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Al final, siempre todo era más antiguo de lo que creíamos, y también Ella y su leyenda. Al fin y al cabo, ¿no gritan los peregrinos del Rocío «viva la madre de Dios»?

El interés de esta segunda parte se redobla al reclamar abiertamente su autor una antigüedad precristiana, ancestral, de los cultos mistéricos marianos en el antiguo Delta del Guadalquivir. ¿Cómo no ir, al terminar de leerlo, directamente a por la obra completa en la que Antonio Hernández Lázaro reabre con profundidad, de manera tan amena como rigurosa, el misterio histórico de las vírgenes negras? Obra que, muy pronto, tendremos ocasión de presentar públicamente desde esta asociación y en cuyo acto contaremos con la presencia de este estudioso sevillano.

DM

La Virgen Negra ligustina, la más negra de todas las Vírgenes Negras (II)

por Antonio Hernández Lázaro
2019

Si profundizamos en nuestra historia buscando las raíces del marianismo de Andalucía Occidental, vamos a ir, desde luego, más allá de la Reconquista, cuando entraron en nuestra tierra los castellano-leoneses, junto con cruzados de otros muchos reinos, con la Virgen por bandera. Ya hubo un episodio de marianismo, vinculado al cristianismo trinitarista promovido por la rebelión sevillana de san Hermenegildo, con la dirección espiritual de san Leandro, reforzada por la amistad de este con san Gregorio Magno. Los frutos de esta iniciativa trinitarista no los recogió san Hermenegildo, como sabemos, sino Recaredo, cuyo reinado católico coincidió en sus últimos años con los primeros del reinado espiritual de san Isidoro.

Hay que profundizar más. Hay que buscar las raíces del marianismo en el paganismo precristiano. Al fin y al cabo, ya hemos visto cuánto hay de las diosas ancestrales en la figura teológica de la Virgen María que la cristiandad ha ido construyendo a lo largo de los siglos. Y es en la protohistoria de Andalucía Occidental donde radica quizá la clave primera para entender el devenir histórico de nuestra forma de adorar el eterno sagrado femenino. Tartessos y el lago Ligustino constituyen esta clave.

Veamos primero el contexto general. En torno al primer milenio a.C., los arios, los adoradores del dios guerrero Ares, traían a Europa la guerra con sus espadas de hierro, finiquitando la pacífica y agrícola Era de Tauro y abriendo paso a la agresiva Era de Aries. Una rama de la raza aria se extendía por las tierras de la costa norte del Mediterráneo, dando origen a las civilizaciones clásicas griega y romana. Otra se extendía por la Europa central y occidental, dando origen a los pueblos celtas. En Oriente Próximo, en la tierra que iba a ser santa, Yavé había ordenado a los hebreos en el siglo XIII a.C. destruir todas las estatuas de Asera, la diosa negra de los cananeos, y el proceso que daría origen al monoteísmo judeocristiano ya estaba en marcha en torno al milenio, a pesar de Salomón.

Pero en nuestra tierra andaluza y ligustina, las cosas ocurrieron de otra forma. Aquí. la Era de Aries, la Edad del Hierro, entró con los fenicios adoradores del dios padre Baal, del semidiós divino Melkart y de la diosa negra Astarté. Baal, según la mitología, tras ser derrotado por Mot, la muerte, aceptó descender al Inframundo para morir a cambio de que hubiera fertilidad en el mundo, siendo luego rescatado y resucitado por Anat.

Los fenicios establecieron, como sabemos, colonias en la costa mediterránea, y fundaron Cádiz alrededor del 1100 a.C. Luego, se adentraron en el lago Ligustino y, en el lugar en el que el río Tartessos se convertía en lago, en la orilla izquierda, fundaron Spal, sobre el 800 a.C. Hércules es tenido como el fundador mitológico de Cádiz y de Sevilla. Pero detrás de la figura romanizada de Hércules está el mito griego de Herakles y detrás de Herakles está Melkart, el hijo de Baal. Como tenemos a Hércules como fundador, nos creemos que somos romanos, pero somos tartesios por nuestra sangre y fenicios, además de tartesios, por nuestra cultura. Y en tanto que tartesios, somos, en gran medida, anatolios, porque Tartessos surgió, en realidad, con la consolidación de la colonización de los tirsenos procedentes de las costas occidentales de Asia Menor y la fusión con la etnia preexistente, probablemente la ligur.[i] Cuando Hércules fundó Sevilla, aún faltaban sus buenos seis siglos para que llegaran los arios romanos a Híspalis.

