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La tradición popular transmite que la imagen de la Virgen del Rocío fue encontrada por un cazador en tiempos del rey Alfonso X El Sabio en el paraje de Las Rocinas, y que a partir del hallazgo se levantó una iglesia donde rendirle culto en el mismo lugar donde milagrosamente apareció.

Muchos han sido los intentos de acercarse al conocimiento histórico de los hechos y circunstancias que dieron origen al culto de esta popular imagen, pero a pesar de ello debemos admitir que aún quedan muchas preguntas por contestar y algunos secretos por desvelar.

El autor de este artículo es el pintor Alberto Donaire, muy vinculado a la Comarca de Doñana desde hace ya más de veinticinco años, curioso buscador por los entresijos culturales que viven en esta tierra. A lo largo de estas páginas Donaire nos propone preguntas y enfoques acaso novedosos en la esperanza de que logren aportar alguna luz nueva sobre este tema fascinante.

Esta primera parte plantea la necesidad de prestar atención a la situación en el sur de Francia y norte de España durante los siglos XII y XIII, que el autor considera fundamentales e imprescindibles para comprender los procesos, recogidos esquemáticamente en la segunda parte, que tras la conquista de los reinos de Sevilla y Niebla tendrán en el establecimiento de cultos marianos en Al Ándalus una de sus expresiones.

Rastros medievales de Doña Ana

Primera parte

Por Alberto Donaire Hernández
Abril 2014

Las nieblas de Al-Ándalus

La Historia no es una ciencia exacta, eso resulta evidente para cualquiera. Es más, puede que ni siquiera sea una ciencia, aunque sólo sea porque le falta la premisa básica de cualquier disciplina científica, que es la de la observación directa de los fenómenos a estudiar. Por eso, al tratar de descubrir lo que sucedió más allá de las verdades oficiales que cierran el paso a la percepción de cuánto ignoramos aún, al tratar de comprender los complejos procesos del pasado, próximo o remoto, de recordarlos, tendremos la precaución de apelar a las musas para mejor interpretar los datos, los vestigios, los rastros y afanes que las gentes vamos sembrando en el aire, y que sólo a veces se quedan prendidos a girones en los papeles y en los objetos, como esos finos mechones de pelo que el animal se deja en la alambrada que atraviesa. Con esas pistas, a veces demasiado pobres, otras demasiado profusas y enmarañadas, alimentamos nuestra imaginación, que en realidad, y a falta de otras habilidades, es quien verdaderamente puede adentrarse en las nieblas del tiempo para practicar el arte del recuerdo.

En ocasiones sucede que el investigador sediento de conocimiento, al pasar junto a un cauce conocido, sospecha que sus aguas pudieran estar contaminadas, y entonces súbitamente se da cuenta de que en realidad nunca le habían olido bien. Y no es que en cualquiera de las historias que relatan el pasado no podamos encontrar tramos contaminados, lo que sucede muy frecuentemente, sino que a veces una determinada corriente encuentra con el paso del tiempo cada vez más atascado su cauce, hasta que termina por cegarse y corromperse definitivamente. Tal es el caso de algunos pasajes de la historia que un día se revelan como verdaderos dogmas impuestos desde un determinado conjunto de intereses, que cuando por fin desaparecen desplazados por otros, dejan al aire la dudosa credibilidad de que siempre fueron acreedores, puras patrañas que a lo largo de los siglos nadie se había atrevido a señalar y desmontar. Cada día más personas dudamos de que el hombre haya evolucionado desde el mono, por la misma razón que un puñado de estudiosos dudaron en los siglos XVIII y XIX de la verdad literal del Génesis; también nos extrañamos de que los egipcios del tiempo de los faraones hubieran podido construir la esfinge, de que los fenicios hayan podido existir durante siglos y colonizar todo el Mediterráneo sin dejar ni rastro de su unidad cultural en sus lugares de origen, de que el apóstol sea quien esté enterrado en Santiago, de que se haya producido una invasión militar de árabes en la Península Ibérica en el 711 y por tanto de que pueda hablarse de Reconquista, de que Colón haya descubierto América o de que el asesinato de Carrero Blanco fuera obra del terrorismo etarra. Pero a pesar de que las dudas sobre estos y muchísimos otros relevantes asuntos son cada vez mayores, incluso en los medios académicos, la inercia de tales versiones aún dura y se siguen escribiendo tal cual en los libros que los niños se tendrán que aprender para aprobar.

