año 1000, dedicada en exclusiva a la defensa personal de los reyes de Castilla, y de ellos se dice, entre la realidad y el puro símbolo, que guardaban las llaves de su castillo (y de su casta, pues se dice que eran guardianes también de las alcobas reales). Eran los caballeros más fieles y más cercanos, muy similares a la Guardia de Corps de otros reyes, zares y sultanes. Ejercieron su función durante casi cinco siglos, hasta que Carlos I intentó sustituirlos por los Arqueros de Borgoña.

Sin embargo, la romería o peregrinación al Rocío no aparece documentada hasta unos doscientos años después, cuando encontramos uno de los primeros elementos que parece atestiguar su existencia sin lugar a dudas: un simpecado primitivo, datado hacia el s. XVI, que se encuentra también en Villamanrique y que se puede contemplar en su Centro de Interpretación del Camino del Rocío. En este simpecado o estandarte de estilo claramente medieval aparece pintada por primera vez la imagen de la Virgen del Rocío, representada de frente, con traje de corte y con el niño en brazos, al que sostiene en posición centrada sobre su pecho. La Virgen lleva corona de plata simulando los rayos del Sol, y tiene el cuarto creciente lunar a sus pies. Al fondo, pintada con gran detalle, aparece una ermita que se supone es la del Rocío, como señala la inscripción que comenta el simpecado:

“SE HISO ESTE RETº. DE N. S. DEL ROSIO Y SE BORDO EL SINP. SIENDO HERMANO MAIOR JUAN PONZE A DEVOCION SUIA Y DE VARIOS DE VºS” [2].

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Simpecado primitivo de Villamanrique http://www.rocio.com/hermandad/hermandad-de-villamanrrique/#/

Esta primera pintura conservada ilustra el estado de la talla en aquella época, es decir, en teoría no menos de trescientos años después de ser ocultada. Según José Alonso Morgado, una de las muy pocas personas que han tenido acceso al estudio detenido de la talla en el último siglo, la talla original se encontraría todavía debajo de la actual, mediría unos 85 cm. de alto y tendría su rostro prácticamente borrado:“tiene completamente borrado su rostro, pende de sus hombros un sencillo manto pintado de azul, y el vestido está de verde, sujetándolo a la cintura una correa salpicada de estrellas de color de oro, dejándose ver entre los pliegues de la túnica por su parte baja, el calzado grana de forma puntiaguda. En el sitio del pecho al lado izquierdo, está perfectamente señalado el lugar que ocupó el Niño” [3]. Data la talla en el s. XV.

También vemos cómo en el primitivo simpecado de Villamanrique se ha efectuado ya la transición lingüística y conceptual desde “roçinas” a “rocío”, sin que sepamos muy bien cómo, cuándo y por qué. Es curioso, porque en un testamento de la época, otorgado en la ciudad americana de Lima hacia 1590, todavía se alude muy claramente a la ermita de Nuestra Señora de las Rocinas.

En principio, la palabra “roçinas” se usaba para hacer referencia a las yeguas más o menos asalvajadas que todavía hoy se pueden ver en los pastos de Doñana. En el s. XVII y aún mucho después se siguió llamando “rocines” a los caballos de trabajo, diferentes de los caballos llamados “de regalo”. Un caballo de trabajo archifamoso y arquetipo del símbolo del rocín es Rocinante, el caballo que monta Don Quijote. Las rocinas de Doñana son sin duda una de las estampas más bellas que uno se pueda encontrar en el parque y no extraña en modo alguno que aquella Virgen tomara bajo su protección a estos bellos animales y todo aquello que desde mucho tiempo atrás simbolizaban.