La leyenda de Hércules nos cuenta cómo el héroe, creyendo dar fin a sus trabajos, se llevó los bovinos retintos de Cádiz a Grecia. Pero dos de los trabajos fueron anulados, por haber hecho trampas el héroe. No nos extendamos en ello. El caso es que Hércules tuvo que hacer dos trabajos más, y para ello tuvo que volver a Andalucía.

Avieno nos cuenta que hubo en el entorno del Palus Etrephaea, tal vez en lo que hoy es Palos, tal vez en lo que hoy es La Rábida, un santuario dedicado a Perséfone, romanizada como Proserpina, cuyo nombre manifiesta que precede a la sierpe –«Levántase allí un alto collado del infierno a la diosa consagrada / y es rico templo una escondida cueva, / cuyo ciego umbral no hay quien se atreva a penetrar, / que en torno la rodea, la Laguna difícil Etrefea».[ii] Fue aquí donde Hércules tuvo que descender al Hades y rescatar al can Cerbero, para lo cual tuvo que ser previamente iniciado en los Misterios Eleusinos, los ritos agrícolas en los que se revivía la búsqueda desesperada de Perséfone por su madre Deméter y su rescate, con la constatación de que, por haber probado aquella, sin darse cuenta, de la infernal granada, pasaría ya parte del año con los vivos y parte del año en el subsuelo.

Y aquí, si hacemos caso de Estesícoro[iii] y Estrabón,[iv] tuvo que hacerse Hércules con las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, el huerto occidental de Hera. Las manzanas de oro no pueden ser otra cosa que las naranjas del valle del Guadalquivir, que eso canta el nombre griego de la naranja: chrisomilia. Aquí, en el jardín que es el valle del Guadalquivir, cuenta la leyenda que Astarté, a la que el héroe perseguía, se refugió en la margen derecha del río, fundando así Triana.[v]

Fue la acción de Hércules la que superó la prueba del Hades y la que conquistó los frutos del Jardín de Occidente, pero hoy, con amplia visión histórica, tenemos la certeza de que fue el espíritu de Astarté lo que inspiró al héroe.

Las raíces de Astarté hay que buscarlas en el mundo sumerio del cuarto milenio a.C. La diosa sumeria, reina del Cielo, fue Inanna, la misma que luego sería llamada Ishtar por los babilonios, Asera por los cananeos y Astarté por los fenicios. Su presencia –el planeta Venus– se hacía patente en el firmamento cada mañana y cada tarde, marcando los ritmos del día y de la noche. La diosa era, así, la estrella de la mañana, el lucero del alba portador de luz, Lucifer, y era también la estrella de la tarde, Héspero, el lucero vespertino que dio nombre a las ninfas. Por ser reina del Cielo, la gran diosa fue también reina de la Tierra, y, por ser determinante para los ciclos de la agricultura, reinó también en el Inframundo. De Ishtar se cuenta que descendió a la oscuridad del Infierno, el hogar de su hermana, la diosa Ereshkigal de la fertilidad, para asistir al funeral del esposo de esta, el gran toro del cielo, Gugalanna,[vi] y llevarlo a la resurrección.[vii] La diosa había ido al país de «irás y no volverás», y había vuelto. Ahí radicaba la fe en la eternidad, tras una fase de purificación entre los muertos.[viii] El mito del descenso a los Infiernos explica muy gráficamente la simbología agrícola, presente en todas las culturas de la Edad de Bronce, pero persistente, realmente, a lo largo de toda la Historia desde que existe la agricultura, porque la humanidad ha explicado siempre lo agrícola en mitos de muerte y resurrección, en mitos de descenso a los infiernos y de renacimiento a una nueva vida, y ha desarrollado, en aras de las deseadas buenas cosechas, ritos iniciáticos de muerte de lo viejo y de nacimiento renovado, ritos primaverales de fertilidad y ritos otoñales de cosecha y vendimia. Por eso era precisamente en la diosa, en la divinidad femenina, en la que los pueblos confiaban para resucitar, antes del advenimiento del monoteísmo judaico.

