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Hebreos del Ródano

Taíd Rodríguez [1]
Diciembre 2016

Existe en Provenza, en el encuentro entre el Ródano y el Mediterráneo, a poco más de un kilómetro del antiguo puerto de “Ra”, hoy bajo las aguas, un pueblo llamado Les saintes Maries de la Mer, Las Santas Marías del Mar. En este pueblo, actualmente de gran importancia turística por la belleza de su paisaje enclavado en el corazón del parque natural de Camarga y por sus pequeñas playas ganadas al mar y a la marisma, se conserva viva la leyenda del desembarco de santa María Jacobea y de santa Maria Salomé, hermanas de María la madre de Jesús e hijas las tres de santa Ana según la popular Leyenda Dorada. Además de la tradición del desembarco se conserva vivo el culto, que se les rinde a ambas santas por lo menos desde hace mil años, desde los albores de la Edad Media.

Por otra parte existen en Provenza, con la misma antigüedad más o menos, leyendas muy parecidas que narran el desembarco en la región de otros santos y santas procedentes también de la Palestina del s. i de nuestra era. De entre estas leyendas destaca, por encima de todas, la del desembarco de María Magdalena con sus hermanos santa Marta y san Lázaro. También estas leyendas cuentan con un culto continuado desde la Edad Media hasta nuestros días: santa Marta lo tiene en Tarascón; san Lázaro en Autun y en Marsella; santa María Magdalena en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume, en Vezelay, y en todas las iglesias de Provenza y buena parte de Francia hasta el s. xvii como verdadera Apóstol de la región[2].

Sin embargo, se desconoce todavía mucho sobre la formación de estas leyendas. Cuando las encontramos escritas, ya hacia el s. ix – x (aunque hay quien rastrea algunas de ellas hasta el s. vi), aparecen con un número considerable de variantes, indicativo de que han tenido una larga etapa de transmisión oral, un largo recorrido. No sabemos si se tratan de derivaciones de una única leyenda o si surgieron como leyendas separadas ya desde un inicio. Lo que sí sabemos es que a lo largo del tiempo han ido adoptando elementos unas de otras e insertando episodios o pasajes de leyendas y tradiciones anteriores, tanto cristianas como no cristianas, lo que provocó, ya desde los primeros tiempos, una mezcolanza notable fruto de su popularidad.

Esta mezcolanza de tradiciones llegó a tal extremo que en un momento dado se hizo sentir la necesidad de separar el grano de la paja. Así, se redactó hacia el s. ix, en un medio cisterciense, una Vita beatae Mariae Magdalenae et sororis eius sanctae Marthae al parecer inspirada en algunas homilías de san Bernardo de Claraval[3]. Esta erudita Vita intentaba establecer (o restablecer) una base histórica razonable para la leyenda y alejarse de la mera recopilación de milagros y lugares que debían caracterizar a la mayoría de las versiones populares de la época. En ella se hace referencia al origen sirio de María Magdalena, a su heredad de Betania y a las circunstancias de su desembarco en Provenza. Esto es importante, porque como la difusión-creación-multiplicación de las leyendas fue cristiana y la iconografía resultante fue cristiana también, demasiado a menudo olvidamos, como se había olvidado en aquel momento, que estas gentes procedían de la costa sirio-palestina del s. i  y no de la Europa del s. x.

En línea con esa misma intención clarificadora de la leyenda en el presente artículo vamos a tratar de establecer si pudo haber hacia el s. i d.C. un contexto hebreo en el área de la desembocadura del Ródano que permita explicar mejor la repentina llegada de estos exiliados.

Resulta de hecho absurdo que hasta ahora no se haya puesto suficientemente de manifiesto la importancia de lo hebreo en la difusión del cristianismo en el sur de Francia y en general en occidente. Es como si se hubiese olvidado que ambas tradiciones religiosas proceden de un tronco común. Se sabe que el cristianismo temprano se difundió primero, como es natural, entre los “no gentiles”, esto es, entre los hebreos en el seno de cuya sociedad se gestó y que solo después, en la época del Apóstol Pablo, se abrió a las comunidades de “gentiles”, esto es, de “no hebreos” (se universalizó, diríamos hoy). Si esto fue así en su lugar de origen, en oriente, ¿no pudo pasar de la misma manera aquí, en occidente? En otras palabras, ¿pudo el cristianismo extenderse en Europa en fechas tan tempranas como el s. i apoyándose en comunidades hebreas previamente establecidas aquí?

