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Flor de lis en el carriazo

No parece tarea fácil llegar a hacerse una idea clara de cómo fue la historia de la Comarca de Doñana, de Andalucía o incluso del Mediterráneo occidental, antes de la invasión romana. El volumen de conocimientos que tenemos anteriores y posteriores a esos primeros siglos de nuestra era contrasta de manera asombrosa. ¿Cómo vivieron nuestros antepasados en estas húmedas tierras de la desembocadura del Guadalquivir? ¿En qué medida fue su modo de vida determinante de nuestra realidad actual? ¿Cuál pudo ser la verdad de la mítica civilización tartésica, más allá de las tímidas, quizás incluso pobres hipótesis académicas?

En el artículo que presentamos, el historiador Taid Rodríguez Castillo nos invita a tomar en consideración una proposición de lo más sugerente. Una que podría llevarnos a descubrir que ya antes de Cristo existía una relación estrecha y habitual entre las poblaciones de los deltas del Guadalquivir y del Ródano. Según esto, los actuales hermanamientos por una parte entre Villamanrique de la Condesa y Saintes Maries de la Mer, en la Camarga, y por otra entre el Espacio Natural de Doñana y el Parc Régional de Camargue, vendrían a retomar el testigo de una vocación, al menos bimilenaria.

¿Serán sólo casuales las razones que inducen a estos dos territorios a buscarse y a mirarse el uno en el otro? ¿Será mera coincidencia accidental que Delta de Maya surja precisamente para ocuparse de atender y desarrollar esta relación como uno de sus fines prioritarios?

La Presencia Ebrea en Doñana

por Taíd Rodríguez
Septiembre 2011

“Parece fatalidad de las cosas humanas que los más importantes acaecimientos de los pueblos, mudanzas de los imperios, revoluciones y trastornos de las más famosas dinastías hayan de pasar a la posteridad por las sospechosas relaciones del partido vencedor.”

José Antonio Conde (1766-1820)
Autor de Historia de la dominación de los árabes en España, descubridor de la literatura aljamiada, y primer historiador español moderno que usó las fuentes árabes en lengua original.

En verdad que esto es así, y que se nos hace difícil escribir la historia de los pueblos por más que busquemos en ella. Al igual que terremotos, erupciones e inundaciones pueden borrar de la faz de lo visible la historia milenaria de civilizaciones pasadas sin dejar rastro de ellas (?), de la misma forma una mano anónima o pública puede dar al traste o condenar al fuego la historia de toda una civilización. Hubo un califa cordobés, de los buenos, de los del esplendor del califato, cuya obsesión desde joven fueron los libros. A esa sazón, poderoso, reunió y mandó reunir todos los importantes que pudo. Como en los cuentos de hadas mandó emisarios por todos los pueblos del imperio y aún del extranjero. Tenía agentes permanentes en Constantinopla, en Bagdad, en Damasco. Desde allí se hacía copiar a precio de oro los manuscritos más preciosos, “llenó de ellas el palacio de Meruán, que ya no había en él sino libros”. Aben Hayan dice “que los índices de su biblioteca eran cuarenta y cuatro tomos de cincuenta folios cada uno” y Telid el Feti que “el índice general no se acabó hasta el tiempo del rey Hixem su hijo”. Pues bien, se dice que toda la biblioteca fue destruida, con un solo gesto, cuando el cardenal Cisneros mandó quemar todos los libros de los árabes.

Y se dice bien, porque la quema está bien documentada. La descripción más antigua es la del contemporáneo Juan de Vallejo, notario y amigo del cardenal:

“Para desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta, les mandó a los dichos alfaquís tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes, entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos; en que había entre ellos infinitos que las encuadernaciones que tenían de plata y otras cosas moriscas, puestas en ellos, valían 8 y 10 ducados, y otros de allí abajo. Y aunque algunos hacían mancilla para los tomar y aprovecharse de los pergaminos y papel y encuadernaciones, su señoría reverendísima mandó expresamente que no se tomase ni ninguno lo hiciese. Y así se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, excepto los libros de medicina, que había muchos y se hallaron, que éstos mandó que se quedasen; de los cuales su señoría mandó traer bien 30 ó 40 volúmenes de libros, y están hoy en día puestos en la librería de su insigne colegio y universidad de Alcalá, y otros muchos añafiles y trompeticas que están en la su iglesia de San Ildefonso, puestos, en memoria, donde su señoría reverendísima está sepultado” [1].

A este cardenal le está hoy dedicada una universidad. García Lorca conocía este hecho y se lamentaba. ¿Cómo no pensar que se ha hecho esto mismo muchas otras veces? ¿Cómo no pensar que, cuando no destruidos, serían los libros modificados, alterados, ocultados, desfigurados o falsificados? ¿Hay algo que pueda tener la pretensión de ser verdaderamente sostenible en la trama de nuestra historia? Muchos dicen que la arqueología no miente ni puede mentir, que sus “hechos” son irrefutables. A esto hay que decir: ¿acaso no se puede ocultar, destruir o minusvalorar igualmente un documento arqueológico? ¿Acaso no se pueden atribuir objetos que son de una cultura a otra?

Reflexión en torno a la historia

Esto es precisamente con lo que casi constantemente nos encontramos al enfrentarnos a la historia antigua de cualquier país. Hay una vieja concepción, en el fondo un prejuicio casi del todo religioso, por la cual la Cultura con mayúsculas, es decir, la civilización, debió llegar a los países de occidente desde oriente. Esto es debido a que la Biblia así lo dice, y si bien se han modificado algo las fechas en que debió comenzar el mundo, éstas se siguen intentando ajustar lo más posible a la cronología y a los espacios que marca la Biblia: Oriente Medio hacia el año 5500 aC. En base a esta creencia se comenzaron a desarrollar los estudios universitarios en la Edad Media y, aunque no del todo la creencia, han quedado la fecha y el lugar como cosa heredada, como inercia irrebatible. Entre otras cosas por la manía de las citas y de las “autoridades”, de los índices bibliográficos y todas estas cosas contra las que ya combatía Cervantes de modo patente, temprano y acertadísimo. Por cierto que me cabe la duda de si la quema de libros de El Quijote no estará basada en la de Cisneros.