Si como acabamos de decir, y siguiendo a no pocos autores desde Évariste Levi-Provençal [1] hasta Emilio González Ferrin [2], pasando por Ignacio Olagüe [3] y Roger Collins [4], la versión tradicional de la fulminante invasión árabe que sometió a la Península Ibérica en pocos años es cuando menos dudosa, y también la de La Reconquista de la unidad cristiana perdida, tan sólidamente establecidas durante siglos como verdades inamovibles, no nos queda sino encomendarnos a las musas cuando como sencillos buscadores nos internemos por las selvas temporales de aquellos largos siglos llamados Edad Media buscando luces que iluminen nuestra comprensión de la realidad cultural en que vivimos quienes hoy habitamos las tierras occidentales de la diosa.

Impulsos en la sombra

En ciertas ocasiones –a veces nos parece que demasiado pocas, y quizás sin razón– la acción política ha evidenciado su intención de propiciar, estructuradas desde instancias no siempre fáciles de percibir ni identificar, circunstancias que contribuyesen a la activación del potencial evolutivo de la sociedad y de las personas cuyas vidas gobernaba. Tal pudiera haber sido el caso de no pocas acciones y procesos desplegados desde el occidente europeo medieval de los siglos XII y XIII. En la Península Ibérica, una de las áreas de expansión de aquella oleada, se distingue nítidamente la figura de Alfonso X como una de las más emblemáticas. Mucho se ha escrito sobre el impulso que el llamado Rey Sabio dio al desarrollo de las artes y las ciencias de su tiempo, al derecho, a la cultura en general, pero, ¿fue él el protagonista de aquellos avances como solemos imaginar, o fue un colaborador más en un proyecto transformador a gran escala? ¿Cómo podríamos disponer mejor la gran cantidad de piezas de este puzle para obtener la visión más amplia y al tiempo compleja de su misión?

Menéndez Pelayo escribió en su Historia de los heterodoxos españoles:

“Este pseudomisticismo enervador y enfermizo es muy antiguo en España. Le profesaron los agapetas, le difundieron en Galicia los priscilianistas y duró, en tenebrosos conciliábulos, hasta el fin de la monarquía sueva. Permaneció en el s. XIII con los albigenses de Cataluña y León, y, no ahogado del todo por el humo de las hogueras que encendió san Fernando, volvió a salir a la superficie en el XVI, era tristísima en que se removió todo el cieno [5].”

No compartimos con don Marcelino esta aparente aversión a la heterodoxia. Es más, diremos que nos complacemos en ella cuando la heterodoxia consiste en el intento, no autorizado por el poder establecido, de transcender los límites por él impuestos, para así propiciar un paso en el desarrollo de la capacidad de consciencia de quien los transciende y del mundo en que vive. Pero si no gustándonos el sesgo lo traemos a colación es porque en este párrafo expresa el estudioso la existencia a lo largo de la historia de una corriente subterránea que siempre aflora aquí y allá cada cierto tiempo por encima del orden impuesto, mudando su cara pero no su contenido ni su intención. Y cuanto más vueltas le damos más nos parece que en los siglos XII y XIII esa intención no sólo afloró, sino que floreció plena y profusamente; pero no como tendencia marginal como sugiere este autor, sino como un proyecto visible promovido por los poderes mejor establecidos de la época en el sur de Francia y norte de nuestra península desde donde se propagó llegando su influencia a todo el mundo conocido, tanto desde el punto de vista político, militar y económico como tecnológico y cultural. Una revolución de la civilización occidental a gran escala proyectada, y en buena medida realizada, desde focos que al mismo tiempo serían combatidos por fuerzas contrarias; un movimiento que se propuso generar un impulso de transformación en el ser humano y sus sociedades. El alcance y complejidad de aquellos procesos viene siendo estudiado desde entonces y muchos de sus aspectos son hoy bien conocidos por los historiadores que han escrito sobre ellos millones de páginas. Al contemplar el milagro tecnológico y estético de las grandes catedrales góticas la imaginación tiende a desbordarse de la razón, y sólo por medio del estudio podríamos ir aprendiendo a valorar hasta qué punto el gigantesco esfuerzo que supuso concentrar en aquellos años la revolución del Gótico pudo ser fruto de intenciones coordinadas. Una nueva estética como síntoma de un proyecto que abarcó desde la exploración de todas las geografías terrestres y marinas, que siglos después fructificaría con el desvelamiento público de la existencia del continente americano, la aparición de las primeras universidades impulsando los estudios de física y de metafísica, y donde el pensamiento clásico greco-romano se armonizaría con la fe cristiana, el intento de simbiotizar los principios y tradiciones de las tres grandes religiones, el desarrollo de las órdenes religiosas y de caballería, los cambios en la concepción del modelo económico que harían entrar en crisis al sistema feudal. Un movimiento colosal apoyado sobre la restitución del papel que el principio femenino debe tener en el juego de la consciencia, y por tanto en una concepción nueva de la realidad.

