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Convento de La Luz trabajada

En el artículo de esta semana intentamos describir lo más minuciosamente posible el Monasterio de la Luz de Lucena del Puerto y algunos de sus misterios asociados con la intención de que cada vez más gente sepa que esta pequeña localidad onubense existe y tiene nombre y valores propios.

Luz de Lucena

Por Taíd Rodríguez
Noviembre 2015

Las siguientes líneas son una extraña introducción a la descripción que hace el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía de una de las joyas de la provincia: el Monasterio de la Luz en Lucena del Puerto. Una joya silenciada, arrinconada, desconocida, no fácilmente visitable. Uno de esos monumentos que erigimos de vez en cuando los españoles al desdén y a la desidia.

Hay épocas históricas que, como determinados estados de ánimo, son deficitarias de cierto tipo de luz, épocas y estados en los que determinados tipos de luz le son necesarios. En nuestra época echo en falta más ráfagas de luz como la que he visto en Lucena del Puerto. No me refiero a la luz del Sol, a la luz de “ver”, me refiero más bien a un tipo de luz asociada a recuerdos, a memorias de estados y actitudes ante la vida pasadas; pasadas pero todavía vivas. Me refiero a un tipo de luz asociada a palabras, a sonidos, “luz de Verbo”.

Recuerdo mi perplejidad la primera vez que alguien me hizo notar la meridiana claridad con que habla el Génesis de estos dos tipos de luz. Dice bien claro que primero creó Dios la Luz y solo después, dos o tres días después, diez o doce versículos después, creó las luminarias del cielo y entre ellas dos para que alumbrasen la Tierra (que era también, anterior en la Creación a ellas), una para el día, el Sol, otra para que alumbrara la noche, la Luna. ¿Qué tipo de Luz era aquella que precedió a todo lo creado, que precedió incluso al Sol y a la Luna?

Era Luz de Lucena, luz de sonido, de Verbo. Era luz de Verdad. Y esa luz, en el Cosmos y en la Tierra, es decir, cuando se materializa y toma forma, puede tomar, simbólicamente hablando, dos tipos de forma: una visible, el Sol; otra oscura o menos visible, la Luna.

Luz de Lucena es luz de luna, “luz de cena”. Y esta es la que echo en falta. Los romanos, recogiendo esta figura de mitos anteriores, le dieron la forma y el nombre de la diosa que ayudaba en los partos, que ayudaba en el “dar a luz”: Lucina. Lucina era seguramente antes de época romana el símbolo de la Luna, es decir, de ese “segundo arco iris” que acompaña, como si fuera su sombra, o su doble, al Sol, a “el brillante primer arco iris”, representado en el país de los ligures por Lug o Lugh, de donde deriva nuestra palabra actual “luz”. En cambio, no tenemos una palabra actual para Lucina, para denominar la luz que domina durante la cena.

He sentido ese tipo de luz al leer y escuchar la palabra Lucena; la he sentido con mucha más fuerza al estudiar someramente lo que rodea a las dos Lucenas: la del puerto y la de Córdoba, ambas inexplicablemente ausentes la una de la otra. Bajo mi punto de vista –y bajo el punto de vista de otros historiadores también, modernos y contemporáneos-, Lucena y Lucena del Puerto comparten origen y destino. Son como decir Mazarrón y Puerto de Mazarrón, por poner un ejemplo de emplazamiento costero e interior muy antiguo también. Una es la puerta de entrada y la otra la sala de estar. Son comunidades hebreas o íntimamente unidas a lo ibero–hebreo, de donde proceda tal vez la peculiaridad de haber conservado su nombre tan extrañamente incorrupto, tanto en época visigoda, como en época almorávide (donde fueron muy maltratados), como en época cristiana. No es de extrañar, pues son los hebreos un pueblo extremadamente fiel a sus tradiciones, sobre todo en las que concierne a sus nombres y a sus textos.

Por eso el nombre de Lucena parece ser susceptible de contener, solo por sí mismo, algo de Verdad. Sin embargo, ésta permanece muy escondida en el pueblo de Lucena del Puerto. Son muy pocos los vecinos que conozcan o hayan oído hablar de esta historia acerca del nombre de su pueblo. Muchos incluso se sentirían confusos o indignados si les hablasen de las más que probables raíces hebreas de su pueblo, identificando ipso facto hebreos con judíos y rechazando, no menos ipso facto todavía, la idea de semejante asociación con tal comunidad.

