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No existen interpretaciones históricas cerradas, de la misma forma que no existen teorías científicas cerradas, y aunque solo sea por eso insistimos con el título de esta serie: “Mentiras que nos contaron en la escuela”, en este nuevo artículo dedicado a cuestionar la imagen que nos han enseñado de una península ibérica en un tiempo record arabiza.

Es una lástima que en los colegios, en los institutos, en las universidades se enseñe la historia como una sucesión más o menos fija de acontecimientos cerrados; cerrados en sí mismos, como sí ya se supiese todo lo que había que saber sobre ellos. Y esto no es así, la historia está viva, y se descubre a cada vuelta de página, se descubre en cómo somos capaces de interpretar un texto, un objeto, una imagen. Pero para que la capacidad de interpretación crezca hace falta la aventura, hace falta hacer historia por las costuras de la historia, por los bordes. Y asomarse a las interpretaciones más arduas si éstas, en un momento dado durante un proceso de estudio, han emergido por sí solas. Y lo que no hace falta es negarlas por la sencilla razón de que, a priori, no cuadren con lo que nos han enseñado.

Mentiras que me contaron en la escuela (2)

La España Musulmana

Por Taíd Rodríguez Castillo
Marzo 2015

A raíz de un primer artículo, publicado en esta misma web, sobre mentiras que nos cuentan en la escuela, en el que negábamos la “invasión árabe”, nos han llegado, como es natural, una serie de comentarios acerca del mismo.

La mayoría de ellos en relación con la longitud del texto: se les quedaba corta la explicación del porqué de tan afirmativa negación, o bien se quedaban con ganas de más madera. Otros comentarios, en cambio, desconfiaban de la rotundidad. Parece que debatir un tema tan arraigado como la invasión árabe de España debería tomar, como poco, varias decenas de páginas más y un poco más de cautela. Pero en esto no puedo estar de acuerdo del todo. Sigo (seguimos, pues éramos dos los autores de aquel artículo), sosteniendo que es una falacia hablar de “invasión”, que aún lo es más decir que, encima, fuese “árabe”, y que, por consiguiente, también es falso y falaz hablar de “Reconquista” (palabra que se inventó, por cierto, en el s. XIX y no en la Edad Media como muchos creíamos).

También seguimos sosteniendo que no hacen falta mucho más de dos páginas para ofrecer datos que sostengan esto, aunque, cierto es, tal vez deberíamos haber extractado alguna de las fuentes que citábamos, aunque solo fuera para que los lectores tomasen contacto con la naturaleza de las mismas. No obstante facilitábamos, tanto en el texto como a pie de página, los datos necesarios para que el interesado pudiese comprobar nuestras afirmaciones por sí mismo y se sorprendiese tanto de la poca fiabilidad como de la escualidez que caracteriza dichas “fuentes”.

Admitimos que al poner de manifiesto todo esto no hemos descubierto nada, pero creemos que tampoco sobraba repetirlo, porque no es algo de lo que todo el mundo tenga conocimiento. Nosotros aún nos sorprendemos al considerar la forma rocambolesca en que ha llegado a nuestros días la crónica del moro Rasis; o al asomarnos a las crónicas anónimas, al ver hasta qué punto son escuetas en la narración de unos acontecimientos supuestamente tan trascendentes. Poner sobre la mesa esta escasez de pruebas era, sin más, la intención del artículo anterior. Ahora bien, los comentarios que nos han llegado van más bien en la línea de querer saber qué pasó realmente antes y después. Es decir, si documentalmente no es posible sostener que en el año 711 se produjo una invasión árabe de la Península, entonces, ¿qué demonios pasó?

El tema así planteado no tomaría la palabra “invasión” en el sentido de un acontecimiento puntual, que es como lo tomábamos nosotros, sino en el sentido, más amplio y más complejo, de un proceso que se desarrolla a lo largo de varios siglos. Tendría que ver más con lo sociopolítico de la Península Ibérica durante aquellos años, tendría que ver más con eso que en los libros de texto y en las escuelas se ha dado en llamar “la España musulmana”. Al ser un tema amplio, no podremos dar aquí sino algunas claves de porqué creemos que tampoco hubo una “España musulmana”, por lo menos no hasta la invasión de los Almorávides en el año 1086, casi cuatrocientos años después de la “primera”.