Esta precaución de no ir contra la Biblia ni contra la autoridad (muy bien guardada no solo por los españoles) es, probablemente, la que haya hecho que hoy en día casi todo el material arqueológico antiguo esté asignado o bien a los fenicios, o mejor aún a los romanos o sino a los árabes. Y cosa notable, es una tendencia que se agudiza con el paso del tiempo. En la época de Cervantes, Rodrigo Caro podía defender la presencia de hasta diez Hércules distintos en la Península, de los cuales los dos últimos habían sido el egipcio y el griego. Y era creído y reconocido por los eruditos del tiempo. En el siglo xviii estas mismas leyendas se siguen citando por extenso, pero ya son tenidas por falsas. A principios del s. xx estas leyendas son solo conocidas de algunos investigadores. A mediados del s. xx son prácticamente desconocidas y las pocas conocidas son tenidas por quiméricas. Quienes recurren a ellas son a menudo tenidos bajo sospecha. Platón es una autoridad académica irrefutable en temas de filosofía, y aún en temas de historia y política, “salvo” cuando habla de la Atlántida. En las conferencias de sabios académicos se recomienda no tocar más estos temas.

Un día, al parecer de 1933, el señor Oscar Vladislav de Lubicz Milosz, aristócrata de origen báltico, bien establecido, diplomático, gran aficionado a la exégesis bíblica y a la prehistoria tuvo una iluminación. Partiendo de la, para todos y en todo el mundo, llamativa (y, de momento, académicamente irreprochable) igualdad de los nombres de Iberia en la Península Ibérica e Iberia del Cáucaso se le ocurrió utilizar los nombres vascos para interpretar los textos bíblicos, entre otros el Evangelio de San Juan. Y con esta herramienta llegó a la siguiente conclusión:

“¡Los iberos, el pueblo cuyo nombre en hebreo es Ibri, provienen de la parte oriental de ese territorio, es decir, de la zona de la Huerta de Valencia (Havila), el <<Jardín de las Manzanas de Oro>>, Hesperia! Y, probablemente, también provienen de una región española vecina aquellos otros íberos de Georgia que se asentaron en las faldas del Cáucaso; así como aquellos <<pieles rojas>> griegos, los feniciobereberes, con su occidental dios Atlas (…), que se establecieron en la costa siria, procedentes del litoral númida; y del mismo modo, por último, que los egipcios leales a Bitis, portadores del emblema real de la abeja, se instalaron en Buto, en el Delta del Nilo, antes de fundar la civilización y la dinastía tinita, acaso en la época de la doble inhumación y el desmembramiento del cadáver.”

A tan fascinante conclusión habría que dedicarle mucho más espacio del que, de momento, disponemos. Baste decir que aquí se nos está hablando de los “Íberos”, esto es, clara y abiertamente, de los “hebereos”, de los “hebreos” modernos. Y así titula Milosz su ensayo, Los orígenes iberos del pueblo judío. Habla de los “bere” de España y de los “bere” de la región montañosa del Atlas. Peo no solo esa es su conclusión filológica, por así decir, a ésta le sigue otra indiscutible e histórica, y que se sigue de forma irremediable e inmediata, como en una revelación o una iluminación, en la cual van cayendo los velos por su propio peso. Y esta conclusión es la que a mí me resulta más atractiva y que el autor expresa así:

“Gracias a las investigaciones de Siret, Boule, Breuil, Capitan y otros antropólogos y prehistoriadores, iba a descubrir muy pronto la analogía entre el mobiliario funerario del sur de la Iberia hispánica y el del Mediterráneo oriental. (…) Le di la vuelta a la tesis y me dije: no fueron los fenicios cananeos quienes desembarcaron en Andalucía; fueron los iberos andaluces quienes, ya por espíritu de aventura o por afán de colonizar, ya por un cataclismo <<atlante>> o de otro signo, llevaron a los asiáticos, hacia el décimo milenio antes de JC, su vieja civilización”.

Y con esta definición está dicho casi todo. Solo queda desempolvar los archivos “acaso- olvidados”. Puede, al fin y al cabo, que la famosa “Luz” no tenga porqué venir de oriente. En este caso parece más bien que haya vuelto de oriente. Como dice mi buen amigo e historiador Romualdo Molina: “Baco, señor de los pueblos ibéricos, es “Bach-Kush”, “el que vuelve de oriente”” [2].

Pero, ¡Ay!, Romualdo, amigo. Pues no nos dicen de la academia que no hubo hebreos en España hasta el s. I, y que “las comunidades judías de las Hispaniae tuvieron un origen muy tardío y que, en general, fueron de importancia secundaria” [3]. Pues no nos dicen los expertos: “no creemos que las leyendas medievales que hablan de la gran antigüedad de la presencia judía en Hispania tengan ningún valor histórico” [4]. Y no nos dejan con la miel en los labios sin hacer mención siquiera de a qué leyendas se refieren. ¿Cuál de todas? ¿Todas ellas?¿Es que ninguna vale nada, ninguna?

Y, ¿qué cara hemos de poner cuando encontramos la gran cantidad de eruditos que han defendido, precisamente, la opción diametralmente opuesta? M. Koch, Luís A. García Moreno, A. M. Rabello y H. Beinart, todos han defendido “la inusitada antigüedad de las comunidades judías en España”.

