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Ciudad francesa de de Neuf Brisach

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:NeufBrisach-003.jpg

Sabías que...

1     La Península Ibérica ha sido conocida a lo largo del tiempo con nombres muy diversos, como Asteria, Lygistiké o Sefarad.


2    Algunos investigadores trabajan sobre la hipótesis de que la escritura se hubiese descubierto en la Península Ibérica miles de años antes de lo que hasta ahora se pensaba.

Una de las fuentes más conocidas y discutidas la plantea el griego Estrabón (s. I a.C.) en el libro III de su Geografía, donde contaba que los turdetanos (antiguos habitantes de las actuales Andalucía occidental, sur de Extremadura y Algarve occidental) tenían fama de ser los más cultos entre los íberos, pues tenían una gramática y poseían anales escritos de antigua memoria, poemas y leyes en verso que, según ellos, tenían más de 6.000 años.


3    En la provincia de Cádiz, cerca de Trebujena, existe un yacimiento arqueológico, apenas prospectado, que podría deparar grandes sorpresas en el futuro. Su nombre actual es Mesas de Asta, el árabe Wadi Lakka, el romano Asta Regia y el nombre antiguo original Asta Pa, que según algunos investigadores podría significar “ciudad principal”.

Este artículo se ocupa de la palabra Asta.


 

Las Ciudades Asta

Por Carmina Fort
Diciembre 2015

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Sforzinda (ciudad ideal), proyectada hacia 1465 por Antonio Averlino.  http://urban-networks.blogspot.com.es/2015/04/aproximacion-al-circulo-como-estructura_25.html

Asteria fue uno de los nombres de España, que tiene su raíz en “estrella”, lo mismo que la divinidad cananea Astarté, adorada por los “fenicios”. Fenicio significa “rojo”, y Eritrea, con el significado de País Rojo, fue otro de los antiguos nombres de Iberia. Resulta curioso que la selección nacional de fútbol haya acabado siendo popularmente conocida como “La Roja”. Y al igual que el color de la camiseta define al equipo, quizá el color de las velas de ciertos navíos, y desde luego su principal y valiosísimo elemento de comercio, la púrpura, hizo que se conociera a esos mercaderes navegantes como un aparente pueblo aparte, avanzado y civilizador: los inexistentes fenicios –nombre inventado por los griegos-, que habrían enseñado al mundo la escritura. Pero la investigadora Ana Vázquez Hoys demuestra en su libro Las golondrinas de Tartessos, que había escritura en el Sur de la Península hace seis mil años. Y está bien constatado que en esos tiempos ya existía por aquí la agricultura, que propició el sedentarismo, el nacimiento de las ciudades, el establecimiento de los sacerdocios, y quizá el principio del fin de las sociedades matriarcales.

Asta significa OCHO (1) , en sánscrito, y está representado en la numeración ibérica como un círculo con un punto en el centro, el mismo signo que emplean los jeroglíficos egipcios para denominar a Ra, la luz creadora o estrella solar. Los hermetistas lo asocian al sol y al color naranja, el color de las llamas; los iberistas atribuyen al signo el sonido silábico “gu” o “cu”, siendo el fuego uno de sus significados.

Las pilas bautismales, que representan la resurrección por inmersión en el agua, suelen tener forma octogonal en la base, o se levantan sobre una rotonda de ocho pilares.

La energía que se cruza en nuestra columna vertebral forma un ocho, y si colocamos lo vertical en horizontal, hallamos el símbolo de infinito.

Ese ocho, el círculo con un punto en medio, recuerda a un héroe en la plaza; a una ciudad amurallada; al núcleo y los electrones del átomo, al ojo y la pupila o a la Tierra y su núcleo, al que los antiguos llamaban la “luna negra”, hermana de la luna blanca que ilumina la noche. Quizá los lugares bautizados Dos Hermanas, como la ciudad sevillana, puedan relacionarse no sólo con las mártires Justa y Rufina, sino también con las dos lunas, que encontramos en la mitología representadas por Isis y su compasiva hermana Neftis, quien la ayuda a buscar el cuerpo despedazado en catorce partes de Osiris. También se asocia a estas lunas dobles con los dos astros, hasta ahora descubiertos, que conforman Sirio.