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Cruz de la calle Malva. https://twitter.com/cruzcallemalva

En Lucena del Puerto no parece que haya habido tampoco, por lo menos hasta ahora, mayor interés por buscar y rehabilitar las raíces de su propia historia. Se llama “del Puerto”, pero de paseo por el pueblo nada indica que hubiera habido nunca uno allí y el visitante ingenuo puede llegar a sorprenderse de porqué se llama así. Tiene como escudo un negro cuervo, como el Lugh, pero como casi nadie conoce esa historia todos dicen que es el de san Vicente sin indagar si lo fue antes de algún otro. Tiene una calle llamada “malva” a la que nadie daría mayor importancia si no fuera por la cruz que tiene allí su aposento. Una calle de nombre “malva” en un pueblo llamado Lucena (o Lucina), fundado probablemente por una comunidad que se guiaba por un calendario lunar no es poca cosa, porque malva o púrpura es precisamente “el color” que simboliza esa luz peculiar, esa luz que hemos llamado, utilizando palabras de otros, “segundo arco iris” en contraposición a la luz del “primer arco iris” o espectro de la luz blanca, más fácilmente visible. La luz de Lucena es el malva.

El púrpura juega un papel muy especial en este pueblo y en todo la Comarca de Doñana. Pero como dicen algunos comentaristas y blogueros, las gentes de Lucena parecen, en estos momentos, más preocupadas del precio de la fresa que de este tipo de cosas.

No obstante, estas sensaciones persisten, están ahí, medio apresadas, buscando un poco de aire, buscando un poco de espacio.

Y vuelven a aparecer a raudales cuando nos acercamos a su casi desconocido Monasterio de la Luz. Solo el nombre impresiona. Pero es que además impresiona por sí mismo y por el lugar en que está emplazado. Y de nuevo es curioso, de paseo por el pueblo nada, ningún cartel, ningún recuerdo, ninguna mención especial. Uno puede pasar tranquilamente por allí y no enterarse de que semejante caja de sorpresas está a doscientos metros del pueblo. O lo que es peor, uno puede ir allí expresamente a ver el monasterio y no encontrarlo (doy fe). Todo está como silenciado, aplanado. Hace falta Luz de Lucina.

El antiguo monasterio de Nuestra Señora de la Luz [1], en Lucena del Puerto (Huelva) se ubica sobre una vetusta villa romana y alquería musulmana. Perteneció a la Orden de los Jerónimos, siendo uno de los más singulares testimonios arquitectónicos de la regla benedictina en la provincia de Huelva, que surge en los años inmediatos al descubrimiento de América, como consecuencia de la expansión de la orden en España, que tiene lugar gracias al apoyo de la corona. El edificio y su historia tendrán una gran influencia en el devenir de las localidades cercanas y en la configuración del paisaje rural. Esta obra arquitectónica es en origen un fiel reflejo de la regla monacal, paradigma de la concordia entre forma y función, con una clara intencionalidad de aislamiento y autosuficiencia. Se trata de un destacado ejemplo de monasterio rural, diseñado para conjugar los inmuebles de carácter religioso y habitacionales con los agrícola-ganaderos, definiéndose como un monasterio-hacienda que llega a disponer del mayor predio agropecuario y a convertirse en el principal terrateniente del término de Lucena del Puerto. Estas funciones agrarias continuaron tras su desamortización y conversión en una explotación de manos privadas, dedicándose y adaptándose los espacios a hacienda, aunque sin perder la estructura original monacal.

Destaca arquitectónicamente la bella alternancia de distintos estilos artísticos, fruto de la evolución estilística en la arquitectura de la Baja Andalucía, apreciable en el gótico tardío de su iglesia y refectorio, en el mudéjar de alguno de sus claustros y en la sucesión de intervenciones renacentistas y barrocas en el resto del monasterio [2].

La fundación de este antiguo monasterio tiene lugar a finales del siglo XV gracias al patronazgo de don Diego de Oyón y doña María Álvarez de Cárdenas, esposa de éste, quien deja en su testamento que la casa Parchilena se convierta en monasterio de frailes jerónimos. En el siglo XVI el monasterio pasa por una etapa de esplendor y se construye su iglesia, claustros y otras dependencias como el refectorio. Asimismo se adquiere la imagen titular [3] y algunos objetos muebles para el templo como el retablo mayor. Durante el siglo XVII se amplían considerablemente las posesiones agrarias, pero será a lo largo del siglo XVIII cuando se consolide su papel como gran predio agropecuario de 1.131 hectáreas, y se edifiquen algunos elementos esenciales de la hacienda (como molinos de aceite, bodegas y lagares) y se reconstruyan zonas de la clausura como la galería alta del claustrillo de la procuración, claustro principal, camarín, sacristía y fachada de la portería entre otras.

