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Así de claro afirma Taid Rodríguez lo mismo que ya afirmaran otros historiadores antes que él, que también esta parte de la historia ha de ser revisada y reescrita en su totalidad. Éste es el tercer artículo que dedicamos a esta cuestión; en él, el autor expone nuevos matices sobre el modo en que se vivió en la península ibérica el tránsito hacia una sociedad ampliamente islamizada.

Los árabes jamás invadieron España

por Taid Rodríguez
2018

No voy a ser el primero que hable sobre la conquista árabe de España, o sobre la invasión musulmana del año 711, negándola. Sobre este tema Ignacio Olagüe escribió prácticamente todo lo que había que escribir y dijo casi todo lo que se podía decir en su valiente La revolución islámica en occidente, título un tanto desconcertante que no tiene en realidad nada que ver con el título original que el autor le dio al libro. Es el título “políticamente correcto” con que en esta cotidianidad de continuos disfraces se enmascara el verdadero fundamento del libro, que se expresa mucho mejor en el título original en francés, Les Arabes n´ont jamais envahi l´Espagne (Flammarion, 1969). Sobre las vicisitudes de este libro y sobre la “libertad de expresión” en España se podría escribir un pasquín entero. Yo me voy a limitar a unos cuantos párrafos, por honestidad.

Decir editorial Flammarion en Francia no es decir cualquier cosa, no es publicar en cualquier sitio. Flammarion en Francia es el equivalente a Crítica o Ariel en España, editoriales de prestigio. ¿Cómo consiguió Olagüe publicar en una editorial puntera? Pues muy fácil. El manuscrito, que no encontraba quien lo publicara en España para variar, llegó por medio de un discípulo a manos de Fernand Braudel, uno de los grandes popes de la historia de Francia y de la historia en general. Fernand Braudel debió leerlo y debió gustarle bastante porque él mismo habló directamente con su editor, Flammarion, para que publicara el libro bajo su aval personal. El libro fue un éxito de ventas y tuvo también buenas críticas en la prensa francesa, tanto académica como no académica.

En este punto, en el de las críticas que recibió el libro, me gustaría pararme y comparar a España con Francia. En Francia las críticas que he podido leer del libro (por ejemplo, en la página web de revistas académicas Persee) no hacen en momento alguno mención a la formación académica del autor ni, desde luego, a su vida personal. Se ciñen al libro y al contenido del libro. Algunas reseñas ponen en entredicho los motivos del autor, pero reconocen la poca fiabilidad de las fuentes que apoyan la teoría de la “conquista árabe” y destacan la puesta en valor del papel del arrianismo como doctrina unicista en toda esta historia, pues su unicismo convergería más fácilmente hacia el unicismo islámico (este tema lo trataremos de explicar nosotros mismos más abajo). Reconocen, así mismo, que este papel había estado prácticamente olvidado hasta Olagüe. Valoran su esfuerzo en demostrar que la arquitectura de la mezquita de Córdoba responde a este unicismo hispano, aunque no consideran sus argumentos suficientemente convincentes por lo general. Algunas reseñas terminan diciendo que la hipótesis de la conquista árabe de España es una hipótesis ciertamente “tímida”, de mínimos, pero que la falta de fuentes documentales más precisas hace imposible sustituirla hoy por otras.

Ahora las críticas españolas. Para empezar, hay que decir que la primera edición, publicada por la Fundación Joan March en 1974, casi a escondidas y precedida de un “prólogo” en el que se advierte claramente que la editorial no se hace cargo ni comparte lo que ella misma publica (¿?) (España vive como amortajada, “por tan raro disfraz equivocada” decía Bergamín), no recibió crítica alguna. Y es posible que ni se distribuyera.

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La segunda edición en Córdoba, por la editorial Plurabelle, se imprimió en 2004, también contó con muy poca distribución. Agotada a pesar de ello muy pronto la edición, no he localizado tampoco ninguna reseña o crítica sobre ella. Las críticas que he localizado son tardías (posteriores a 2010) y surgen al hilo del éxito de las tesis de Olagüe entre algunos académicos, en especial a partir del éxito de los libros de González Ferrin editados por Almuzara. Esta misma editorial se decidió a publicar el libro de Olagüe, contando ya con una buena distribución.