En los edificios religiosos abundan las estrellas de ocho puntas, y es conocida la preferencia de la Orden del Temple por las construcciones octogonales, reflejo de su cruz de las ocho beatitudes o cruz paté. Pata de oca significa en francés “encrucijada de caminos”: los que se abren ante el héroe forzándole a elegir uno de ellos en los cuentos. Hay tallas del Crucificado en una pata de oca, como el de Puente la Reina, en el camino a Compostela.

Se han hallado exvotos en santuarios a Lyg y Lygina en forma de rueda con ocho radios, y esos viejos dioses de Occidente que representan la Luz –y dieron a la Península Ibérica su viejo nombre de Lygistiké-, simbolizados por el león, tumbado, rampante o alado, se corresponderían con la Era de Leo, hace unos diez mil años; león que encontramos representado en viejos escudos de Iberia, en las culturas mesopotámicas, y en la Esfinge de Giza.

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Estrella de ocho puntas que representó a Inan na/Ishtar en Mesopotamia y seguramente a As tarté en Tarte (‐sos).   Fue también insignia de la orden de Santa María de España en la Edad Media. https://es.wikipedia.org/wiki/Ishtar

La estrella tartésica, la que en oriente representaba a Inanna/Ishtar y en occidente a Astarté, tiene ocho puntas, y el número Pi significa 80, el número atómico del mercurio, el elemento femenino en el trabajo alquímico.

En el árbol sefirótico, el número ocho se corresponde con Netze, o Nazareo: la Victoria; y en el Tarot, con la Fuerza.

Tenemos también los 64 trigramas del I ching, ocho por ocho, y el mismo número de casillas en el ajedrez, y en la Oca, contando la que da entrada al jardín, que quizá se pueda relacionar con la canción infantil: “Al jardín de la alegría quiere mi Madre que vaya…” Y el niño genera un ocho al deslizarse por el canal del parto.

Se puede concluir que asta o el número ocho, está generosamente plasmado en la vida, la cultura y la espiritualidad de la Tierra.

Asta y Estar

El numeral sánscrito asta, “ocho”, está íntimamente ligado al sustantivo sanscrito asta, “hogar, casa”, diferenciándose solo en la pronunciación y gramaticalmente en la forma de puntuación (de la misma forma que todavía recientemente hacían idiomas emparentados con el sánscrito como el hebreo o el avéstico donde, en función de la puntuación, una palabra podía ser sustantivo o numeral). A su vez, ambos parecen derivar del verbo asti, “ser, estar, existir”.

En idiomas de raíz indoeuropea, como el antiguo griego, asti vino a significar “ciudad”. Parece que lo mismo pasó con el ibero, donde hay un gran número de nombres de ciudad (que veremos a continuación) que comienza por ast-; asta– o asti-. Teniendo en cuenta que hay en Iberia ciudades de la misma o mayor antigüedad que la cultura helénica, no se entiende del todo a quienes defienden un origen exclusivamente griego para esta forma de nombrar las ciudades.

Asta nos trae de inmediato la asociación con el asta de toro, o una enseña dejada a media asta por motivos luctuosos. Y algún motivo luctuoso hay históricamente asociado a ciudades que fueran conocidas con este nombre. Contiene la raíz de “estar” y se entiende de inmediato la asociación con la casa, con el lugar por excelencia donde se está, y con el fuego que es lo que hace posible el “hogar”. Así mismo, los más perspicaces habrán pensado en el “as” de la baraja, el Uno. Asta, como la Hestia, antiquísima divinidad griega del hogar, descrita por Platón, contiene etimológicamente una mezcla de Ser y estar: As-ta. Incluso en su pictograma ibero: un círculo representa el As, el “Uno”, el Ser; un punto representa el as-ta, el lugar donde, dentro de la inmensidad del Ser, uno se encuentra.

Círculo

Astapa

La población de Astapa, la actual Estepa, tomó la misma decisión de los numantinos: inmolarse para evitar las salvajes consecuencias de caer en manos de las tropas romanas que los tenían sitiados. Tito Livio describe los hechos, y cómo algunos soldados perecieron intentando rescatar de la enorme hoguera en la que se consumían los cuerpos de los astapeños, sus tesoros de oro y plata que brillaban a través de llamas y cenizas.