Sin embargo, con profunda visión teológica, el pueblo o más bien alguien de entre el pueblo, tal vez los frailes del cercano convento de santa María de Gracia, debieron preferir una advocación más Bíblica y menos mundana que la del caballo de trabajo, y a la vez igual de acorde con el paisaje y con las tradiciones del lugar. Debieron de empezar a llamar entonces a la virgen “Virgen del Rocío”, casi con toda seguridad por la importancia que el rocío y la recogida del rocío tuvieron y todavía tenían por aquel tiempo en aquellos parajes.

Es proverbial en Doñana la inmensa cantidad de rocío que se condensa en sus pastos, ya desde las primeras horas de la noche, de tal forma que si uno anduviera un poco despistado al salir a la calle, creería que ha llovido a pesar de no haber visto una sola nube durante todo el día. Sobre todo en primavera uno ha de salir por la mañana siempre con botas de agua. Esto es así por un lado debido a la cercanía del mar, y por otro a causa de la propia orografía de la gran marisma, que apenas tiene desnivel en toda su gran extensión, lo que facilita sobremanera que el agua se estanque y se formen lucios, lagunas y humedales de todo tipo.

La espagiria musulmana se aprovechó ampliamente de este abundante y hoy poco apreciado recurso (que sepamos, nadie vende ya agua de rocío en el Rocío), hasta el punto de convertirse en la medicina convencional de la época. Esta medicina utilizaba el rocío como base para elaborar la gran mayoría de sus preparados, que consistían en disoluciones de diversos remedios en agua de rocío recogida en una determinada época del año y tratada de diversas maneras (un tipo de medicina, por tanto, muy similar a la actual homeopatía, que funciona a base de disoluciones sucesivas). En el Aljarafe, sobre todo, pero también suponemos que en la región del Algarve, existían multitud de expertos en remedios naturales y todo tipo de recolectores de plantas que se surtían de la excepcional variedad que crecía en Doñana, y que después iban a venderlas a los mercados de Sevilla y a los pueblos de los alrededores.

Doñana se convirtió entonces en el gran reservorio natural de al-Andalus y en uno de los principales centros del saber médico de la época. En el Aljarafe (que grosso modo se extendía entre Sevilla y Doñana, siguiendo el curso sur del Guadalquivir por su orilla occidental) se empezaron a reunir, por expreso deseo de los emires y luego de los califas, todo tipo de sabios especializados en medicina. Aquí, en las inmediaciones de Sevilla, abrían sus escuelas, atendían a su clientela y escribían sus tratados. Y hasta aquí venían a buscarles quienes querían inscribirse en ellas. Alumnos de las más variadas procedencias: desde la lejana Bagdad a la también lejana Barcelona. El nacimiento de las escuelas de medicina espagírica estuvo acompañado (o quizás precedido) por la apertura de un sinnúmero de escuelas sufíes, tal vez porque ambas disciplinas estuvieran irremediablemente unidas, como las ramas al tronco del árbol.

No cabe duda, como Ibn Arabí pone de manifiesto en sus escritos, que la mayoría de los maestros sufíes ejercían además un empleo, que en ocasiones podía ser de lo más humilde. Cada maestro solía tener, de manera permanente, tan solo un número muy reducido de aprendices, uno o dos, aunque recibía y acogía aprendices que iban y venían procedentes de las escuelas cercanas o enviados por recomendación de otro maestro sufí.

El Aljarafe y Doñana se convirtieron así en un verdadero hervidero de ideas nuevas, en un punto de encuentro de las diferentes tradiciones y disciplinas. Como no podía ser de otra manera florecieron todo tipo de experiencias: musicales, médicas, técnicas. Muchos nuevos ingenios tuvieron un éxito rotundo, convirtiendo el Aljarafe en “la perla” de al-Andalus. El rocío y la medicina espagírica fueron uno de estos grandes motores del esplendor de al-Andalus (tanto o más que las supuestas caravanas de oro procedentes del África subsahariana, a las que los especialistas dan tanta importancia).