Entonces sí que los medios se han hecho cierto eco del libro. Muy al modo español: cuestionando la calidad de Olagüe como escritor y haciendo referencia continuada y repetida a sus amistades fascistas, que lo llenan todo. Luego, como de postre, una somera referencia a las tesis del libro, del que no se puede salvar nada por supuesto y del que, por la reseña en sí, difícilmente podríamos adivinar de qué trata. Sacamos en claro que el autor es fascista y que niega la conquista árabe de España, no por convicción histórica, sino por puro fanatismo político.

Sin embargo, nada en el libro de Olagüe remite a situación política alguna, fanática o no fanática. Pongo una muestra publicada por El País como ejemplo de este tipo de reseñas:

Tras la contienda, Olagüe parece haberse convertido en un autor desocupado y con bastantes posibles, que le permitían entre otras cosas escribir infumables tratados sobre “La Decadencia Española” y alguna que otra olvidada novela. En 1969 convenció al historiador francés Ferdinand Braudel para que avalara la publicación de un no menos infumable libro titulado “Les arabes n´ont jamais envahi l´Espagne”, más tarde traducido al español en 1974 por la Fundación Juan March, cuando todavía la presidía el después ministro franquista, Cruz Martínez Esteruelas.

¿Cómo ha llegado a ser posible esto? ¿Cómo es posible que las ideas políticas de un autor sean más importantes que la fuerza o no fuerza de sus argumentos? Me recuerda a la Edad Media y a la Edad Moderna, cuando la sangre decidía la pertenencia y la pertinencia de una opinión. Si eres de los nuestros, tus argumentos son pertinentes; si no eres de los nuestros no lo son. Esto es todo lo que parece que hemos avanzado en el tema de la cultura y de la libertad de expresión famosa: pasar de la pertinencia de una opinión en función de la pertenencia a un grupo por sangre (los nobles sólo podían ser juzgados por otros nobles, etc…), a la pertinencia de una opinión en función de la pertenencia a un grupo por militancia política.

Y aquí terminaría este artículo si no me preguntasen tan a menudo qué es eso del “unicismo” que reclama Olagüe. Resulta muy llamativo, en este punto, que la tesis principal del libro de Olagüe muy pocas veces se comprenda. (A pesar de lo cual es aniquilada sin complejos, sin saber muy bien siquiera de lo que se está hablando. Por pura convicción política).

Yo mismo me las veo y me las deseo para explicarlo. Así que dejemos de lado la invasión de España y expliquemos en profundidad qué es eso del unicismo.

Para eso hay que remontarse a finales del s. IV, trescientos años antes de la pretendida invasión de 711. En la península el cristianismo está todavía extendiéndose. Los dogmas de fe están tejiéndose y la barrera entre lo “herético” y lo no “herético” es bastante más difusa de lo que nos gustaría pensar.

En la península, y en todas partes, existen básicamente dos formas de difusión del cristianismo: una que sigue la vía de asociación con el Imperio y que podemos llamar paulina (por ser la defendida por Pablo de Tarso) y otra paralela y no excluyente que prefiere la difusión “no oficial” y de persona en persona. La paulina establece obispos en cada ciudad. Estos obispos actúan, no siempre pero sí a menudo, un poco como funcionarios imperiales: deben su puesto al emperador, al cual sirven y del cual dependen, y entienden sus funciones más como vigilancia de las prácticas religiosas que como palancas para extender la fe cristiana. Son vigilantes más que evangelistas o difusores y a menudo en las fuentes aparecen más como recaudadores que como otra cosa.

La otra vía, la que va de persona en persona o la que va fundando escuelas, suele tener un carácter más libre. Su fe no depende tanto del emperador y a menudo son más evangelizadores que administradores imperiales. Su marco por excelencia son las “villae” rurales, apartadas de la ciudad, que actúan como “proto monasterios” en cierta forma. En vez de centrarse tanto en las prácticas religiosas suelen tener tendencia a profundizar en la teoría y en los fundamentos filosóficos del cristianismo. Suelen ser por ello cultas y difundirse entre las clases letradas de la población, aunque tienen mucha más facilidad que los obispos para trasmitir sus enseñanzas al pueblo. De este carácter fueron el agapetismo y el priscilianismo, con muchos apoyos y seguidores en la Península y en el sur de Francia, sobre todo entre los “potentiores” o la clase de las familias acaudaladas y socialmente bien establecidas.