Saquemos cada uno nuestras propias conclusiones pero, al menos, que no se nos niegue la mayor. Que no se nos niegue el recurso a los mitos y leyendas. Los primeros documentos escritos que hacen mención de los judíos en España son del s. iv. No sé por qué, pero son de este siglo. Son mencionados en las actas del Concilio de Elvira (cerca de Granada). Allí el canon 16 establece que las jóvenes cristianas (nada dice de los varones) no deben casarse con herejes ni con judíos bajo pena de cinco años de excomunión para sus progenitores. El canon 49 prohíbe tanto a los clérigos como a los laicos comer con judíos. Y el 50 prohíbe que los judíos bendigan los frutos de la tierra. Otros documentos son escritos también de obispos de la época. Uno se refiere a la próspera comunidad de Mahón en Menorca, enriquecida con el comercio con Palestina. Otro se refiere a la de Tarragona. Ya conocemos, por otros estudios, las muy anteriores al s. i de Arles, Marsella y las de la desembocadura del Ródano.

Hacia el s. iv estas comunidades en la Península no sólo parecen prósperas, sino que la presencia judía aparece como algo asumido. En tiempos de los visigodos los judíos son un elemento esencial de la administración del reino. ¿Cómo explicar esta importancia y esta presencia si, hasta el siglo iv, la presencia judía había sido minoritaria y secundaria? ¿Cómo explicarla si, además, se nos dice que llegaron seguramente como esclavos (¡!)? El tiempo no corría en la antigüedad con la velocidad de cambio con vertiginoso que lo hace hoy. El cristianismo tardó cuatro siglos en llegar a las zonas interiores de la Península.

Antigüedad de algunas juderías hispanas

En su Historia de los judíos en España, Alfonso de Castro, que escribió hacia 1847, nos pone sobre la pista cuando escribe: “Otros historiadores afirman que vinieron judíos a España con su capitán Pirro en este tiempo [el de Nabucodonossor] y que poblaron en dos partes: una llamada Toledo y otra Lucina o Lucena”.

Hay que decir que después del reinado de Salomón no se pudo mantener la unidad y el reino se escindió. Por un lado se creó el Reino de Israel, formado por las tribus que no llevaban bien la hegemonía de la tribu de Judá, y por otro se formó el Reino de Judá, con su capital Jerusalén. Tras la separación la idolatría de Israel sería castigada por los asirios que destruyeron el reino y deportaron a la población. Esto fue en el año 722 aC. El reino de Judá soportó el asedio de Jerusalén y resistió a los invasores hasta el año 587 aC. Su población sufrió tres deportaciones consecutivas. Es la época de Nabucodonossor y el exilio en Babilonia.

Las leyendas medievales de los judíos españoles nos conservan su propia memoria de estos sucesos y de esta época. Por desgracia no he conseguido tener acceso a las versiones originales, pero sí me ha dado tiempo a entresacar algo por medio de Julio Caro Baroja que sí, en parte, lo recoge:

“Decía Salomón ben Verga, por ejemplo, que en tiempos de Nabucodonosor, Jerusalén estaba dividida en tres partes: una (…) poblada por oficiales; otra (…) en la que vivían estudiantes y mercaderes; y otra, que quedaba comprendida entre el segundo recinto y el tercero, en que vivían los descendientes de la casa real, los miembros de la familia de David, los sacerdotes y los ministros del Templo. Añadía que Nabucodonosor dio como cautivos a los reyes Pirro e Ispano, sus aliados, a los que vivían en esta última zona, y Pirro fue el que, embarcándolos, los trajo a España, a Andalucía y Toledo sobre todo”.

Y en la página siguiente:

“Este Pirro –dice nuestro rabino, refiriéndose al primero de aquellos hechos más que hipotéticos- embarcó en navíos todos los cautivos y llevoles a España la antigua, que es Andaluzia, y a la ciudad de Toledo, y de allí se esparzieron, porque eran muchos y no podía la tierra con ellos y fueron algunos de la Casa Real a Sevilla y de allí a Granada” [5].

Como vemos no se priva Julio Caro de poner por delante su opinión, pero por lo menos nos transmite la leyenda y nos da indicaciones de dónde buscarla (le quedaría algo de la vieja escuela). Esta tradición la recogía Salomón ben Verga en el fatídico paso del xv al xvi, es decir, en pleno proceso de deportación de los judíos de España (estoy casi seguro de que ellos se llamaban a sí mismos, ya mucho antes de ser expulsados, judíos sefardíes, como veremos luego). De hecho tuvo que salir exiliado a Lisboa y allí, ¡horror! se dió de bruces con las matanzas y persecuciones de las que huía. La misma leyenda la recoge el insigne Abravanel o Abarbanel, judío distinguidísimo, tesorero del rey de Portugal y luego agente financiero de la reina católica que los echó, y a quién le cupo en suerte, junto con otro judío distinguido y acaudalado, negociar con su majestad una posible solución al asunto, a cambio, claro, de dineros. Pero no era cuestión de dineros…

La creencia por ellos recogida en tiempos tan duros existía ya en el siglo xii. Lo sabemos por varias fuentes. Ibn David, por ejemplo, en el Libro de la Tradición dice que “presumían los hebreos de la ciudad de Granada de ser ellos los descendientes de los deportados antiguos”. Antes nos llamaba la atención lo de “España la antigua” por Andalucía, y ahora nos dicen que hubo más de una oleada de judíos que llegaron deportados. Otra fuente que sostiene esta ascendencia de Judá y Benjamín es Moses ben Jacob Ibn Ezrá, poeta distinguido, nacido en Granada hacia 1055. Lo hace brevemente en su Libro de poética (Kitab al-Muhadara wal-Mudhakarah). La familia Ezrá salió de Granda a raíz de una revuelta contra el rey y fue a refugiarse seguramente en Lucena, donde existía la más prestigiosa escuela talmúdica de España y quien sabe si de todo el Mediterráneo en aquella época. En esta ciudad judía, toda ella judía (no simple judería) y gobernada completamente por judíos hasta el punto de que no dejaban asentarse dentro de las murallas a nadie que no lo fuese, estudió Aben Ezrá con los mejores maestros de su tiempo. No parecen, desde luego, testimonios de gente poco instruida.