El monasterio-hacienda sufre en el siglo XIX el expolio durante la invasión francesa y la dispersión y una gran pérdida de bienes muebles con la posterior desamortización [4]. Desde 1838 tendrá uso exclusivamente agrario, y ello permitirá la preservación de la hacienda y sus edificios, aunque desde finales de los 90 del siglo XX se someterá a una fuerte rehabilitación, sobre todo en las dependencias productivas de la hacienda, como consecuencia de los cambios en los métodos de producción y el abandono de cultivos tradicionales. Actualmente el inmueble tiene un uso sobre todo residencial, como casa de campo y como lugar de celebraciones en la antigua parte conventual.

Un muro perimetral abarca y define al conjunto, separando el área habitable de los campos y tierras. En este muro se abren tres accesos principales, uno al área del monasterio propiamente dicho, y otros dos secundarios a las áreas agrícolas. El acceso principal conduce al compás y desde éste se establecen diferentes opciones de itinerario: paso directo a la iglesia, al convento desde la portería, o al área de explotación. El área conventual rodea el gran templo gótico por dos de sus lados y se articula en torno al claustro principal y dos claustrillos menores en los que se distribuyen las celdas, estancias comunitarias y áreas dedicadas a hospedería y servicios (cocinas, almacenes…). Por último, en la zona occidental se distribuyen los edificios y patios dedicados a la explotación de las tierras de labor: molinos, bodegas y viviendas de los trabajadores, habiendo sido destruido en el año 2001 las cuadras y almacenes, así como una bodega de vino. Las numerosas dependencias agrícolas y anteriormente ganaderas revelan la importancia que tuvo esta hacienda, y el espacio de labor asociado histórica-mente, dedicada a la triada mediterránea, hoy día especializado en el monocultivo del olivar.

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http://www.iaph.es/patrimonio-inmueble-andalucia/resumen.do?id=i19603

El pórtico de acceso, situado en el muro septentrional, se formaliza en una sobria galería de tres arcos de medio punto, el central algo rebajado, que descansan sobre columnas de mármol de orden toscano. Afrontado al arco central se abre la portada de acceso al convento en forma de arco carpanel entre altas pilastras de orden toscano.

Traspasado el pórtico se ingresa en el compás de la portería, espacio abierto de planta trapezoidal que ejerce un papel de primer espacio de dis-tribución, ya que desde él se puede acceder al entorno de la iglesia, a las dependencias conventuales, o a los patios y edificios de la hacienda. En él se encuentran diversos elementos de acarreo, como algunas antiguas ruedas de molino y dos placas de mármol de pilastras acanaladas.

Arquitectónicamente destaca en su lado meridional la portería, construcción de dos plantas articuladas en cinco calles por pilastras toscanas. En las tres calles occidentales de la portería se abren en su planta baja una galería de arcos de medio punto sobre pilares y en la planta superior aparece una hornacina barroca de ladrillos recortados que debió contener una pintura o lienzo de azulejos de Nuestra Señora de la Luz y que marca el eje axial de dicha dependencia. Este nuevo pórtico de transición se cubre con bóvedas de arista y desde él se accede, si se sigue de frente por el arco central, al claustrillo de la procuración.

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En el lado occidental de la crujía sur del claustrillo de la procuración se abre una pequeña estancia casi cuadrada, con muros de mayor grosor que el resto del inmueble, y cubierta por bóveda vaída decorada con pinturas de principios del siglo XVI en estilo gótico, imitando una bóveda de crucería decorada con cardina y dragantes. En la rosca de los arcos encon-tramos inscripciones en letra gótica que dicen, comenzando por el arco oriental: «(…) CAUALLERO DIEGO DE OYON Y SU NOBLE SEÑO-RA DOÑA MARIA DE CARDENAS SU MUGER QUE AYA GRACIA», en el arco meridional: «(…) HEREDAD DE PARCHILENA CON TODOS SUS BIENES AL (MONASTERIO) DE FRAYLES DE NUESTRA SE-ÑORA DE GUADALUPE (…)», y finalmente en el arco septentrional: «QUE SE DIXESE SANTA MARIA DE LA LUZ FUE POBLADO POR FRAYLES DOTOLOS DE GR (…) AÑO DE MD DIA DE LA CANDELARIA».