Además de estas dos formas de difusión del cristianismo existen también escuelas gnósticas y maniqueas, que a veces incluyen postulados cristianos (o bien escuelas cristianas que asumen posiciones gnósticas o maniqueas) y, sobre todo, existe una gran masa de campesinos que siguen los antiguos ritos celtas, iberos y romanos, que han pervivido pero de manera muy irregular (los druidas, por ejemplo, fueron sistemáticamente perseguidos por el poder romano) y un tanto azarosa, dando lugar a mestizajes de cultos y costumbres un tanto extraños que conforman lo que llamaríamos supersticiones, brujería, meigas etc… En cualquier caso, son una proporción de la población mayoritaria sin duda. Es decir, parecemos querer olvidar lo fundamental en este punto: la debilidad manifiesta del cristianismo en el campo durante el s.IV, V, VI….

Esto es debido a que las fuentes documentales reflejan bien la penetración del cristianismo en las clases acomodadas de las ciudades, pero en cambio permanecen mudas sobre el 80% restante de la población. Ante este mutismo de la gente sin historia, la Historia no duda en “reconstruirles” un pasado, o bien no duda en pasar de largo como si nada hubiera pasado. Pero oiga, ¿y la mayoría de la población? Pues como no sabemos nada, la ignoramos.

Es decir que el panorama es mucho más complejo del que nos suelen vender. Pero no os preocupéis porque puede ser peor. La asociación del cristianismo paulino con el poder hará que esta corriente dependa directamente de su protección y de sus decisiones. Pero el cristianismo paulino no fue el único que buscó la protección de los emperadores. Otras ramas cristianas también lo hicieron. Y he aquí que las inclinaciones de los emperadores variaron entre unas y otras. Tanto en la parte oriental del imperio como en la occidental (el Imperio Romano estaba ya por estos tiempos dividido entre Imperio Romano de Occidente, con capital en Roma y su propio emperador; e Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla y su propio emperador). En la parte occidental los apoyos imperiales fluctuaron entre el cristianismo paulino –llamado también niceno, por el concilio de Nicea-, el cristianismo arriano y el paganismo.

¿Y qué ocurría cuando la inclinación religiosa del emperador variaba? Pues que en cada comunidad cristiana se producía una fuerte escisión. Imaginemos que el emperador anterior era cristiano paulino y que el nuevo emperador es cristiano arriano. Entonces todos los obispos de todas las provincias de occidente serán sustituidos unos por otros y pasarán de defender y propagar la fe paulina a defender y propagar la fe arriana. Es decir, todos los obispos pasarán de ser paulinos a ser arrianos, exactamente igual a como ocurre modernamente a raíz de un cambio de gobierno: todos los ministros del PP son sustituidos por ministros del PSOE y todos los proyectos educativos iniciados por aquellos se abandonan y sustituyen por otros creando división de opiniones.

En realidad, muchos obispos se negaban a cambiar de opinión. De ahí las fuertes escisiones y los grandes cismas que se produjeron durante todo este tiempo.

En las iglesias de cada ciudad el culto paulino era sustituido por el arriano (aunque en este punto estamos bastante a oscuras: no han quedado apenas textos arrianos y no sabemos hasta qué punto su culto era distinto del paulino, pero estas diferencias debieron existir y debieron de ser grandes, pues si no, no se hubiesen dado escisiones y odios tan fuertes y tan duraderos como se dieron). La misa se celebraba de manera distinta, algunas fiestas cambiaban de fecha, otras no se celebraban, otras se añadían. El tema principal era que la forma de creer en Jesús variaba notablemente, pasaba de ser Dios a no serlo. Y esto era un gran problema.

Como decimos, esto podía pasar de dos formas principales: o bien el obispo abjuraba de una fe y asumía la otra; o bien un obispo sustituía directamente al otro, que marcharía al exilio.