Pero similares leyendas y tradiciones circulaban ya, según parece, aún antes de esa fecha. Así lo leemos en las actas de un encuentro sobre minorías religiosas:

“En todo caso, las tradiciones medievales de los hebreos de Hispania insistían en que buena parte de los judíos deportados entonces habían llegado al extremo occidente formando las primeras comunidades en la occidental Sefarad. En el año 953 en la carta de un gaón (dirigente de Academia Rabínica) de la ciudad babilónica de Pumbedita se afirmaba, de una forma expresa, que en Sefarad había hebreos que eran descendientes de los primeros exiliados” [6].

Y aún muchos siglos antes, según la opinión de Carlos del Valle Rodríguez en su libro La escuela hebrea de Córdoba, que nos dice que “desde tiempos muy remotos hasta nuestro tiempo la sabiduría se encuentra en España, puesto que está claro que en tiempos de Alejandro, el macedonio, cuando pretendía ascender a los cielos, le aconsejaron los sabios de Palestina, en el Templo, que se fuese a España porque allí se encontraban los sabios del primer exilio”. Alejandro, llamado Magno (como conviene, decíamos, a los vencedores), vivió hacia el 350 aC. La referencia más antigua, sin embargo, es bíblica y aparece en el profeta Abdías 1, 20 donde se dice: “Esta tropa de cautivos de los hijos de Israel poseerá lo que fuera de los cananeos hasta Sarepta, y los de Jerusalén que están cautivos en Sefarad poseerán las ciudades del Néguev”. Y la profecía de Abdías se data ¡entre el 848 y el 841 aC!

Resta saber si la palabra Sefarad hace realmente alusión a España o si, como dice la “norma”, hace referencia a la ciudad de S´farad, hoy Sardes, en Asia Menor. Sin embargo la ciudad Lydia de Sardes fue fundada en el 680 aC. y en el 644 aC ya había sido saqueada por los cimerios. Los griegos la quemaron en 499 aC, y posteriormente ha sufrido mil y un destrucciones y saqueos más, producto de las guerras constantes entre persas y griegos. Y, sobre todo, una cosa que es obvia: Sefarad-Sardes produce 2.140 resultados en Google.es; Sefarad-España produce 233.000 (en Google.com el resultado es muy parecido). Seguro hubo judíos en Sardes, pero las escrituras son muy tramposas y, a veces, las más de ellas en lo referente a nombres propios y de lugar, quieren hacernos pasar por lo que es lo que no-es.

Uno de los primeros nombres con que los romanos conocieron la Península fue el de Esbania o Isbania. En lengua fenicia Sefania o Spania significa “septentrional”. Tal es, de hecho, su situación con respecto a África en general y Cartago en particular. Pero he aquí que los fenicios, como los hebreos y como los sirio-caldeos, escriben sin distinguir la f de la p, y entre otras muchas dificultades escriben sin vocales y de derecha a izquierda. Los hebreos, por adición, en sus textos sagrados, como los del Antiguo Testamento, tienen un tipo de pronunciación especial por la cual, en función de la puntuación del texto, pueden leer en una misma palabra de una u otra forma. Así es que los antiguos hebreos llamaron a la Península con cuatro letras que, transcritas de izquierda a derecha son estas: SPRD o SFRD. Pero claro, de aquí salen dos nombres que son el mismo: ESPERIDE y SEFARAD (con pronunciación masorética, es decir, leyendo la puntuación).

Hespéride hace referencia a Hesperos, el cual, en griego, es el planeta Venus cuando es visible por la tarde a la caída del Sol. Y el Sol se “pone” por poniente, por tanto, por extensión, Hespéride hace referencia al poniente. Es raro que exista un Sefarad al noroeste de Israel, y que se le llame poniente. Por otra parte este mismo planeta Venus, cuando visible por la mañana, precediendo al Sol, se le llama en griego Phosphoros y el latín Lucifer. Y da la casualidad de que “España la antigua”, esto es, Anda-luz-ía entera está plagada de lugares consagrados a este Lucero. Creo que son datos a tener en cuenta para valorar mejor la identificación del Sefarad bíblico con Sardes. En cualquier caso, como decíamos, no sería la primera vez que las escrituras andan despistando y distrayendo con los nombres como lo atestigua Conde, quien también identifica claramente Sefarad-España:

“Los ebreos llaman a España ספרד que con pronunciación masorética se dice Sefarad, en Abdias ocurre esta voz, y el Targum o versión caldea traduce אסףאמיא Esfamia: bien sabido es que los supersticiosos Talmudistas se precian de viciar la escritura de los nombres (…) de los pueblos del mundo, y hacen gala de poco cuidado en los conocimientos profanos; pero Abram Aben Ezra, despreciando tan vana observancia, interpreta y escribe bien Sefarad Espania… Este nombre es el griego Hespéride, de Hesperia, que dice Estrabon la llamaron así por la estrella Hesperus, que parece al anochecer sobre estas tierras occidentales: las fábulas de las Hespérides hijas de la noche, y sus huertos de manzanas de oro, que cuenta Hesiodo, provinieron en parte de la oscuridad de las memorias antiguas” [7].