Astapa se edificó en lo alto del Cerro de San Cristóbal, de 1.555 metros de altitud y forma cónica, una forma que suele identificarse con la Diosa, en su forma ascendente de fuego, y se complementa con el triángulo invertido que indica el sentido del agua llegada a la Tierra para fructificarla, generando el doble triángulo o estrella de David. Dice el Zohar que son la Madre, o Binah, y la Hija, Malchut o el Mundo, disimulada en ciertos tiempos bajo apariencia masculina, como sucede con la joven vestida con las ropas de su hermano, pero embellecida con las joyas de su madre, en un episodio de la Isla Barataria de El Quijote.

La llanura que se extiende ante el cerro estaba antiguamente bajo el agua, siendo la navegación la forma más común de transporte entre las comunidades tartésicas. Iberia está plagada de “cerros”, término que significa el pescuezo de un animal; en nuestro caso, del toro. Y en el cuello de la constelación de Tauro están las Pléyades, las hijas de Atlas, el atlante o gigante.

Astapa pasó a ser conocida como Estepa, se extendió por la ladera del cerro, y Alfonso X se la entregó a la Orden de Santiago, que mandaría edificar en lo alto del San Cristóbal la iglesia de Santa María la Mayor, ejecutada por canteros vizcaínos en los siglos XV y XVI sobre restos de una iglesia gótica, que se asentaba sobre una antigua mezquita, levantada sobre un templo anterior.

Con todo, parece que Astapa fue la sustituta y beneficiaria de la proscripción decretada por Roma para otra ciudad del mismo nombre, centro y vivero irreductible de antiguos cultos y tradiciones relacionados con Tartessos.

Asta Regia

Asta Regia era conocida entre los historiadores antiguos como Asta o Astapa, significando “la primera Asta” o “la ciudad principal”. La Estrella primera, que pasaría a llamarse Asta Regia, ciudad-estado resultante de la fragmentación y decadencia del reino de Tartessos, que los historiadores fijan hacia el año 600 a.C., aunque habría perdido su esplendor unos cinco siglos antes de esa fecha. De su último nombre podría deducirse que estuvo gobernada por un rey, pero quizá podría interpretarse como “Estrella real”, o “Regina coeli”, Reina del Cielo, y no es de extrañar tal denominación, ya que muchos aspectos del catolicismo, símbolos y títulos de la Virgen, como el citado, se tomaron de las cosmogonías caldea, India o babilónica.

La Reina del Cielo es también la Luna, que aparece en todas las representaciones de la Virgen; luna llena en un cuadro de Velázquez, y en creciente en las demás, que simboliza los cuernos de Hathor, la diosa Vaca, o la Vaca de voz melodiosa, en la cosmogonía indoeuropea, que entronca con las “Venus” paleolíticas, como la de Laussel, con un cuerno en su mano derecha -dicen que de mamut-, que responde con claridad a una luna creciente. La voz melodiosa es la vibración que da nacimiento al mundo: “En el principio fue el verbo”, reza el Evangelio de San Juan, cuya autoría atribuyen algunos estudiosos a María de Magdala.

Según Estrabón, Asta era punto de reunión de los gaditanos, quizá porque se trataba de un lugar sagrado donde tenían lugar ceremonias religiosas en continuidad de antiguos cultos, quizá con templos a Hércules gaditano y a Menesteo.

Entre Asta Regia y las ciudades del Languedoc medieval hay varias coincidencias: así como los generales romanos llegaron a la Bética para apropiarse de sus riquezas, obtener con sus conquistas honores ante el Senado, y poner freno a los antiguos cultos de la población sometida, los ejércitos papistas liderados por el rey de Francia arrasaron las ciudades y creencias de los albigenses apropiándose de sus tierras, castillos y títulos nobiliarios, compartidos con ambiciosos miembros de la Inquisición. En ambos casos, sus respectivos líderes murieron durante el asedio:

Cuenta Tito Livio que Cayo Atinio, quien decía haber matado a seis mil lusitanos en la comarca de Asta –mercenarios o voluntarios en la defensa del lugar- forzando la dispersión del resto de los combatientes, condujo a sus legiones a sitiar Asta, pero al acercarse a sus muros recibió una herida de la cual moriría a los pocos días. Lo mismo le sucedió a Simón de Montfort, caudillo de los invasores del Languedoc, quien sucumbió en el asedio a Toulouse a raíz de una certera pedrada lanzada por los sitiados desde las almenas.