Esta es la vía que vamos a tratar de explorar. Y es una vía prácticamente ignota debido a la idea, generalizada a nivel académico, de que no existieron comunidades hebreas de importancia en Europa antes de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en el año 70 d. C. Es decir, desde un punto de vista académico, el cristianismo llegó al sur de Francia de la  mano de los romanos y desde Roma, en especial a través del ejército, a nivel popular, y de la aristocracia romana urbana, a nivel “ilustrado”. Es una teoría vigente desde hace mucho tiempo atrás, muy consolidada por los años, y que ha contado, desde luego, con un sólido respaldo de la Iglesia como institución. La idea de que el cristianismo podría haberse extendido en occidente ya en el s. i d. C. a partir de comunidades hebreas previamente establecidas en Europa supondría reconocer un papel o rol histórico muy distinto para estas mismas comunidades del que se le ha otorgado tradicionalmente: los judíos pasarían de ser los “archiculpables” de la muerte de Cristo, a ser un punto de apoyo crucial para la difusión de sus enseñanzas en Europa.

La Iglesia de Roma habría tenido que buscarse otros culpables, otro enemigo directo. Este antagonismo perpetuo, en occidente, habría sido mucho más difícil de justificar si se hubiese conservado memoria de lo que venimos diciendo. Esta memoria, de hecho, existe, por lo menos en la Península, lo que pasa es que no ha sido valorada académicamente o ha sido valorada como una “simple” artimaña de las comunidades judías medievales para escapar de las iras del pueblo aleccionadas por los predicadores de turno [4].

Si hacemos una lectura netamente histórica de las leyendas referidas, y si estamos de acuerdo en que las leyendas y la tradición oral en general tienen cierta validez como fuente para el saber histórico, fácilmente podremos llegar a la conclusión de que refugiados procedentes de Palestina llegaron en barco a las costas de Provenza poco después de que se desataran las revueltas y las persecuciones que tuvieron lugar allí en los albores del s. i. d.C. Esos refugiados serían hebreos y entre ellos habría hebreos seguidores de las enseñanzas de Cristo (seguramente indiferenciables unos de otros en lo que se refiera a los posibles restos arqueológicos que dejasen) que serían los responsables de la introducción del cristianismo en Provenza y sur de Francia.

Tradición oral por una parte y tradición académica y religiosa por otra entran en conflicto. Vamos a tratar de establecer a continuación si aquélla primera tiene algún tipo de base histórica o si carece de ella en absoluto.

Pero primero debemos aclarar que parece improbable que estos supuestos exiliados de Palestina llegasen al sur de Francia por azar como plantean las leyendas, o que fuesen acogidos por familias no hebreas por las particularidades del judaísmo como tradición religiosa. Si de verdad llegaron exiliados hebreos en el s. i d.C. a los puertos de Provenza lo más fácil es pensar que tuvieran allí familiares o amigos que les acogiesen. De hecho, cuando nos acercamos al modo en que las comunidades hebreas se han dispersado por el mundo, vemos que se ha recurrido casi siempre a los lazos familiares o, en su defecto, se han agrupado en función de una misma procedencia geográfica[5].

Barcos y oportunidades para llegar a estas costas tuvieron desde luego. No hay más que pensar en la inmediata cercanía y relación, de uña y carne, que tuvieron los hebreos con las ciudades comerciales de la costa sirio-palestina (Sidón, Tiro, Biblos). Y parece claro que hubo de haber armadores, comerciantes y tripulaciones de origen hebreo operando en dichas ciudades. Tanto en el s. I d. C. como mucho antes, ya desde la época de la destrucción del Primer Templo en 587 a.C.