¿Y en cuanto a los fieles cristianos? ¿Qué hacer? ¿Cambiar a la nueva fe arriana o seguir fieles al antiguo obispo? ¿No hacer ni caso ni de unos ni de otros y optar por los priscilianistas, más firmes en su fe? ¿Olvidarse de ser cristianos, vista la poca fiabilidad de sus opiniones? ¿Y la salvación prometida? Si Jesús sólo era un hombre que murió en la cruz, ¿me salva o no? Y todos los ritos llevados a cabo hasta ahora, incluido el bautismo, ¿sirven o no sirven? ¿Han sido o no eficaces? ¿Hay que repetirlos? ¿Vivo en pecado? ¿He vivido todo este tiempo en pecado?

Lejos de dar respuestas, los prelados parecen más preocupados de asegurar su continuidad. Se produce una situación de continuas guerras por la influencia sobre las comunidades de fieles y sobre los otros obispos. Se crean partidos, alianzas. Se multiplican las denuncias mutuas. Recordemos que cada sustitución de un obispo suele ir acompañada de una excomunión y ésta, a su vez, de una requisición de los bienes asignados a su obispado. Lo mismo vale para sus fieles: los que sigan en su fe antigua a la entrada de una nueva serán excomulgados, situación MUY incómoda para un cristiano.

Así las cosas, muchos obispos renunciaron a su fe. Primaron más sus intereses económicos y sociales que la firmeza de su fe. O bien sencillamente actuaron como funcionarios imperiales en cuyo caso en el fondo no tendrían ningún tipo de fe más allá de servir a la administración imperial. En este desastre mancomunado muchos eran, con razón, acusados de laxos, hipócritas, de no atender más que a su propio interés, etc…

Entonces el rigorismo casi ascético de los ministros priscilianistas les hacía brillar frente a sus competidores, incluso en las ciudades. Sin buscar ni necesitar el apoyo oficial, resultaban ser más libres y sus creencias más firmes. Esto les granjeó no pocos enemigos pues los priscilianistas eran de los pocos obispos que podían denunciar a unos y a otros de haber abjurado de su “fe” sin ser pillados en renuncia. Entre tanto vaivén, el priscilianismo ganó seguidores por millares. (En esta época, allí donde no hubiera un obispo establecido, por ejemplo, en zonas rurales, las comunidades cristianas podían elegir a sus propios obispos. Incluso en las ciudades las comunidades de cristianos tenían la potestad de elegir a su obispo, elegido entre los miembros de su comunidad).

Esta situación duró nada menos que los trescientos años que van del s. IV al s. VIII. Es decir, hasta la “invasión árabe”. Cierto, el Imperio cayó, pero el poder visigodo lo sustituyó. Entonces había que plegarse al poder visigodo de turno que, como el romano, también fluctuaba entre el cristianismo paulino (niceno) y el cristianismo arriano.

El priscilianismo fue condenado en el año 385 y sus seguidores excomulgados. Sobre ellos pesó entonces una ley para la expropiación de sus bienes. La persecución del priscilianismo dura todavía hacia finales de la centuria del 500, según lo reflejan los concilios visigodos. Es posible que buena parte de sus fieles acabaran por acercarse al arrianismo que fue seguramente la creencia cristiana mayoritaria durante todo el periodo Visigodo. La conversión de Recaredo no parece que cambiara este equilibrio de golpe.

Ahora bien, filosófica y teológicamente, qué defendían unos y qué defendían otros. Aquí está la cuestión del unicismo. El cristianismo paulino había promovido, con la consabida ayuda del emperador, la celebración de una serie de concilios (grandes reuniones de obispos) con la intención de “depurar” las creencias cristianas, esto es, con la intención de fijar una serie de dogmas que definiesen “qué era ser cristiano” y que acabasen de una vez con la variedad de cristianismos distintos que existían. En esos concilios se dieron infinitas discusiones, debates y rupturas que giraron siempre en torno a un único tema: la naturaleza de Cristo. ¿Era humana como defendía Arrio y los arrianos? ¿Era mitad humana y mitad divina, sin separación entre ambas y sin que una y otra se confundiesen entre sí, como defendían los paulinos? ¿O ambas naturalezas, una vez establecidas, se confundían y la divina asumía la humana, como defendían los monofisitas? Del concilio de Constantinopla al de Calcedonia se desarrolló un periodo de continua efervescencia religiosa, política y social tanto en Oriente como en Occidente, un periodo de grandes cambios sociales y de todo tipo.