Astarté vino a vivir y a reinar en Andalucía para sellar la gran puerta del Inframundo que era el lago Ligustino, identificado con la mítica laguna Estigia, y para transformar el valle del Guadalquivir en el Paraíso. El reino de Tartessos, una especie de isla pacífica dentro del entorno guerrero de la Edad del Hierro, un reino –el más organizado, sin duda, de aquella época– que vivió de las buenas relaciones comerciales tejidas entre los tartesios y los fenicios, fue, ya en la Edad del Hierro y en la Era de Aries, el nuevo hogar de la diosa negra del Bronce, la diosa que en todos los otros lugares había sido blanqueada y supeditada al gran dios ario o, directamente, ya transformada en una serpiente o un monstruo, vencida por un dios heroico, muy blanco. Astarté, ya tartésica y andaluza, fue la única diosa negra, agrícola y taurina, en unos tiempos que ya eran en todo el Mediterráneo y en toda Europa los de los dioses blancos y de la era del Carnero.

Ese hecho excepcional andaluz puso, en los siglos que duró la cultura tartésica impregnada de religiosidad fenicia, hasta que Tartessos desapareció sobre el 500 a.C., las bases para la enfervorizada forma, peculiar y única, que tenemos los andaluces occidentales de dar culto a la Virgen María, en la que, queriéndolo o sin quererlo, vemos la parte femenina de Dios. Hay quien lo llama paganismo. Lo cierto es que, si esta es la tierra de María Santísima, no es ajeno a ello, por supuesto, el culto ancestral a lo eterno divino femenino en la deidad que los fenicios llamaron Astarté, la reina del Cielo y de la Tierra, pero también la reina infernal, por lo que fue llamada «Astarté de las tumbas».[ix] Astarté sacralizó las tierras cenagosas del lago Ligustino, sellando esta gran puerta infernal y bendiciendo el huerto occidental, vespertino.

Solo una diosa impregnada de la oscuridad del Inframundo podía salvar a las personas. Solo a ella podían dirigirse las criaturas para encomendarse a la hora de la muerte. Solo ella podía recobrar para las gentes el paraíso perdido.

Hoy es la Virgen María la que, en las tierras que rodeaban el lago y las que constituyeron el jardín de las ninfas, nos libra del Infierno y nos lleva, como nueva Eva, a la felicidad.

Por eso, al igual que si peregrinamos a Santiago visitamos primero la cripta que dicen del apóstol, y luego seguimos hacia el Finisterre, así tenemos en nuestras romerías andaluzas esa misma secuencia agrícola, iniciática y resurreccional. Por eso nuestras romerías encierran la idea de un descenso a un fondo, un río o una laguna, antes del ascenso al Paraíso del santuario mariano. Así es en la Cabeza, así es en La Rábida entre la roca de Saturno y el monte de San Jorge, así es en todos los caminos del Rocío…

Ella es ahora la Reina del Cielo y es reina también de la montaña, de la cueva y del subterráneo, del árbol, de las marismas, de la fuentes santas, de las aguas que brotaron para ayudar a los cristianos reconquistadores o para dar salud a las gentes sencillas. Ella reina en los lugares que Ella misma ha elegido, para residir o para volver cada año, con sus bueyes, que son los toros de la Era de Tauro sojuzgados y reconvertidos. A Ella la buscamos para que nos renueve y a Ella nos encomendamos a la hora de nuestra muerte. Ella es la nueva estrella, en sus romerías de primavera o de otoño, en las que cada año conduce a su luz a nuevos romeros. Ella es la que hace, en sus fiestas, que cada pueblo se encuentre a sí mismo. Ella, la nueva reina sureña, es la nueva Sabiduría salomónica que hace elogio de sí misma (Proverbios 8:15), merced a la cual reinan los reyes, como proclama el dosel sevillano de la Virgen de los Reyes.

María Santísima, aquí, está en su tierra. Ella es la nueva y necesaria referencia femenina junto a Dios. Lo es en todo el mundo católico y ortodoxo, pero es que aquí, en esta nuestra tierra, está en su casa. Por algo será. Ella, en todo el mundo católico pero, sobre todo, en su tierra andaluza, es la que ha hecho que hayamos reinterpretado a Yavé.