La palabra florecida

En el sur francés de los siglos XII y XIII, los trovadores fueron cultísimos personajes, respetados en grado sumo, que propagaron por las cortes de la nobleza un canto abierto a lo femenino expresado simbólicamente en la figura sublimada de La Dama, y un nuevo ideal, el amor, se erigió como antorcha entre unas élites –de ambos sexos– que ahora debían demostrar su nobleza por el oficio de entrega al mundo y la práctica de la más alta virtud y no como resultado del ejercicio de la fuerza o del privilegio de la sangre, algo que permitió que las capas sociales comenzaran a hacerse permeables entre sí. Se abría camino por fin una forma de concebir el mundo que, lejos de ser original de aquel tiempo, bebía en la fuente que brotara hacía ya más de un milenio en la palabra puramente heterodoxa del mismísimo heredero al trono de Israel, Jesús el Nazareo, y que las Santas Marías –si hemos de dar crédito a la tradición– implantaran en Occitania bajo el liderazgo de María de Magdala.

La nobleza sometía dichosa sus pasiones y desengaños eróticos al fallo de los Tribunales de Amor que promoviera Leonor de Aquitania, los duelos poéticos y musicales imitaron en las cortes los torneos de juegos militares en los palenques, las coloridas geometrías de los rosetones de las vidrieras alumbraron los anchos espacios del templo nuevo concebido como expresión tridimensional del modelo crístico y aquel arquetipo inalcanzable que persiguieran enamorados los caballeros iluminó sueños esperanzadores de belleza y virtud como ideal de vida. Los Lais de María de Francia, las composiciones de Raimon de Miraval, o el Roman de la Flamenca se escribían al mismo tiempo que, desde la escolástica, se estructuraban las ideas del platonismo y del gnosticismo en una norma moral ejemplar con la que construir, para el pueblo sencillo, un estilo de vida que sirviese de plataforma psicológica sobre la que sostener un proyecto de desarrollo social posible a medio y largo plazo. Al mismo tiempo las campañas festivas de juglares y comediantes aliviaban la austeridad predicada en las calles, las plazas y las iglesias por diáconos y creyentes, llevando por pueblos y ciudades, hasta los más humildes, algo del aire que se respiraba en los palacios.

No es ésta la lectura que de este proyecto hiciera la iglesia, que sólo ha querido ver en el catarismo actitudes maniqueas, enemigas de la familia y la procreación, austeras enemigas de la cruz. Aún hoy las cenizas y el humo de las hogueras flotan en el aire eclipsando la luz irradiada en un tiempo en que un puñado de hombres y mujeres soñaron con que la pureza [6] pudiera llegar a ser el modelo que inspirase la vida de las gentes hacia el descubrimiento del amor.

Los cátaros eran los seguidores de El Cátaro

Siempre han existido personas y grupos que han expresado su disconformidad con las posiciones dictadas desde el poder establecido, y así, diferentes corrientes llamadas heréticas han cuestionado la legitimidad de la iglesia oficial para transmitir las enseñanzas del Cristo, y han intentado demostrar sus posiciones publicando sus argumentos y dando ejemplo con su modo de vida; precisamente en aquellos tiempos una variedad de tendencias discrepantes proliferaban por toda Europa. El peligro que pudieran suponer para la Iglesia aquellas disensiones fue combatido por la Iglesia con diversos medios de presión psicológica y legal que podía llegar hasta la excomunión en los casos más severos, aunque lo más frecuente era basar las estrategias en el terreno ideológico y dialéctico mediante la contra prédica, siendo excepcional el recurso a la represión violenta.

