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Sarcófago

Muchos pasajes de nuestra historia no tan lejana siguen esperando aún el momento en que sean descorridos los velos que los ocultan a nuestra mirada.

En ocasiones esos velos son de tierra, otras de pergamino, papiro o papel, y otras están tejidos de leyendas alimentadas a lo largo de los siglos sin más fundamento que la propia tradición. Éste último es el caso de los fenicios, ese pueblo de comerciantes que, procedente de oriente próximo, habría colonizado el sur de la Península Ibérica trayéndonos lo mejor de su cultura.

Pero ese pueblo, del que todo el mundo habla y nadie ha encontrado todavía ni rastro de su unidad cultural en sus lugares de origen, más parece un comodín que esgrimir para no quedarnos sin juego cuando toque contar a los estudiantes lo que pasó en el sur de la Península Ibérica durante los siglos anteriores a la romanización.

En este artículo Taid Rodríguez Castillo aborda los entresijos de un término que acaso esconde una realidad histórica mucho más compleja de lo que hasta ahora se ha planteado, y acaso también diferente.

La ficción fenicia

Por Taid Rodríguez Castillo
Marzo 2014

Una de las más reconocidas especialistas en la materia, María Eugenia Aubet, dice en uno de sus libros que “en relación con los Fenicios, no todas las implicaciones étnicas, lingüísticas, geográficas o culturales aparecen lo suficientemente claras, (…). Nadie, salvo los griegos, usó este término para designar a los habitantes de la actual costa del Líbano” [1].

La mayoría de los estudiosos que últimamente han venido investigando y escribiendo sobre los Fenicios, lo han hecho teniendo cada vez más cuidado a la hora de matizar mucho la existencia en la antigüedad de un pueblo que llevase tal nombre, pero nadie, que yo sepa, se ha atrevido todavía a afirmar claramente que los “Fenicios” nunca han existido salvo en la imaginación de unos cuantos escribas.

Sin embargo, la realidad con la que se están enfrentando los arqueólogos e historiadores desde hace ya varias décadas es ésa: que nunca hubo un país que se llamase “Fenicia”, al menos no a orillas del Mediterráneo, ni oriental ni occidental; que no se conoce ningún rey que se titulase “rey de los fenicios”, ni figura de ningún tipo de funcionario que recogiese impuestos para ninguna “Fenicia”; ni aparece en las tablillas el nombre de un solo comerciante, artesano, alfarero u orfebre que se refiera a sí mismo como “fenicio”, o que afirme proceder de “Fenicia”; ni se ha hallado tumba alguna en la que se diga: “fulano de tal era ‘fenicio’”; tampoco cartas o embajadas relacionadas con un país que tuviese ese nombre.

Los eruditos dicen que los “fenicios” son “un pueblo sin estado, sin territorio y sin unidad política” [2]. (O sea, que no son un pueblo). Dicen que “no constituyeron una nación con autoridad central, ni llevaron una política unitaria” aunque sí compartían unas tradiciones comunes, unas partes y otras del territorio [3].

Si los “Fenicios” no han existido nunca, si no hay en toda la costa sirio-palestina, de donde se dice que proceden, ni una sola referencia arqueológica o documental a ellos, ¿por qué entonces siguen abriendo todos los libros de historia? ¿Por qué se sigue empleando la palabra “fenicios”?

Y si los “fenicios” no han existido nunca, quiénes fueron entonces los que trajeron la Luz a Occidente para poco menos que civilizar este país de bárbaros, que no solo desconocía el uso de la escritura, sino hasta el más elemental uso de los metales.

Lo “fenicio” ha resultado ser una máscara perfecta para encubrir toda una serie de profundas lagunas y carencias existentes en el conocimiento histórico y ha servido, a su vez, para establecer en torno a ellos toda una estructura mitológica que viniese a llenar un vacío referencial que se antojaba insoportable. A día de hoy, creemos que nos encontramos en condiciones de derribar de una vez ese mito, de romper con referentes absurdos y de establecer unas nuevas coordenadas más ajustadas a la realidad histórica para que no sea por siempre cierto aquello que decía José Bergamín: “España, por tan raro disfraz equivocada”.