En el Languedoc, los señores que habían amparado un cambio espiritual y social se convirtieron en faydits o huidos; algunos de los que decidieron quedarse o no pudieron escapar, sufrieron junto al resto de la población persecución, torturas, vejaciones, cárcel de por vida adosados a un muro o la muerte en la hoguera.

Por su parte, Asta desaparece de la Historia tras ser conquistada por los romanos, hacia el 180 a.C., y no vuelve a aparece en las crónicas hasta la época de César, en su guerra con Pompeyo, casi siglo y medio después. Se cree que la antigua ciudad fue castigada con la pérdida de la mayor parte de su territorio, en beneficio de Gades, que sería elevada por César a municipio, con la concesión de la ciudadanía a sus habitantes, mientras que Asta Regia fue, por su resistencia, convertida en colonia, y sus habitantes no obtendrían la ciudadanía hasta que Vespasiano hizo extensivo el derecho latino a todos los habitantes libres de Hispania, en el 75 d.C.

No sembraron Asta de sal, como hicieran en Cartago, pero sí de estructuras y edificios romanos, que absorbían y neutralizaban los antiguos, y donde no faltaría un templo dedicado al culto imperial.

Y miles de colonos procedentes de Italia se irían asentando en la región, recibiendo las tierras que pertenecieron a la población nativa. Igual que en el Languedoc.

Mesas de Asta

Hace setenta años, el esforzado historiador Manuel Esteve llevó a cabo con escasos recursos y gran entusiasmo excavaciones durante cuatro temporadas en la antigua Asta Regia, en las Mesas de Asta que le sirven de sudario.

Según sus cálculos, la ciudad tenía una superficie de unas 42 Has., más 32 de necrópolis, una extensión que la equiparaba a las más conocidas y pobladas de la Bética, con los siguientes ejemplos: Itálica, 32 Has., y 15.000 habitantes; Carmo o Carmona, 47 Has., y 23.000 habitantes.

Mesas de Asta se encuentra a mitad de camino entre Jerez, la antigua Ceret, y Trebujena; la etimología de Jerez es para algunos “Ceres”; para otros, “hijos de Jer”, un término relacionado con la Oca. En cambio, el nombre de Trebujena no ofrece dudas: significa en sánscrito el “Triángulo de la Diosa”, o de Ana, lo que da una idea de la antigüedad y la importancia que tuvo esa parte del territorio de Tartessos.

Manuel Esteve defendía incluso que Asta Regia era la propia ciudad tan denodadamente buscada de Tartessos; uno de sus hallazgos fue el lugar que tiene como topónimo “el muelle”, lo que refuerza la crónica de Estrabón sobre la obvia condición navegante de la ciudad a través de los esteros, que facilitaban el comercio; así, en la Atenas del siglo V a.C. se han encontrado huellas de productos procedentes de Asta, como vino y salazones.

A Mesas de Asta no han vuelto los investigadores para proseguir el trabajo de Esteve; sólo se acercan al lugar expoliadores ocasionales, que ya actuaban en época romana, buscando los ajuares de los enterramientos. El misterio de Asta Regia bien valdría dedicar algún esfuerzo a desentrañarlo.

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Foto tomada el 5-12-2010. http://andaluciainformacion.es/andalucia/154475/ipj-abandera-la-recuperacion-del-yacimiento-de-mesas-de-asta/

Astigi o Écija

Écija estuvo habitada desde el paleolítico, y se han localizado en la comarca un gran número de tholoi, cuevas artificiales o silos subterráneos destinados a los enterramientos colectivos, que serían sustituidos miles de años más tarde por el rito de la cremación. Fue en Écija donde se halló en 1888 uno de los primeros ejemplares de vaso campaniforme, hoy en el Museo Arqueológico de Sevilla, lo que responde a la opinión generalizada de que esa cultura nació en Andalucía, extendiéndose paulatinamente por el resto de Iberia y de Europa.

