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El estudio comparativo de los mitos es, sin duda, una fuente inagotable de información, o, cuando menos, de inspiración para toda aquella persona que sienta el impulso de saber más allá de los esquemas con que habitualmente encarcelamos el pensamiento.

Romualdo Molina, aventurero libre y valiente, nos propone, en unos cuantos trazos, echar una mirada ilusionada y fértil a este símbolo tan presente en el imaginario de nuestra cultura como en el de otras muy diferentes y aparentemente lejanas.

Las flores de Iris

por Romualdo Molina Muñiz
2018

La importancia máxima de los iris en la mitología europea se puede valorar a partir de la idea central de que las almas de los bienaventurados se quedan tras la muerte en los Campos de Lirios o Campos Elíseos: en la geografía sutil de la ultratumba que conservan los órficos, gnósticos, sufíes y alquimistas, más allá de los prados de asfódelos o campos Gamonales en que habitan las almas en purgatorio, los Campos Elíseos se extendían sobre la mágica tierra donde el Guadalquivir se vierte en el mar.

La llamada flor de lis (sprekelia formosissima) es, seguramente, una de las flores misteriosas. Su utilización como símbolo y signo de «realeza», en Occidente, se refiere según textos al merovingio Clodoveo, rey de los francos, de la dinastía supuestamente vinculada, a decir de las leyendas, con la Magdalena y el Grial. La vemos también en el centro del ya impresionante escudo constitucional de España, cargado todo él de misterios. La flor de lis es un lirio más, y participa de todo el sobrecogedor enigma cifrado en estas flores iridáceas y liliáceas.

Dicen algunos que esta flor no existía en Europa antes de la conquista de América por ser originaria de Méjico y Guatemala. Esto ha hecho que las referencias antiguas a una flor de lis hayan sido identificadas con otros lirios europeos, como por ejemplo la Iris Germánica. No obstante esto, cabría considerar la hipótesis de que la hubiera podido traer mucho antes algún antiguo viajero (¿atlante, vikingo, templario?), desde el otro lado del Atlántico, pues, como parece probable por los precedentes egipcios, sumerios y tartesios, la consideración simbólica de estas flores podría haber sido prediluviana, y haberse transmitido luego como símbolo esencial a través del conocimiento hermético. Y no lo decimos en vano, pues no puede ser simple coincidencia el hecho de que también en América la flor de lis fuera un símbolo transcendente asociado a la realeza, ya que es nada menos que uno de los atributos distintivos de Quetzalcóatl; por ello se la consideró también sagrada entre los olmecas, toltecas y mayas. Su nombre precolombino era Omexóchitl, que se traduce al castellano como «flor del atardecer», es decir «Lucero Vespertino»: el planeta Venus, visto al acercarse la noche. Esta flor, apellidada hermosísima, también fue relevante para aimaras, atacamas, y otras etnias americanas.

En efecto, tradicional e históricamente la Flor de Lis ha simbolizado en todas partes cualidades nobles o de rango divinal: honor, realeza, pureza, generosidad, perfección… También se ha considerado alusiva a la Luz de la Vida y al misterio de la Santísima Trinidad, por su doble tríada que mimetiza la Estrella de David. Y la variante blanca liliácea de la misma, la azucena flotando en agua transparente dentro de una transparente copa de cristal, la alude sintomáticamente en su condición de Inmaculada de la Primavera, o de Maya.

Se dice que en el siglo XII Luis VII de Francia adoptó el emblema de un Lirio rojo y oro durante las Cruzadas, que a ese Lirio se le llamó “Flor de Louis” y —dicen ¿? —, que con el tiempo evoluciono a “Flor de Lys”. Este emblema de seis pétalos, trasunto de la estrella de Salomón, que luego se convirtió en el símbolo de la verdad, la sabiduría y el valor, fue adoptado como femenino emblema de los Borbones, tal como figura en el centro del escudo actual de España: tres lises de oro en campo de azur dentro de un óvalo o hilé.

Su nombre latino lo recibió el lirio de Iris, la deidad mensajera griega del Arco Iris. Esta diosa transportaba las almas de las mujeres al mundo subterráneo, por eso el Lirio se utilizaba para ornamentar sus tumbas. En todo caso, la vinculación del lirio con lo femenino y lo artístico es esencial: no en vano de su raíz procede la de la palabra lira, la poesía lírica, la música lírica, el lirismo y el arte lírico en general. Siete notas para los siete colores de iris, la diosa que tañe el arco electromagnético en que se inscribe la realidad aprehensible por los sentidos.

Según las cosmogonías egipcia y sumeria, en las que se inspiró grandemente la religiosidad hebrea desde Moisés y durante el cautiverio en Babilonia, unos extraterrestres denominados los «An-unna-ki» decidieron modificar la vida en la Tierra para disponer aquí abajo de servidores mejor adaptados que ellos al entorno terrestre. Una historia similar a la que cuenta el mito de Prometeo, encargado por Zeus de moldear una raza de seres capaces de servirles y adorarles. Según ciertas tablillas, el nuevo hombre fue compuesto hacia el 4000 a de C.