De alguna forma, la memoria colectiva tenía todavía muy arraigada esta idea y la trajo al presente asociando, tal vez instintivamente, la nueva gran manifestación cultural (el Rocío) con ese pasado reciente. Porque lo cierto es que el Rocío, como celebración de la Virgen sobre el creciente lunar, coronada por los rayos del Sol, tiene una estrechísima relación con el rocío.

No solo la espagiria recolectaba el rocío. También su hermana mayor, la alquimia, recolectaba el rocío que tan abundantemente se condensaba en Doñana. En la alquimia del rocío, concebido como intermediario entre el Cielo y la Tierra, vemos multitud de rasgos que luego se repiten, como epítetos, en la forma en que los fieles se dirigen a la Virgen. Éstos la llaman, “rosa”, “estrella de la mañana”, “fuente”, “mística llave del Cielo”, “dulce lluvia del consuelo”… Términos muy parecidos a los que cualquier alquimista podría haber utilizado para referirse a ese principio astral que desciende del cielo para condensarse en la Tierra durante la noche, al abrigo de los rayos del Sol.

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En esta imagen del Mutus Liber se representan, en tres niveles sucesivos, los principios de la Gran Obra polarizados y enfrentados entre sí. En el primer nivel el Sol no mira a la Luna, ambos están separados por nubles plomizas y oscuras; más abajo un carnero, que simboliza a la vez el principio masculino y el signo y época de Aries, espera la arremetida de un toro, símbolo de lo femenino y del signo y época de Tauro; en el nivel más bajo un hombre y una mujer trabajan ya en común para la ex-tracción del rocío. Los separan los lienzos sobre los que se recogía el rocío. Este desciende del cielo en llamativos rayos, simulando una luz que no puede proceder del Sol, ni de la Luna.

En el Mutus Liber vemos una ilustración de todo esto. Como en la pictografía de la Virgen del Rocío, vemos representados al Sol y a la Luna, cada uno en un extremo, es decir, polarizados, separados. También vemos una luz procedente de las estrellas que se abre paso entre ellos y desciende en llamativa forma triangular hasta la Tierra. En la Virgen del Rocío esta luz podría ser su manto de estrellas, también llamativamente triangular. Por último, en el centro de la escena, se produce un primer germen de síntesis, facilitado al parecer por esa luz astral triangular, un primer encuentro/alianza entre la energía que viene del Sol simbólico y de la Luna simbólica: en el Mutus Liber esa síntesis es el rocío, que da inicio a la Gran Obra; en la iconografía de la Virgen Inmaculada, esa síntesis la simboliza el niño.

La alquimia fue siempre una actividad de unos pocos buscadores, a pesar de lo cual tuvo una influencia decisiva en muchos aspectos. Felipe ii fue gran aficionado a ella y financió más de una operación alquímica a gran escala. Se sabe que llevó a cabo un intento serio por recuperar el saber de los alquimistas y sabios espagíricos musulmanes, cuyos libros fueron quemados a millares por el cardenal Cisneros en época de los reyes Católicos, y que llevó a cabo algún intento que otro de conseguir oro alquímico [4]. Sabemos que varios de esos intentos se llevaron a cabo en Sevilla, precisamente en la época en que Nuestra Señora de las Roçinas pasó a denominarse Nuestra Señora del Rocío. ¿No será que algún ingenioso buscador dejó caer, como quien no quiera la cosa, cual linda rosa en Jericó plantada, la similitud entre el agua del rocío y la virgen del Rocío delante de algún prestigioso hermano mayor y la cosa caló?

Sea como fuere, lo cierto es que a ambas tradiciones, espagiria y alquimia, tan arraigadas, los eruditos superpusieron la noción teológico-cristiana del rocío celestial, que al fin y al cabo venía a ser muy semejante. Estas tradiciones se ocultaban bajo el paraguas del nuevo vestido, de la misma forma que se oculta la talla antigua bajo el vestido de la nueva. Pero una y otra vez aflora la raíz de la devoción, por ejemplo cuando se encuentran indicios de que la talla oculta era, precisamente, una virgen de los remedios.