Y hay en Provenza relativa abundancia de cerámicas y restos de mercancías procedentes del comercio con esas costas sirio-palestinas, importadas directamente o vía las cercanas Ampurias o Ibiza. Los puertos de Provenza que después fueron frecuentados por los griegos, fueron antes, con mucha seguridad, frecuentados por los comerciantes sirio-palestinos, por ejemplo Agde, Marsella o Saint Tropez. Puede que el mismo oppidum Ratis o “Puerto de Ra”.

Ahora sí, daremos un breve repaso a lo que dicen las fuentes documentales, arqueológicas y la tradición oral sobre la presencia de hebreos en el sur de Francia, ahora que ya sabemos que oportunidades tuvieron para llegar a esta región mucho antes del s. I a. C.

Fuentes Documentales

Tradicionalmente se tienen por ciertas las noticias dadas por Flavio Josefo en sus Antigüedades judias acerca de la dispersión forzada de algunos judíos tras las revueltas en Jerusalén. Pero se trata de referencias a individuos concretos, que parecen condenados al exilio en regiones alejadas, no de implantaciones en grupo. No obstante sí merece la pena notar que algunos de esos individuos, sus familias, sus sirvientes y puede que parte de su clientela política, acabaron sus días en el sur de Francia, concretamente en Lyon o en alguna otra población de las muchas que en la antigüedad llevaron el nombre de Lugdunum, como fue el caso de Herodes Antipas y de su mujer Herodiade. En este caso se trata de un personaje de mucha relevancia, de origen hebreo, hijo de una hebrea samaritana, educado en Roma y nombrado gobernador de Galilea por Augusto. Las noticias de Josefo no excluyen que otras deportaciones de personajes de menor relevancia se llevaran a cabo siguiendo el destino de su gobernador.

Pero lo cierto es que más allá de esta referencia las noticias sobre hebreos o comunidades hebreas establecidas en Francia por esta época son muy escasas, prácticamente inexistentes. Son, sin embargo, muy abundantes en el s. iv, cuando las iglesias cristianas comandas por Roma comiencen a convocar concilios con asiduidad y a poner por escrito sus actas. Como decía Blumenkrantz, a quien en lo fundamental seguimos en este recorrido, “Nuestra documentación sobre la presencia de judíos en Francia durante los primeros siglos acusa una laguna enorme, de casi cuatro siglos y medio”[6].

El vacío, como decíamos, se rompe a mediados del s.v, cuando la implantación cristiana, desde hacía doscientos años apoyada por el Emperador tal y como Pablo aconsejaba, y orientada claramente hacia un universalismo patente, tejía su red de concilios ecuménicos y locales e iba consignando minuciosamente en ellos la evolución de cada comunidad, prestando siempre especial atención a las posibles desviaciones de una ortodoxia recién estrenada. En este momento aparecen las primeras menciones documentales a comunidades judías: concilios como los de Agde, Orleans o Valence, todos de principios del s. vi, hacen en sus cánones referencia a ellas pintándolas además con vivos colores. Obispos como Sidonio Apolinar o Cesareo de Arles hacen también referencia a ellas en sus cartas. En estas referencias las comunidades judías aparecen perfectamente formadas y se describen unas relaciones cordiales entre judíos y cristianos, desde luego se describe un tipo de relación cotidiana muy similar a las descritas por los concilios de Hispania, por ejemplo Elvira, fechado hacia el año 300.

Resulta francamente chocante que entre medias no exista ni una sola referencia escrita a unas comunidades hebreas que, cuando finalmente aparecen en la foto, lo hacen perfectamente constituidas. Sería interesante indagar en esta falta de referencias.

¿A qué se puede deber este vacío? ¿A la indiferencia de los primeros cristianos hacia los judíos? ¿A su pacífica convivencia con ellos? ¿Al escaso número de comunidades hebreas? De momento permanecemos en la sombra acerca de estas cuestiones.