El genio mitológico griego

“Fenicia” (Phoenike) es, al parecer, una palabra griega que solo usaron los griegos. Se la encuentra por primera vez en el canto iv de la Odisea, vinculada al peculiar uso que de las palabras hacen los mitos. Allí Menelao enumera su largo periplo de vuelta de la Guerra de Troya: “Pues en mis peregrinaciones fui a Chipre, a Fenicia, a los egipcios, a los etíopes, a los sidonios, a los erembos, y a Libia”. Fenicia aparece, por tanto, como un nombre de lugar, tal vez un reino, tal vez una región, tal vez una población, y más probablemente una cultura. Más adelante, tanto en la Odisea como en la Ilíada, la palabra vuelve a aparecer haciendo ya referencia a “los fenicios”, es decir, a la población, pero con una peculiaridad, y es que aparece siempre o casi siempre acompañada de las palabras “Sidón” y “sidonios”.

Tanto la Odisea como la Iliada se refieren a acontecimientos relacionados con la Guerra de Troya, esto es, acontecimientos que tuvieron lugar aproximadamente hacia el 1400 a. C, coincidiendo con las invasiones de los Pueblos del Mar, según muchos historiadores que creen que detrás de esa guerra se simbolizan estos acontecimientos reales. Si esto fuera así, como parece que es, tanto la Odisea como la Ilíada se habrían puesto por escrito no menos de seiscientos años después de los hechos que relatan.

Parece lógico pensar que cinco o seis siglos después, aquellas realidades a las que hacían referencia, ya fuese “Fenicia”, “Libia” o los “erembos”, se encontrasen muy distorsionadas. Es más, es muy posible que dicho conocimiento se hubiese perdido del todo, o incluso que jamás se hubiera llegado a poseer y que solo se hubiese tenido conocimiento de ellos por terceros.

En el caso de la Odisea y de la Ilíada, desde luego, parece que pudo ser así, pues desde hace tiempo se ha puesto de manifiesto que no tiene sentido hablar de “Sidón” y “Fenicia” a la vez, o de “sidonios” y “fenicios” al mismo tiempo, toda vez que Sidón es una ciudad “fenicia” [4]. Este anacronismo en el uso de ambas palabras, junto a otros matices, ha hecho pensar que la palabra “fenicia” haya podido ser una interpolación tardía, llevada a cabo por algún escriba que quería aclarar lo que significaba “Sidón”. Esto nos dejaría claro hasta qué punto ignoraban los griegos sus propios mitos y explicaría por qué tenían necesidad de oráculos que los interpretasen.

Este peculiar uso de Fenicia por Sidón, o de Fenicia y Sidón juntos, se da también en el importante mito del rapto de Europa. Europa era hija de Agenor, rey de Tiro según unas fuentes, y un “sidonio” según otras. Enamorado Zeus de ella, se transfigura en un toro blanco, la rapta y la lleva a lomos hasta Creta, donde su descendencia daría lugar a la civilización minoica. Cuando se da cuenta de la ausencia, Agenor manda a sus hijos en busca de su hermana: Cilix va a Cilicia (Armenia, costa sur de Asia Menor) y le da nombre al país; Cadmo a Grecia, donde funda Tebas; y Phoenix va a África, donde daría nombre a “Fenicia”. El mito, muy antiguo, tiene innumerables versiones, en algunas de las cuales Europa es hija y no hermana de Phoenix.

El mito refiere, en relación con éste último, todas y cada una de las particularidades que definían lo que para los griegos del s. viii a.C. era lo “fenicio”: el perro de Phoenix es quien, por casualidad, descubre el famoso tinte púrpura, él mismo es el inventor del arpa y se alude también a las palmeras. De todas ellas, es sin duda el uso del púrpura lo que por encima de todo caracterizó a los “fenicios” (fueran quienes fueran y en la época que fuera). No solo para los griegos, sino también para otras poblaciones de Oriente, tal y como se deduce de un texto de Nuzi, muy antiguo, que hace mención a los habitantes de la costa de Canaán refiriéndose a ellos por sus lanas tintadas de rojo [5]. De hecho, es muy probable que la palabra griega sea sencillamente una traducción de la palabra que empleaban otros pueblos para referirse a estas poblaciones. En efecto, Phoenike (“Fenicia”) parece derivar de la palabra griega para “rojo”, que es phoinos, no teniendo ni unos ni otros una palabra propia para “púrpura”. El sentido de la palabra, para los griegos posteriores que ya sí conocieron de primera mano ese tipo de comercio, sería algo así como “comerciantes de púrpura”. Hay que aclarar que los griegos pusieron por escrito sus mitos hacia el s. viii a.C. y que al hacerlo, como hemos visto, mezclaron lo viejo con lo nuevo, haciendo un revoltijo considerable (cosa que los mismos contemporáneos les reclamaban ásperamente tanto a Homero como a Hesiodo).

