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Majas y majos 2

El artículo que en esta ocasión presentamos, Maya y los mayos, hace un repaso por esta antigua fiesta que celebra el apogeo de la primavera.

Fiesta eminentemente rural, ha pervivido en numerosos pueblos de Europa Occidental que rendían culto a Maya y a su hijo, llamado Mercurio por los romanos, Hermes por los griegos. El análisis de sus elementos nos permite asomarnos a algunos de los principios que vertebraron e hicieron posible la vida en los pueblos, la vida en las primeras sociedades cerealeras.

Maya y los mayos

por Taíd Rodríguez Castillo
Junio 2015

Es archiconocida la falta de interés que demuestran por lo general los eruditos y los estudiosos de las distintas Academias hacia los temas que llaman “del pueblo”, hacia los temas de la “gente baja”, a los que tratan como si no fueran con ellos. Fiestas, vestidos, adornos y costumbres no merecen muchas líneas. Todas se las llevan los reyes, los obispos y los nobles; las leyes, las convocatorias de Cortes, las Constituciones; las guerras, las batallas y las armas. Pero esta desidia llega al extremo cuando se trata de las costumbres de los niños y de los jóvenes: ¿a quién le va a interesar –se preguntan- los juegos de niños? ¿Quién se los tomaría en serio?

De tal forma que sus juegos, sus canciones, el papel que desempeñaron en las fiestas del pasado, nos han llegado sólo gracias a la capacidad de observación de algunos sabios despistados, consignados en trabajos menores. Descuidada desde siempre esta baja tarea por la alta estima en que se ha tenido a sí mismo el moderno historiador, que emplea su valioso tiempo en cantar las grandezas de Roma, ha sido encomendada últimamente a los recolectores de costumbres, de ámbito casi siempre local, que como hormiguitas han ido recogiendo lo que aquí y allá veían con la intención de detener en ese punto el paso del tiempo. Unos y otros no se han hablado.

Este desinterés de los historiadores por las costumbres y el folklore moderno y contemporáneo se debe en buena medida al valor desmedido que éstos otorgan a los objetos en función de su antigüedad: un vestido, un collar, un pendiente… es valioso como objeto arqueológico sólo si es lo suficientemente antiguo. Las costumbres que los folkloristas meticulosamente consignan, las coplas y dichos que graban, los objetos que recogen no tienen al parecer la suficiente antigüedad como para merecer un estudio que reporte un renombre a la persona que lo acomete.

Y sin embargo, cuando uno lee a Lope, a Cervantes o a Calderón, y estos relatan el desarrollo de tal o cual fiesta campestre de su tiempo, todas y cada una de las referencias que allí se nos dan suelen aparecer repetidas en las fiestas (pocas ya) que aún se celebran en los pueblos. Es constatable una tremenda perduración de estas costumbres festivas en el tiempo. Celebraciones como la que nos ocupa de las mayas y los mayos no han cambiado en tres siglos. Y puede que no hayan cambiado en más de tres mil años. ¿Cómo se explica esta perduración? ¿Cómo es posible que determinadas costumbres no se corrompan ni se pierdan?

En el caso de la fiesta de las mayas y los mayos claramente se percibe hasta qué punto puede una celebración moderna ser fiel espejo de imaginarios, creencias y emociones pasadas. Tal vez la razón de su perduración sea que la fiesta pudiera estar íntimamente ligada con el ser del lugar, con la génesis de los pueblos (a algunos de los cuales todavía hoy se les llama “lugares”), con la génesis de las primeras agrupaciones estables de gentes. Esto es lo que se deduce del modo en que estas fiestas pueden llegar a vertebrar el bienestar (la felicidad, la alegría) de una determinada comunidad. Una fiesta bien estructurada, con sus tiempos bien marcados, con los diferentes espacios donde se desarrolla bien delimitados, con sus jerarquías (aunque sean temporales) bien establecidas, con los quehaceres y la preparación previa que suponen y la coordinación que implican, es un tesoro para la salud mental de una agrupación de gentes que en un momento dado se vean compelidas a convivir día a día en un mismo lugar.

Creemos por ello que la fiesta fue en el pasado un elemento vital, vertebrador de la vida de un pueblo. Sirvió para incorporar de manera festiva, alegre, aquellos elementos necesarios para que la vida en sociedad sea posible: hay un rey o una reina; hay una corte; hay una obligación de contribuir por medio de limosna con esa reina y con esa corte. Hay unos ritos y unos quehaceres previos que se dividen por sexos: los hombres hacen unas cosas, las mujeres otras. En el caso de las fiestas de las mayas y los mayos los muchachos se adentran en grupos en el bosque en busca del mayo (el árbol) más alto y más vigoroso, se encargan de talarlo, de quitarle las ramas, de transportarlo y de erguirlo en un determinado lugar, el más emblemático del pueblo o de la ciudad. Las mujeres, en cambio, preparan los adornos, acicalan a las mayas (a las muchachas), visten y proveen de significado el símbolo desnudo que los muchachos han traído. Ellos tienen la fuerza; ellas conocen y transmiten el significado de las cosas.

