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Leyenda de Gargor y Habis2

En este articulo se relata la leyenda que habla de los Curetes  y de su rey Gargor, su presencia en tierra de los tartesios,  y del aparentemente desconcertante deambular de su heredero, Habis, para tratar al hilo de la narración descifrar alguna de sus claves.

Leyenda de Gargor y Habis

por Romualdo Molina y Delta de Maya
Noviembre 2015

En las serranías de los tartesios, donde se dice que los titanes movieron guerra a los dioses, habitaban los Curetes, cuyo antiquísimo   rey,

Gárgor, fue el primero que inventó el uso de la miel según recuerda el reputado historiador de las religiones de este país, Blanco Freijeiro, en su Historia de Sevilla, escrita hacia 1976.

Y relata Vázquez Otero (Tradiciones Malagueñas, 1947), siguiendo a Trogo Pompeyo: “Aquellos reyes, para sentarse dignamente al trono, debían aparecer a los ojos de todos limpios y puros; y libres de cualquier lacra, tanto física como moral. Gárgor, a todo trance, tuvo que ocultar la funesta debilidad de poner su mirada concupiscente en su propia hija. La amó, la deseó y la poseyó al fin. Pero luego, con el corazón destrozado, observaba cómo la alegría había huido de los ojos de la princesa. La veía huraña, hosca, triste, retraída. Ya no cantaba ni reía; una tristeza infinita la iba consumiendo; se iba marchitando como una flor privada de las aguas del búcaro; se iba apagando como una lámpara falta de óleo, pensando horrorizada la mancha que iba a caer sobre la fama del rey, su padre, tan pagado de su honor y de la limpieza de su prosapia. Más de una vez estuvo tentada por arrojarse desde lo alto de aquellos precipicios que tanto abundaban allí, en el corazón de los montes tartésicos, para arrancarse la vida; pero esto también sería menoscabo del buen nombre. (…) Al fin ocurrió que la princesa, bañada en llanto, tuvo valor para informar a su padre de cuál era su estado. Y la determinación de éste fue ordenar a sus servidores más íntimos y fieles la inmediata reclusión de su hija en una torre alejada e inaccesible y la orden de vigilarla hasta el momento en que diese a luz el fruto de aquellos monstruosos amores y hacerlo desaparecer seguidamente”.

Esta narración está plagada de elementos nuevos y de elementos muy antiguos. Gárgor y los Curetes pertenecen a una edad mitológica (que seguramente haga referencia a una época histórica), en la que Zeus Pater todavía no existía y aún reinaban los titanes, y campaba a sus anchas por la tierra la raza de los belicosos gigantes a la que, según algunas de las leyendas que nos ha legado la antigüedad, pertenecían los Curetes. Una edad prometeica en la que no está nada claro que existiesen reyes ni princesas, ni siquiera que existiesen padres e hijos. Desde luego, no en el sentido familiar que hoy les damos. Las gentes vivirían seguramente en clanes familiares, o agrupadas en tribus (conjuntos de clanes). Gárgor, pues, más que un rey pudo haber sido él mismo un Curete de rango destacado perteneciente a un clan que parece haber adoptado la Abeja como signo distintivo.

Y la tal princesa (entiéndase “mujer principal”, siendo la otra acepción inexistente entonces) no era su hija, parentesco no reconocible en una poliandria orgiástica como la que existió en muchos rincones de Europa en el alba de su historia, sino que debió ser su “hermana”, es decir, una mujer del mismo clan. Demasiado joven para matriarca, como ninfa terrestre, sería, eso sí, una alta sacerdotisa o similar, heredera designada del poder político y religioso efectivo que se transmitía por aquel entonces y durante mucho tiempo después a través de la madre y no del padre (la transmisión del poder, del rango social y de la herencia a través del padre y no de la madre es una de las características principales de los cambios operados mitológicamente –pero seguramente con un trasfondo histórico claro- tras el ascenso de Zeus al poder).

