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De las 400.000 hectáreas de bosques de pino piñonero que se yerguen en el mundo, 150.000 crecen en Doñana.

Ciencia, poesía y mística se entremezclan, como las aguas dulces y saladas de los deltas, en la nominación de aspectos biológicos del hombre. Es el caso de la piña, identificada con la glándula pineal, que corona las cabezas de dioses y santos, como el Buda o como Judas Tadeo.

Fernando Sotuela estudia algunas de las profundas y misteriosas connotaciones simbólicas tenidas en cuenta por los artistas que lo han representado en sus obras a lo largo de la historia para aludir al conocimiento esencial de uno de los aspectos importantes de nuestro proceso evolutivo.

La piña, un símbolo transcendente

Por Fernando Sotuela Guntiñas
Enero 2015

Desde tiempos tan remotos que no alcanza la memoria del hombre a recogerlos si no es buceando en lo más profundo de su inconsciente, nació un símbolo trascendente cuya honda significación ha permanecido semioculta a lo largo de milenios, una significación tan sólo conocida a través de la historia por unos pocos privilegiados bajo el sello de la iniciación o de las sociedades secretas. Para los demás mortales, ha representado un simple signo, más o menos exótico, o bien del poder, o bien de la justicia, del amor, o de la concordia.

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Pero en nuestros días, en este tiempo de crisis desmesuradas, asistimos, con el lento declinar de la era de Piscis, a la muerte de un largo ciclo que dura ya más de doce mil años, desde la era de Leo, y al nacimiento de un nuevo ciclo de otros doce mil años, que comienza a despuntar con el sol naciendo en la constelación de Acuario. Este tiempo, representado por un “aguador” que vierte las aguas, aireándolas, de un recipiente a otro, quiere significar que la memoria de la humanidad -el agua- ha de ser liberada de su prisión temporal y revitalizada con las memorias del no-tiempo, con las memorias que han estado latiendo en el estado de ensueño. Significa, pues, que todo lo que ha permanecido escondido, discreta o secretamente, en la conciencia o en el ensueño, debe ir saliendo a la luz, debe ir, poco a poco, desvelándose. Y así ha de ser.

El símbolo al que hacemos referencia es un fruto muy familiar –menospreciado hasta hace bien poco desde el punto de vista de la nutrición- que nos brinda el árbol más común y abundante en en la mágica región de Doñana: la piña. Del árbol piñonero.

En todas las religiones y culturas existen representaciones de la piña como un elemento a través del cual se puede alcanzar una visión del cielo. En la cultura sumeria y en sus dioses, en la egipcia, en la religión budista, en la hindú, en la cristiana…

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Escultura del Patio de la Piña, Vaticano http://www.egiptologia.com/museos-y-exposiciones/77-museos-del-mundo/2398-museo-gregoriano-egipcio-en-la-ciudad-del-vaticano.html?start=12

Pregúntese si no el lector por qué aparece en el Vaticano, en uno de sus patios más emblemáticos, una colosal figura de bronce de una piña de más de cuatro metros de altura que soporta un capitel del siglo III en el que figura la coronación de un atleta vencedor. O por qué los dioses alados o genios sumerios portaban una piña en su mano; los budas iluminados lucen un peinado con forma de piña, que también aparece con aspecto de llama sobre la cabeza de san Judas Tadeo; el niño de la virgen de Montserrat, la Moreneta, lleva una piña en su mano, y, en fin, el Báculo de Osiris es una vara, flanqueada por dos serpientes, cuya punta está rematada por una piña. Como éstos, se podrían dar decenas de ejemplos más, ya que se muestran por todas partes. La causa es muy simple, aunque haya permanecido escondida hasta hace pocos años: la palabra piña es símbolo y nombre de la glándula pineal, un símbolo antiquísimo -lo decíamos al principio- de naturaleza sagrada.