Hay unos tiempos que hay que cumplir y unos espacios bien delimitados que hay que respetar, y la observación de estas normas en forma de juego por los más jóvenes hace que se graben en ellos, de manera práctica pero a la vez casi inconsciente, asuntos tales como la importancia de cumplir las leyes, la colaboración aun con aquellos con quienes no te llevas bien, etc. Todo está diseñado al milímetro. En el pasado, incluso cada uno de los pasos a cumplir tenía sus propias frases, sus propias canciones, sus mantras, repetidos de año en año durante cientos, quizá miles de años: “para la rica maya” piden las mozas que rodean a la joven reina de ese año.

Antes de la introducción del cereal las gentes vivían agrupadas en tribus, tal vez en clanes. Su forma de vida era itinerante, se movían en función de la disponibilidad de recursos. Un poco más adelante se seguían moviendo, pero esta vez detrás de sus ganados. Los grupos no eran estables ni en uno ni en otro caso. Se unían, se deshacían y se volvían a unir, como nos cuenta el Antiguo Testamento en muchas de sus historias. ¿Cómo enseñar a gentes así acostumbradas un modo de vida sedentario? ¿Cómo mantener el orden social cuando uno le tiene que ver la cara al vecino día tras día aunque no le soporte? La fiesta fue una respuesta contundente a este problema. Como contrapunto y a la vez como sostén de la ley, se corresponde con lo que podríamos llamar genéricamente “Baco”. El origen de la fiesta de los mayos y las mayas, como el de tantas otras, se remonta a esta época, por mucho que no exista documento escrito que lo certifique, y puede que se remonte aún más allá de la existencia de las primeras concentraciones urbanas.

Mayos y Mayas existen por toda Europa, sobre todo en aquellos países que dan a la fachada Atlántica. No en vano, mitológicamente hablando, era Maya hija de Atlante, llamado Atlas por los griegos. Existen en todas y en cada una de las islas británicas; existen en Suecia; en Francia; en Alemania; en Portugal y en España con características tremendamente similares. Lo básico de la fiesta consiste en elegir una reina, la muchacha más bella, o sencillamente la más atractiva. Ésta a su vez elegirá a un mayo, a un compañero. Para ello los muchachos tienen que darse a conocer de determinada manera. En esta fiesta lo más usual es traer un gran árbol del bosque y plantarlo en el centro de la plaza del pueblo. Por la noche, en cambio, rondan las casas de las muchachas y dejan ramas en sus ventanas que las muchachas, al día siguiente, pueden dejar o quitar. A este árbol despojado de ramas se le llama también “mayo” y alrededor de él tienen lugar los festejos y las competiciones.

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Cuadro de Goya que representa a varios jóvenes compitiendo por ver quién es el primero en llegar a lo alto del palo de mayo. Abajo una maya o “maja” se distingue del resto del polvoriento grupo por la riqueza de sus vestidos, por su toca y por su velo. (http://es.wikipedia.org/wiki/Festividad_de_los_Mayos)

En la mayoría de los casos esta fiesta de la reina maya ha llegado alterada pero bastante reconocible. Rodrigo Caro (1573 – 1647), uno de esos pocos sabios despistados que llegaron a condescender con las fiestas y los juegos de los niños, nos dice en sus Días geniales que en Andalucía solo se elegía a una maya (y no a un mayo) y que ésta era sentada en un trono y servida por un cortejo de muchachas que pedía a quienes pasaban para los adornos de la maya. A quienes daban les rociaban con agua de flores; a quienes no, les dedican oprobios tales como “cara de perro que no tiene dinero”. Las muchachas conducían después a la maya al corro, le cantaban coplas, le daban vivas por donde pasaba. Señala además Caro los paralelos con algunas fiestas romanas y griegas, algunas de las cuales eran representaciones a modo de juego de un desposorio, entre un rey y una reina, o entre un dios y una diosa, donde las coronas de flores, los cortejos nupciales, el agua de flores y el pedir para la desposada también estaban presentes. Él mismo señala en este pasaje esa relación entre las fiesta del mes de Mayo y la diosa Maya, madre de Mercurio e hija de Atlante, que hemos señalado antes.

