Leyendo los espacios de la Plaza del Convento

La nueva Plaza del Convento de Villamanrique exhibe la amplitud que siempre tuvo en el pasado, y su estética actual, rica en cerámicas elaboradas artesanalmente, está en consonancia con las líneas propias del Modernismo de principios del siglo XX. Aníbal González y al arquitecto francés Forestier diseñaron según aquella corriente el Parque de María Luisa, y la casa de Orleans a su vez encargaba también a éste último los jardines de su palacio de Villamanrique. Los motivos ornamentales de la Plaza del Convento están inspirados en algunos de los aspectos más sobresalientes de la historia y la mitología de Villamanrique en el contexto geográfico y cultural de Doñana.

Las unidades temáticas de la plaza son:

Una aparición en la frontera del Guadiamar

Cuando caminamos hacia la Plaza del Convento desde la iglesia vemos la perspectiva que siguiendo la línea de la calle confluye en la Glorieta de la Virgen del Rocío.

Los hierros de la pérgola, aún desnuda de la vegetación que un día habrá de formar un túnel de sombra, ayudan a señalar el punto de fuga. Al aproximarnos nos recibe el murmullo de un surtidor de agua que, a ras del suelo, se eleva apenas un codo cayendo suavemente en una pequeña fuente circular. Desde esta fuente la vista remonta el curso de un canalillo por donde el agua fluye hasta nosotros desde los pies de la Virgen. A nuestra izquierda, un banco alargado nos ofrece el primer asiento. Este banco mide siete metros, como el canal, y como él está todo revestido de cerámicas de azul y blanco.

Los azulejos del banco, pintados a mano, ilustran la vida animal y vegetal del Guadiamar, ese bello río cubierto por la fronda de un bosque en galería que, a modo de frontera, recibe al caminante que desde Aznalcázar dirige sus pasos hacia Villamanrique. Aquel río, aquel túnel de verdor y el vado famoso de Quemas, donde el peregrino nuevo recibe el bautismo rociero, está en nuestra plaza representado por este conjunto. Apenas nos sentamos la mirada quizás aún quiere detenerse en la imagen dorada de la Reina de las Marismas.

LA APARICIÓN

La glorieta
La glorieta
La glorieta 2
La glorieta 2

Ella está a nuestra izquierda, flotando sutil entre el follaje de un árbol donde unos pájaros, desde el silencio inmóvil y eterno de las pinturas, le cantan mensajes indescifrados. En torno al tronco se eleva la serpiente que nos recuerda que la Virgen, como Eva, es inmaculada. Alrededor de la hornacina unos versos del Apocalipsis de San Juan se aseguran de que antes de partir quedemos avisados de a quién se dedica la imagen que contemplamos:

Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. (Apocalipsis 12:1)

Doce estrellas y un sol incrustados en el muro brillan reflejando la luz con tonos dorados iridiscentes formando un semicírculo.

Bajo el árbol y a lo lejos, tres yeguas rocinas parecen pastar reflejando sus siluetas en las aguas de La Madre, mientras el acebrón, el rocín, las mira tranquilo y atento.

A la altura del vientre de la Virgen, bordada en el vestido, una granada abierta alude a una imagen de culto importante en la Comarca de Doñana, la Virgen de la Granada, que no sólo encontramos en La puebla, Moguer o la Rábida, sino también en Villamanrique, donde llegó cuando el despoblamiento de la aldea de Quemas y donde hasta hace algunos años procesionaba con San Roque.

A los pies del árbol la fuente, el pocito que siempre está manando las aguas milagrosas donde el caminante aspira a aplacar la sed del alma. Desde la boca abierta de un viejo pez de formas mitológicas el chorro cae salpicando sobre una de las joyas de la plaza, una venera o concha de Venus ––recuerdo de la portada del santuario de la aldea– tallada en un bellísimo bloque de mármol de Macael. La pieza es bellísima, digna de un palacio nazarí. En el suelo un letrero pintado: Rocío KM 0. Ahora ya lo sabemos, si vamos de camino hacia la aldea, Villamanrique es el punto de partida, y hasta ahora no hemos hecho con nuestra marcha sino llegar al principio, allí donde todo comienza.