En aquella Edad de Oro sólo se veía incesto (por la forma de procreación colectiva) en la unión fecunda de dos Hermanos de Clan, es decir, pertenecientes a la misma Fratría Totémica (fraternidad jurídica y no de sangre), única coyunda que era tabú. El sacrificio a muerte del ilegítimo sería una decisión automática de esa norma.

“Cumplióse de modo tajante lo decretado por Gárgor. La desesperación de la madre, que parecía no tener límites, se vio mitigada por el vaticinio de unos cabiros, que auguraron que aquel niño recién nacido vencería a la muerte; que triunfaría plenamente de sus enemigos y que, al fin, reinaría: porque los dioses desde aquel momento lo tutelaban”.

Se dice que los cabiros, representados hoy en una constelación ecuatorial, eran espíritus o genios protectores de los que queda escasa información hoy en día. Semidioses muy arcaicos, se trata de supervivencias religiosas del Ciclo de Urano. Eran descendientes de la unión de una ninfa llamada Cabeiro con Hefesto, y vivían en la isla de Lemnos donde oficiaban uno de los cultos mistéricos más antiguos y más respetados en la región del Egeo. En el contexto de la leyenda de Gárgor son igualmente augures.

“Gárgor, avergonzado de la deshonra de su hija, que le había dado un nieto ilegítimo, procuró deshacerse de él, buscándole diversos géneros de muerte. Ordenó a uno de sus más fieles seguidores que lo dejase en lo más áspero de un cerro, junto unos roquedales donde las fieras tenían su guarida, a fin de que éstas le devorasen. Mas no sucedió así. Al llanto del tierno infante, acudieron aquellas; y, ¡oh sorpresa!, en vez de acabar con él, lo acariciaron, empujándolo suavemente hasta el interior de la gruta, donde con hierbas secas y pastos esponjosos tenían su camada. Allí lo abrigaron y alimentaron las hembras con la leche de sus ubres. Quiso asegurarse Gárgor de la muerte de su retoño y volvió a enviar a su servidor para que le trajese algún despojo que diera fe de la misma. El criado oyó llanto infantil y, teniendo el caso por milagro divino, lo supo vivo. A la primera ausencia de las alimañas, entró en la toba para tomarlo un momento en brazos y cerciorarse de que estaba intacto y saludable, dejándolo al punto en la camada, medroso del inminente regreso de las fieras.

Contrarió al rey esta novedad y, empeñado en exterminarlo, dispuso que su dicho criado, tomando las medidas oportunas, entrase en la cueva y lo sacase de ella para ponerlo en lugar donde la muerte fuera más segura. Fue colocado en un paso estrechísimo de la tierra por donde necesariamente tenían que pasar numerosos rebaños de vacas y de ganado equino, a fin de que sucumbiese a las pisadas de los cuadrúpedos; pero como los dioses lo guardaban para empresas elevadas, escapó del horroroso peligro, como había escapado del anterior. El rey hizo entonces ayunar a su jauría y, cuando ya los perros babeaban, les arrojó el tierno cuerpo (…). Pero los lebreles rodeándolo lo halagaron. Insistieron en el método los criados de Gárgor, metiendo al niño en la zahúrda, entre cerdos sin alimentar, pero encontró en ellos la misma afectuosa acogida que con las bestias silvestres, y las marranas lo amamantaron.

Gárgor, desesperado ya de acabar con él, mandó que lo arrojaran al océano. Pero aquí se mostró claramente el favor divino, pues las furiosas olas lo devolvieron a tierra como una nave, dejándolo en una playa lejana en donde una cierva tuvo para él leche y premura de madre. Los efectos de tal crianza pronto se hicieron sentir, pues el pequeño adquirió tal agilidad y ligereza de pies que competía en la carrera por montes y selvas con los ciervos mismos”.

La base escrita de todas estas peripecias es un escritor romano de mediados del siglo I antes de J.C., Trogo Pompeyo, autor de una perdida “Historia Universal”, en cuyo capítulo “Las Filípicas” se recogía la antigua leyenda y de Gárgor y Habis. Si consideramos, como es lógico dada su antigüedad, que la primera inscripción sobre este asunto, la fuente donde directa o indirectamente bebió Pompeyo, era un relato pictográfico, el sentido real de la narración es mucho menos fabuloso de lo que parece en la redacción alfabética.