Cruz de mayo avec couronne de fleurs à Rociana

Cruz de mayo con corona de flores en Rociana. (http://lascallejuelas.blogspot.com.es/2007/05/9-cruces-de-mayo-tiene-rociana.html)

Con el tiempo, en casi todos los lugares se acabó sustituyendo la erección de los grandes palos o mayos por las más decorosas cruces cristianas, ocultando el simbolismo claramente libertino y sensual de las fiestas de la primavera (las fiestas “mayo-res” que se cerraban con la apoteósica noche de san Juan). De aquí nace la fiesta de las “cruces de mayo”. En la Comarca de Doñana hay varios pueblos que han desarrollado un especial gusto por esta fiesta. Entre ellos destacan Rociana y Bonares, que conservan varias cruces cada uno (hasta nueve llegaron a procesionar en Rociana, doce lo hacen todavía en Bonares). Unas y otras compiten entre sí por ver cuál es la más vistosa y la mejor decorada. En Bonares, de hecho, la cuidada ornamentación de las capillas que custodian las cruces ha hecho merecedora a esta fiesta de más de un galardón institucional y ahora figura en casi todas las guías turísticas por a sus fiestas del primero de mayo. Buena parte del año se la pasan los bonaerenses pidiendo “para la rica maya”, en este caso para vestir ricamente al mayo en forma de cruz. El día de la procesión se decoran estas cruces con coronas de flores.

El celo maldito con que la Iglesia veló en todo tiempo por la seguridad y el porvenir de sus intereses veló también el símbolo del mayo, como no podía ser de otra forma. Y no solo suprimió la erección de los mayos donde pudo, sino que también prohibió a las mayas entrar a bailar y cantar en las iglesias, pedir para la “reina maya”, y a los mayos se les prohibió salir de noche y rondar las casas de las mayas. Este tipo de presión por la prohibición ya debió ser frecuentes a finales de la Edad Media (hasta ahora, el testimonio escrito más antiguo de esta costumbre se ha encontrado en un manuscrito francés del siglo xiii, donde se llama “maya” a una futura reina y se juega, de nuevo, con el paralelismo entre los preparativos para el matrimonio y la fiesta de los mayos y las mayas), pero a finales del xvii y principios del xviii se hizo insoportable. A cada paso encontramos los testimonios de esta aversión de la jerarquía de la Iglesia hacia las manifestaciones festivas populares “demasiado alegres”:

“Por cuanto su Ilustrísima se halla informado que por el mes de mayo con el pretexto de pedir limosna para Nuestra Señora las mozas con desenvoltura y falta de recato a su estado salen por el lugar a pedir limosna a los mozos y pasajeros peinándoles y cantándoles cánticos libidinosos y haciendo otras demostraciones de que se siguen ofensas graves a Dios, y que los mozos a deshora de la noche andan por las puertas de las mozas cantando y poniendo en ellas ramos causando escándalo y alteración de las almas, y para evitar semejantes desórdenes manda su Ilustrísima que en adelante dichas mozas pidan limosna sin usar de ello para cantar, peinar ni otras cosas de que pueden seguir ruina espiritual y que los mozos se recojan a sus casas de noche, y no anden de cuadrilla por las calles ni pongan el que llaman mayo” [1].

Instrucciones episcopales como estas se multiplicaron por doquier por la España de aquellos años e iban seguidas de las consiguientes multas que en ocasiones iban destinadas a las luminarias de la iglesia parroquial de turno, pero que en otras tantas iban a parar directamente a las arcas del obispo. Esta larga cruzada en pos de someter a reglas estrictas las manifestaciones de alegría en los pueblos tuvo sus consecuencias a medio plazo: Jovellanos denuncia en uno de sus informes el estado de languidez y postración total en que se encontraban los pueblos de Asturias de su época, privados como estaban de cualquier posibilidad de manifestación festiva espontánea, incluyendo la música y el baile. En Andalucía y en Castilla, la presencia en mayor número de bandas itinerantes de gitanos debió mitigar en gran medida esta postración. Las autoridades del pueblo las contrataban “bajo cuerda” por una o dos noches, de tal forma que para cuando la autoridad quería intervenir los gitanos ya se habían marchado. Pero la prohibición ahí estaba y arreciaron a continuación las persecuciones contra las bandas de gitanos.

Contra esta represión generalizada de la alegría y contra otros desmanes de estos aciagos siglos “ilustrados” se sublevaron finalmente los pueblos de Francia en 1780 hartos de tanto absolutismo absurdo. No era una revolución contra el orden social heredado de la Edad Media, sino una subversión contra el orden social impuesto por la razón ilustrada que fue, en suma, una suma de sinrazones. En el invierno de este año los pueblos del Perigord en Aquitania, como muchos otros pueblos en otras regiones, hacían saber claramente sus reivindicaciones a la Asamblea triunfante alzando nada menos que los prohibidos mayos en las plazas de los pueblos como señal de victoria. Incluso se levantaban mayos delante de las casas de las autoridades de turno, en sus mismas narices.