Acerca de sí los judíos pudieron salir de Egipto no solo hacia Israel

¿Sería posible que los hebreos y los pueblos que junto a ellos habitaban en Egipto salieran de ese país no solo hacia Palestina, sino también en otras direcciones, entre ellas hacia la Península? La ruta que, saliendo o pasando por Egipto, llegaba a España pasando por el Norte de África era conocida desde muy antiguo. La vemos, por ejemplo, en las leyendas relativas a “las gentes del dios cuya madre era Dana”, los Tuatha de Dannan. Los Tuatha de Danann no sé sabe de dónde vinieron, pero vencieron en una admirable batalla a los antiguos habitantes de Irlanda, los gigantes Fomoré. Y lo hicieron gracias a su dominio del fuego y del hierro. Sus armas no se rompían ni se quebraban, sus puntas eran afiladas, sus lanzas atravesaban cualquier escudo. Los Fomoré enviaron espías para tratar de robarles su secreto pero fracasaron y fueron derrotados. Así reinaron los Tuatha de Dannan hasta la llegada por mar de los Milesios, los hijos de Milé, procedentes de España. Pero los hijos de Milé habían llegado allí procedentes de Egipto. Tres fuentes Irlandesas concuerdan es esto: La Chronicum Scotorum, El Lebor Gabála Erenn y la Historia de los Bretones de Nennius, monje de Bangor.

El primero dice:

“Kal. Milidh [nominativo Milé], hijo de Bile, procedía de España desde Escitia donde habían llegado procedentes de Egipto. Partieron de Escitia tras la muerte de Reflor, hijo de Neman (como se encuentra en el libro de las Invasiones de Erinn), cuando combatía por la soberanía del país. Fue muchos años después de la muerte de Nel en Egipto que los Milesios partieron de Escitia. Su gran flota constaba de 100 barcos, como relata el pergamino de donde ha sido sacada esta copia. Quince familias en cada barco, además de los soldados. Estos se quedaron tres meses en la isla de Taprobane [¡en Sri Lanka! antigua Ceylán]. Tres meses más permanecieron en el mar del Mar Rojo antes de llegar a Faraón, rey de Egipto. Aprendieron las artes de ese país. Estuvieron ocho años con Faraón en Egipto, por donde extendieron también su propio arte. Scota, la hija del faraón, se casó con Milidh, hijo de Bile. Después de esto Milidh fue con su anfitrión al gran mar (y Scota, la hija del faraón, con ellos), pasando la isla de Taprobane, donde permanecieron un mes. Remaron después rodeando Escitia hasta el estuario del Mar Caspio. Permanecieron tres nomada [plurar de nomaid: periodo de tiempo indeterminado] inmóviles en el Mar Caspio atraídos por los cantos de sirena, hasta que Caicher, el druida, los rescató. Viajaron a continuación hasta pasar Sliabh Rife, en el norte, hasta arribar a Dacia. Estuvieron un mes allí. Caiche, el druida, les dijo entonces, “no pararemos hasta alcanzar Erinn”. Luego pasaron Gothia, por Germania, hasta llegar a Breogán y ocuparon España. Ésta estaba inhabitada a su llegada. Permanecieron allí treinta años” [8].

El segundo hace referencia a ellos repetidas ocasiones, en una de ellas, por ejemplo, dice:

“A continuación vinieron los hijos de Mil,
-llegaron para sonrojarlos-
hijos del gran héroe
que entraron de repente desde España sin frío”

La tercera crónica es la los Bretones, relatada por Nenius, “humilde ministro y siervo de Dios, por la gracia de Dios, discípulo de Elbotus [Elvod, abad de Bangor, año 755 dC], que a todos los buscadores de la verdad dé salud”:

“15. A decir de los más sabios entre los Scots [Irlandeses], si alguien desea saber lo que voy a decir, Irlanda fue un desierto, inhabitado, cuando los hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, en el cual, como leemos en el Libro de la Ley, los egipcios que les perseguían fueron ahogados. En ese periodo, vivía entre esos pueblos, con una numerosa familia, un Escita de noble cuna, que había sido desterrado de su país y que no había perseguido al pueblo de Dios. Los egipcios que quedaron, viendo la gran destrucción de gentes de su nación, temieron que éste pudiera hacerse con el dominio de la situación, así que, reunidos en consejo, decidieron expulsarlo. Reducido de este modo, vagó durante cuarenta y dos años por África hasta llegar a los altares de los filisteos, junto al lago Osiers [¿?]. Después, pasando entre Rusicada [puerto de la ciudad de Cirta, capital de Numidia, en la moderna Argelia] y el montañoso país de Siria, viajaron por el rio Malva a través de Mauritania tan lejos como para llegar a las columnas de Hércules; y cruzando el mar Tirreno, arribaron a España, donde estuvieron muchos años y donde su número creció grandemente hasta multiplicarse. Desde allí, mil dos años después de que los egipcios fueran perdidos en el Mar Rojo, pasaron a Irlanda” [9].

Ahora bien, ¿es más o menos delgada la línea que separa la leyenda de la realidad histórica? Yo soy de la opinión de que esa frontera no existe. La leyenda, tanto o más que el mito, es una forma fiel de registro histórico. Pero registro histórico cifrado, y registro histórico que se preocupa no sólo por los acontecimientos “políticos”. Como descendiente del mito, la leyenda recoge también formas simbólico-arquetípicas en su narración y, por lo tanto, está sujeta a interpretaciones de ese orden. Pero lo esencial es legible y deja de ser leyenda cuando arqueólogos, lingüistas o genetistas dan con claves que la revelan en toda su profundidad. La población que formó hace entre 16.000 y 10.000 años la población de Irlanda y Gran Bretaña era verdaderamente de origen peninsular, procedían realmente de la Península Ibérica como dice la leyenda de los hijos de Milé. Así lo expone en sus conclusiones Stephen Oppenheimer, genetista de la Universidad de Oxford.