Fuentes Arqueológicas

Si bien apenas hay constancia en fuentes escritas de la presencia de comunidades hebreas en Francia hacia el siglo i de nuestra era, sí hay en cambio indicios arqueológicos de que esas comunidades existieron. Y de que una de ellas, quizá la más prospera, se asentó cerca o a lo largo de la desembocadura del Ródano. Los testimonios arqueológicos que así lo avalan fueron recopilados tras una ardua labor de búsqueda de museo en museo por Bernard Blumenkranz en los años 60-70 siendo está la última búsqueda exhaustiva de la que hemos tenido conocimiento. Blumenkrantz halló dos lámparas de aceite, una datada hacia el s. iv d.C, procedente de Bagnols-sur-Ceze al norte de Avignon; otra datada por él hacia el s.i d.C (pero que su descubridor, así como otros especialistas recientemente, datan del s. i a. C) procedente de Orgon y conservada en el museo de Cavaillon. Por último una placa de bronce, seguramente un sello, con caracteres latinos pero con una menorá o candelabro judío en el centro, datada también hacia el s.iv.

Tres objetos en un espacio tan bien definido por su relación con el Ródano son a nuestro parecer un buen argumento a favor de la existencia de una o varias comunidades hebreas establecidas a lo largo de éste. Tengamos en cuenta que, para toda Francia, apenas se han encontrado otros objetos similares. Los otros objetos encontrados por Blumenkranz anteriores al siglo iv fueron otra lámpara, ésta muy bien conservada, procedente de Burdeos y un anillo conservado en una colección particular, del que no se sabe la procedencia, pero que debió ser encontrado también en las inmediaciones de esa ciudad.

El número total de objetos hallados por Blumenkranz fue, a pesar de la intensidad con que se entregó a su tarea, como vemos muy corto, lo que magnifica el hecho de que tres de ellos procedan precisamente de la desembocadura del Ródano. Lo que es más llamativo, a pesar de nuestra insistente persecución de nuevos objetos encontrados desde que este autor llevara a cabo sus pesquisas, no hemos podido encontrar publicado ningún nuevo objeto claramente hebreo que añadir a la lista.

Como vemos los hallazgos o el material arqueólogico disponible pone de relieve un cierto patrón de asentamiento según el cual los posibles hebreos asentados en Francia entre los siglos i a iv preferieron claramente lugares con cercanía al mar y un fácil acceso fluvial, lo que hace pensar que utilizaron el mar como medio asiduo de comunicación con sus lugares de origen.

A pesar de que los restos arqueológicos apuntan a una comunidad hebrea asentada hacia el s. i a orillas del Ródano (o afluentes) hemos de tener en cuenta que, por definición, los objetos arqueológicos están siempre sujetos a controversia y sería absurdo obviar estas dificultades aquí. Una de esas dificultades es que en raras ocasiones podemos establecer con la seguridad necesaria la procedencia de un objeto, es decir, establecer si ha sido fabricado en la región o bien importado de muy lejos. Los análisis bioquímicios de las arcillas y de los restos orgánicos (por ejemplo para de las lámparas citadas más arriba) cada vez resultan más asequibles y cada vez se recurre más a ellos, sin embargo, en los análisis nos encontramos a menudo con paradojas de difícil resolución. Por ejemplo, podemos encontrar que dos lámparas o dos vasijas son formal y estilísticamente muy parecidas y sin embargo los resultados del análisis mostrar arcillas de muy distinta procedencia; o bien podemos encontrar lámparas disímiles estilísticamente cuyo análisis muestra arcillas muy semejantes en su composición[7]. Es posible que cualquiera de estos objetos hubiese podido ser traído desde oriente en fechas muy posteriores a la que fueron fabricados. Sin embargo, dada la escasez de objetos encontrados en Francia, que tres de ellos se encuentren precisamente en la desembocadura del Ródano parece significativo y parece excluir la posibilidad de que los tres objetos sean a la vez objetos importados en fechas recientes o tardías.