libros españa musulmana

Portadas de libros españoles publicados en 1925, 1990 y 2010 respectivamente

¡Almorávides! Entre los andaluces de hogaño todavía hoy se usa la locución “bruto como un almorávide”. Su llegada sí que está abundantemente documentada, en esta ocasión sí abundan los testimonios del rigorismo de los nuevos invasores, en esta ocasión sí está ampliamente documentado su impacto en las formas de pensar, en las formas de representar la realidad, en la filosofía, en el arte (por ejemplo, en el poema que el rey al-Mutamid de Sevilla dedica a su cadena y a la suerte de sus hijos); en esta ocasión sí están documentadas las resistencias de la población ante la imposición forzosa de un sistema de creencias distinto; en esta ocasión sí se puede documentar una verdadera ruptura, que acabó haciendo preferible, a ojos de la población de al-Andalus, la rudeza de los cristianos a la intolerancia de los africanos. Grupos de fanáticos errando por las calles envueltos en sus paños negros de arriba abajo, medio enmascarados, jugando a aterrorizar a la población, amenazando con cerrar las tabernas y aún los hornos de alfarería, para que no se cocieran jarras para contener un vino cuyo consumo prohibieron.

Pero volviendo al tema principal y suponiendo que fuera cierto lo de la invasión, la pregunta que surge a continuación es ¿era ya la España de los años 700 y 800 una sociedad islámica? En los libros de texto se da a entender que sí, que poco después de la conquista la sociedad ya era islámica e incluso que poco menos que hablaba ya el árabe con fluidez, que ya estaba hecha la famosa distinción de mozárabes, muladíes y demás, que la población cristiana pagaba sus impuestos a una administración bien establecida, que ya estaban montados los zocos, los alcaldes y las almonedas, y que en ciudades como Córdoba o Sevilla iban las gentes ya vestidas con sus túnicas, sus velos y sus pantuflas (nos ponen una ilustración al lado para que nos lo creamos más). Sin embargo, si lo comparamos con otros grandes momentos de cambio vemos cómo el cristianismo tardó nada menos que trescientos años en establecer su primera iglesia en Hispania (llegó también por África, curiosamente), y otros trescientos más en empezar a salir de los recintos amurallados urbanos y empezar a ganar los pagos, dominio de los paganos. Hacia el año seiscientos es casi seguro que más de la mitad de la población peninsular era todavía pagana, o estaba, desde luego, más cerca de los cultos y creencias paganos que de los cristianos (y quien no lo crea que repase los escritos de san Martín de Braga, de Isidoro de Sevilla o los concilios visigodos). Los dominios de los respectivos obispos apenas llegaban, por aquellas fechas, un poco más allá de “las pocas calles bien asfaltadas de su ciudad”… y ¿quieren hacernos creer que el Islam consiguió los mismos logros, o aún mayores, en cincuenta o cien años? Poco menos que se nos viene a decir eso. Como dice Olagüe, ¿de monógama pasó toda una sociedad de varios millones de habitantes, repartida por un territorio que ronda los 40.000 km2, a ser polígama en tan solo cien años? ¿Sin resistencias, sin asomo de rebeliones, sin testimonios que denoten asombro por semejante cambio en las costumbres?

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Icono que representa el I Concilio Ecuménico de Nicea (325 d.C). Arrio aparece postrado a los pies del emperador Constantino y sus obispos. http://en.wikipedia.org/wiki/Arius

Mucho más probable es que la infiltración del Islam y de la cultura árabe en la Península fuera paulatina y probablemente tardía, y que adoptara, además, formas muy peculiares. Una explicación a esta permeabilidad sería que tanto el arrianismo como el priscilianismo hubiesen sido en la Península mucho más fuertes de lo que se nos ha dicho hasta ahora. Ambas, sobre todo la primera, son doctrinas cristianas tendentes al unitarismo, es decir, tendentes a establecer una diferencia clara entre la naturaleza de Dios y la de su hijo. Exactamente igual que hace el Islam, que separa netamente a Dios (Alá) de su profeta (Mahoma), sin confundir las naturalezas de ambos, divina una, la otra humana. Por el contrario, el cristianismo ortodoxo, por así decir, el niceno, el paulino, era trinitario: establecía como dogma de fe que Dios era Dios, que Jesús, su hijo, era Dios y que el Espíritu Santo también era Dios, pero que no se trataba de tres dioses distintos sino de un solo Dios (“Uno y trino”). Este galimatías dio origen a innumerables querellas, escisiones, creación de bandos y finalmente a innumerables herejías que aprovecharon las distintas disidencias políticas y movimientos sociales para socavar los cimientos del imperio romano. Y, qué casualidad, estas disidencias políticas y sociales, apoyadas en las discrepancias religiosas, fueron más fuertes y estuvieron mejor organizadas en las regiones más cultas y más ricas del imperio, allí donde más arraigada estaba la costumbre de establecer las sutiles diferencias entre las cosas: Alejandría, Antioquía, Éfeso, Constantinopla. Salvo esta última, todas las otras provincias y capitales de provincia fueron rápidamente ganadas por el Islam.