Cambios políticos y sociales porque cada opinión era respaldada por un “patriarcado” distinto. Las parroquias o comunidades cristianas se agrupaban administrativamente en diócesis, al frente de las cuales estaba un obispo. De la misma manera, las diócesis se agrupaban en grandes patriarcados. Los más importantes eran el de Roma, el de Alejandría, el de Jerusalén y el de Constantinopla. Al Papa de Roma se le reconocía una preeminencia honorífica, que éste trató durante toda su historia en convertir en una preeminencia real. Por otra parte, el Patriarca y la escuela filosófica de Alejandría estaban fuertemente enfrentados con el de Constantinopla por dominar en la parte oriental del Imperio. El patriarcado de Roma defendió siempre la filosofía trinitaria; el de Constantinopla también asumió la doble naturaleza de Cristo, pero se escindió a la hora de establecer si estaban unidas o separadas y en si estaban confundidas o no; el de Alejandría defendió siempre el monofisismo.

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Patriarcas como Arrio o Nestorio fueron excomulgados y sus escritos y opiniones destruidas y perseguidas. Ellos sufrieron el exilio, pero sus partidarios, que se contaban por millares, siguieron defendiendo activamente sus causas y su regreso. Las diócesis se escindieron y las ciudades se incendiaron. Esta división social es crucial para entender cómo y por qué la provincia imperial de Egipto se separó poco después del Imperio; cómo y porqué la provincia imperial de Siria se separó también poco después del Imperio. A su vez, es crucial para intentar esclarecer cómo estas mismas provincias fueron, poco después, “invadidas por el islam”.

La clave está en que todas ellas eran de tendencia “unicista” y todas ellas declaradas heréticas y perseguidas.

Arrianos y Monofisitas eran “unicistas” en el sentido de que creían que en Jesucristo sólo había una única naturaleza, ya fuese humana (arrianos) o divina (monofisitas). En cambio, los paulinos eran “trinitarios”: creían que en Jesucristo habitaban dos naturalezas, sin separación y sin que se confundiesen una con otra. Una posición filosóficamente más compleja, que obligaba a explicar que algo podía estar fundido, pero no confundido.

El arrianismo estaba muy extendido en occidente: en el Norte de África, España y sur de Galia. El monofisismo era corriente muy extendida en Egipto y Siria. Como hemos visto éstas fueron las provincias que antes se separaron del Imperio. Así mismo, fueron las provincias que antes “cayeron” en manos del Islam. El Islam también es una creencia “unicista”. Su Profeta, Mahoma, es de naturaleza únicamente humana. Reconocen que Jesús también fue un gran Profeta, el segundo en importancia tras Mahoma. En este sentido, el Islam no niega el cristianismo, esto es, el legado de Jesús, sino que lo amplia con el de Mahoma. En cualquier caso, no lo persigue, cosa que sí hacían unos cristianos con otros.

Ante el peligro de la excomunión y la persecución, la confiscación de casa y bienes y la prohibición de comunicación con otros cristianos, el dominio político del Islam era infinitamente más favorable que el dominio político de los cristianos trinitarios, del cristianismo dogmático que salió vencedor de las disputas cristológicas. El Islam permitía conservar bienes y forma de vida a cambio tan sólo de un impuesto; el cristianismo dogmático condenaba al disidente al exilio y al ostracismo.

Es posible que las primeras noticias de Mahoma y el Corán llegasen a la península ibérica con las tropas bereberes, que seguramente apoyaron a los descendientes de Wamba en sus pretensiones contra don Rodrigo. Las provincias imperiales de Hispania y Mauritania estaban mucho más comunicadas que hoy. Había población visigoda establecida en Mauritania, población hispana que pasaba de un lado a otro del estrecho, las diócesis cristianas de ambas provincias estaban también estrechamente unidas, etc…

Parece natural que el partido de los descendientes de Wamba, que tenían por bandera el arrianismo, buscara tropas auxiliares en Mauritania, que también era una provincia gobernada por arrianos (los famosos vándalos, aunque como decimos, había alianzas y uniones matrimoniales entre vándalos y visigodos). Estas tropas auxiliares irían capitaneadas por visigodos, pero estarían compuestas por visigodos, tropas mauritanas reclutadas y tropas bereberes mercenarias. Los bereberes eran nómadas y como tales, en sus largos viajes, tal vez, podrían haber entrado en contacto con el Islam. Quién sabe. Tal vez todos ellos conocieron el Islam en Cartago, ciudad y puerto todavía importante en época de dominio vándalo.