El rocío como noción teológica, aunque tiene mucho de cristiana (desde luego mucho más que la espagiria y la alquimia), tampoco es que sea cristiana en exclusiva. De hecho, está lejos de serlo. Los griegos y los romanos conocían las virtudes del rocío y las aplicaban como ilustración de sus metáforas y parábolas teológicas. Uno de los textos más antiguos que hace referencia al uso del rocío en los cultos antiguos del Mediterráneo nos lo trae Pausanias, cuando nos refiere la fiesta ateniense de las Arrhephoria o “portadoras del rocío”. Era ésta la primera de tres fiestas consecutivas destinadas a preparar la gran procesión de la Panatheneas o “portadoras del velo de Atenea”. Consistía en elegir dos jóvenes doncellas de estirpe real de entre 7 y 12 años y consagrarlas al templo de Atenea en lo alto de la Acrópolis. Allí recibirían de las sacerdotisas del templo una breve iniciación a los misterios de la diosa así como las indicaciones necesarias para llevar a cabo su labor en la fiesta de la que eran protagonistas.

Esta fiesta consistía en que las dos jóvenes, “hijas del rey”, descendían en plena noche de lo alto del monte por una estrecha escalinata con un objeto cubierto por un velo que ni ellas ni las sacerdotisas sabían qué era. Una vez en la explanada que se extiende a los pies de la Acrópolis se dirigían a un lugar determinado, donde había una entrada a una gruta o cueva subterránea. Allí, cambiaban el objeto que llevan por otro que allí abajo había preparado, sin ver en ningún momento en qué consistía ninguno de los dos objetos. Una vez hecho el cambio subían de nuevo por la estrecha escalinata hasta lo alto del monte [5].

No se sabe si el objeto trasportado tenía que ver con el rocío. Más bien parece que ese objeto misterioso se comportaba o tenía las mismas propiedades que el rocío mismo: desciende en plena noche portando un mensaje, llega a lo profundo de la tierra, y dejando allí este mensaje toma otro que allí hay preparado para él, ascendiendo a continuación de nuevo antes de que salga el Sol. En Atenas, la serie de fiestas que formaban parte de este ciclo tenían que ver con la muerte y resurrección del rey.

En la religión cristiana, el rocío funciona también como intermediario entre el cielo y la tierra. Tanto es así que en la celebración del Rocío se llama a gritos a la virgen “blanca paloma”, que es el símbolo del Espíritu Santo, aún a despecho de las enseñanzas de los padres de la iglesia, que enseñaron la concepción sin varón de María, siempre virgen, Inmaculada, recurriendo a la parábola del vellocino de Gedeón, sobre el cual descendía el rocío durante la noche sin tocarlo. En esta descripción se comparaba al rocío con el Verbo, y al manto o vellocino con María, sin confundirlos a ambos.

En el ámbito de la iconografía, sin embargo, y exclusivamente en lo que se refiere al rocío (no así con otros elementos presentes en la romería del Rocío como las carretas, las andas, los tamborileros, los curas del camino o los adornos), no parece que los cultos griegos y romanos hayan dejado demasiada huella. No vemos en la festividad del Rocío excesivos rastros del culto descrito por Pausanias, por ejemplo, si bien es cierto que las imágenes de la virgen son veladas en determinados momentos para protegerlas del polvo del camino.

Mucho mayor rastro iconográfico parecen haber dejado los lejanos ritos descritos en el Rig Veda y en el Avesta. En ambos aparece el Soma, una bebida de carácter angélico y transformador que se mezclaba con agua para ser bebida durante ciertos tipos de rito. A este Soma se le da también en esas escrituras el nombre de “rocío celestial” [6], lo cual es ya bastante indicativo, si no de filiación, al menos sí de una más que posible relación. Mucho más si tenemos en cuenta que a esa bebida también se la denomina “toro” y que acabó siendo simbolizada por el creciente lunar en alusión a su cornamenta (que ya hemos visto a los pies de la Virgen del Rocío), porque se creía que las divinidades se bebían la luna – el Soma- y dejaban solamente la minúscula copa – el cuarto creciente.