Pero lo cierto es que, si se hubiera tratado de una lenta infiltración, no tenemos ni idea de cuándo ni cómo pudieron llegar las primeras noticias del Corán a esa parte de la Península que se rebeló contra el dominio visigodo del 700. Sea como fuere, la historia que nos cuentan de la población hispana cristiana “atrapada” bajo el dominio musulmán a la espera de ser “liberada” por los cristianos del norte es casi de chiste. Por una parte, porque aquella frontera era de lo más permeable, y además porque aún imaginando que en los años 700 y 800 hubiera ya una verdadera sociedad islámica en la Península, desde luego esta era infinitamente más tolerante que la visigoda cristiana que habían conocido años atrás, así que… ¿qué ganas tendrían de pasar de nuevo al que te corten la mano por robar una manzana?

Todo parece indicar que durante esas dos centurias la cultura peninsular siguió teniendo una fuerte impronta hispano-visigoda. En las leyendas y romances las princesas godas protagonizan los principales enlaces matrimoniales entre familias godas y “árabes”. Pero se trata de una impronta que pronto demuestra ser más dinámica. Parece que se acabó con la incertidumbre entre arrianismo de Estado o nicenismo de Estado, y se logró una cierta estabilidad político-religiosa, tal y como parece desprenderse de que durante estos años se desarrollase un arte cristiano propio, llamado por nuestros eruditos del siglo pasado mozárabe, es decir, “arabizado” (nombre que va a resultar cada día más absurdo si es que no hubo tantos árabes en la península como se pensaba, de la misma forma que cada día suena más raro oír hablar de “Reconquista”).

En fin, que en la dinámica sociopolítica parece que el Islam coránico sólo hace acto de presencia poquito a poco, a medida que la prosperidad de los unitarios del sur crece, creemos que, en buena medida, relanzada por sus buenas relaciones (aparentes) con el norte de África. Es decir, que sólo cuando esa especie de segundo camino de Santiago que une Egipto y España por el norte de África se abrió y fueron llegando a la Península los maestros alfareros, zapateros, textiles, orfebres, tintoreros, curtidores con toda la caterva de oficios, seguidos después por los oficios más libres, como músicos, médicos, maestros de gramática, etc.… , cuando todo esto fue llegando atraído por la relativa prosperidad de unas ciudades ricas, más o menos tolerantes en lo religioso y libres de guerras, sólo entonces el Islam del primer Corán fue utilizando la cultura “árabe”, o más bien la cultura “sufí en lengua árabe”, como vehículo para entrar en España. Parece que esto fue en la época de Abderramán II, la época de la primera ampliación de la mezquita de Córdoba, esto es, a mediados del siglo IX, hacia el 850. Han pasado, en teoría, ciento cincuenta años desde la “invasión”, y sólo ahora se engalana Córdoba, se levantan edificios por todos lados, florecen las escuelas de maestros de todo tipo, se coleccionan libros y los poetas empiezan a estar bien valorados. Como la administración, se expresan en lengua árabe o bien en lengua castellana escrita con caracteres arábigos.

Las enseñanzas coránicas que llegan, llegan mezcladas con este tipo de población. Se empieza a producir una síntesis, una amalgama, la cocción a fuego lento de elementos en apariencia dispersos entorno a un conductor, que no es el Islam rigorista y legalista de las escuelas de alfaquíes Almorávides, sino el Islam de las escuelas sufís de oficios, el Islam que traen consigo las cofradías de artesanos y músicos. La población hispana unitaria, que tenía, recordemos, a Jesús por un hombre, empieza a asimilar a Jesús como profeta, tal y como lo hace el Islam, y de esta forma empiezan a producirse intercambios y afinidades entre ambos sistemas de creencias.