Así pues, parece que no vamos a poder averiguar mucho más acerca de este misterioso pueblo en casa de los griegos, teniendo en cuenta que ellos mismos desconocían prácticamente todo de ellos. Aun así hay que reconocer algo encomiable de su espíritu. Y es que, no contentos (como nosotros) con el simple relato del mito, fueron a buscar la verdad de él a su lugar de origen. Y allí se encontraron con que las gentes del lugar se llamaban a sí mismas Kn’n (“cananeos”).

Sidon, Canaán

Hay que volver, pues, la mirada a las fuentes de la orilla opuesta. El problema es que tradicionalmente han sido aquí (al menos los textos) muy escasas, salvo en el caso de los hebreos. Fuera de ellos, las mitologías de la zona son prácticamente desconocidas. Sólo Eusebio de Cesarea nos ha conservado, casi por milagro, algunos fragmentos de lo recopilado por un cierto “fenicio” llamado Sanchoniaton. Como curiosidad, en su Preparación Evangélica se puede observar la queja de que los griegos habían envuelto sus mitos en una enorme masa de fabulaciones y alegorías.

En cambio, la sequedad del clima y su poca densidad de población han propiciado una enorme masa documental en forma de tablillas de arcilla. Se trata principalmente de series monótonas consignando transacciones comerciales, pero tienen la virtud de ser muy ricas en nombres de lugar, de persona, y relativos al culto. Gracias a estas tablillas y a la excepcional serie de cartas conservada en la ciudad de Amarna, se han podido leer in situ nombres como Ki-Na-aH-Hi; ca-na-na-um; amurru o MAR.TU [6], de primera mano o, cuando menos, escritos por contemporáneos. Son los nombres con que, genéricamente, se denominaba o se denominaban las gentes de la región, en un periodo que va aproximadamente del 2500 a.C al 330 a.C, cuando Alejandro Magno la conquista; y en un área geográfica que abarca, genéricamente también, todo el territorio comprendido entre el alto Eúfrates (norte de Siria) y el mar, si bien el concepto geográfico “Canaán” se va restringiendo cada vez más hasta denominar últimamente tan solo una estrecha franja de la costa sirio-palestina actual, el llamado Levante oriental.

Como es natural, en un periodo de tiempo tan amplio, y en un territorio tan vasto, veremos cómo es prácticamente imposible fijar qué significó específicamente cada cosa en cada época. Esta es una de las principales lagunas o escollos a los que nos referíamos al principio, escollo que se ha intentado salvar imponiendo falsamente a toda la región un único nombre genérico. De esta forma, los historiadores se han puesto de acuerdo en llamar “Canaán” a esta región durante la Edad de Bronce (entre el 3000 a.C. y el 1200 a.C. con la irrupción de los “Pueblos del Mar”), y “cananeos” a su población durante el mismo periodo; y se han puesto de acuerdo en llamar “Fenicia” a la misma región durante la Edad de Hierro (del 1200 a.C al 330 a.C) y “fenicios” a su población.

Pero lo cierto es que ni uno ni otro nombre hacen referencia a grupo concreto alguno. Canaán, al menos, tiene la virtud de ser un nombre ampliamente arraigado en el uso local. “Fenicia”, ni siquiera eso. La realidad que se esconde tras tales nombres y tras esos casi tres milenios de ocupación del territorio, es insondable. Únicamente se puede hablar, a grandes rasgos, de que el territorio se organizaba a base de medianas y pequeñas confederaciones de tribus, tremendamente heterogéneas en su conformación, y bastante inestables a primera vista. Se establecen ciudades-estado gobernadas dinásticamente, en lo que es un principio de sedentarización, donde conviven residentes permanentes y poblaciones semi-nómadas. Estas ciudades están constantemente sometidas a la rivalidad de unas contra otras, rivalidad que se aprovecha de las hordas de poblaciones nómadas que van y vienen, tribus guerreras que son una fuente de preocupación constante.

Junto a esto, se constata la presencia cada vez más habitual de comerciantes profesionales, a medio camino entre la delegación diplomática y el espionaje más o menos encubierto. Este grupo de comerciantes pone de manifiesto la creciente riqueza de algunos grupos de población o, mejor dicho, la creciente prosperidad de las poblaciones urbanas. El grado de prosperidad de algunas de ellas es tal, que se hace muy difícil distinguir, a veces, entre el inmenso cúmulo de estructuras palaciales, especialmente en las islas, pero también en las poblaciones costeras, siendo el absoluto dominio del mar (inaccesible a las hordas nómadas) la clave de su riqueza.

