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Cada vez nos hacemos más conscientes de que los cultos marianos no son, simplemente, la pervivencia de unas prácticas anticuadas propias de sociedades primitivas, como aún pretenden muchos positivistas, sino que se mantienen, y en muchos casos de manera vigorosa, gracias a la gran sofisticación de que están investidas, a la enorme carga de sentido que atesoran, al rico y profundo simbolismo que, siempre vivo y actual, por universal, portan en su entraña. El caso de las Vírgenes Negras es un buen ejemplo del interés renovado que, desde hace ya décadas, estas imágenes vienen despertando en gentes de todo tipo y formación. Como bien sabemos, se han escrito ya innumerables estudios que han tratado de desentrañar sus misterios sin que, hasta ahora, hayamos leído aún la última palabra sobre el tema.

Antonio Hernández Lázaro nos trae una sugerente y bien trabada propuesta que, con toda seguridad, logrará avivar en nosotros, andaluces o no, la llama de la curiosidad que ilumina la vida de las personas inquietas y buscadoras.

DM

La Virgen Negra ligustina, la más negra de todas las Vírgenes Negras (I)

por Antonio Hernández Lázaro
2019

Resulta de entrada arriesgada una afirmación como la que se contiene en el título de este artículo. En efecto, si tenemos en cuenta que las Vírgenes Negras, como ha asumido plenamente la Historia, hicieron su irrupción en Francia en el siglo XI, y que fue en los siglos XII y XIII cuando se produjo su gran expansión, se desprende de ello que el papel de nuestra tierra, que es lo que nos interesa ahora, fue simplemente receptivo, sobre todo teniendo en cuenta que, durante esos siglos, el territorio de lo que hoy es España estaba inmerso de lleno en la campaña de Reconquista. Y, si resulta difícil a priori sostener la importancia fundamental de la Virgen Negra española, tanto más insólito parece afirmar que es la Virgen Negra de Andalucía Occidental la de más genuina negritud, por el simple hecho de que la Reconquista llegó a esta nuestra área ya en el siglo XIII, con Fernando III el Santo, y solo se puede considerar prácticamente culminada con Alfonso X el Sabio, en la segunda mitad del siglo. Y porque sabemos que solo a partir de la conquista de las ciudades y los pueblos se producían las invenciones de las imágenes marianas, de las Vírgenes que iban a ser las imprescindibles e irrenunciables patronas, negras o blancas.[i]

Quiero ir por partes. Y quiero empezar estudiando el fenómeno de las Vírgenes Negras en su conjunto, naturalmente, con referencia primordial a Francia. Efectivamente, fue en nuestro vecino del norte, en el ámbito monacal benedictino, donde, después de siglos de tibieza en la cristiandad respecto al culto a la Madre de Jesús, empezaron a aparecer las figuras intrigantes de las Vírgenes Negras. Debemos considerar, para entender el fenómeno, el contexto temporal, porque parece evidente que el hecho estuvo propiciado por la psicosis del fin del mundo que había imperado en las vísperas del año 1000 y que no desapareció en el siglo XI. Desde luego, mientras en los monasterios cluniacenses y cistercienses, los cenobios reformados de la Orden de San Benito, se estaban ya dedicando cultos, un tanto esotéricos, a la divina maternidad, el clero secular seguía sin atreverse a predicar que se dirigieran manifestaciones de religiosidad a la Virgen María, porque se temía, con gran fundamento, que las gentes sencillas de los campos entendieran y creyeran que María era una diosa, y le dedicaran los mismos ruegos y las mismas alabanzas que antes dedicaban a las divinidades femeninas que habían sido adoradas como reinas del Cielo, de la Tierra y del Inframundo, y como figuras de la Sabiduría. Por esa razón, la jerarquía orgánica de la Iglesia se mantenía reticente a aplicar plena y abiertamente la hiperdulía, un culto específico dirigido a la Virgen María, pero equiparable en su esencia a la dulía destinada a los santos, porque temía que, de hecho, los creyentes, gente sencilla e iletrada en su mayor parte, ofrecieran a la Madre de Jesús un culto de latría, similar al dirigido al propio Dios.