El claustro principal es de planta cuadrada y grandes dimensiones, presentando galerías de siete arcos de medio punto en sus cuatro lados y en las dos alturas de su alzado. Tres de sus frentes articulan su orden arquitectónico por medio de sencillas pilastras toscanas; hiladas resaltadas de ladrillos marcan la rosca y enjutas de los arcos, la imposta de los mismos y la línea inferior del entablamento del piso bajo. Sólo el frente septentrional varía levemente este esquema al invadir los capiteles de las pilastras del cuerpo inferior el entablamento y no resaltar la rosca de los arcos de esta galería baja, pareciendo de esta forma estar sus arcos cobijados bajo un alfiz. Las cuatro galerías, tanto altas como bajas, se cubren con bóveda de cañón muy rebajado, situándose en los ángulos del piso superior cuatro bóvedas de arista.

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Claustro principal. Convento de la Luz http://lucenadelpuerto.net/viewtopic.php?t=463. Foto de Ojuelo añadidas en los comentarios

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En los extremos de la crujía meridional del claustro principal se sitúan dos torres, antiguos miradores que en origen debieron cubrirse probablemente con tejados a cuatro aguas y que posteriormente adquieren el aspecto de torres al incorporarse el almenado superior de sus terrazas.

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La iglesia está situada en el costado norte del claustro principal, constituyéndose como una magnífica construcción del final del gótico, verdadera joya del estilo en la provincia onubense. El templo presenta planta basilical, de una nave central organizada en cinco tramos laterales, con crucero y cabecera ochavada. Tiene capillas laterales entre los contrafuertes y sobre ellas ancha tribuna. En su forma original presentaba un amplio coro alto a sus pies que debió ocupar los tres primeros tramos. Las naves laterales se abren a la nave principal mediante arcos apuntados alineados con ventana-les superiores en forma de arcos de medio punto rebajados y conopiales que identifican al triforio en la planta superior, desde la cual podían asistir los monjes a las celebraciones religiosas de forma apartada.

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Lo que más destaca de esta iglesia conventual es la calidad y variedad de las bóvedas que cubren su nave y presbiterio. Son bóvedas de crucería góticas con terceletes y nervio espinazo, pero con la particularidad de que todas las bóvedas se encuentran recorridas y unidas por dos nervios combados que van formando un dibujo geométrico en el centro del espacio abovedado. En el primer tramo los nervios se amplían hasta llegar a convertir el espacio en una verdadera retícula. En la zona del crucero y el ábside la complicación alcanza ya su culmen transformando el espacio en una figura estrellada de gran belleza.

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Los brazos del crucero también se cubren con bóvedas complejas, mientras son de crucería simple las que se disponen sobre las capillas y tribunas de los dos tramos próximos al mismo, salvo la situada sobre la tribuna del cuarto tramo del lado de la epístola, en la que la crucería original fue sustituida por una bóveda de cañón. Las capillas y tribunas de los tres tramos inmediatos a los pies del templo se cubren con bóvedas vaídas.

En cuanto a elementos decorativos destacan las claves principales y secundarias de las bóvedas, las ménsulas y capiteles, que reúnen un variado repertorio renacentista de veneras, decoración vegetal, temas heráldicos de la Orden de San Jerónimo y la familia de los fundadores y protectores, angelotes y animales fantásticos. En gran medida la iglesia debió estar pintada con temas decorativos y figurativos. Hoy sólo una hornacina del brazo meridional del crucero testimonia la ornamentación pictórica que tuvo.

En la cabecera del templo se adosa el camarín de la Virgen de la Luz, que se compone de dos habitaciones superpuestas. La inferior se reservaba al ajuar de la imagen y era accesible desde el exterior, mientras que a la superior se sube por la escalera situada en la antesacristía. Se cubre con bóveda semiesférica sobre pechinas, que no se trasdosa, y todo su interior estuvo decorado con yeserías y pinturas. En el centro se encontraba el templete de la Virgen situado sobre una base giratoria que permitía la contemplación de la imagen desde muy cerca en el camarín.

El claustro del refectorio o patio de las Muñecas centraba en su día el área de servicios del monasterio, además de reunir un nuevo grupo de celdas cuyo uso más habitual debió ser el de habitaciones de los numerosos criados y servidores. Se ingresa al patio desde un vestíbulo cubierto por bóvedas de aristas. Desde el mismo se accede a una estancia abierta a la galería septentrional del claustro por medio de una arquería, compuesta de cuatro arcos rebajados que descansan en tres columnas. Las tres columnas exentas y la que se incluye en el pilar del lado occidental son romanas con capiteles corintios de diverso tipo, sin embargo el pilar del lado occidental es mudéjar de ladrillo y datable a finales del siglo XV o primer tercio del siglo XVI. Los fustes y capiteles de las columnas parecen material arqueológico de acarreo. En los intercolumnios de esta galería se sitúan cuatro pedestales marmóreos que fueron soporte de otras tantas esculturas alegóricas de figuras femeninas que representaban cuatro continentes: Asia, América, África y Europa.