El paso de estas tropas a la Península se convirtió con el tiempo y según las tesis de Olagüe en una “Conquista Árabe”. Pudo haber sido como sigue: los árabes cultos establecidos en Egipto ciento cincuenta años después de estos acontecimientos, hacia el 850, sintieron la necesidad de explicar cómo el Islam había llegado hasta la Península. Por aquellos años, efectivamente, el Islam peninsular brillaba y era reconocido por todo el Mediterráneo. Supusieron que el Islam entró violentamente, por conquista, debido a que en aquella época, el 850, el cristianismo trinitario – dogmático- era ya el polo opuesto a las creencias unicistas del Islam y daban por supuesto que el cristianismo del año 700 sería igual al del año 850.

No tenían ya noticias, al parecer, de las fuertes escisiones que tuvieron lugar en aquel periodo. O si las tenían las omitieron. Así mismo, atribuyeron dicha conquista a los árabes, a mayor gloria de sí mismos, claro está. Para relatar cómo fue la conquista utilizaron descripciones procedentes de otras grandes conquistas relatadas por los historiadores clásicos. Largos pasajes de estas dos primeras crónicas procedentes de Egipto están literalmente copiados de fuentes clásicas a las que se unen elementos fantásticos propios de las narraciones árabes, tipo las mil y una noches.

Es posible que así surgiese el mito de la “invasión árabe de España”.

¿Qué pudo pasar en realidad? Parece probable que el partido de los descendientes de Wamba venciese con ayuda de las tropas Bereberes. Y que entre el norte de África y el sur de la península se estableciese (o continuase) una alianza estrecha. Por ejemplo, que las tropas bereberes se asentasen en la Península y que llamasen a reunirse con ellos al resto de sus clanes. O que otros clanes viniesen también a buscar fortuna.

Puede que el Corán encontrase entre la población peninsular y entre sus gobernantes una acogida no demasiado hostil. Hablaba de un nuevo profeta, sí, pero que explicaba una idea de la divinidad muy similar: un monoteísmo unitario. A partir de ahí pudo extenderse entre la población cristiana arriana. Recordemos: la mayoría de la población, todavía en este periodo, seguía viviendo en un medio rural y desconocemos casi todo sobre su historia. Sólo podemos teorizar sobre la población que dejó huella documental en la historia. Y ésta suele ser el fragmento de la población gobernante. Este fragmento parece ser que era mayoritariamente arriano en esta época. Este segmento gobernante pudo acabar incluyéndose en la comunidad unitaria, más amplia, del Islam.

Todavía en los s.s. IX, X, XI, la población rural tendría creencias disformes y bastante mezcladas: coránicas, judías, cristianas y no cristianas. Cuando entren los Almorávides y los Almohades, portando un Islam dogmático, se llevarán las manos a la cabeza y se iniciará un nuevo periodo de persecuciones religiosas. De esta fecha, el s.XI, en adelante, no habrá en la Península espacio para una confesión religiosa no dogmática.

Y así acaba esta historia en tanto en cuanto se pueda contar de manera resumida. La historia de Arrio y el arrianismo no está apenas escrita. Desde luego no en España, donde el arrianismo es como si no hubiera existido. Menos aún o igual de poco escrita está la historia del priscilianismo. En estas condiciones no podemos ofrecer los historiadores más que puntos de reflexión. Y esto es lo que deberíamos limitarnos a hacer. La “invasión árabe de España” es un mito, una construcción histórica cerrada con una función política y psicológica (no nos gustan nada las lagunas históricas) donde debiera haber tan sólo unos puntos de estudio y reflexión.

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