Descartes, representante de la era de la razón, equívocamente llamada de las Luces, afirmaba que la pineal es el asiento del alma, pero al tiempo negaba la existencia de esa alma, al concluir: “pienso, luego soy”, atribuyendo a la razón, generadora del pensamiento deductivo, dual, la totalidad del hombre; orillando aspectos esenciales que escapan al análisis racional, y desconciertan a los científicos al descubrir en sus experimentos con humanos capacidades inexplicables, motejadas de “extrasensoriales”: aquello que sobrepasa a los sentidos, manejados y acotados por el cerebro lógico.

Los monjes tibetanos sostenían -y aún lo hacen- que existió en el ser humano un tercer ojo, situado en el centro del cerebro y a la altura de los ojos, que era el responsable de la clarividencia y la intuición, y que se habría ido atrofiando con el correr del tiempo, quizá para permitir el desarrollo de la consciencia y, desde ella, el esfuerzo evolutivo que cristalice en la unión de todas las potencialidades que duermen en cada ser humano.

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El Ojo de Horus y la glándula pineal http://asusta2.com.ar/wp-content/uploads/2013/05/ojo-de-orus-y-glandula-pineal.jpg

Hoy se asocia el tercer ojo con la glándula pineal. Se trata de una pequeña glándula que apenas mide 5 mm., poco más que el tamaño de un guisante, pero encierra en su estructura capacidades y potencialidades tan sorprendentes como misteriosas. Podríamos decir que mistéricas, o místicas, a juzgar por algunas de sus características y efectos bioquímicos y, sobre todo, por el lugar que ha ocupado siempre en la iconografía de las religiones, e incluso de las sociedades secretas. Hasta hace poco, la Ciencia la consideraba un simple residuo de anteriores fases evolutivas sin apenas utilidad en la actualidad. Lejos de aquellos postulados, los modernos conocimientos científicos destacan, entre diversas y complejas funciones celulares, neuroendocrinas y neurofisiológicas, la de regular los ciclos de vigilia y sueño, algo que está íntimamente relacionado con la presencia de luz; en efecto, cuando reina la oscuridad a nuestro alrededor, esta glándula segrega melatonina, una hormona que, entre otras cosas, incide en la subida y la bajada de las ondas Alfa y Beta. Esto no sólo abre o cierra las puertas del sueño y la vigilia, sino que también posibilita estados de consciencia que suelen asociarse a la meditación o a la oración.

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El ojo de la flor. Fotografía Laura Torrado

Hay por tanto un aspecto, relacionado con lo espiritual, o con lo multidimensional, que ha logrado poner de moda en la actualidad el estudio de la glándula pineal. Las doctrinas esotéricas de Oriente proclaman a la pineal, desde hace milenios, como una glándula que puede gestionar estados alterados de consciencia a modo de puente, de manera que su activación a partir de determinadas técnicas de entrenamiento conduce a una unión entre el mundo fenoménico y estados superiores de consciencia. Se especula que los métodos de adiestramiento de los yoguis producen una alta secreción de DMT en la glándula pineal.

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Fotografía Laura Torrado

¿Qué es el DMT? Se le puede considerar el responsable bioquímico de las experiencias místicas. En el contexto chamánico se utiliza con cierta frecuencia a partir de la ingestión de ayahuasca; el DMT (Dimetil Triptamina) es uno de los sicodélicos/alucinógenos más potentes que existen y está presente en la naturaleza en cantidades más o menos concentradas tanto en especies de la flora como de la fauna. Se trata, por lo tanto, de una sustancia de naturaleza endógena, que también se encuentra en el ser humano, y se conjetura la posibilidad real de que la glándula pineal sea la responsable de su síntesis.