Sea como fuere, Ninmah, la “Gran Reina” trabajó adecuadamente en la Cámara de Shi-im-ti («de la Creación»); algunas interpretaciones, libres y aventuradas, proponen que lo que allí sucedió fue, ni más ni menos, que la fertilización de un huevo humano (o pre-humano, según se mire) con semen de su hermano y esposo En-Ki y lo nutrió con la sangre de su propia menstruación. Después, lo escindió para obtener dos gemelos monocigóticos, uno macho y otro hembra, mestizos de Cielo y Suelo, a los que conjuntamente se llamó los Adama, e individualmente Atabba y Kava; personajes éstos que quizás pudiéramos considerar afines con los Adán y Eva de la mitología hebrea.

Kava, por el predominio de lo femenino, se acabó apodando «ti», y estaba estrechamente vinculada a un secreto «lunar», mensual, clave para comprender la evolución de la Humanidad nacida de ella. «Ti», en sumerio significa “vida”; pero el muy parecido término «tti» equivale a “costilla”. Aunque Kramer lo desmiente en su obra La historia empieza en Sumer, algunos han considerado esto un error de traducción sucedido en algún momento de la cadena de traslación del mito sumerio al mito hebreo, que acabaría recogiendo en la Biblia que Eva nació de la costilla de Adán, distorsionando así, quizás, el concepto inicial e invirtiendo el plano de dependencia de los sexos, seguramente conforme a las costumbres de la época, cerca de mil años posterior.

El extracto de sangre de Nin-Khursag era para sus criaturas una esencia sagrada, como anunnaki o celestial, y se la veneraba como «Fuego de las Estrellas», esencia lunar de la Diosa, idea consonante con las propiedades atribuidas en otros sistemas mitológicos al agua de rocío.

Ya los antiguos sabios asociaban a la glándula pineal el fruto en la copa del Árbol de la Vida, el elixir en el cáliz ceremonial (la esencia de la longevidad, el soma o la ambrosía). En las inscripciones de diversas escuelas mistéricas, a la flor menstrual se la representa pictórica o metafóricamente como un lirio (ojo: en países donde no sea fácil encontrar un auténtico lirio, en los textos y pictografías se lo hallará substituido por un loto, sin que cambie el sentido simbólico, y valiéndose de la semejanza fonética).

En un intento de sincretismo mitológico, podríamos proponer que fue el jefe de los «An-unna-ki», llamado En-Lil, quien deseando mantener asegurada la obediencia ciega de sus servidores, prohibió a Atabba, “comer del Árbol de la Ciencia”. Ante su desobediencia, prohibió luego la «ingestión de sangre», o sea el refuerzo simbólico del elixir de Nin-Khursag.

En la región mesopotámica la restricción de ambas órdenes, comer del Árbol de la Ciencia y llevar a cabo los ritos de beber sangre, se renueva en los tiempos post diluvianos de «Ut-na-pistín» (Noah en hebreo, Noé en español). Pero en la fe cristiana, la Iglesia recupera el rito con la institución de la eucaristía; con ella se accede de nuevo a la Copa de la Vida, o Cáliz que contiene la sangre purificada y purificadora, la “sangre real”, símbolo de lo femenino, y se “bebe” vino, místicamente transubstanciado en la sangre de Cristo. ¿Se llevó a cabo, en los tiempos ancestrales, este mismo rito con extracto de sangre menstrual, con su enorme contenido hormonal?

Sea como sea, el lirio (o cáliz, pues todas las flores son cálices en sí mismas) siempre ha aludido a esta verdad. En Sumeria, las hembras claves de la estirpe real, portadoras de la sangre de Nin-Khursag, eran veneradas como lirios (liliom) vivientes, y de aquí sus nombres históricos, hoy legendarios, Lilith, Lili, Luluwa, Lilita, Lilutu y Gillette.

La importancia máxima concedida al lirio en la mitología europea se puede valorar, reiteramos, con la idea de que las almas de los Bienaventurados vayan tras la muerte a morar a los Campos de Lirios, los campos de lises e Isis, los Campos Elíseos. En la geografía imaginaria del Más Allá o ultratumba que «oi palaioi», (los antepasados) habían transmitido a los helenos, los Campos Elíseos se extendían sobre la mágica tierra del delta del Guadalquivir y sus esteros, Las Rocinas y La Madre incluidas, extendiéndose en dirección a las actuales Sanlúcar y Jerez de la Frontera.

La diosa Nin-Khursag, portadora de la sangre de En-Lil, fue conocida en la cultura matriarcal de la vieja Thartessos como Lyguina.

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Flores de lis al cuello de la paredra de Lygh, la diosa Lyghina.

En las dunas próximas al mar de la Comarca de Doñana existen varias plantas de esta familia, como las vistosas espadañas de las marismas o los lirios azules que en mayo salpican los arenales de dehesas y pinares.

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Pero hay una planta muy de resaltar, también del orden de las “Liliaceas”, que presenta una flor bellísima, delicada y de aroma embriagador. Es conocida con nombres diversos, como “azucena de mar”, “lirio de mar”, “narciso de mar”, “nardo” o “nardo coronado”. Su nombre científico es Pancratium maritimum.

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Esta flor podría describirse como un sutil velo blanco translúcido envuelto en corona de doce puntas que seis pétalos puntiagudos acompañan extendiéndose como una estrella. ¿Sería ésta la referida en el topónimo Campos Elíseos, esos que están más allá de los Campos de Asfódelos?

logo-delta-de-maya© 2016

La imagen de portada es una pintura al óleo titulada “Flor de Lis”, obra de la artista manriqueña Soledad Solís Bayard.