Pero más difícil aún que establecer la procedencia de un objeto es establecer una datación fiable. A priori ésta se debía establecer a partir de otros objetos y elementos constructivos encontrados en el mismo yacimiento. Pero resulta que muy a menudo los objetos arqueológicos han llegado hasta nosotros por puro azar y por lo tanto fuera de su contexto arqueológico, sin posibilidad a menudo de saber siquiera dónde fueron encontrados. En estos casos, que son la mayoría por cierto, las dataciones se llevan a cabo por medio de laboriosas comparaciones formales, cotejando las muestras con otras muestras estilísticamente parecidas, previamente publicadas y bien datadas. Es decir, tienen que existir, por ejemplo, otros modelos de lámparas similares a las nuestras que se hayan encontrado en contextos arqueológicos bien datados. El problema es, claro, la falta de muestras bien datadas. En general, el problema es la falta de muestras.

Esta laguna hace que el método comparativo provea a menudo de fechas solo aproximadas: viene a decirnos algo así como “de acuerdo, sabemos que había un modelo de lámpara similar en tal sitio en tal o cual siglo, pero no sabemos si ese mismo modelo existía antes, o si existió durante mucho tiempo después”. Los expertos a menudo ni siquiera son capaces de llegar a acuerdos sobre las innumerables tipologías descritas embarcándose en interminables disputas sobre la morfología de los objetos.

El caso es que nuestras dos lámparas del Ródano han tenido que ser datadas de esta manera, puesto que ambas fueron encontradas de manera fortuita, sin contexto arqueológico (al menos por lo que sabemos). Por pro o por contra lo cierto es que resulta muy difícil establecer su datación precisa.

Peor es la situación cuando se trata de objetos de oro, plata o bronce. Estos objetos, al contrario que el hierro, se conservan relativamente bien, sin embargo son mucho más raros que los objetos cerámicos cuyo uso estaba mucho más extendido. Por lo tanto, las muestra bien datadas por su contexto con las que comparar son infinitamente más escasas. Un problema asociado a este tipo de objetos es que a menudo son objetos muy duraderos, bien cuidados y bien guardados, que pasan de generación en generación, por lo que en caso de conseguir datar el estrato arqueológico en que fueron encontrados eso no nos asegura de manera alguna una datación fiable, tan solo una datación del tipo “en esa época sabemos que estaba en este sitio”. Los objetos de metal, como los de piedra, son además inmunes a dataciones cronológicas por carbono 14.

Con todo, el “amplio” bagaje de dos lámparas y un sello de bronce en un marco donde los objetos arqueológicos y los testimonios documentales son por lo general tan escasos parece corroborar la existencia de una comunidad hebrea en la desembocadura del Ródano, comunidad que, como poco, estaba ya establecida desde el s. i d.C y con mucha probabilidad desde el s. i a. C si seguimos la opinión de H. Morestin, que fue quien primero publicó los detalles del lugar y modo en que fue hallada la lámpara de Orgon.

Hay que decir que la comunidad judía de Cavaillon (pueblo al que pertenece el paraje de Orgon) era una comunidad importante todavía en la Edad Media, mil años después de este primer descubrimiento, lo que da buena cuenta de la estabilidad de este tipo de asentamientos.

Dificultad para encontrar testimonios que revelen la presencia de una comunidad hebrea en un lugar determinado

Esta relativa pobreza a la hora de documentar la más que probable presencia hebrea en la desembocadura del Ródano desde fechas muy antiguas se debe desde luego a las peculiaridades del culto y de las formas de vida hebreas. No es de extrañar que la arqueología de este pueblo sea una arqueología tan difícil y que requiera de tantos medios, incluso allí mismo, en Israel. Los hallazgos incontrovertiblemente hebreos son muy pocos debido a que el culto hebreo era (y es) un culto esencialmente privado que solo tardíamente y esporádicamente levantó sus templos en piedra (de ahí, tal vez, la necesidad bíblica de recurrir a arquitectos extranjeros) o recurrió a altares no móviles o no desmontables. Por norma levantaban sus lugares de culto en campañas, como correspondía a una sociedad tribal tremendamente móvil y cambiante. Sus altares eran transportables y sus objetos sagrados fundamentalmente eran libros.