De esta manera se va progresivamente abriendo un abismo económico y cultural entre quienes pueden beneficiarse de los intercambios a grandes distancias por mar y quiénes no. Este abismo, en un momento dado, es tan grande que se puede sin temor a dudas llegar a hablar de dos formas distintas de vida, con situaciones de exclusión mutua bastante radicales: una especie de aristocracia urbano-palacial por una parte, y una gran masa anónima, semi-bárbara, semi-sedentaria o nómada, con cultos y tradiciones culturales comparativamente muy primitivos, muy poco elaborados, por otra. En el fondo, algo muy similar al modo en que, años más tarde, también los patricios romanos abominarán las formas de vida de los bárbaros, o al modo en que la corte de Luis xiv era incapaz de mezclarse con la plebe de París, pero con la notable diferencia de que estas aristocracias palaciales tenían comparativamente un nivel cultural muy alto en relación con formas posteriores de aristocracia. Las culturas palaciales aparecen, pues, cada vez más como islas de prosperidad y abundancia, con sus formas de vida refinadas, en medio de poblaciones que tienen que soportar condiciones muy precarias de vida, con medios de subsistencia muy rudimentarios, obligados año sí y año también a hacer frente al riesgo de malas cosechas, al hambre, así como al permanente riesgo de ser asaltados por poblaciones en situaciones aún más precarias que las suyas. La situación insular de las principales ciudades palaciales, y el encastillamiento y perpetuo temor en que viven las ciudades-estado mesopotámicas ponen de manifiesto lo poco dispuestas que estaban éstas a abrirse a las poblaciones de su entorno. Habría que ver, en todo caso, si eso hubiera sido siquiera posible, tal era el abismo que se abría entre unas mentalidades y otras.

Un ejemplo de la dificultad con que se encuentran los historiadores y los lingüistas a la hora de intentar fijar unos mínimos puntos de referencia nos lo pueden proporcionar los Amoritas, que fueron una de las grandes confederaciones de tribus que dominó la región entre el alto Eúfrates y el mar hacia el año 1800 a.C. Se trata de una confederación entre tribus y poblaciones nómadas, semi-nómadas y agrícolas (sedentarias), en las que se mezclan elementos arameos como los Suteos (arqueros beduinos los llama Lara Peinado), poblaciones que vienen de fuera como los Habiru (hebreos) o los Benjamitas, y poblaciones supuestamente locales, semitas occidentales, como los mismos Amorreos. Cada uno de estos grupos se subdividía en nuevos grupos, que a su vez se unían y se desunían, establecía y deshacían alianzas, etc….

Una situación magmática, sometida a constantes cambios, que los historiadores han querido simplificar de manera excesiva, olvidando de paso advertirnos de que lo que nos ofrecían era una versión muy simplificada de la realidad.

En cuanto a las fuentes Bíblicas, la Enciclopedia Hebrea [7] nos dice que “en el Antiguo Testamento no se hace ninguna referencia específica a Fenicia, siendo los habitantes de la región llamados normalmente Sidonios”, y anota este uso ya desde el Génesis. Así mismo, en esas mismas fuentes “Canaán” se utiliza de diversas formas, a veces contradictorias. En principio parece un término de uso estrictamente geográfico, no étnico, que designaba la franja costera a lo largo del Mediterráneo, pero luego fue extendiendo su significado hasta abarcar también tierras del interior. Posteriormente se empezó a utilizar no sólo como término geográfico sino también para hacer referencia a un grupo de población: “Canaán” y “cananeos” fueron entonces “aplicados a toda la población no israelí al oeste del Jordán, y a veces a tan sólo una parte de ella”.

Sin embargo, en el uso que se hace de la palabra “Canáan” en el Antiguo Testamento hay toda una serie de matices a tener muy en cuenta. Para empezar, hay que considerar que el Antiguo Testamento no es producto de una única mano, ni de una única época. Hay diferentes tradiciones que se entremezclan para formar un relato aparentemente único. Pues bien, de estas diferentes tradiciones hay una, conocida como la Yahvista, que resulta más favorable (en líneas generales) al reino de Judá. Esta tradición emplea sistemáticamente “Canaán” y “cananeos” en el sentido que hemos dicho. Pero hay otra tradición, conocida como Eloista, más “favorable” al reino de Israel, en el norte, que no emplea nunca esta palabra y sí emplea, en cambio, y con el mismo sentido, la palabra Amoritas [8]. De tal forma que, en el conjunto del relato, “Canaán” y “Amoritas” acaban resultando sinónimas e intercambiables.