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Pinares en los corrales de dunas. Fotografía A. Donaire

En el contexto de estas ideas cabe seriamente preguntarse si existen razones más profundas −aunque no sean conscientes− de que en Andalucía Occidental, particularmente en las provincias de Huelva y Sevilla, en la Comarca de Doñana, se hayan repoblado, al menos desde hace tres siglos, vastos territorios con inmensos bosques de pinus pinea (pino piñonero). ¿Cuál es la verdadera razón, el motivo profundo? ¿El beneficio de la madera? ¿En su día, la producción del carbón vegetal? ¿Por su valor frutal por el fruto seco de los piñones? ¿Ornamental, en parajes desolados y arenosos y por su resistencia a climatologías adversas? ¿Por su papel de regenerador ecológico tras desmontar el eucaliptal? Tal vez todas estas razones y algunas otras de menor calado puedan construir, todas juntas, la motivación superficial para este casi sobrehumano esfuerzo de repoblación, teniendo en cuenta que hay muchas dudas acerca de si este árbol es verdaderamente autóctono.

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Pinares de la Raya Real. Fotografía A. Donaire

Se calcula que en el mundo hay unas 400.000 hectáreas de bosques de pinus pinea de las cuales 150.000 crecen en Doñana, en estas antiguas tierras tartésicas. ¡Casi la mitad! Nos deja perplejos. Los romeros de Doñana, en su tránsito por estos bosques de pino, durante los días de fervorosa celebración de su Virgen del Rocío, han de tener muchas aproximaciones, visuales, táctiles, sensitivas, de manera consciente o inconsciente, o simplemente una cercanía invocada y retenida en la memoria, a este fruto que, caído de los árboles, se encuentra por decenas al borde de los caminos. Y en este acercamiento, el romero, generalmente de manera inconsciente, renueva la percepción de los patrones de nacimiento y creación de la naturaleza, y aun del Universo, al tomar contacto con la piña y con sus dimensiones áureas.

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Nuestra Señora del Rocío. Fotografía A. Donaire

Viene de suyo que, en nuestra opinión, el misterio que envuelve a la Virgen del Rocío ha de estar íntimamente relacionado con la activación de esta glándula, de gran parecido físico con una piña, de modo que conduzca al peregrino/romero, por medios aún por descubrir -y entre los que está esa agua menuda “caída del cielo” que se conoce como rocío-, a percepciones, atemporales y místicas relacionadas con visiones no conceptuales que se producen en la ensoñación.

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La desaparecida Virgen de la Piña de Aznalcázar. Fotografía José María González-Nandín y Paúl (1929). Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla. http://fototeca.us.es/imagen.jsp?id=18319&tipo=v&elto=2&buscando=true&repetir=true

¿Hay en Doñana una Virgen de la Piña? Desde luego. Su imagen estaba originalmente documentada junto con las de la Virgen de la Granada y la Virgen de Belén, en el templo desaparecido de la también perdida aldea de Quemas, entre Aznalcázar, Pilas y Villamanrique. Desde el despoblamiento de la Aldea de Quemas (habría tal vez que hablar alguna vez de los despuebles de Doñana -populatio, decían los latinos-), las imágenes que radicaban en el pueblo se dividieron entre los tres núcleos urbanos más cercanos, correspondiéndole a Villamanrique la Virgen de la Granada, a Pilas la de Belén y a Aznalcázar la de La Piña. Desafortunadamente, la de La Piña, que se conservaba en la Iglesia Parroquial de San Pablo, se quemó en 1932 durante un incendio.

Concluiremos este somero recorrido por la piña como reflejo y símbolo de la glándula pineal, recordando un sorprendente descubrimiento hecho hace más de un siglo, y que quizá se conocía desde mucho antes: en la pineal se encuentra una arenilla calcárea, cuya función se desconoce, pero que está ausente en las personas con discapacidad psíquica o con síndrome de Dawn. Y la Ciencia actual ha comprobado que esas personas con alteraciones cromosómicas, raramente desarrollan cáncer. ¿Serán esas personas a la que raramente se permite nacer la clave para obtener una vacuna contra el cáncer?

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)