Sin embargo la transformación social que se venía produciendo en el sur de Francia presentaba un conjunto de complejos ingredientes, ideológicos, religiosos y políticos, que llegaron a constituir una amenaza de excepcional vigor en comparación con otras opciones discrepantes. Fue por ello que Roma, supuestamente alarmada en principio por la posibilidad de que la autoridad civil imitara en Occitania las atrocidades contra los herejes cometidas por Federico II Hohenstaufen, autorizó en 1184 la fundación de una institución llamada Inquisición Episcopal encargada de contenerlas. Sin embargo la realidad fue que esa Inquisición estaba facultada para investigar, juzgar y dictar sentencias, y fue ella, una vez centralizada en Roma, quien pronto adoptó el modelo del emperador y las acciones represivas frecuentemente conllevaron la aplicación, no ya de sanciones sobre la honorabilidad o la hacienda, sino de cruentos castigos físicos o incluso la pena de muerte. Pero a pesar de ello los ideales cátaros progresaban sin que los inquisidores pudieran atajarlos, por lo que finalmente el papa Inocencio III terminó por renunciar a que fuera la maquinaria policial, propagandística y represiva de la Inquisición [7] quien lograra hacerse con el control de aquella situación, y antes de que fuera demasiado tarde aceptó la urgencia con que Felipe II de Francia le venía apremiando para que predicase la cruzada contra los albigenses [8]. Fue una guerra en la que se enredaron complicados intereses, alianzas y traiciones, y que las aspiraciones de los nobles normandos implicados contribuyeron a hacer particularmente sanguinaria y desproporcionada. Entre todos ellos se propusieron la firmísima intención de aplastar, para siempre y sin dejar rastro, desde su misma esencia, las tendencias que cada vez mejor arraigadas crecían en el sur.

Pero ¿en qué consistía esa nutritiva esencia? Por una parte queda claro que una sociedad que instituyera una estructura religiosa jerarquizada al margen de la Iglesia estaba lanzando una descarada afrenta en toda regla a su poder. Por otra parte la existencia de una élite verdaderamente noble y ejemplar, dignificadora de la mujer y de lo femenino, admirada, respaldada y seguida de manera entusiasta y en masa por su pueblo, fue percibida por Roma como una seria amenaza para el orden social, puramente masculinizante y coercitivo, en que la Iglesia tradicionalmente se había sostenido. La afirmación de la importancia preeminente de lo femenino como piedra clave del mensaje crístico, la promoción de una reforma radical de la doctrina y la liturgia cristiana, no ya al equiparar, sino al anteponer la figura de María como modelo a la del martirio en la cruz, rememoraba antiquísimas tradiciones aún vibrantes en occidente del culto a una divinidad femenina, a la diosa. La práctica de la austeridad coexistió en el catarismo junto al canto de amor a la dama, al punto de colocar a María embarazada en los pórticos de las catedrales y en los altares de las iglesias, en una húmeda intención estética de fuerte vocación mística.

Los planteamientos que brevemente acabamos de esbozar empiezan ya a aclarar algunos de los motivos del odio exacerbado que el catarismo suscitaba en el estamento religioso católico. Pero aún no lo explica del todo pues la concepción de ideas de semejante envergadura, el diseño y puesta en marcha de las estrategias que las implantasen en la vida social de un pueblo, no pudieron surgir en aquel tiempo en el pueblo mayoritariamente inculto, ni tampoco en un estamento clerical fuertemente jerarquizado y controlado por más que tuviese discrepantes, ni tampoco pudo surgir sin más en el seno de una nobleza que nunca necesitaba arriesgar sus privilegios. Y sin embargo fue en la clase noble, en la misma entraña del modelo feudal, donde se fraguó aquel proyecto de transformación que sólo pudo ser concebido y promovido desde instancias superiores dotadas de grandes capacidad, carisma, autoridad y poder. Podríamos estar ante el mítico principio de autoridad magistral que fuera simbólicamente llamado Santo Grial. Y es que es imposible desligar el catarismo de leyendas y rumores, como la posible descendencia genética de Jesús en la dinastía de los reyes Merovingios, que a su calor proliferaron en todo el mediodía francés de la Edad Media, y que siempre insistieron en sugerir que aquel movimiento formó parte activa de un proceso de gran calado dirigido por alguien que quizás habría podido, no ya mermar el poder establecido, vertebrado desde la estructura vaticana, sino llegar a arruinar su legitimidad y hasta su propia existencia.