Si rodeamos la glorieta por la izquierda enseguida identificaremos el símbolo: siete escalones iluminados desde el cielo aguardan la llegada de las carretas. En esta parte del mural, una lluvia de remolinos de oro descienden sobre los escalones suavemente girando. Hemos querido recoger aquí una leyenda ya olvidada, pero conservada aún en las leyendas del folklore asturiano. Cuentan que cuando cae el rocío en las noches de luna de mayo y junio, unos sutiles espíritus llamados “Ventolinos” descienden como polvo de oro para posarse en las gotas de rocío.

Frente a los escalones pintados, un arriate circular acoge una planta conocida de todos cuyo nombre evoca a la Señora: dama de noche. Cuando florece su dulce perfume embriaga al que contemplativo se abandona soñoliento en las calurosas noches estivales refrescándose con el rumor del agua.

Cuatro esquinitas y un quinto elemento

Aún sentados en el Banco del Guadiamar la mirada recorre el espacio que se abre ante los ojos. Al otro lado del río –del canalito que a nuestros pies discurre– un campo dorado se extiende hasta el final, enmarcado en derredor por breves notas de vivos colores. Entre ellos se levantan aquí y allá, siguiendo el perímetro, los finos troncos de unos jóvenes árboles: fresnos, naranjos, almeces y un granado. Cruzamos el Guadiamar, salimos de sus sombras, y paseamos lentamente contemplándolo todo. Nada nos estorba al andar, los espacios están vacíos, los elementos alrededor: un banco azul aquí, dos rojos allá, algo más lejos hay uno verde y ya cerca de él viramos un poco a la izquierda para acercarnos a unos bancos amarillos. Todo es ligero y amplio, como desprovisto de intención. Nada más lejos de la realidad. Sutilmente cifrados en los diferentes elementos de la plaza, en los dibujos que los decoran, podríamos ir leyendo símbolos que nos relatan las leyendas, muchas de ellas ya olvidadas y otras aún por recordar, de un pueblo y una tierra que quizás aguardan la hora en que pueda por fin despertar el legado que desde hace tiempo atesoran bajo un manto de silencio .

Cuatro esquinitas guardan la plaza, cuatro esquinitas y una palabra.

¿Quién no ha tenido nunca una baraja española en sus manos? De todos son conocidos sus cuatro palos, oros copas, espadas y bastos. Los juegos de cartas son muy antiguos y como otros juegos, encierran un interesante y rico simbolismo. Sus cuatro palos representan las cuatro esquinas del cuadrado, y a su vez el cuadrado es el símbolo del mundo fenoménico, el que nos rodea, el que todos creemos compartir y al que llamamos realidad. Pero las cartas tienen por misión mostrarnos que eso que llamamos la realidad es menos real de lo que pensamos, o al menos no muestra, ni mucho menos, todo lo que hay en el mundo. En estas cuatro esquinas están cifradas, expresadas en los cuatro elementos que configuran la materia, tierra, agua, aire y fuego, cuatro puertas que una vez abiertas por el juego podrían conducirnos… más allá de las fronteras.

Esquinita 1
Esquinita 1
Esquinita 2
Esquinita 2

Tierra de oro

El oro simboliza la tierra, y también el apego a los bienes de la tierra. Casi todos invertimos la mayor parte de nuestra energía en tratar de resolver nuestra subsistencia y la de los nuestros, y aún en garantizarnos la subsistencia de mañana. Por eso el que puede ahorra, acumula lo que hoy le sobra, y el que no puede sueña con que la suerte le sonría en el juego y le conceda el premio que cree merecer. Un tesoro. También Villamanrique, como tantos lugares, tiene su tesoro escondido con el que muchos sueñan y a veces buscan. Hasta hace poco, las abuelas contaban a sus nietos que no lejos de Villamanrique, acaso cerca de Chillas, a cierto número de pasos de un árbol muy viejo llamado la Encina Gallinera, había una extraña piedra. Quien la encontrase, levantase la piedra y cavase debajo, encontraría un tesoro de monedas de oro envuelto en la piel de un toro. Nadie lo ha encontrado hasta ahora, que sepamos, quizás porque nadie recuerda cuál era esa encina, ni siquiera si aún existe.

También el oro es el color de un tiempo pasado, la Edad de Oro, cuando el paraíso terrenal. Con frecuencia anhelamos volver a aquel paraíso donde no teníamos necesidad de luchar por la supervivencia y donde no existían los conflictos. Conviene saber que aquella situación es previa a la aparición de la consciencia dual, precisamente la que, tras morder la fruta del árbol de la ciencia, nos ha proporcionado la capacidad de razonar, y sobre todo la consciencia del libre albedrío. No es en la simpleza del pasado por tanto, donde estaría la solución de las dificultades que nos aquejan, sino en el desarrollo en nosotros de una capacidad de consciencia más rica y compleja, dando un paso más allá del dualismo.