Este simbolismo llegó seguramente a través del Antiguo Testamento y de las tradiciones hebreas que conocían bien el símbolo de la copa (como encuentro) y del creciente lunar, adoptados, como tantos otros, de los cultos zoroástricos vecinos. Los rabinos hebreos transmitían al pueblo las propiedades del agua y de los otros elementos a través de símbolos y parábolas, y fue así como acabaron plasmándolo en sus Escrituras, pero reservaban la minuciosa explicación de los mismos a los alumnos que se dedicaban de lleno al estudio de esas Escrituras. Es decir, a los cabalistas. La minuciosa transmisión de las propiedades alquímicas (esto es, a la vez químicas y anímicas) del agua y de los otros elementos se llevó a cabo a través de la Kabalá, de la cual existían dos ramas, como hoy existen en la física: la rama práctica (basada en la alquimia) y la rama teórica (basada en la numerología y en el significado profundo de las palabras, del verbo, entre otras cosas). La rama práctica era similar al caballo [7] de trabajo; la teórica similar al caballo de regalo. Es posible que esta referencia a la kabalá práctica se esconda tras el nombre de roçinas, por lo que la Nuestra Señora de la Roçinas vendría a ser algo así como Nuestra Señora de los Alquimistas.

La pervivencia de ritos como los del agua bendita, el bautismo, la aspersión con rocío, las aguas curativas, etc… son ejemplos claros de la existencia de tradiciones que creían que el agua tenía determinadas propiedades relacionadas con la salud del cuerpo y con la salud del alma. Sin embargo, muchas de las propiedades del agua, tanto del agua de rocío como del agua del grifo, como de los diferentes tipos de aguas subterráneas, aun se mantienen inexploradas por los científicos, si bien últimamente se han llevado a cabo experimentos significativos en relación a cómo afecta el entorno al modo de cristalizar de este elemento único. Gran parte de los misterios del agua, y del agua de rocío en particular, siguen ocultos bajo su velo protector.

[1] Todavía a principios del XX vemos al orfebre Ricardo Espinosa de los Monteros realizar una corona e oro con ocasión de la coronación canónica de la Virgen del Rocío, o a Luis Espinosa y Fondevila construir el Palacio del Acebrón.

[2] “Se hizo este retrato de Nuestra Señora del Rocío y se bordó el simpecado siendo hermano mayor Juan Ponce a devoción suya y de varios de vosotros”

[3] González Cruz, D. (Ed.), Ritos y ceremonias en el mundo hispano durante la Edad Moderna. 2002. Esta talla medieval de 85 cm. de alto se correspondería bastante bien con dos copias antiguas suyas, hechas por encargo de los duques, una para Sanlúcar de Barrameda y otra para Villamanrique, que todavía se conservan. Así mismo, durante mucho tiempo se vendieron como recuerdo cintas de 85 cm. con la inscripción “Medida de Nª Sª del Rocío de la Vª de Almonte”.

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Cinta de 85 cm con que se vendía como recuerdo de la Virgen del Rocío.
http://195.57.5.10:8080/opencms/opencms/rocio/lahermandad/historia/historia2.html

[4] Recomendamos el libro de René Taylor, Arquitectura y magia, donde en uno de sus apéndices se cuenta con detalle alguno de estos intentos.

[5] Burker, W., Homo necans, Barcelona, 2013.

[6]Filoramo (ed), Diccionario de las religiones. Madrid, 2001.

[7] La Kabalá se identificó con los caballos y con las “caballas” (las rocinas) por su similitud fonética.