Más adelante veremos cómo, en nuestra opinión, la supuesta y probable entidad a que nos referimos debe relacionarse con antiguas tradiciones genuinamente occidentales, con los mitos celtas y atlánticos que transmiten la existencia de una institución que debida y discretamente custodiada en estas tierras, trabajaría para propiciar el advenimiento de sucesivos tiempos nuevos para la humanidad. Aquellas tradiciones se habrían apoyado firmemente en los primeros movimientos cristianos en la península y en el sur de Francia, probablemente porque compartían una relación de pertenencia al mismo principio o institución que estamos sugiriendo. En este contexto, el referente de la figura de María de Magdala como fuente y autoridad magistral legítima tras la desaparición del Maestro, y como institución y modelo autorizado y complementario al mismo Jesús, coherente con el paradigma de la tradición occidental, ha supuesto para la institución de Roma una verdadera pesadilla que durante siglos hasta hoy ha intentado sacudirse sin éxito. He aquí la corriente subterránea a que hacía referencia don Marcelino. Sólo una voluntad dotada de un carisma magistral, expresada desde un colegio o institución, pudo ser capaz de concebir y catalizar la energía necesaria para desarrollar el impulso gigantesco tan bien trabado, tan complejo y a la vez tan compacto, tan multifacético y poliversal, como lo fue el proyecto occidental de los siglos XII y XIII.

Aquella institución, legendaria o real, ha sido nombrada a lo largo de la historia de maneras diversas, unas veces se llamó Hércules, otras Rey Melchor, otras Maestro Jaques, y aún tuvo otros nombres, pero quizás no venga al caso mencionarlos todos aquí ni ahora. Podríamos encontrar su rastro sin demasiada dificultad al estudiar el gremio de los maestros canteros y constructores de las catedrales, sobre todo si aceptásemos la hipótesis de la existencia de una continuidad en la transmisión de sus saberes, como se ha afirmado, al menos desde los constructores de los grandes edificios egipcios o del Templo de Salomón. ¿Acaso no afirma la masonería, por ejemplo, una organización conocida y bien situada en las estructuras sociopolíticas y económicas de nuestro mundo, ser herederos de esa misma tradición? No afirmamos nosotros que lo sean, pero ellos sí lo hacen y por tanto reconocen su existencia, aunque en su mensaje no logremos ver florecer la palabra amor.

La corriente ibérica

Hace solo treinta años casi nadie había oído hablar del catarismo salvo en los círculos especializados del medievalismo. Por alguna razón, el término es hoy de dominio público hasta el punto de que en las geografías donde esta corriente se desarrolló, sus lugares emblemáticos son un atractivo turístico de primer orden y en las estanterías de decenas de miles de hogares hay una novela histórica situada en aquella época. Cuando el lector no demasiado instruido piensa en aquella época suele representarse la frontera pirenaica dividiendo a Francia y a España como hoy sucede. Pero a comienzos del s XIII esto no era así. El Reino de Aragón incluía a Cataluña y también una parte de Occitania, lo que establecía un estrecho vínculo entre los señores occitanos promotores de la causa albigense y el rey Pedro II de Aragón, el héroe de las Navas de Tolosa, de quien desde 1204, y de muy buen grado, eran vasallos. Precisamente hemos de buscar el comienzo del fin del catarismo en la derrota que sufrió su ejército en 1213 cuando se enfrentó al Vaticano y a Francia en la ciudad de Muret por defender los intereses de sus territorios y sus habitantes, perdiendo tras la contienda las tierras y la vida. En el momento de la derrota, su hijo y heredero a la corona de Aragón, Jaime, de cinco años, llevaba más de uno viviendo bajo la tutela del propio Simón de Monfort, su enemigo y vencedor, a quien el niño había sido entregado como garantía en las negociaciones que se habían iniciado cuando aún se trataba de resolver el conflicto por la vía diplomática, proponiendo la posibilidad de un futuro matrimonio con la hija de Monfort. La influyente mano de los templarios –siempre detrás del proyecto que nos ocupa– lograría forzar al papa a ordenar la entrega del niño a los caballeros, que tutelarían su educación hasta su coronación como Jaime I de Aragón.