Seguramente fue un poco más tarde, hacia el siglo X, cuando los reinos cristianos del norte se fueron asentando y definiendo, definiendo la relación de unos con otros y definiendo la relación con al-Ándalus, cuando se fue fraguando la leyenda (y luego la historia) de una invasión árabe que tuvo lugar en el año 711. De alguna manera aquella leyenda venía a decir que la transformación histórica de aquellos reinos del sur no había sido gradual y voluntaria, sino abrupta e impuesta, y que las pocas gentes que habían resistido vivían acuciadas por el yugo del Islam siendo necesario e imperativo su rescate. Era además legítimo reclamar la ayuda del Papa de Roma y de los católicos de Europa entera para batallar contra los infieles. Si bien es cierto que en los primeros momentos Roma difícilmente podía intervenir contra una iglesia primada legalmente instituida como era la de Toledo, esto se solucionó rápidamente. La querella adopcionista, una herejía más entorno al eterno debate unitario-trinitario que supuestamente sostuvo la iglesia de Toledo hacia el año 800 y que hacía de Cristo el hijo adoptivo de Dios, y acto seguido el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago en el año 820, pudieron servir como excusa para romper el lazo de obediencia que debían los reinos del norte a su iglesia primada, para que ésta se instituyera en Santiago y se pudiera empezar a hablar impunemente de una verdadera conquista árabe en 711, sin tener ya para nada en cuenta la opinión de una iglesia toledana absolutamente desplazada, desautorizada y anclada, para más inri, en un rito, el mozárabe, que también es ahora sustituido por uno romano en las iglesias dependientes de Santiago.

Conquista a todas luces absurda, porque es impensable hacer llegar a los árabes en aquella fecha desde Arabia a España, cruzando el desierto de Libia, etc… Pero fue una invención que por aquel entonces parecía razonable, puesto que, al fin y al cabo, lo que hablaban aquellas gentes (sobre todo sus élites gobernantes) era árabe. (También las élites rusas de la época de Tolstoi hablaban francés, y sin embargo el números de preceptores franceses en Rusia en el siglo XIX era tan escaso como el de preceptores y gramáticos árabes en el al-Ándalus del año 850).

Esto explicaría por qué las crónicas cristianas tardan doscientos años en hablar de una conquista árabe, y explica la ya célebre anécdota del monje cordobés que, de viaje a Francia por estas fechas, en el 848, recayó en el monasterio navarro de Leyre y allí, rebuscando entre los volúmenes de su biblioteca, se sorprendió al leer por primera vez las hazañas y noticias de un falso profeta llamado…¡Mahoma! ¡del que al parecer no habían tenido conocimiento hasta la fecha!

El éxito, la alegría y la felicidad por un proyecto de guerra a largo plazo en una sociedad que vivía precisamente de la guerra, debió abrir rápidamente los ojos de la curia romana ante la posibilidad de extender la invención a otras provincias. Debió de llegar pronto, por tanto, a la conclusión obvia de que no solo España había sido violentamente invadida por los árabes en el año 711, sino que, con más razón, lo había sido antes aún todo el Oriente Medio y norte de África, Jerusalén y Egipto incluidos, por las mismas fechas y por las mismas gentes, lo que, a la larga, justificaba las mismas acciones, como así fue.

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Satán distribuyendo indulgencias. Miniatura Checa, 1490. http://en.wikipedia.org/wiki/Indulgence

Roma fue en esto la grandísima favorecida, porque en todo conflicto contra infieles intervenía como única mediadora, como proveedora exclusiva de bulas y perdones, como proveedora exclusiva de remisión de pecados por ir a la guerra contra los infieles. Alentaba la guerra y la vertebraba por medio de las indulgencias. Las indulgencias consistían en la remisión total o parcial de las penas impuestas a una persona por la comisión de uno o varios pecados. Así, Roma podía conceder que aquellos sancionados que fuesen a la guerra contra los infieles de España en tal o cual campaña verían concedida la remisión total de sus penas. De esta forma se aseguraba más o menos la lealtad o la obediencia de los reyes que se beneficiaban de estas medidas. Los tenía comiendo de su mano, por así decir, pues dichas campañas, a partir de un momento dado, dependieron mucho de estos contingentes allegados. Lo más interesante es que, poco a poco, el sistema se fue institucionalizando hasta cristalizar en un sistema de impuestos permanentes y venta masiva de bulas de cruzada. Un negocio enorme que sostuvo a Roma durante más de quinientos años y cuyo abuso fue el principio de su fin.

Por su parte, los poderes políticos árabes en Damasco y en El Cairo (en Siria y en Egipto), desde luego no negaron la teoría de la conquista. No solo no lo negaron sino que, por su parte, hicieron cuanto estuvo en sus manos por acrecentar la leyenda. Por desgracia para Roma, los cronistas árabes no bebieron tanto de la sobria y científica tradición grecolatina como de la imaginativa tradición persa, y sus crónicas resultaron ser un compendio de lugares comunes y relatos fantásticos (lo cual, curiosamente, no ha sido un impedimento para que se aceptara su autenticidad en occidente hasta nuestros días, eso sí, debidamente expurgadas de elementos imaginativos).