Pudiera pensarse que esta reticencia del clero secular no era coherente con la proclamación de la Virgen María como Madre de Dios que había sido formulada en el concilio de Éfeso, en el año 431. Pero la realidad es que tal proclamación había sido muy conflictiva. La advertencia de Nestorio, que sentenció que declarando que María era Madre de Dios la convertíamos en una diosa, no había dejado de ejercer, por el peligro de que se divinizara su figura, un peso opresivo en el cristianismo, ya desde Éfeso. En una palabra, la jerarquía cristiana temía que prevaleciera el paganismo. Quizá, hoy, con la perspectiva de la Historia, podemos hacer otra afirmación: el clero sabía que eso era lo que iba a ocurrir.

La teología cristiana había elegido la figura de la Madre para que compartiera los altares con Cristo, rechazando de plano, no ya la idea de entronizar una figura femenina como pareja de Jesús, sino la simple idea de que Jesús tuviera una pareja femenina. Los evangelios gnósticos, de los que se desprendía esta idea, fueron declarados heréticos y arrojados al fuego. La Iglesia se había decantado por el arquetipo demetriano, desechando el afrodisiano. Pero eso no evitaba otro riesgo añadido, porque, como entre los dioses y las diosas no había ningún problema en que el hijo de la diosa fuera al mismo tiempo su amante, se temía que se aplicara este esquema a Jesucristo en la religiosidad popular. Simplemente el hecho de pensarlo ponía los pelos de punta a los eclesiásticos.

Eran muchos los riesgos, y por ello, de hecho, el culto a lo femenino no se promovía. Pero también la inacción oficial tenía sus riesgos, porque el vacío era llenado por la religiosidad popular, pagana, que no es otra cosa que la religiosidad de los pagos, de los campos. Porque era evidente que el cristianismo, a nivel popular y como religión total, estaba necesitado de un referente femenino potente, de un referente mediador que tan útil era, o había sido, en otras religiones.

Así las cosas, en el entorno benedictino francés, en el siglo XI, empezó el culto a lo femenino. Y he aquí que muchas de las primeras imágenes receptoras de este culto fueron negras. Como las diosas de la Edad del Bronce.

Hubo una rica diversidad de influencias que hicieron posible la fusión milenarista benedictina que dio como frutos las Vírgenes Negras. El hombre medieval, según observó Jacques Huynen, uno de los más importantes estudiosos del tema, bebía de tres fuentes: la cristiana, la druídica y la oriental.[ii]

Por supuesto, para la gestación de las Vírgenes Negras fue imprescindible la influencia romana. Además, es impensable que unos monjes benedictinos no mirasen a Roma, porque la Orden de San Benito había nacido en Subiaco, muy cerca de la ciudad eterna. Pero la clave de la influencia romana en las Vírgenes Negras está en el Cantar de los Cantares, porque lo que de negro había en lo romano, en la oficialidad romana, papal, de la Iglesia, estaba en este sensual y atípico libro de la Biblia, atribuido a Salomón.

Salomón, tan sincrético él, añoraba la pareja de dioses: «Rindió culto Salomón a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, abominación de los ammonitas. Hizo así Salomón lo que es malo a los ojos de Yavé, y no le permaneció fiel, como David, su padre» (I Reyes 11:5-6). Seguramente no reparó la Iglesia en el hecho de que Asera, la misma Astarté, cuyo culto fue prohibido por Yavé en Israel, había echado raíces en el sur, tanto en Abisinia, donde fue adorada con el nombre de Astar, como en Arabia del Sur, donde se convirtió en el dios andrógino de la fertilidad conocido como Attar o Athar. Y le habría pasado desapercibido lo que hoy parece bastante plausible: que, cuando Salomón vio venir hacia él a la enigmática mujer que los etíopes llamaban Makeba o Makeda y que la tradición islámica reconoce como Balkis, la soberana del mítico reino de Saba, que muchos sitúan en tierras abisinias, en la actual Etiopía, sintió que se le estaba apareciendo la misma diosa negra del sur, a él, que se consideraba a sí mismo la encarnación del dios Moloc, el mismo Baal de Babilonia. Me parece evidente: el amor trascendental de Salomón y Makeba, sentido por ambos esposos como la encarnación del amor divino de Baal y Astarté, inspiró al sabio Salomón a escribir el Cantar de los Cantares, en el que la esposa, la Sulamita, se manifiesta ante las hijas de Jerusalén: «Morena soy, pero hermosa…» (1:5-7).