Todavía dos años después de la victoria las gentes seguían sin quitar los mayos y se ponían de uñas cuando el párroco les mencionaba sutilmente lo de quitarlo de una vez. Y sacaban incluso los cuchillos si además del párroco era la autoridad quien se lo sugería. El palo de mayo fue uno de los grandes símbolos de la revolución, uno de los grandes símbolos de aquello que se quería recuperar.

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Plantación de un árbol de mayo, pintura alemana anónima 1792-1793 (http://www.cogitohg.com/la-france-et-leurope-en-1815.html)

Pero, ¿quién era esta Maya, a la que los romanos hacían madre de Mercurio? Pues sencillamente era la entidad que existía tras todo aquello que crecía. De Maya deriva, probablemente, la palabra “mayor”, que es aquello que crece. Pues bien, Maya es lo que hacía crecer. Genéricamente se le puede llamar la Naturaleza, o la fuerza que anima el crecimiento “natural” de las cosas (“des-mayarse”=”quedarse sin fuerzas”). Su símbolo es la blancura o pureza de su vestido, sin mancha, y las flores de su tocado. El mayo, en cambio, se entendía que era el símbolo de la virilidad que la hacía fecunda. Por eso decía Caro que había una maya, pero no un mayo, porque mayos podían ser muchos, pero reina solo una. El palo de mayo, unido a las flores de maya, daban como resultado el mayo adornado de flores, es decir, el mayo florecido, símbolo de aquello que, después de muerto, florece.

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Vulcano y Maya, Bartholomeus Spranger (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Bartholom%C3%A4us_Spranger_011.jpg)

También deriva de Maya la palabra maiestas, “majestad” y la palabra, tan castiza, de “maja”. La Comunidad de Madrid sigue siendo una de las regiones donde las majas son aún celebradas. Si bien la mitología griega hacía a Maia madre de Hermes por unión con Zeus, la mitología romana, por no decir la etrusca, hacía de Maia consorte del dios Vulcano. La referencia, poco conocida, fue sin embargo manejada por varios pintores, entre ellos por Bartholomeus Spranger en el cuadro con que abríamos este artículo que estamos ahora a punto de cerrar. Las Vulcanalia eran una de las más antiguas fiestas romanas y su culto estaba íntimamente ligado al de Maia a la que los flamines ofrecían un sacrificio el 1º de mayo. Maya, en la antigua fórmula, era llamada “Maia Volcani” y daba nombre al mes que su fiesta abría. Esto es curioso porque de alguna forma encaja con que, desde un punto de vista astronómico, las Pléyades fuesen hermanas de las Hyades [2].

Las Pléyades eran siete ninfas hijas del titán Atlas y de Pleione. Maya era la mayor de ellas. Hay varias historias sobre cómo se convirtieron en estrellas. Una de ellas dice que por amor, tras la muerte de sus hermanas; otra, que fueron perseguidas por Orión y, suplicando ser salvadas del cazador, los dioses las convirtieron en palomas (“peleiades” en griego) y luego en estrellas. 3376635037Las Pléyades es un cúmulo relativamente poco luminoso y, sin embargo, de una tremenda importancia en muchas mitologías, sobre todo en las mesoamericanas. Desde tiempo de los Olmecas este cúmulo fue utilizado para marcar el inicio del calendario civil y se tenía la noción de que su propia civilización procedía de alguna manera de estas estrellas. También los griegos y luego o a la vez los romanos en los inicios de su andadura se valían de las Pléyades para organizar su calendario, sobre todo su calendario agrícola. Con la salida de las Pléyades, en mayo, comenzaban los trabajos de siega; con su ocultación, en noviembre, los de arado. Después durante cuarenta días permanecían ocultas, “hyades”, como sus hermanas, ocultas en el reino de Hades para, a los cuarenta días, resucitar, como el mayo florecido.

1 José Luís Alonso Puga, “Notas documentales para el estudio de las tradiciones populares…” Revista de Folklore, nº 36. Fundación Joaquín Díaz.

2 Vulcano es Hades, que tiene relación con Hyades, “oculto”. Por su parte Pléyades deriva de Pleiôn, “pleno”, “completo”. Sobre la fiesta romana se puede ver Roberto Pierpaoli, Religioni e culti nella Roma antica. Rimini, 2014.

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)