Egipto y Baco

Restos de la presencia egipcia en la Península hay muchos, pero no tantos correctamente atribuidos a los egipcios y no a los fenicios o a los árabes. Una estatuilla egipcia encontrada en la isla de Saltes; restos de un sepulcro egipcio encontrado a principios de siglo en Tarragona, descrito por Sahaluja, hoy tenido por falso, pero cuya historia es como para tenerla en cuenta (porque al sabio le hicieron retractarse de su descubrimiento y posteriormente el gobierno civil de Tarragona hizo desaparecer buena parte de los restos encontrados); sobre todo quedan restos de un estilo: la importancia decorativa de las flores de loto o lirio egipcio (dentro de un jarrón es símbolo de la inmaculada concepción, tan querida y defendida en Andalucía. Esto quizá derive de la creencia egipcia en que la mujer que comiese de la raíz del loto podría concebir sin intervención humana. Esta creencia está atestiguada en Andalucía en fechas tan cercanas como 1845, en que el escritor de guías de viaje, Richard Ford, la recoge); la importancia de la cerámica vidriada a base de óxidos de cobre, hierro, cobalto…; ciertas formas en utensilios domésticos, como los cuellos alargados de las jarras; el famoso índalo almeriense y andaluz, que ya encontramos en las pinturas egipcias…

Los vestigios son ostensibles también en lo que de la antigua religión quedó grabado en escudos y monedas. En ellos se representa a Venus ya como diosa, ya como Lucero, siempre presente en el anverso la figura masculina del herrero, llamado por los romanos Vulcano. Las monedas son romanas, pero reflejan claramente creencias de aquí. Los romanos no trajeron consigo, con sus ejércitos, con sus funcionarios, estos cultos. Estos cultos existían ya aquí, y la población los vio reflejados en sus monedas. Lo que ya existía sería, seguramente, el culto al Lucero (a Venus) tal y como se presenta en el escudo de Sanlúcar de Barrameda: la estrella de cinco puntas sobre el becerro o buey acostado. Que esto es de procedencia egipcia cabía poca duda hasta este siglo, en que con tanta rapidez y desidia, a veces, se empieza a perder memoria de las cosas más básicas. En una Historia de Sanlúcar de Barrameda escrita por un militar retirado, caballero de la orden de Santiago, lo leemos así:

“El buey que tiene hoy, pudo ser que viniendo a Sanlúcar los egipcios, viendo que acá adoraban al Lucero, introdujeron ellos a su Dios Apis, que adoraban en forma de buey, y por eso los hebreos, como salieron de Egipto con aquellos malos resabios, hicieron el becerro a quien adoraban en el desierto.”

Y más adelante:

“El Buey de la antigüedad no tenía alas, esas las añadieron los católicos, porque como el nombre latino sea Sanctus Lucifer y este nombre se dé tanto la mano con San Lucas Evangelista cuya divisa es el Buey, y por eso al Buey de la antigüedad añadieron alas y pusieron San Lucar acabando el nombre en r.”

Pero más llamativo aún es el siguiente extracto, por todo lo que hasta aquí hemos dicho y porque va en consonancia con el título de nuestro artículo:

“También se puede hacer otro discurso acerca de la unión del Buey con el Lucero [en el escudo de Sanlúcar], es esta. No hay duda, según dicen los escrituarios o historiadores, que la armada de Salomón venía a Tarsis para llevar oro para la fábrica del templo, y Tarsis era Cádiz y toda esta costa, porque las minas más ricas estaban en lo que hoy llamamos arenas gordas, y en las torres de la costa una aún conserva el nombre de torre del Oro. (…) Pues, ¿quién quita que muchos de los judíos se avecindasen en estas costas y más bien en Sanlúcar por su bella temperie y cercanía a las minas?” [10].

“Viniendo a Sanlúcar los egipcios…” Todos los historiadores de las antigüedades de España del siglo de oro, y en especial los historiadores de las antigüedades de Andalucía, dan por cierta y recogen la tradición de que por lo menos por dos veces estuvo Hércules en España. Una fue el Hércules egipcio, por otro nombre Osiris, que vino cuando los Geriones y robó sus ganados; la segunda el Hércules tebano, que vino con los argonautas “casi mil años después”. A esto se une el nombre de Baco. Don Diego Hurtado de Mendoza (1504 – 1575) ya decía que Baco, a quien llamaban Libero había sido un valeroso capitán y rey, que en tiempos vino con los suyos a poblar España. Y Rodrigo Caro nos refiere el epigrama 29 de Ausonio Gallo, en el que se dan a conocer los diferentes nombre de Baco según las regiones:

Ogigia [11] me Bacchum vocat.
Ossirim Aegiptus putat.
Mystae Phanecem nominant.
Dionyson Indi existimant.
Romana sacra Liberum.
Arabiga gens Adoneum.
Lucaniacus PANTHEUM.

Para, a continuación, decirnos que tanto Plutarco como Siro Itálico hacen a Baco y sus milicias dominadoras de Iberia. Parece, incluso, que llegó Cádiz a estar consagrada al dios y que tuvo una estatua suya.

Otras tribus que salieron de Egipto

Además de los Milesios, y por esa misma época, salieron de Egipto Danao y sus hijas, las danaides. Salieron de Egipto, según Esquilo, huyendo, en un barco, del matrimonio forzoso con su “primos” egipcios (Danao ere hermano de Egipto). En su huída llegan a las tierras del rey de Argos. Las hijas de Dánao, para convencer al rey de que las proteja, porque los egipcios vienen tras ellas, le relatan su origen y los motivos de su huída, que no pueden ser más claros:

“Ya que somos semilla de una madre en extremo augusta, ¡que escapemos del lecho del varón -¡horror!, ¡horror!- sin boda e insumisas a su yugo!” [12].