Hace unos tres mil años, en plena Edad del Bronce, la población se instaló en el Cerro de San Gil, junto al río Genil, que era entonces navegable hasta la ciudad. La romanización acabó con lo ibérico en la superficie, pero las aguas siguieron fluyendo subterráneamente, y el nunca olvidado recuerdo de la Diosa Madre se vino a plasmar en la Virgen del Valle, patrona de Écija.

Fernando III conquistó Écija en 1240, y su preclaro hijo Alfonso X la repobló de cristianos, nombrando una comisión para el repartimiento de casas y tierras, entre las 32 aldeas que componían el fértil territorio. Puede ser casual, pero el sistema de koinés practicado en Tartessos se hizo a imitación de las abejas, que tienen precisamente 32 cromosomas, ocho por cuatro, el mismo número de “caminos de sabiduría” que contempla la kábala para la formación del Hombre.

Écija tuvo en la antigüedad un templo dedicado al sol, y es hoy conocida como Ciudad de las Torres, y la más barroca de Andalucía, con abundantes construcciones civiles y religiosas, destacando una veintena de conventos de todas las órdenes.

Y también sufrió el azote de nuevos “romanos”, como el Arcediano allí nacido, que ejercía desde Sevilla su despotismo destructor hacia todo lo judaico. Y los siete “niños” de Écija fueron famosos bandoleros y patriotas -condiciones que suelen ir unidas- en los tiempos de la invasión francesa.

Entre Estepa y Écija se encuentra Marinaleda, junto al Arroyo de la Andrade. Según la mitología griega, la oca Leda, fecundada por el cisne Zeus, puso dos huevos de los que nacerían los dos pares de gemelos o andróginos primordiales. Y puesto que Andere o Andrade significa Señora en lengua vasca, la unión de Marinaleda y Andrade nos da el nombre de Señora Leda o Señora Oca del Mar

Y pegada al Puerto de Santa María, que así se llama la ciudad por decisión de Alfonso X tras reconquistarla, encontramos la población de La Andreíta, traducible como la joven Señora o la Hija. La Madre o Deméter, la Hija o Perséfone, retenida por Hades en sus dominios subterráneos. Y llegados aquí, no resulta difícil vincular el nombre de Astigi con la infernal Laguna Estigia.

Astorga

La etimología de Astorga contiene al menos dos interpretaciones: Asta-argé significa en lengua caldea, antecesora del hebreo, “Ciudad de la Luna” y también “Estrella del Arca”. Esa misma raíz tiene el nombre de Argantonio, último rey conocido de Tartessos, al que llaman “Hombre de Plata”, que quizá debería leerse “Hombre de la Luna”, cuyo símbolo es la plata, el color blanco, la pureza, lo femenino, lo divino, la luna que encontramos a los pies de la Virgen, con su cabeza nimbada de estrellas.

La plata emite un espectro verde, y en las procesiones de las vírgenes negras del Medievo se quemaban en su honor cirios de color verde.

Núcleo estratégico de comunicaciones, encrucijada entre el Camino de Santiago y la Vía de la Plata (ab lata o lateral), puerta natural de entrada a Galicia, Astorga se edificó sobre un promontorio de unos mil metros, a orillas del mar interior que entonces cubría parte de Iberia. Se la conoció como Astyr o Astur, igual que al cercano río, hoy Esla, con poblaciones en sus riberas de nombres curiosos, tal que Villanueva de las Manzanas (las “villanuevas” son siempre las más antiguas), como si no hubiera más manzanas -y la consiguiente sidra- en todo el Norte peninsular. En las orillas del Astur o Esla también encontramos las poblaciones de Bretó y Bretocina. Si rebobinamos un poco y tejemos topónimos, podría ser que estuviéramos en ese mítico Jardín de las Hespérides, cuyas manzanas de oro (símbolo de la sabiduría) colgarían por ese lugar al que Hercules Melkart, el héroe ibero, fue a cogerlas, fecundando de paso a las ninfas cuidadoras, que darían a luz a Celto y Breto, castas sacerdotales de larga y fecunda andadura histórica. Cuando los pueblos llamados celtas llegaron a Iberia, quizá sólo volvían a casa.