Quedaba el tema de los miles de documentos contenidos aquí y allá en los archivos de medio mundo que no hacían, sin embargo, referencia alguna a tamaña conquista. ¿Cómo solventar este obstáculo? Si estamos en lo cierto, tanto romanos como árabes se debieron emplear a fondo en la expurgación de archivos de todo tipo, tanto privados, como “públicos”. Ya en el s. XVII los eruditos sabían bien que los archivos monásticos, episcopales, municipales y señoriales de gran parte de Europa (en especial Francia, España e Italia) se encontraban sorprendentemente faltos de documentos anteriores al s. X. Había una laguna de casi cinco siglos entre la documentación conservada referente al bajo imperio romano y la documentación medieval del s. X. Ante este hecho sorprendente dieron por llamar a este periodo “Edad Oscura”, denominación que pronto se extendió a toda la Edad Media. La interpretación que dieron a esta laguna es la de que se había producido, a causa de las invasiones bárbaras, una interrupción de la tradición escrita. Que se había interrumpido la enseñanza de la gramática, de la poesía, de la puesta por escrito de leyes y de la contabilidad escrita. Más tarde esto se matizó bastante, y de la enorme laguna se hizo responsables no solo a los bárbaros, sino también, en gran medida, a las incursiones de los piratas berberiscos. En esto, seguramente, no les faltaba razón. Ahora bien, ¿por qué les daría a los piratas por saquear y quemar sistemáticamente los archivos de los monasterios? ¿Por qué esa fijación con enclaves monásticos, pobres desde el punto de vista material por su propia naturaleza?

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Puente de piedra que conduce al monasterio de Boobio en Italia. Como este, los pocos monasterios con biblioteca que existían hacia el año 600 (seguramente no más de veinte monasterios en toda Europa) fueron todos fundados por monjes irlandeses. http://en.wikipedia.org/wiki/ Bobbio_Abbey

Sea como fuere, lo cierto es que no hay monasterio, por más perdido en las profundidades del valle del Sil que se encuentre, que no haya “perdido” los documentos relativos a su fundación, a sus primeros patrones, a sus privilegios o a sus propiedades, aún en los casos en que sabemos positivamente que los tuvo. Ante esto se plantean dos preguntas: primero, si estuviéramos ante una destrucción premeditada de documentos a gran escala, ¿sería materialmente posible? Segundo, en el caso de que, debido a que la cultura escrita en aquella época se hallaba tremendamente circunscrita a los monasterios, entandamos que sí, ¿qué nos impide a continuación pensar que quienes en los ss. IX o X estuvieron en condiciones de hacer eso, no estuvieron también en condiciones de reescribir a su conveniencia la historia así borrada? ¿Y qué nos impide pensar que lo hicieran con un siglo de más o, más probablemente, con uno o dos siglos de menos si les convenía?

Adoptando esta óptica, llama la atención que en el año 711 se conquistase una Península Ibérica dominada por unos bárbaros (aún siendo los menos bárbaros de todos los bárbaros) que apenas sabían escribir sus nombres, con una decadencia de las costumbres y una generalización de la violencia que queda magníficamente recogida en los cánones de los sucesivos concilios visigodos, con una iglesia cristiana sumida en el analfabetismo, la ilegitimidad, la venalidad y la pobreza, cristiana y en gran medida pagana, seriamente escindida en lo político, en lo religioso y en lo social, y que en tan solo 150 años de dominación árabe todo eso se transformase súbitamente en una sociedad con ciudades ricas o muy ricas, en pleno apogeo cultural, fuertemente vertebrada en torno a una nueva religión que todos parecen aceptar de grado, tolerante, con códigos legales y morales perfectamente bien establecidos, con escuelas de traductores, gramáticos, poetas y músicos.

Al ritmo en que se transmitían las noticias y se sucedían los acontecimientos en aquellos años, se nos hace difícil pensar que semejante salto adelante, de la semi -barbarie a la civilización más exquisita, pudiera llevarse a cabo en tan solo 150 años, cuando el mero hecho de trasladarse por tierra de Damasco a Córdoba podía llevar fácilmente de seis meses a un año en condiciones normales. Así que, amigos, ¡haceos a la idea de que tal vez estemos viviendo en el 2200 o 2300 después de Cristo!