Este pueblo de Dana también procede de Egipto. Y también llegó a Egipto tras un largo viaje de varias generaciones que se inició en las llanuras de Argos. Su madre augusta fue la vaca Io. Su viaje hasta Egipto no deja de tener semejanzas con el viaje mítico de los milesios. Esquilo nos dice, en Prometeo Encadenado:

“En primer lugar vuélvete desde aquí hacia la salida del sol y recorre campos que no están arados. Llegarás a los nómadas escitas, que habitan bajo techos trenzados (…) Luego llegarás al río Hibristes –no es falso su nombre-. No intentes atravesarlo, pues no es fácil de atravesar, antes de llegar al mismo Caúcaso, la más alta montaña (…) Preciso es que atravieses sus cimas (…) y bajes al camino que va al mediodía, donde llegará al ejército de las Amazonas (…) Ellas te enseñarán el camino, y muy de su grado (…) Cuando hayas dejado el suelo de Europa, llegarás al continente de Asia”.

En sus detalles el viaje de la vaca Io es uno de los misterios mejor guardados, pues ella dio a luz en Egipto, procedente de Asia o India, a un novillo llamado Épafo, el liberador, llamado así porque de él nacería una nueva raza cuya quinta generación liberaría a Prometeo. Esta quinta generación, “mal de su grado”, regresaría a Argos. “Mal de su grado” y también huyendo de Egipto saldrían y se dispersarían los hebreos. Entre ellos existía otra tribu de Dan.

La “tribu de los hijos de Dan” era la segunda tribu más numerosa entre los hebreos, a decir del Libro de Números, según el cual en el segundo año del Éxodo se reconocían en ella 62.700 hombres dotados para la guerra (esto es, mayores de 21 años). Solo la de Judá era más numerosa. Sin embargo, cuando llegaron a Cannán, en el reparto de tierras, les tocó uno de los lotes más pequeños. Más adelante se nos dice que conquistaron la ciudad de Laish con solo 600 soldados… Además la “tribu de los hijos de Dan” fue una de las tribus que pidió al rey Jeroboan uno de los Becerros de oro (el otro fue para Efraín), por lo tanto se puede decir que seguía unida a su culto egipcio. ¿Dónde iría a parar el grueso de esta población? En Jueces 5, 17, se dice: “Galaad se mantuvo de la otra parte de Jordán. Y Dan, ¿por qué estuvo junto a los navíos?”. La Enciclpedia Judía interpreta el pasaje: “Esto probablemente haga referencia al hecho de que miembros de la tribu de Dan se habían alistado en barcos fenicios”. Esta misma enciclopedia, en esa misma entrada para “Dan”, encontramos que eruditos como Kuenen y Cheyne interpretan que “Dan” podría ser el nombre de una deidad, quizá, añadimos nosotros, relacionada con Dana, o con Danao, o con Anu mesopotámico o con el nombre del río Danubio.

Judíos y gitanos

Cuando los hebreos se adentraron en Egipto debieron poblar alguna región destinada a los pueblos no egipcios, alguna región en las cercanías de la capital. En esa región debieron convivir con pueblos igualmente inmigrados que, o bien llagaron antes, o llegaron mezclados con ellos, o llegaron después. En todo caso permanecerían segregados de la población puramente egipcia, trabajando como artesanos, pastores, peones, etc… Es posible que toda esta población estuviese adscrita a un mismo colegio sacerdotal. En un momento dado se debió quebrar la convivencia y los hebreos, seguramente mezclados con alguno de esos pueblos, decidieron salir de Egipto. Entre los pueblos que vivieron durante ese largo tiempo en Egipto con los hebreos debieron estar los gitanos. Solo así se explica las profundas confluencias en leyes y creencias que se dan entre los dos pueblos.

Los gitanos, se dice, proceden de la India porque hacia el siglo pasado un misionero allí destacado encontró que los gitanos europeos se entendían perfectamente con los indios de una determinada casta de la región donde él había llevado a cabo sus trabajos. Esto alertó a los filólogos y lingüistas que rápidamente encontraron multitud de coincidencias entre las lenguas de ambos grupos. Sin embargo, culturalmente, no había ningún tipo de identidad entre los gitanos de Europa y los grupos encontrados en India, a pesar de lo cual es el origen indio la teoría que se está tratando de imponer. Sin embargo el que los gitanos que migraron de india hacia Europa tuviesen lengua india no indica que su origen estuviese en india, indica solamente que, por alguna razón, estuvieron allí durante el tiempo necesario para asimilar la lengua. Lo más probable es que llegasen mezclados con los judíos deportados por los asirios a India.

Hay más de una evidencia de la afinidad entre gitanos y judíos. Una de ellas es, según un estudio de Sándor Avraham, que cuando llegaron a Bizancio en el siglo vi fueron llamados “athinganoi”. Los Athinganoi conocían y practicaban las leyes de purificación ritual de los judíos, pero no practicaban la circuncisión y se bautizaban. Eran, por tanto, una especie de judíos reformados y por tales los tiene actualmente la Enciclopedia Judía. Es curioso que los orientales asimilasen tan rápidamente ambos grupos, si nada tuviesen en común. Y es que, como está probado, cuando los gitanos llegaron a Bizancio y después a Europa, llegaron siendo ya cristianos. ¿Cómo es posible? Cómo es posible que una pequeña región de la india, sin ningún contacto con monoteísmo alguno, decidiese convertirse, de repente, al cristianismo. Tomás fue a predicar a la india, sí, pero fue a predicar entre los judíos. El cristianismo se extendió primeramente entre los judíos porque eran quienes manejaban conceptos como Cristo, Mesías, Ungido. Seguramente Tomás fuese a buscar expresamente a las comunidades judías en el exilio. Lo cual da muestras de que, ni mucho menos, sus rastros se habían perdido y que las comunidades se mantenían vivas y en contacto.