San Bernardo, la enorme figura de la Edad Media cristiana, que dio impulso exponencial a la reforma del Císter, y que apadrinó decisivamente la fundación de la Orden del Temple, fue un enamorado del Cantar. Ahí está, sin duda, una de las claves para la profusión de las Vírgenes Negras, en las que estaba presente la esposa del cantar, la encarnación de la misma diosa negra del sur, la mismísima encarnación de la Sabiduría.

La segunda fuente apuntada por Huynen, la druídica celta, aportó la asociación de los nuevos y novedosos cultos marianos con las fuentes, con los ríos, con las corrientes del subsuelo, con las marismas, con los árboles y los arbustos, con las montañas, con las cuevas y con los subterráneos en general.

La tercera fuente, la oriental, aportó las referencias físicas a la negritud de la figura marial, procedentes de las diosas de la Edad del Bronce, las diosas negras de la fertilidad y de la fecundidad, reinas de la espiritualidad de la Era de Tauro, cuando lo divino femenino era la principal referencia, por encima de lo masculino.[iii]

La diosa de más categórica influencia en la gestación de las Vírgenes Negras fue, sin duda, Isis, cuyo culto había pervivido en Francia, hasta el punto de determinar, incluso, el nombre de París. Isis era la divinidad lunar y agrícola del mundo egipcio, cuya negritud era reflejo de la negrura de los limos fertilizados por las crecidas del Nilo y, al mismo tiempo, herencia de la Sabiduría de Kali, la hindú. Isis, la personificación divina de la sede de la sabiduría en el antiguo Egipto, aportó a las primeras Vírgenes Negras la iconografía sedente, hierática, inexpresiva, faraónica, de la majestad que se asienta firme y serenamente, impertérrita, en su sede, su cátedra, su trono, mientras que ella misma es trono para su hijo divino. La Kiriotissa fue así la primera iconografía de las Vírgenes Negras.

Pero también es patente en las Vírgenes Negras la herencia anatolia, de las fuentes frigia y efesia. En el mundo frigio, Cibeles fue la Madre Tierra, adorada en la piedra negra de Pesinunte. Cibeles fue adoptada como diosa en Roma en el siglo III a.C., en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. En Roma fue adorada como Magna Mater hasta el siglo IV de la era cristiana, con un templo en el Palatino presidido por una estatua de plata, para cuyo rostro se incrustó en la plata la piedra negra procedente de Pesinunte, toscamente tallada.[iv] Su culto romano se compatibilizó con el de Cristo, además de con el de Mitra, hasta que Constantino promovió el concilio de Nicea (325), el primero ecuménico, para unificar la religión del Imperio en aras de la propia unidad imperial, el objetivo sagrado que Constantino persiguió y consiguió. Otra diosa negra anatolia, en un proceso de expansión de la devoción a la Madre Tierra y a sus iconos de síntesis, fue la Artemisa (Ártemis) de Éfeso, la ciudad que fue emporio religioso, cultural y económico. Ártemis era representada en una piedra negra, en el templo que fue una de las siete maravillas del mundo. San Pablo tuvo que soportar que aquellos a quienes pretendía predicar le gritaran: «¡Grande es la Diana de los efesios!» (Hechos 19:34). Ya sabemos que Diana es el nombre que los romanos dieron a Artemisa. La tradición quiso que se creyera que en Éfeso había vivido la Virgen sus últimos años, junto a san Juan. Luego, san Cirilo de Alejandría quiso que en Éfeso, en el tercer concilio de la Iglesia (431), se proclamara la maternidad divina de María.

Estos fueron los principales fundamentos para la gestación de las Vírgenes Negras en el ámbito benedictino francés. Luego vendría la fortísima influencia de los templarios, que encontraron en Chipre, a finales del siglo XII, una piedra negra, representación de Astarté, a partir de la cual erigieron una imagen esculpida de la Virgen María, con la piedra negra como rostro.

Se produjo una explosión del culto a la Virgen, en busca de su protección, de su mediación, de sus milagros. Aparecieron Vírgenes, las cuales, allí donde eran halladas las figuras, allí tenían que tener su ermita o su santuario, de tal manera que se oponían a su traslado –a la parroquia, por ejemplo– haciéndose muy pesadas, o regresando cada noche a su lugar de origen, o de la forma que fuese. Así surgió la «Virgen que va a dar a luz», la Virgo paritura, como canta el pedestal de Notre-Dame de Sous-Terre, la Virgen subterránea de Chartres que tiene a su Hijo en su regazo. En realidad, todas las Vírgenes Negras son parituras, no ya del Niño, que ya está en la vida, sino de todo aquel que quiera acercarse a ellas para morir y renacer, para iniciarse en una existencia nueva. En definitiva, el culto a las Vírgenes Negras iniciáticas es el mismo mito de la agricultura aplicado a la humanidad, en clave divina.

