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El viajero

El Coto de Doña Ana empezó a ser un lugar conocido a partir del siglo XIX con la visita de los viajeros románticos. Aquellos vinieron atraídos por el afán de experimentar algo exótico y misterioso que palpitaba en estas tierras; a su regreso describieron con detalle las profundas impresiones vividas durante su estancia en libros y artículos que aún nos cautivan. ¿Sigue fascinando el viaje hoy en el ánimo de sus protagonistas como lo hiciera antaño?

De la mano de nuestro colaborador Miguel Ángel Mendo Valiente reflexionamos a lo largo de este artículo sobre cómo la invención del ocio y el “estado de bienestar” nos facilitan la posibilidad de desplazarnos a bajo coste, rápidamente y casi a cualquier lugar, para permanecer allí pocos días, o incluso unas pocas horas, aunque sin llegar a comprender por qué ni para qué lo hacemos.

Quizás sea el momento de descubrir una nueva forma de concebir y ofrecer Doñana al visitante de manera que durante su estancia no se sienta más turista, sino viajero, o incluso peregrino por esta tierra sagrada de la que sus habitantes somos custodios.

Otra forma de hacer turismo

Por Miguel Ángel Mendo Valiente
Enero 2012

Habitualmente se dice que el objetivo del viaje turístico es el de “conocer” otro país, otra cultura, otras costumbres. El problema es que en la actualidad eso casi nunca se cumple: en general los viajeros de ahora no llegan siquiera a impregnarse mínimamente de la sustancia con que está hecha la vida cotidiana del país que están visitando. Desde hoteles y medios de transporte que reproducen lo más fielmente posible una idea de lujo basada en sus propias coordenadas culturales, se limitan a trasladarse, en grupo, con los ojos muy abiertos, la cámara de fotos en ristre y la tarjeta Visa en la riñonera, por unos itinerarios diseñados en función de unos pretendidos valores históricos y/o artísticos o naturalísticos. La ciudad o el espacio natural visitados, así, acaban convertidos en un museo, cuando no en un recorrido fotográfico mucho más agotador que esos cada vez más abundantes parques temáticos en los que los habitantes autóctonos han pasado a ser ya en un puñado de muñecos articulados.

El turismo se ha convertido en una industria tan gigantesca, un negocio que mueve tantos miles de millones de dólares, (en cuyo “ranking” mundial de número de visitantes figura, por cierto, nuestro país en segundo lugar), que hasta las buenas costumbres de siempre se han olvidado. Miramos los lugares que recorremos con ojos despersonalizados, cargados de distanciamiento la mayoría de las veces. Y de dos formas: o con ese vacuo asombro, esa rendida admiración que nos produce la visita superficial a los archisabidos e inevitables monumentos turísticos “indispensables de ver”, o con ese paternalismo autosuficiente de creernos pertenecientes a una cultura y una civilización muy superior a la de los aborígenes que nos acogen. Pero es que así lo quieren las empresas turísticas: cuanto menos interacción se produzca con las personas y con sus actividades reales, con su historia y con su lengua, con sus actuales circunstancias políticas y sociales, menos complicaciones.

La palabra „turismo‟ proviene de “tour”, que en francés significa „vuelta‟. Y ésa es justamente la pretensión del turista habitual: salir de un lugar y volver al mismo lugar sin que nada en su vida haya cambiado. Y poder decir que “ha estado allí”, y demostrarlo con documentos gráficos y con alguna pieza de artesanía, únicos botines del periplo, aparte de un cierto barniz culturalista y una cada vez más exigua nota de prestigio social. Porque, ahora, hasta el turismo se ha “democratizado” y, en nuestro hemisferio, casi todo el mundo puede ir a casi todo el mundo.

Se pretende, pues, que el viaje constituya tan solo una actividad de riesgo emocional controlado, cuyo recorrido no transforme en lo más profundo al viajero. Por lo tanto, lo mejor es que no se mezcle con la gente ni salga en ningún momento de su burbuja impersonal. Nada importante trajo el turista en las maletas o en su mirada, nada verdaderamente importante llevará de vuelta en su corazón.

Habría que recordar al viajero, casi desde el mismo instante que sale de su casa, que toda encrucijada espacio-temporal es en sí misma un poliverso. Dicho de otra manera: nuestra presencia en cualquier ámbito en un momento determinado no es ni casual ni gratuita. Descubrir las implicaciones, las responsabilidades y posibilidades de crecimiento personal que tales encuentros propician sería una tarea de investigación personal, un emocionante reto que exigiría una inmersión a plena conciencia en la aventura vital que hemos decidido iniciar al emprender un viaje. Porque ningún lugar, por muy lejano que esté, nos es, en el fondo, ajeno. Ni ninguna época. Llevamos inscrita en nuestros genes, en nuestra sangre, la Historia de la Humanidad: somos de todos los sitios y de todas las épocas.

El viaje es una actitud ante la vida. Una actitud abierta a la posibilidad de vivir esas experiencias que uno sabe que precisa para poder complementarse, para completarse. Y, por eso, jamás puede ser considerado como un paseo de ida y vuelta. El ritmo del viaje es un elemento fundamental, porque es necesario que se adecue con el ritmo interno del viajero. Si esa coincidencia de ritmos no se produce, se le está hurtando al hecho del viaje gran parte de su capacidad de influencia experiencial sobre el viajero. Se puede haber estado en lugares muy lejanos y no haber viajado, puesto que el verdadero vehículo del viaje es el propio cuerpo del viajero: los medios de transporte son sólo extensiones artificiales que la mayor parte de las veces, sobre todo si no se es consciente de ello, enajenan la experiencia real del viaje y sus más valiosos atributos. El viaje es algo interno. Un acontecimiento íntimo que debería hacernos capaces de mezclar lo que uno tiene, lo que uno es, con aquello con lo que se va a encontrar.

¿Qué es lo exótico, esa categoría de lo perceptivo en cuya búsqueda recorremos tantos kilómetros por tierra, mar y aire? Si fuésemos capaces de desnudar nuestros acolchados sentidos, descubriríamos que pueden ser tan exóticas la vida y las costumbres de nuestro propio vecino como el día a día de un gondolero veneciano o de un artesano de la tribu de los Lacandones.

Naturalmente que, por lo general, abrimos más lo ojos y ponemos algo más de atención cuando cruzamos nuestra frontera (municipal, regional, nacional, continental). Y se da, entonces, una magnífica ocasión para “percibir”, para “aprender”, para “estudiar,” para “conocer”, en definitiva, con mayor profundidad el ámbito vital, cultural, paisajístico que hemos ido a visitar. Y, de paso, a nosotros mismos.