Es además un culto con muy poca variedad de elementos simbólicos externos: básicamente el elemento externo que permite reconocer un objeto como hebreo es la menorá o candelabro judío. Solo muy tardíamente se añadieron otros elementos como la estrella de David o símbolos derivados del desarrollo de la Cábala hebrea durante la Edad Media. Sus fiestas son poco pomposas, poco ostentosas. Lejos de la tradición hebrea las grandes celebraciones que puedan ser recogidas por los cronistas o por los poetas como las procesiones con cruces, estandartes o imágenes que son tan habituales en el culto cristiano romano. Tampoco, como en el caso islámico, está permitida la reproducción de personas y animales y su arte mueble se ve muy limitado en este sentido. Como relata la Biblia, los grandes artesanos hebreos parece que fueron carpinteros antes que escultores o pintores.

Como decimos el pueblo hebreo (y más en la antigüedad) no hace ostentación de su fe y, en contra de lo que se pueda leer en algunos autores, parece que nunca hizo proselitismo entre sus vecinos no hebreos. Se era hebreo por nacimiento y si una persona no hebrea se convertía a la fe de Moisés no era reconocida como hebrea como poco hasta la generación siguiente, permaneciendo todo ese tiempo en parte segregado de su comunidad adoptiva. Es más, el pueblo hebreo y luego el judío ha sido siempre muy celoso de sus ritos, sus cultos y sus costumbres y por lo general ha dado pocas explicaciones de los mismos a personas no hebreas. Esto hace aún más difícil identificar sus objetos cotidianos. Si por casualidad diésemos con un yacimiento de un lugar hebreo nos sería muy difícil identificarlo, en buena parte debido a este profundo desconocimiento que tenemos de sus costumbres. Aún hoy, fiestas tan significativas para ellos como el año nuevo o “el dia de las cabañas”, fiestas que se siguen celebrando, son para el común de la gente absolutamente desconocidas y no sabrían reconocerlas aunque las tuvieran en frente.

Las inscripciones hebreas sobre bronce o piedra son también muy raras, y las pocas que han subsistido han tenido que sobrevivir a ocultaciones y destrucciones durante los momentos más duros del antijudaismo medieval.

Por último, sus necrópolis son igualmente difíciles de identificar incluso en Israel. Si en otras ocasiones las necrópolis nos facilitan gran cantidad de objetos pertenecientes a las personas enterradas en ellas, en este caso los enterramientos hebreos apenas nos proporcionan información. Los hebreos del s. i se enterraban tan solo con una sábana blanca que les cubría el cuerpo de los pies a la cabeza, en ataúdes de madera o más comúnmente directamente en el suelo, cavando pequeños nichos. Con anterioridad a la época del segundo templo, en cambio, no hay constancia de que se enterraran en ataúdes y tampoco hay referencia en la Biblia a los mismos[8]. Sobre el cuerpo o ataúd se echaba tierra hasta formar un pequeño montículo sobre el que después cada uno de los allegados o deudos dejaba una piedra. Cuanto mayor era el número de piedras mayor era el prestigio del difunto. Posteriormente se fue adoptando la costumbre de colocar lápidas que señalasen el lugar de enterramiento. En los enterramientos no había armas (algo que repugnaría a la espiritualidad hebrea), ni joyas, ni broches, aunque sí se han podido encontrar en los enterramientos de Jerusalén pequeños vasos, jarras y cacharros que han servido para datar las tumbas.

En definitiva, todo este cúmulo de circunstancias ha dificultado mucho la localización de yacimientos hebreos aún en el mismo Israel para épocas anteriores a la destrucción del segundo templo. Es comprensible por tanto la ausencia de un mayor número de objetos y testimonios en un territorio que, como este de Camarga, se ha visto afectado además por una geografía tremendamente cambiante. La práctica totalidad de los objetos hebreos de esta época (del 500 a. C al 70 d. C) recuperados en Israel han sido hallados gracias a unas condiciones de conservación excepcionales, como son la sequedad del clima o la cercanía del desierto, responsables de que se hayan conservado comunidades como la de Qumran, necrópolis y biblioteca incluida. La humedad, por el contrario, destruye rápidamente las construcciones en madera, principal modo de vida de las comunidades hebreas y no hebreas (ligures por ejemplo) durante la mayor parte de la antigüedad.