Otra evidencia es el otro nombre con el que, por esa misma época, fueron conocidos en Bizancio y luego en Europa: Aegyptissai, “egipcios”, de donde deriva Gypsis y Gitanos (deformación de “egiptanos”). En sus cartas los gitanos se declaran esclavos del faraón, pero por aquel entonces solo existía un pueblo con dicho origen: los judíos, y difícilmente se entiende cómo quisieron estos pueblos aprovecharse del favor de las gentes llamándose “judíos”, que era precisamente el pueblo más sujeto a persecución en toda Europa. No, si se llamaron egipcianos no fue precisamente para ganarse el favor de las gentes. Y una última evidencia, de las muchas otras que existen. La palabra “rom” significa “hombre” en idioma gitano (recordad la Casa de Bernarda Alba, el personaje de Pepe el romano), “y hay sólo una referencia a tal término con el mismo significado: en antiguo egipcio, romo quiere decir hombre”. Otras evidencias tienen aspectos más locales. Los gitanos de Camargue tienen por patrona a Sara la Kali. Pero Sara es, a su vez, la madre del pueblo hebreo. Esta gitanos tienen por tradición que Sara kali era de origen egipcio y servía a dos mujeres de nombre María que llegaron en barco desde tierra Santa.

Judíos y gitanos en España

¿Es posible que algunos clanes gitanos hubiesen llegado mezclados con hebreos llegados desde Egipto a raíz de la salida de Moisés de Egipto y de la muerte del faraón?

Más probable parece que llegasen los gitanos más tarde, buscando a los judíos de España, o a raíz de contactos con los judíos de España. Judíos y gitanos han convivido bien en muchas ocasiones, sobre todo en lo cultural. Bandas de músicos judíos y gitanos han sido las que han popularizado la inmensa mayoría de los bailes actuales de Europa. Bandas mezcladas de músicos judíos y gitanos eran llamadas para amenizar las fiestas de la preclara nobleza, desde Rusia hasta Austria. ¿Por qué no pudo ser aquí también así? El principal obstáculo es la falsa idea de que los gitanos llegaron a los reinos hispánicos procedentes de Europa, hacia el siglo xiv ó xv. La realidad es más compleja, y bien pueden haber llegado por la ruta del Norte de África, la misma ruta que hemos visto utilizar una y otra vez a los pueblos que, procedentes de Egipto, llegaban a España.

Manuel Barrios, en Ese difícil mundo del flamenco, trae una serie de opiniones favorables a esta idea, tanto antiguas como actuales, que vienen a decir que los gitanos bien pudieran haber penetrado en Europa no sólo por Hungría y Bohemia sino también por el Estrecho de Gibraltar, siguiendo a los ejércitos sarracenos que desde Arabia, Egipto y Mauritania venían a España. Y esto además casa con lo que sabemos de la época del califato andalusí, en que el califa hizo venir gran número de cristianos coptos procedentes de Egipto como artesanos, poetas, músicos… por otra parte, si los gitanos se encontraban retenidos, exiliados, bien debiera ser cierto el que tuvieran que esperar a la caída de un poder y el alzamiento de otro nuevo. Y en este sentido es conocido cómo el Islam creó rápidamente un enorme espacio por el cual se ponían en contacto comunidades y tradiciones muy distantes entre sí, liberando un enorme flujo de cultura del que, en buena parte, no sólo se beneficiaron Damasco y Bagdad, sino también Córdoba, Sevilla y Toledo.

[1] Citado por Daniel Eisenberg, Journal of Hispanic Philology, 16, 1992 [1993], 107-124. La cita proviene de Memorial de la vida de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, ed. Antonio de la Torre y del Cerro (Madrid: Centro de Estudios Históricos, 1913), p. 35.

[2] Kush es uno de los nombres del antiguo Egipto. Hindú-Kush es el nombre de la cadena montañosa que enlaza con el Karakorum y el Himalaya.

[3] Luís García Iglesias

[4] José María Blázquez, catedrático emérito de Historia Antigua y académico numerario de la Real Academia de la Historia. En Elena Romero (ed.), Judaísmo hispano. Madrid, 2003.

[5] Julio Caro Baroja, Los judíos en la España Moderna y Contemporánea. Vol. 1. Madrid, 2000. Pág. 47 y sgtes. Toma de Salomón ben Verga, La vará de Judá.

[6] Santiago Catalá Rubio, Judaísmo, Sefarad, Israel: Actas del II encuentro sobre minorías religiosas. Cuenca, 2001.

[7] Xerif Aledris, Descripción de España. Traducción y notas de José Antonio Conde. Notas, páginas 132 y siguientes.

[8] Chronicum Scotorum editada por William M. Hennesessy. Londres, 1866.

[9] Nennius, History of the Brittons. Traducida al inglés por J. A, Giles. La versión irlandesa dice más o menos lo mismo con alguna variación en los nombres de lugar. Cita, por ejemplo, el mar de Gades.

[10] Fernando Guillamas y Galiano, Historia de Sanlúcar de Barrameda. Madrid, 1858.

[11] Ogigia es una isla referida por Homero cuya localización clásica la situaba en el Atlántico. Era la isla donde Calipso, hija de Atlas, retuvo a Odiseo durante siete años prometiéndole la inmortalidad.

[12] Esquilo, Tragedias. Madrid, 1982.