La relación entre Canaán y Amurru o Amor, el país de los Amoritas, es por tanto estrecha. No obstante, sí se puede apreciar una cierta distinción de uso, siendo Canaán en principio un término que designa tan sólo un territorio: el que desde los tiempos de los primeros reyes de Mari se situaba entre esta ciudad y el mar, territorio al que llamaban significativamente “Tierra de Ana” [9]; mientras que “Amoritas” alude siempre a una población, a un reino o una serie de ellos establecidos en ella. Si las fuentes hablan de “la tierra de los Amoritas”, ésta comprende Canaán, que es la costa sirio-palestina; si los especialistas hablan de lengua de los Amoritas, ésta comprende las lenguas habladas en Canaán, que es, de nuevo, una parte del territorio de aquellos [10]. Sin embargo, en este punto no siempre hay un consenso claro entre los especialistas.

Etimología de Canaán

Resulta curioso que entre las etimologías que los eruditos dan tanto para Canaán como para Amoritas, no figuren las dos explicaciones que, a priori, podrían resultar más probables. En relación con Canaán sí se ha señalado que “An” puede ser una contracción de Anu, el dios del cielo de los Asirios, pero no se ha hecho referencia al aspecto femenino de esta divinidad (Ana) que invade los nombres teofóricos (un nombre derivado del de una deidad) de toda la zona: Anat, An, Nana, Inana, Anahita: de Egipto a Persia el nombre se encuentra extendido por todo Oriente más o menos con las mismas connotaciones: una deidad femenina, relacionada con la fertilidad, el Amor y el Agua. Nadie parece haber indicado que el sentido general de Kn’n (“Canaán”), podría ser “Tierra de Ana”, tal y como se emplea en la estela de Ialhun-Lim ya hacia el año 1800 a. C. y siguiendo la regla establecida por los ideogramas sumerios, donde K(i)=tierra; An=cielo (con el sentido de “deidad”); A=Agua/Mar (también con el sentido de “femenino”); Así, Kn’an sería K, aN, A, o sea: “Tierra de la deidad del agua/del mar” o sencillamente “Tierra de la deidad femenina” (Ana).

En cuanto a “Amoritas”, su nombre se ha conservado en gran variedad de formas: Amar (Egipto), Mar.tu (Sumerio), Amurru (Akadio), Amoritas (hebreos), aunque posiblemente ninguna de estas sea su forma original. La etimología de la palabra se ha relacionado preferentemente con las formas sumeria y acadia, que son las más antiguas, donde se le daba el significado de “occidental”. Amoritas, desde el punto de vista de unos y otros, serían simplemente los “occidentales”, “los situados al occidente”. Sí se ha señalado la existencia de un monte llamado Amurru, pero no se ha considerado suficientemente probable que la palabra se derive de este hecho. La búsqueda de una etimología más precisa, pues, sigue abierta.

Nosotros creemos que en la relación entre Mar, Madre, Amar, y Amor está la clave etimológica de la palabra, más teniendo en cuenta que la ciudad Amorita por excelencia fue Mari. Probablemente sea el desconocimiento del sentido que estas palabras tienen en castellano lo que ha impedido aclarar hasta ahora la etimología del nombre. Otras raíces etimológicas interesantes se han propuesto, entre ellas una posible relación con la raíz semítica (hebrea y aramea) amar (“hablar”, “decir”, “explicar”), con el sentido de “maestro”. Una última posibilidad es que se trate de un nombre teofórico, cosa por otra parte muy habitual en la época, que haría referencia a una deidad llamada Mari que presidiría y daría nombre a la ciudad de Mari.

Advenimiento de la Edad de Hierro

La época de Hammurabi, situada entre los años 1700 y el 1600 a.C., señalan la época de mayor esplendor e influencia de los Amoritas en Oriente Medio y Levante oriental. Tras este periodo, en la época de las cartas de Amarna, hacia el año 1400 a.C, el reino Amorita de Mari aparece ya dividido en una serie de reinos, “los reyes de los Amoritas”. Es la época de Akhenaton y de su famosa reforma religiosa, en la que debieron de jugar un papel determinante las princesas cananeas y las relaciones diplomáticas y culturales entre los países de Canaán y Egipto. Los enormes proyectos artísticos y monumentales emprendidos por este faraón debieron de requerir gran cantidad de mano de obra, artesanos, carpinteros, canteros, orfebres, que en buena medida habrían llegado de estos países, si tenemos en cuenta la importancia que las princesas cobran en este momento y sus deseos de imponer una nueva estética, en principio relacionada con la de sus países de origen.