Veamos:

El niño es abandonado primero a un clan de bandoleros trogloditas (tal vez el Clan de los Lobos, es decir, licántropos). Por su condición asilvestrada y suburbial, la matriarca del mismo, en vez de matar al crío desvió la vista ante el incumplimiento de la norma; sus ninfas, enternecidas, ya estaban dando el pecho a la hambrienta criatura. Más tarde es adoptado, alimentado y educado sucesivamente por los clanes de los Hombre-Toro (minotauros o vaqueros), Hombres-Caballo (centauros o cabalistas, caballeros, jinetes), Hombres-Perro (cánidos, guardianes, guerreros), Hombres del Mar (tritones o navegantes, pescadores), Hombres-Ciervo (cazadores) y Hombres-Cabra (sátiros o cabreros y ovejeros): es decir, que aquel niño del clan de la Abeja (al que estaba adscrita la Gran Sacerdotisa Matriarca, la Abeja Reina), adquirió así una única y prodigiosa fraternidad con todos los otros clanes; hizo la práctica de todos los oficios y artes y, por fin, tal como deseaba su madre, adquirió una legitimidad nueva, nacida de la aceptación de todos.

“Confiado de su ligereza, y necesitado de ello, hacía presas en todas partes. Molestos los campesinos de la comarca con aquella conducta, se concertaron para deshacerse de él. Al fin, fue capturado por un lazo y presentado al rey. Cuando Gárgor contempló a aquel joven, arrogante, hirsuto, de formas vigorosas y bien proporcionadas, de mirada inteligente, (…) quedó sobrecogido. Luego, retirados ya, en la intimidad de su aposento, descubrió las señales que, siendo niño, le imprimieron en su cuerpo, viniendo en conocimiento de que aquel era su nieto. Arrepentido, dio gracias a los dioses por haberlo librado de los peligros tan graves a que lo había expuesto; lo atrajo hacia así, abrazándolo tiernamente. Púsole por nombre Habis, lo reconoció por su nieto y, admirado de los raros sucesos y aventuras de que había salido incólume, lo proclamó heredero de su trono”.

Se cerraba así el ladino plan de años maquinado por Gárgor y, tal vez, la inteligente sacerdotisa y sus consejeras. Porque el nombre fue precisamente el de Apis, que significa abeja. Era el último requisito pendiente: el clan de la Abeja perdonaba la culpa de los padres y limpiaba al hijo de toda mancha.

Téngase presente que Pi y Bi se escribían en ibero y tartesio con la misma letra silábica (1); y que en la leyenda de Io (la vaca blanca, nacida co- mo mujer a la orilla del Gran Río) hay sendos episodios finales en Egipto en que el hijo de ella, el becerro Épaphos, es secuestrado por los Curetes; una vez rescatado, Io es denominada Isis y su hijo, ya buey, nombrado Apis (2).

En algunas de las versiones que de esta leyenda se pueden todavía leer se le llama también Abidis y se le hace fundador de ciudades como Astigi (Écija) y Asturica (Astorga) (3). En este caso se entendería muy bien porqué a los asturianos se les llama también “coritos”, muy parecido a Curetes.

La Gesta de Habis ha sobrevivido porque el historiador Justino resumió “Las Filípicas” en su Epitoma historiarum philippicarum (cap. XLIV y sgts.) que sí se nos ha conservado. Comenta Justino: “Fabulosa parecería esta historia si no supiésemos que los fundadores de Roma fueron criados por una loba y que Ciro, rey de los Persas lo fue por una perra”.

En el s. v, Childerico I todavía conservaba como emblema real unos broches en forma de abeja:

abeilles copia 2

https://es.wikipedia.org/wiki/Arte_germánico

1 Ver www.deltademaya.com, sección publicaciones, El habla andaluza.

2 Pseudo-Apollodorus, Bibliotheca 2. 5 – 9.1.

3 Manuel de Farie e Sousa, Epitome de las historias portuguesas, Bruselas, 1678, parte i, cap. 2.