En los bancos amarillos podemos ver el As de Oros, y en los azulejos laterales un ánsar que echado en la hierba nos recuerda que estamos en la esquina de la plaza dedicada a la tierra como elemento. Tras los bancos hay un pequeño jardín donde crecen plantas aromáticas de Doñana, palmitos y espinos albares. En el centro se hiergue un granado sugiriendo que quizás fuera éste el árbol del paraíso y no un manzano, pues en el génesis no se especifica la especie.

Una persona podría sobrevivir hasta un mes sin ingerir alimentos sólidos.

Una copa de agua... viva

El rojo es el color de las copas en la baraja, y la copa simboliza el agua, lo fluido. Si miramos atentamente la copa clásica de los naipes veremos, además de que está tapada, que su forma se compone de dos triángulos unidos por sus vértices, uno en la base que mira hacia arriba y hueco, que actúa como una cueva (copa, cova) de donde surten las aguas subterráneas, y el otro triángulo, el vaso, que apunta hacia abajo, se abre al cielo para recibir las aguas que han de caer. Es el encuentro entre el aire y la tierra. Por eso en esta esquina de la plaza hay una fuente en la que un chorro de agua salta hacia el cielo llenando todo el espacio con su sonido, para caer sobre un amplio y somero vaso que al mismo tiempo recibe las aguas de las lluvias y las rociadas. Se encuentran así en este lugar, en el centro de la copa, aguas de procedencias diferentes que portan las memorias del mundo. Unas las traen del interior de la tierra, que a veces están allí desde el comienzo, y otras se condensan en el aire después de haber pasado por las células de millones de organismos vivos, para volver a caer nutriendo plantas, ríos y mares y recogiendo sus enseñanzas. Porque el agua tiene la cualidad de servir, a modo de cristal, de acumulador de mensajes. Visitar el artículo titulado Sobre el agua y sus misterios.

Una persona podría sobrevivir poco más de tres o cuatro días sin agua.

Pero los bancos que rodean la fuente son rojos, y muestran en sus motivos decorativos a una muchacha vestida con bata rociera de rojos lunares que, a la manera del joven de la sota de copas, levanta una copa de vino y la ofrece al caminante que llega buscando asiento para descansar. Y este detalle es significativo por demás, pues es evidente que no es sólo agua lo que una copa puede contener. ¿Cuáles serían las principales connotaciones del vino? ¿Acaso su simbología no se relaciona directamente con la sangre?

Un ilustre caballero y su espada de palo

Al otro lado de la plaza, bajo una pérgola que algún día –esperemos que cercano– llegará a vestirse de enredaderas, hay un banco azul. En el centro del banco un caballero de Santiago, la que al mando de Pelayo Correa conquistó Mures en los tiempos de Alfonso X, exhibe en el pecho del hábito la cruz de su orden, y levantada junto al hombro la espada. Representa la carta caballo de espadas que simboliza al caballero, o cabalista conocedor del arte de la Kabalah, recuerdo del centauro Kirón. En realidad la espada de este palo no es la espada que sirve como arma, sino la cruz, el fiel de la balanza que equilibra.

El azul es el color del aire, de la atmósfera, del cielo. Por el aire fluyen los sonidos de la palabra, los cantos de las aves, el rugir de las tormentas y también los sonidos diminutos de los pasos de las hormigas. Por esto simboliza la voz, la comunicación y el arte. Es el aire un fluido más ligero que el agua, cuya existencia olvidamos pero del que dependemos estrictamente para vivir, y que todos los seres vivos del planeta compartimos. Esto significa que por medio del aire estamos todos conectados con todos, todos nos respiramos mutuamente y llevamos hasta nuestras células, mezclado con el oxígeno, multitud de otras sustancias y memorias que una vez acrisoladas nutrirán diferentes centros de nuestra biología, densa o sutil.