El patio se compone de dos cuerpos superpuestos, unidos verticalmente por pilares con semicolumnas toscanas adosadas de orden gigante. El cuerpo bajo presenta en cada lado tres vanos con forma de arco rebajado al interior de la galería y adintelados hacia el patio. Las galerías de este cuerpo se cu-bren con bóveda de cañón rebajado que genera en los ángulos bóvedas de aristas. El intradós de las bóvedas, arcos y la línea de imposta se decoran con yeserías planas de estilo barroco. En el piso alto se repite el mismo es-quema de vanos situándose en cada frente tres balcones con antepechos de hierro, siendo las bóvedas de aristas separadas por arcos rebajados.

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Las azoteas, emplazadas sobre el cuerpo superior, desaguan por tres gárgolas en cada lado, a la altura de la cornisa, realizadas por Ballester Besal-duch y que adoptan forma de dragón y león.

El espacio central del patio está ocupado por una fuente marmórea octogonal que decora sus lados con figuras geométricas incisas y pintadas en tonos ocres. Tiene taza central, también octogonal, con cuatro mascarones y abalaustrado pie gallonado. Sobre la taza se coloca un alto surtidor de piedra de formas bulbosas.

[…]

El antiguo refectorio del convento ocupó el ala occidental del claustro del refectorio o patio de las Muñecas. Construido durante la primera mitad del siglo XVI, presenta similitudes con la iglesia, conservándose hoy sólo dos de las cuatro bóvedas góticas complejas que cubrieron su espacio.

Se accede a la sala desde el ángulo noroeste del patio por medio de una puerta de cuarterones con cartelas y ornamentación vegetal, tal vez original del siglo XVII o XVIII. Del conjunto primigenio quedan dos bóvedas de planta cuadrada y complejo trazado. A la estructura de crucería se añaden los nervios terceletes secundarios para dar una forma estrellada, completándose también con el nervio espinazo que recorre las bóvedas en el sentido del eje mayor de la sala y formando cruz con este último otro nervio menor que muere en claves secundarias. Desde la clave principal y ocupando el espacio central de la bóveda se traza un círculo y alrededor suyo los nervios combados con centros en distintas semiclaves dibujan una forma de roseta con dos segmentos de circunferencia y dos sectores en forma conopial. Los elementos decorativos que se usan en las semiclaves hacen alusión a temas eucarísticos y pasionarios (anagrama IHS, cáliz, clavos, ánfora…), presentando las ménsulas los motivos renacentistas ya vis-tos en la iglesia (veneras, angelotes, vegetación).

Al norte, noroeste y oeste se observa la otra parte destinada a las de-pendencias agrícolas. Se trata de un espacio que se organiza en torno a un gran patio de labor en forma de «L» que funcionó como almijar y donde se encuentran el lagar, el molino, la nave de prensa junto a la bodega de aceite y su molino. Frente a estas dependencias existen además una bodega de aceite y otra de vinagre y, al oeste, las viviendas de la gañanía. Todas ellas están bastante transformadas y han perdido su uso original industrial, estando desprovistas de toda la maquinaria, si bien mantienen su estructura y distribución mural. Actualmente la mayoría son usadas como almacenes de aperos agrícolas.

En el extremo suroeste de dicho patio se conserva un significativo silo de cereal que revela otro de los principales cultivos que tuvo la finca. Esta construcción es de hormigón con paredes cilíndricas rematadas en techo cónico.

1 El siguiente texto procede en su totalidad de http://www.juntadeandalucia.es/boja/2010/113/14 salvo las notas a pie de página.

2 Una de las peculiaridades de este monasterio es que en él podemos aprovechar para hacer una doble visita: visitar un monasterio bajomedieval, por un lado, y visitar un cortijo moderno, por otro, con su peculiar arquitectura para alojar molinos, prensas, etc.

3 La Virgen de la Luz, la misma que da nombre a tantas maternidades españolas.

4 Durante la Invasión Francesa fue un importante cuartel de tropas napoleónicas. Ni que decir tiene el expolio al que fueron sometidos los monjes por los revolucionarios. Una vez desmantelado le resultó fácil a los liberales españoles que vinieron después terminar de rematar la faena. Los propietarios actuales han sabido conservar la arquitectura monástica o, por lo menos, no convirtieron el monasterio en una cuadra como en tantas otras ocasiones.

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