Cuando el periodo de Amarna llegó violentamente a su fin, toda esta población se vio seguramente obligada a salir de Egipto. Se encadenan entonces toda una serie de movimientos poblacionales que acaban generando una situación de inestabilidad en la región. Inestabilidad que debe relacionarse, seguramente, con la posterior e inmediata llegada de los “Pueblos del Mar”. De alguna manera, el fracaso de los nuevos planteamientos religiosos y sociales en Egipto debe vincularse con el estado de excepción que reina después en todo el Mediterráneo oriental y en especial en Canaán.

En una situación de todos contra todos, en la que se invocan alianzas incluso a muy largas distancias, todos y cada uno de los centros de poder de antaño sufren los daños. Las grandes potencias del periodo de Amarna desaparecen todas menos Egipto: caen Micenas, el imperio Hitita y Mitanni. Las culturas palaciales (Creta, Chipre) son incendiadas y saqueadas. Sólo los grandes palacios mostraban, algún tiempo después, algún tipo de actividad; en cualquier, caso ni la sombra de lo que fueron; en la costa, prácticamente todas las ciudades, plazas comerciales, puertos y palacios entre Pilos, en la costa de Grecia occidental, y Gaza, confinando ya con Egipto, fueron destruidos sin que tampoco nadie las viniese a ocupar después; desaparece Ugarit y la mayoría de los puertos y plazas comerciales, principales y secundarios, que jalonaban la Via Maris; la ruta que unía Egipto con Siria y Anatolia son abandonados, señal de una profunda interrupción de estas vías de comunicación.

Después de la centuria del 1200 a.C. nada volverá a ser lo mismo. La civilización pareció, por todas partes, eclipsarse. Se entra en una época, la denominada “Edad Oscura”, en la que casi no se encuentra registro escrito alguno. La actividad comercial ha desaparecido, las bellas joyas de oro de antaño dejan en todo el Mediterráneo sitio a las espadas de hierro, a los escudos y a los carros de combate; la música y las bellas danzas, son sustituidas por los tambores de guerra; los frescos palaciales dejan paso a las estelas de piedra grabadas con escenas que recuerdan a los héroes caídos; los cultos antiquísimos del toro y la vaca, dejan paso a los pastores sacrificadores de carneros; la diosa deja paso al dios; la pitonisa y los oráculos a los colegios sacerdotales.

Las espadas de bronce, que necesitan ser constantemente reparadas, no son capaces de competir con las “mágicas” espadas de hierro. El caballo y el carro de guerra son los nuevos ídolos a quienes sacrificar. Y por todos lados las desconsoladas doncellas parecen repetirse una y otra vez la misma pregunta: ¿de dónde vienen? ¿quién ha enseñado a estas gentes el arte de navegar?

La “colonización Fenicia”

Con este nombre se ha tratado de explicar la presencia de gentes procedentes del Levante oriental en países del Mediterráneo occidental, presencia que se constata arqueológicamente desde el s. viii a.C. aunque últimamente se viene adelantando al s. ix a.C. Algunas fuentes escritas antiguas se refieren, incluso, a esta presencia ya en torno al 1100-1000 a.C.

La explicación convencional es que se trata de un tipo de colonización comercial: “Cabe considerar la fundación de Cádiz desde la perspectiva del establecimiento de una colonia en el área atlántica en un momento de plena <<reconversión>> de la demanda, fundación e interés que solo se explica desde la óptica de una visión a largo plazo y básicamente comercial de la colonización” [11].

Es decir, que las gentes del Levante oriental vendrían movidas por el deseo de obtener altas tasas de rentabilidad, debido al alto valor añadido de sus productos en relación con los autóctonos, y movidos así mismo por las buenas perspectivas de negocio a largo plazo, en un mercado en que los tipos de interés del bronce bajaban rápidamente, mientras que los del hierro subían como la espuma. En ese contexto, los “fenicios” vendrían a aprovecharse de unos yacimientos de hierro infra-explotados debido a que las gentes del lugar vivían todavía en la tecnología del bronce.

Es una explicación bastante economicista del asunto. Una explicación que, en cualquier caso, no explica cómo, sin haber tenido un contacto o una relación previa, puede haberse permitido a unos completos desconocidos asentarse en un territorio que no estaba despoblado en absoluto, y mucho menos, haberles dado acceso a las fuentes de riqueza, entre ellas las metalíferas, que los “indígenas” debemos suponer que no desconocían, como tampoco desconocían los pueblos de América el valor del oro y la plata.

Ni se explica cómo, una vez desembarcados, se pudieron guiar estos pioneros por medio de un paisaje absolutamente desconocido y agreste, sin conocer las lenguas autóctonas, hasta las fuentes minerales que estaban, por cierto, bastante lejos, en Huelva.