Sobre un poste una imagen femenina sujeta dos aves que vuelan dando vueltas con el viento, y de su cintura penden unas cintas de raso con los colores del arco iris. Es la antigua diosa Astarté, representada por un artista tartésico hace muchos años. Esta imagen es una reproducción, a mucho mayor tamaño que el original, una pieza de bronce que se exhibe en el Museo Arqueológico de Sevilla. Puede visitar el artículo titulado El Bronce Carriazo y las naves de Tharsis. La descubrió el profesor de arqueología Juan de Mata Carriazo en el mercadillo de la calle Feria de Sevilla, El Jueves, en los años cincuenta del siglo XX. Al parecer la persona que la vendía era una mujer de Villamanrique, y esa sería también su procedencia. Esta pieza está considerada como uno de los más valiosos testimonios de la cultura tartésica. En el suelo, el poste que la sostiene arranca del centro de una estrella de ocho puntas, rosa de los vientos que indica la orientación norte sur de la plaza, geométricamente exacta

Una persona sólo puede sobrevivir entre tres y cinco minutos sin aire.

El palo que el rey porta es un cetro florecido

Más allá del banco de aire llegamos al banco dedicado al elemento fuego. Este banco es verde, como corresponde a la carta del rey de bastos. Este símbolo representa a un rey sentado en su trono que sostiene un palo. El misterio de este palo radica en el hecho de que después de haber sido cortado y de estar muerto, por alguna razón ha vuelto a florecer, ha resucitado.

En las leyendas apócrifas del Cristianismo se menciona la visita de los Magos a Jesús, quienes le llevaron cada uno un regalo simbólico de la enseñanza que encarnaba. En nuestro naipe hemos hecho referencia al rey Melchor porque, según todos los indicios, su lugar de origen habría sido el reino de Thartessos, Tharsis lo llamaba la Biblia. No olvidemos que hace poco más de dos años el papa Benedicto XVI desvelaba la procedencia tartésica de estos personajes. Sin embargo nosotros sabemos que de los tres, sólo Melchor viajó desde aquí. Conviene mencionar, aunque sea muy de pasada, que Melchor es la misma figura histórica –en realidad una institución– que también ha sido conocida por la Historia como Melkart, Hércules o Melquisedec. Y que esa figura estaba íntimamente unida a los mitos relacionados por los griegos, los hebreos o los egipcios con el remoto occidente, el lugar donde se oculta el sol. Esta tierra nuestra de Doñana.

Frente al banco, y en el mismo cuadrante, encontramos en el suelo una silueta hecha de ladrillo. Su forma se asemeja mucho a unos zahones extendidos, o a una piel de toro. Pretende recordar a los altares tartésicos aparecidos en diferentes templos, desde el del Cerro Alto en Coria del Río hasta el del Carambolo. En estas sencillas estructuras de barro, modeladas a ras del suelo, se inmolaban las vísceras de los toros sacrificados en las liturgias religiosas de la vieja Thartessos. Nuestro altar, cuya forma reproduce con bastante fidelidad una de las piezas del Tesoro del Carambolo, está hecha de ladrillo refractario, y su misión es servir de soporte para encender fuego. Y es que, aunque pocos los vecinos lo recuerden ya, en esta plaza del convento se encendía una hoguera por La Candelaria, y hace más tiempo aún también se hacía, como en todas partes, por la noche de San Juan. Es nuestra intención hacer lo posible por recuperar en Villamanrique estas fiestas, y este espacio es el lugar idóneo para hacerlo.

Como elemento, el fuego se corresponde también con un determinado tipo de alimento, el que enciende la combustión celular, la chispa de la vida. Se trata de una sustancia sutil que puebla el aire, cuyo conocimiento por la ciencia es aún incipiente y por tanto al que no nos vamos a referir más allá de lo ya dicho. Añadiremos tan sólo que los primeros cristianos lo llamaron la comunión de los santos, y que es un elemento esencial en el proceso de la transformación alquímica del rocío, y también con el descenso del maná que alimentó a los israelitas en el desierto.

Si fuera posible aislar a una persona de la asimilación de esta sustancia no lograría sobrevivir más allá de unos segundos.

EL BANCO DE LA PALABRA

DE LOS LABERINTOS SÓLO SE SALE VOLANDO

Nota: En 2012 el Ayuntamiento de Villamanrique de la Condesa abordó la remodelación completa de la histórica Plaza del Convento según la idea original presentada por la Asociación Delta de Maya. Este proyecto fue votado mayoritariamente por los ciudadanos que quisieron acudir a la reunión del Consejo Consultivo Municipal al que todos los vecinos fuimos convocados en febrero de ese año. (Pinche aquí si desea conocer el proceso de transformación de la plaza).