Liguria y otras tierras

Si saltamos de península encontramos en la Itálica, en tierras de los ligures, varias ciudades Asta: en el Piamonte, Asti; al Oeste de Génova, Asta; en el norte de Etruria, otra Asta, todas ellas fundadas por tribus originarias de Lygistiké, el país del extremo Occidente, de los dioses de la Luz, Lyg y Lygina.

También parece que existió una isla gemela de Creta que se llamaba Asti paleia; no sería extraño: en la actual Creta encontramos algún símbolo que se parece a otros descubiertos y dibujados por Manuel Esteve en Asta Regia.

En el imperio Hitita se registra una ciudad de nombre Astata; y el pueblo “Azteca” podría derivar su nombre de Asta.

En el actual Kazajistán, que ocupa una pequeña porción del que fuera antaño imperio Jázaro, mudaron en 1998 la capital a una nueva población, que llaman Astaná, y traducen como “la ciudad capital”. Los antiguos jázaros hablaban una lengua de origen escita – recordemos que Eskeria o Eskyta es otro de los viejos nombres de España-, con aportaciones del turco. En su nueva capital han construido un edificio con forma de pirámide como réplica de la Montaña Ulytau, “la madre de la patria”, donde está la cumbre para ellos más sagrada: la de Uly Ana.

Tan poderosos eran los jázaros en la alta Edad Media, que el mar Caspio llevaba entonces el nombre de mar de los Jázaros.

Rodeados por imperios musulmanes y cristianos, algún sabio aconsejó al rey jázaro y sus cortesanos que abandonaran viejos cultos y se convirtieran al judaísmo, si bien no ocurrió como en España con Recaredo, quien impuso a toda la población la fe católica que él había abrazado en sustitución del arrianismo. Parte de la población jázara optó por el Islam o el Cristianismo, y un alto personaje de Bizancio, que enviaría a San Cirilo a catequizar, era conocido como “el jázaro”.

Esas tierras y esa etnia es el origen de los Askenazis, que se dispersaron a partir del siglo ocho por el centro y el este de Europa, en los siguientes por todo el Planeta, y hoy constituyen el noventa por ciento de la población que conocemos como judía, y que en puridad debería llamarse hebrea, porque hubo más tribus que la de Judá.

Los hechos los relata de forma pormenorizada en su obra La tribu número 13 el autor Arthur Koestler, un judío que quería acabar con el estigma de deicidas hacia su gente, demostrando que ellos no mataron a Cristo porque no tuvieron contacto con Palestina hasta las migraciones del siglo XIX y la posterior fundación de Israel. Una aspiración, que no retorno, a esa “Tierra Prometida” antaño habitada por los cananeos-fenicios, las gentes del Occidente, de Iberia. Y resulta curioso que el rey de España ostente el título de Rey de Jerusalén.

Finalicemos señalando que algunas tradiciones atribuyen la trascendencia, permanencia y sagrado significado del número 8 a que los 7 puntos sutiles que se atribuyen al hombre, suman ocho cuando se unen al Hombre Primordial, el Adam Kadmón, el Mesías, el Cristo que viene a la Tierra en cada Era para impulsar la evolución de la Humanidad.

¿Y si la “Tierra Prometida” fuera toda la Tierra?

La imagen de portada corresponde a la ciudad francesa de Neuf Brisach,
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:NeufBrisach-003.jpg

1 Aparece ya como numeral en el Rig Veda donde se escribe “asta” ante consonante; “astav” ante vocal (Gvozdanovic (ed.), Indo‐European numerals. Nueva York, 1992). En el diccionario sánscrito Monier Williams figura como “astan”. Salvo por la acentuación es idéntica a la palabra ásta= casa, hogar, lugar donde se está. Ambas parecen derivar de “Asti”= Ser, de un modo parecido a como Platón deriva la palabra Hestia (diosa del hogar y del fuego del hogar) por un lado Ser (esse); y por otro de estar.