En vez de esta explicación exclusivamente vinculada a intereses económicos, nosotros proponemos explicar la llegada de gentes procedentes del Levante oriental a partir de las dos grandes revueltas de Amarna y de los Pueblos del Mar. Creemos que la conmoción producida por estos dos acontecimientos fue lo suficientemente importante como para explicar por sí sola la llegada de gentes que, o bien fueron expulsadas por la fuerza de Egipto, o bien huían de una situación posterior de conflictividad constante en Canaán.

Testimonios literarios de estas migraciones de gentes buscando refugio abundan. Esquilo nos recuerda el episodio de las hijas de Danao, huyendo de sus maridos egipcios; el Antiguo Testamento relata la salida forzada del pueblo de Israel de Egipto y la posterior salida de la mayor parte de la población de Dan por mar; el Libro de las invasiones de Irlanda nos refiere la salida de Egipto de los milesios y su llegada a España. Todos ellos tienen lugar hacia la misma época o deben relatar prácticamente los mismos hechos. Es tan sólo cuestión de interpretar los restos arqueológicos a partir de este enfoque. Si hubo un fuerte enfrentamiento militar en Egipto que puso fin a la revolución de Amarna, es lógico pensar que los restos del ejército vencido buscasen servir en algún lado. Es lógico pensar también que aquellos obreros, peones, artesanos, comerciantes y gentes de todo tipo y condición que trabajaban en las grandes obras del periodo anterior, debieron de quedarse abruptamente sin trabajo y que debieron, de no ser perseguidos ellos también, verse obligados a buscar nuevos lugares donde se requirieran sus servicios. Es lógico pensar que, tomando como relato en parte histórico los acontecimientos del Antiguo Testamento, no sólo los hebreos fueran el único pueblo represaliado, ni el único en conseguir salir de Egipto, sino que junto a ellos debieron de salir otros pueblos, mezclados o no, en la misma dirección o en otra parecida.

Partiendo de esta base, se entendería mucho mejor la, a priori, desconcertante mezcla de materiales egipcios, griegos y cananeos que pueblan el registro arqueológico de esta época. Esto explicaría hallazgos aparentemente inconexos, como el sepulcro egipcio encontrado en Tarragona [12], las noticias sobre el sarcófago de Almuñécar [13], o la multitud de escarabeos que se encuentran aquí y allá, por no hablar de muchas de las figurillas votivas que presentan tocados y rasgos egipcios. Explicaría de paso las leyendas específicamente hispanas que hablan de la llegada de Osiris a España para combatir la tiranía del gigante Gerión, o aquellas otras que hablan de un Hércules egipcio, o aquellas otras que relatan la procedencia escita de Hispán, o esas otras que hablan de la llegada de Tubal. Todo leyendas sí, pero qué coincidencia con los restos.

La “colonización fenicia” de España

Los expertos parecen estar de acuerdo en que la primera región “colonizada” (curiosa aplicación al mundo antiguo de un término que no debió existir precisamente hasta Colón) de la Península por los “fenicios” fue Huelva, donde se ha documentado “un importante conjunto de cerámicas fenicias asociadas a cerámicas geométricas griegas, chipriotas, itálicas y nurágicas de la primera mitas del s. ix” [14]. No están tan de acuerdo, en cambio, en definir la existencia o no de una fase previa de esta colonización (llamada pre-colonización) o en definir si ésta se fue desarrollando poco a poco o si llegó “de nueva planta” y se impuso desde un principio en todo su esplendor.

En cualquier caso, parece que impera la tendencia a confundir a los dueños de los barcos con los colonizadores efectivos, pues se nos dice que es la ciudad-estado de Tiro la que organizó la colonización del sur peninsular. Más bien habría que decir que fue ésta la que facilitó los medios de transporte, así como los capitanes y los marineros, el conocimiento de las rutas y de los mares, pero no los colonos, pues estos procederían del interior del país. Decir o dar a entender que fue Tiro, con sus solas fuerzas, quien llevó a cabo la colonización del sur peninsular, sería como decir que fueron Palos y Moguer con sus solas fuerzas quienes llevaron a cabo la colonización de América.

En Canaán, la única población lo suficientemente numerosa de la que tengamos noticias de su salida por mar son los hebreos. No tenemos noticias de que fuesen los filisteos o los amorreos. Por tanto, debemos deducir que el grueso de la expedición cananea que embarcó en Tiro y que llegó al sur de la Península, concretamente a Huelva, debió de estar formada básicamente por hebreos y, en concreto, por danitas, pues es de ellos de quienes se dice (Jueces, 5, 17): “Galaad se mantuvo de la otra parte de Jordán. Y Dan, ¿por qué estuvo junto a los navíos?”.