En torno a las aguas que fueron ligustinas hay Vírgenes Negras, como la de Regla que trajo Guzmán el Bueno del Camino de Santiago, la subterránea de la Merced, o la de los Milagros que trajo Alfonso X –el nuevo Salomón, hijo, como aquel, de un rey guerrero– sacralizando las tierras a la orilla del río infernal del olvido, el legendario Lete que aquí llamamos Guadalete. Hubo también otras Vírgenes Negras traídas por los templarios, como la de Rocamador, transformada hoy en un mural, o las desaparecidas de Atocha, en el compás de Sevilla, o de Barrameda, en la ciudad del lucero del alba. Hay otras que han sido blanqueadas o desteñidas, como la de la Rábida, donde estuvo el fano infernal de Proserpina junto al río del fuego, o la de Consolación, o tal vez incluso la de Gracia. Hay otras que, simplemente por el material del que están hechas, pueden predicarse negras, como la de Aguas Santas, y hay otras que son blancas, aunque sus advocaciones evocan negritud, como la de Loreto, que nos recuerda el campo de laureles italiano, o la de las Huertas, que nos hace pensar en la templaria y jacobea Santa María dels Orts, de Puente la Reina. Están las Vírgenes morenas y morenitas, como las que vigilan las aguas con vocación ligustina desde la Cabeza o desde la Sierra; y están las que, tras la Reconquista, dieron continuidad a la lucha de san Hermenegildo, a la predicación trinitaria de san Leandro y san Isidoro y a la donación de san Gregorio Magno, porque la Virgen y la Santísima Trinidad, que habían entrado juntas en la España visigoda, hicieron juntas la Reconquista: son la de la Hiniesta, la del Valle y la cacereña de Guadalupe, que es negra, templaria y sevillana. Está la blanca Virgen de la Estrella, que reina en la localidad que antes estaba donde el río Tartessos se convertía en lago, y que recuerda en su nombre el del barquero que llevaba las almas desde el río Aqueronte a la laguna infernal. Están las Vírgenes de la Granada, que son aquí, en las rutas de Llerena hacia el sur, más abundantes que en cualquier otra zona, están las que llevan en la mano este fruto, que es resurreccional en el cristianismo precisamente porque era infernal en el paganismo… Y está la Virgen del Rocío, en la mismísima puerta de las marismas.[x]

Hay que mirar a la Virgen no con los ojos del cuerpo sino con los del alma. Si así lo hacemos, comprobaremos que, más allá de su apariencia, la Virgen del entorno ligustino, nuestra Virgen del Sur, nuestra Virgen de Sabiduría, de fertilidad y de iniciación, la que nos brinda el Paraíso junto al río grande, precisamente tras haber sellado la puerta del Infierno, es, sencilla y palmariamente, la más negra de todas.

[i] Sobre Tartessos es ref. básica Adolf Schulten, Tartessos. Cito la ed. expresamente autorizada por los herederos del autor para la Colección Austral, traducida del alemán por José M. Sacristán, Espasa-Calpe, Madrid, 1972 (copyright Leonore Reichert, 1921, 1945). Los ligures constituían el más antiguo substrato indoeuropeo para unos, una etnia ajena a la línea aria e indoeuropea para otros, o una raza mediterránea indoeuropeizada para otros aún. A favor de la primera tesis, p.e., Leite de Vasconcelos, Religoes de Lusitania, 1905. A favor de la segunda, p.e., Adolf Schulten, Fontes Hispaniae Antiquae. Para Schulten, arqueólogo, historiador, filólogo e hispanista alemán de los siglos XIX y XX, considerado el padre de la investigación sobre Tartessos, eran los ligures, provenientes de África, la etlia dominante antes de la fundación de Tartessos. A favor de la tesis mediterránea, Terracini, 1925, según citas de Martín Almagro Basch en el art. Ligures en España, II. Las hipótesis de los filólogos, publicado en http://deltademaya.com, consultada el 29-06-2017, extraíble en pdf. También Louis Charpentier,  Los gigantes y el misterio de los orígenes, Plaza & Janés, Barcelona, 3ª ed. 1973 (1ª ed. 1971), p. 61, 64-65 y 198. El autor sigue la tesis de Camille Jullian (1859-1933), historiador, filólogo y epigrafista francés, autor de Histoire de la Gaule, Hachette, según la cual los ligures son supervivientes de la Atlántida. Eran morenos, de estatura relativamente baja, robustos pero ágiles, capaces de realizar los más duros trabajos, con un profundo amor por el suelo natal y, al mismo tiempo, por la aventura marítima a despecho de peligros. «No fueron artistas –según la visión romántica de Jullian–, pero encontraban la seguridad del golpe de vista, la precisión del gesto, la tenacidad del esfuerzo físico cuando se trataba de trabajar la materia…». La época ligur, que fue la época de los dólmenes, finiquitó cuando concluyó la Era de Tauro. En Europa, de forma mayoritaria, fue sustituida por la cultura celta.