La guerra declarada a la causa del catarismo duró treinta y cinco años desde la matanza de Béziers hasta la derrota de los bastiones de Montsegur y Quéribus. ¿Hemos de entender que el Vaticano y el rey de Francia lograron sus objetivos de acaparar el dominio del sur y erradicar definitivamente aquel proyecto social, político, filosófico, artístico y místico con la derrota final de sus representantes occitanos? Según todos los indicios, a pesar de que muchos cátaros habían buscado refugio, con mayor o menor fortuna, en el norte de Italia, Alemania, ¿Suabia tal vez?, y también en Aragón, Navarra, Castilla, Portugal o León, parece cierto que el proyecto social del catarismo había sido completamente destruido. Sin embargo no es difícil identificar la actividad de la misma voluntad generadora que concibiera el sueño occitano, trabajando incólume, intensa y simultáneamente en muchos de los procesos que se sucedían por todo el mundo occidental, aunque en apariencia no parecieran tener conexión entre sí, activando intenciones de impulso en los lugares señalados desde tiempo inmemorial por la tradición y activando el tráfico en algunas de sus rutas de comunicación. Es el caso por ejemplo de la gigantesca campaña de construcción de catedrales, que desde Francia se expande por toda Europa de la mano de la Orden del Císter ocupando lugares fuertemente significativos desde tiempos muy antiguos. Los trabajos en la Catedral de Chartres, el edificio primero y más emblemático de aquel proyecto levantado en el lugar del antiguo y sagrado Bosque de Los Carnutos, cuya concepción constructiva y de uso estaba íntimamente ligada a la entraña cátara, se concluirían años después de la caída de Montsegur.

En la península Ibérica, el rey Jaime I de Aragón, un personaje altamente sensibilizado desde su infancia por los recientes sucesos de allende los Pirineos y del que hemos dicho que había sido educado por los templarios, curiosamente, aunque mantenía sus derechos sobre el Señorío de Montpellier renunció a recuperar los demás territorios occitanos perdidos por la derrota de su padre, y concentró sus esfuerzos expansivos en el sur ocupando los territorios almohades de Valencia y Mallorca, buscando hacerse con el control del Mediterráneo.

En el Camino de Santiago, ruta ancestral hacia el poniente en que se llevaba ya siglos manteniendo viva la antiquísima llama, con momentos álgidos como aquellos en que viviera Prisciliano (S, IV) o los de Alfonso II y Teodomiro (S. IX), se siguió manteniendo una intensa actividad durante todo el siglo XIII; tanto que en el bullir de peregrinos y estudiosos encontrarían muchos refugiados occitanos simpatía y amparo, y una vía de penetración relativamente segura hasta nuevos lugares de asentamiento, uno de los cuales sería la Sierra de Francia, por ellos así llamada. Sin embargo otros menos afortunados encontrarían la hoguera, a manos por ejemplo del propio Fernando III de Castilla, al que no parecía quedarle ya demasiada sangre de su notable bisabuela Leonor de Aquitania. Este santo rey presumía de virtud por prender fuego personalmente a las piras inquisitoriales donde ardieron más de cuatro herejes. Sin embargo sus campañas militares de ocupación de los dominios musulmanes siguieron sirviendo –ignoramos con qué grado de consciencia por su parte– a un proyecto que con toda probabilidad venía concebido desde más allá de su voluntad soberana. Y es que quedaban aún territorios y rutas cuyo control para el proyecto occidental resultaban imprescindibles. Incorporarlos y trabajarlos se convirtió en objetivo prioritario para el que no se escatimaron medios materiales ni humanos.

¿Cuál era el interés de los cristianos en Al-Ándalus, una vasta región que estaba bajo el dominio islámico desde hacía más de quinientos años, es decir, que desde la percepción en tiempo presente de aquel entonces “siempre” había sido otro reino diferente y hacia el que no podían haber guardado nostalgias de tipo alguno?

[1] LEVI-PROVENÇAL, Évariste. Histoire des musulmans d’Espagne. Maisonneuve, París, 1950.

[2] GONZÁLEZ FERRIN, Emilio. Historia general de Al Ándalus. Almuzara, Córdoba, 2006.

[3] OLAGÜE, Ignacio. La revolución islámica de occidente. Plurabelle, Córdoba, 2004.

[4] COLLINS, Roger. La conquista árabe (710 797). Crítica, Barcelona, 1986.

[5] MENÉNDEZ Y PELAYO, M. Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, La Editorial Católica 1978, pg. 657.

[6] La palabra “cátaro” significa “puro”.

[7] Los inquisidores que investigaban a los sospechosos de herejía se quejaron frecuentemente de la dificultad de su labor, pues el comportamiento de los herejes era tan cristiano que resultaba sumamente difícil identificarlos. En este contexto habría que entender la famosa frase supuestamente pronunciada por el legado del papa Arnaut Amaury, cuando al entrar en Beziers los oficiales le preguntaron cómo habrían de distinguir a los cátaros de los verdaderos católicos. Algunos autores cuentan que el legado contestó: “Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”.

[8] La ciudad de Albí fue tomada como ejemplo por la gran fuerza con que las nuevas tendencias estaban arraigando.