Así nacieron las romerías marianas, en las que el peregrino llevaba a cabo un camino de búsqueda similar al viaje al centro del laberinto de la Catedral de Chartres, una senda de muerte y resurrección parangonable al regressus ad uterum, el proceso alquímico así llamado por su sentido simbólicamente entendido como un retorno al tiempo prenatal, un proceso que se iniciaba con la nigredo, la muerte iniciática. Así nacieron estas rutas transformadoras, estos caminos de perfección que requieren una visita a los Infiernos y una subida al Paraíso, el mismo paraíso que se encontraba, en el cielo de la noche del día de Santiago, significado en la constelación de Virgo, de la Virgen, al oeste de la Vía Láctea, que es la misma vía del camino jacobeo.[v]

En las Vírgenes Negras están, pues, las tinieblas inframundanas que son la misma oscuridad de las aguas primordiales, del yin sereno y del solsticio invernal, maternal. En las Vírgenes Negras está la oscuridad de la materia prima alquímica, del subsuelo fértil y del seno materno fecundo; están las sombras del sepulcro fructífero de la santidad y del edículo central, como el de la capilla de la Vera Cruz de Segovia, en el que los templarios se iniciaban, pasando una noche recluidos en su interior, a solas. Era la propia noche de los caballeros que velaban sus armas antes de emprender la búsqueda iniciática del Santo Grial. Finalmente, en las Vírgenes Negras están las mismas tinieblas de la noche, la que es «noche oscura del alma» para los místicos, y la que es, para los nuevos hijos de la Virgen, para los caballeros que se inician, para los peregrinos que se bautizan, espejo de la propia culpa, del propio caos que cada uno arrastra, que todos arrastramos.

Las Vírgenes Negras entraron en España, ciertamente, por el Camino de Santiago, muchas de ellas de la mano de los propios caballeros de la Orden del Temple.

Pero esto ocurrió mientras nuestra tierra andaluza era aún musulmana. Y, sin embargo, resulta que hay motivos para declarar que la de aquí, aunque tardía, es la más negra de todas. El estudio de las características diferenciales andaluzas será el objeto de la segunda parte de este artículo.

NOTAS

[i] Remito al lector a mi libro Vírgenes Negras del Sur, Editorial Almuzara, Córdoba, 2018, ed. al cuidado de Rosa García Perea.

[ii] Cfr. Jacques Huynen, El enigma de las Vírgenes Negras, Plaza & Janés, Barcelona, 1974 (1ª ed. en francés, 1972). El autor considera válidas solo 87 imágenes. Su obra es un estudio muy serio sobre el tema, con un criterio muy exigente en cuanto a la autenticidad. Está centrado prácticamente en las Vírgenes Negras francesas, aunque no deja de mencionar el hecho de que existan figuras en el extranjero, si bien, en estos casos, con un criterio aún más restrictivo. De hecho, en el último capítulo dedicado a imágenes fuera de Francia, solo cita como Virgen Negra española a la de Montserrat.

[iii] Cfr. Anne Baring y Jules Cashford, El mito de la diosa. Evolución de una imagen, Siruela, Madrid, 2005. Como expresa en su prólogo sir Lawrence van der Post, «es una obra larga, pero no le sobra ni una página».

[iv] Es muy interesante, por su claridad y su concisión, el art. de Pilar González Serrano Divinidades y Vírgenes de cara negra, extraíble en pdf de www.ucm.es, consultada el 06-06-2019.

[v] Es interesantísimo el estudio de Francisca Martín-Cano Abreu titulado Relación de plazas templarias con la Astronomía, publicado en www.galeon.com, consultado el 11-01-2018. Trata sobre la ubicación de las más de trescientas posesiones templarias ibéricas y de cómo estas se requirieron, se pactaron, se conquistaron, se permutaron o se compraron buscando que reflejaran el cielo, dibujando constelaciones de estrellas, en la visión vespertina de un determinado día del año, que no por casualidad era el día de Santiago.

 

Imagen de portada Nuestra Señora de Regla de Chipiona. Foto Wikimedia Commons

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© Antonio Hernández Lázaro 2019