[ii] Cfr. Rufo Festo Avieno, Ora Marítima, Puede extraerse en formado doc de www.ulpgc.es, consultada el 19-03-2018. Vid. el artículo El Santuario Infernal de Palos, de Delta de Maya, publicado en http://deltademaya.com, extraíble en pdf y consultada el 22-06-2017. La ref. a Avieno, citada en este art. es Testimonia Hispaniae Antiqua I. Avieno. Madrid, 2000. Traducción de Lulio Mangas, Domingo Plácido (Eds.). Vid. también el art. de Francisco J. Rodríguez Andrade La isla de Cartare y el lago Ligustino en la “Ora Marítima” de Avieno., publicado en http://museomelkart.blogspot.com.es, consultada el 19-03-2018. Cfr. Rodrigo Caro, Antigüedades y Principado de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla y Chronographia de su convento jurídico o antigua Chancillería, Sevilla, 1634, lib. 3, c. 76. Edición de 1896, t. 2, p. 766, citado por Sebastián García en La Rábida, pórtico del Nuevo Mundo (ob.cit.), p. 32.

[iii] La Canción de Gerión de Estesícoro, titulada Gerioneida, es una obra de 1.300 versos, que se conserva resumida en la Biblioteca mitológica del Pseudo-Apolodoro. Vid. el art. La “Gerioneida” de Estesícoro y la “Biblioteca” de Apolodoro, de Helena Rodríguez Somolinos, Editorial de la Universidad Complutense, Madrid, 1989 (Actas del VII Congreso Español de Estudios Clásicos), extraíble en pdf de www.academia.edu, consultada el 07-04-2018. En la obra de Estesícoro se conserva un fragmento, que se encuentra también en Estrabón (ob.cit.), 2.1., donde se afirma lo citado. Vid. el art. Entre la historia y la leyenda. El mito del rey Gerión en http://historia-y-leyenda.blogspot.com.es, consultada el 16-02-2018.

 [iv] Cfr. Estrabón, Geografía, Volumen III, Libros V-VII, Editorial Gredos, 2001.

[v] Manuel Lauriño, Visión mitológica de Triana, Castillejo, Sevilla, 1992, p. 102.

[vi] Vid. el art. Mitología sumeria: el descendo de Inanna al Inframundo, publicado en www.ancient-origins.es, consultada el 21-11-2017.

[vii] Baring y Cashford, ob.cit., p. 244 y 254.

[viii] Cfr. Antonio Franco Ruiz, Cosmovisión mítica. Origen y evolución de las historias sagradas y el culto, Punto Rojo, Sevilla, 2016, especialmente el cap. Viaje de Ultratumba. Para muchos, la respuesta podía estar en la reencarnación, partiendo de la idea de que, al estar el Mundo entre el Cielo y el Inframundo, sería el propio Mundo el lugar de la expiación.

[ix] Francesc Gracia, Las acciones, los rituales y la vida (Cap. III. Fuego en Antropología de la religión. Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas), Editorial UOC, Barcelona, 2003, pp. 199-200.

[x] Renuncio aquí a entrar en más detalles, que quizá incluso serían excesivos para el propósito de este artículo. Remito al lector a la lectura de mi libro Vírgenes Negras del Sur, Editorial Almuzara, Córdoba, 2018, ed. al cuidado de Rosa García Perea. En relación con las Vírgenes de la Granada, vid. el art. de Alberto Donaire Hernández La Granada, un viejo símbolo de futuro (I y II), extraíble en pdf de http://deltademaya.com, consultada el 01-07-2017.

Imagen de portada Astarté del Bronce Carriazo, Museo arqueológico de Sevilla. Foto Alberto Donaire.

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© Antonio Hernández Lázaro 2019