Ahora bien, disipada la espesa niebla que envolvía con el nombre de “fenicios” a quienes no eran sino habitantes de Canaán, cabe preguntarse cómo es posible que una población ibera, como son los hebreos [15], hayan ido precisamente a desembarcar en el río Iber (actual río Tinto), en el territorio de otra población ibera, como son los íberos que habitaban las costas de Huelva junto a Tartessos. ¿Casualidad? ¿O habría que explicar cómo pudieron unos iberos de oriente conocer la ubicación exacta de otros iberos en occidente? O lo que es lo mismo, ¿fueron los hebreos el único pueblo hebreo de la antigüedad?

Más allá de la pertinencia de hacernos o no estas preguntas ahora, o de la posibilidad de responderlas, lo que queda más o menos claro es que son poblaciones de Canaán, seguramente hebreos, quienes se embarcan en Tiro y en otros puertos de la costa levantina con destino a puertos situados en las costas del Mediterráneo occidental. En nuestro caso, probablemente Dan se embarcase con destino a los puertos del río Iber y del Palus Erebus, como Lucena del Puerto, que todavía en la Edad Media era puerto de entrada y salida para la población hebrea de la ciudad de Lucena. Tal vez Dan dé nombre a Doñana.

mapa del mediterraneo oriental

Fig.1. Mapa del Mediterráneo oriental.


carte des voies de communication

Fig.2. Mapa de comunicaciones. En púrpura, la Vía Maris, en marrón la misma vía por mar. Cannán, en sentido estricto, serían las ciudades costeras entre Gaza y Ugarit; y en sentido amplio comprendería también las tierras entre Ugarit y Babilonia. http://es.wikipedia.org/wiki/Vía_Maris

[1] María Eugenia Aubet, Tiro y las colonias fenicias de occidente. Barcelona, 1987 y 2000. En la misma línea, Fernando Prados Martinez, Los fenicios, Madrid, 2007, o el profesor Escacena Carasco, que en un reciente artículo (“Hispaniae Urbes”, nº 203) propone incluso como metodología la sustitución del término griego “fenicios” por el autóctono Cananeos.

[2] Aubet, un poco más adelante, en la misma obra.

[3] Lara Peinado, Así vivían los fenicios. Madrid, 1997.

[4] Sebastián Ramallo Asensio (coord.), Estudios de arqueología dedicados a la profesora Ana María Muñoz Amilibia. Murcia, 2003. En la pág. 98 dice que “desde 1950 se asume que la figura de los fenicios resulta incómoda y anacrónica y que no encaja del todo en el mundo de Homero”.

[5] Aubet, en el trabajo ya citado. También Lara Peinado hace referencia a este texto.

[6] El primero se encuentra en la Carta de Amarna Ea 367, linea 8, mediados del s. xiv a.C.; el segundo en una inscripción de Ebla; los dos últimos en numerosos textos sumerios y acadios.

[7] Jewish Enciclopedia, 12 vols. New York, 1901-1906, entrada: “Phoenicians”. Versión on-line: http://www.jewishencyclopedia.com/

[8] En la obra citada arriba, en la entrada: “Canaán”. Con “tradición” se hace referencia a las fuentes a partir de las cuales se ha formado un manuscrito. En la elaboración del Antiguo Testamento se han identificado hasta ahora hasta cuatro tradiciones distintas, que se han fundido en un relato único.

[9] Los reyes de Mari, por ejemplo Iahdun-Lim (que vivió hacia el 1800 a.C.), se titulaban “reyes de Mari y de la Tierra de Hana”, según Alfred Haldar, Who were the Amorites? Leiden, 1971, p. 40. El investigador Georges Roux prácticamente identifica Mari y Hana. Georges Roux, Mesopotamia, Madrid, 1987. p.455.

[10] Ver Alfred Haldar, Who were the Amorites?

[11] Aubet, en la obra citada al principio.

[12] La historia de este hallazgo es fascinante: http://www.sepulcro-egipcio-de-tarragona.org/

[13] Asunción Rallo (ed.), Libros de antigüedades de Andalucía. Sevilla, 2009.

[14] Aubet, ya citado.

[15] Mitológicamente los hebreos dicen descender del patriarca Eber y proceder del monte Ararat, situado en la región conocida como Iberia Caucásica; arqueológicamente es posible relacionarlos con las culturas cerámicas que desde la región situada entre los rios Kuras y Aras (Iberia) se extienden hacia Siria y Canaán antes del establecimiento del reino de Israel.