Tradiciones orales

Una tercera fuente de información, tal vez no tan acreditada como las dos anteriores, pero bastante indicativas de posibles vías de investigación, así como reveladoras de situaciones y creencias que se han dado en el pasado, son las tradiciones orales. Por desgracia, en el breve tiempo que hemos estado investigando estas tradiciones en lo relativo a la existencia de comunidades judías hacia el s. i de nuestra era, no nos ha sido fácil encontrar publicadas en un número suficiente de ellas. Parece, a priori, que esta tradición oral no es tan rica como en el caso de España, donde sí hay una cierta cantidad y variedad de testimonios de personalidades relevantes de la comunidad judía que remontan sus orígenes o los de sus familias a la época de la destrucción del primer templo a principios del s. vi a. C[9]. En Francia los testimonios más antiguos que hemos podido rastrear hacen referencia a familias que remontan su presencia en Francia a la destrucción del segundo templo en el año 70 d. C. Es decir, a la época que estamos estudiando, pero se trata, llamativamente, de testimonios tardíos, algunos recogidos nada menos que en época de Napoleón, faltando (repetimos, a priori, porque el tiempo de la investigación ha sido corto) testimonios medievales o modernos.

El porqué de esta dificultad en encontrar tradiciones orales sobre el origen de los judíos en Francia puede que sea de índole geográfica. Es más o menos conocido que en España el cristianismo llegó desde el Norte de África[10] y que dependió mucho más de las iglesias africanas que de Roma, a la que solo se vinculó más tarde. Es muy posible que las comunidades hebreas en España, de haberlas, también estuviesen en contacto con sus metrópolis de origen a través de la ruta terrestre del Norte de África lo que resultaría más sencillo y una ruta utilizada con mayor asiduidad que la ruta marítima directa a Jerusalén.

Por otra parte, parece que la presión sobre las comunidades hebreas haya sido en España más temprana y más continuada que en el sur de Francia, sobre todo durante la época visigoda. En esta época, los judíos de Narbona parecían disfrutar de un grado de libertad mucho mayor que los de Toledo por ejemplo[11]. Esta presión puede haber generado en algunas comunidades hebreas peninsulares una necesidad mucho mayor de defenderse recordando una y otra vez a propios y extraños que sus orígenes se remontaban a mucho antes de la muerte de Cristo.

Vías de investigación futuras

Hasta ahora, las teorías sobre la implantación de los hebreos en Europa pocas veces, por no decir ninguna, han ido más allá de remontar sus orígenes a la destrucción del segundo templo de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. Pero es obvio que la dispersión de muchas tribus hebreas había comenzado mucho antes. Hemos hablado en otra ocasión de la tribu de Dan y de sus múltiples apariciones en tradiciones literarias muy diversas como la griega o la irlandesa con nombres y características semejantes[12].

A menudo hemos minusvalorado la capacidad de desplazamiento de los pueblos de la antigüedad al trasladar inconscientemente nuestro actual y peculiar concepto de “frontera” al pasado. No sé qué razones han impedido considerar, hasta ahora, como hipótesis de trabajo válida la de una posible implantación de las comunidades hebreas de España y Francia anterior e incluso muy anterior al s. i. Cierto es que, como hemos visto, resulta muy difícil documentar un asentamiento hebreo antiguo, tanto documental como, sobre todo, arqueológicamente. Pero las tradiciones orales peninsulares dan indicio de esta antigüedad, así como también lo dan otras tradiciones literarias que, si bien no hacen referencia directa a los hebreos con ese nombre, si hacen referencia a pueblos que bien podrían haber tenido mucho que ver con ellos[13].

La aventura de los milesios (de los hijos de Mil de España) tal y como narra la leyenda de Breogán magníficamente estudiada por Ramón Sainero nos puede dar la pauta de la movilidad que tuvieron algunos pueblos de la antigüedad y de los amplios o esporádicos contactos que tuvieron unos con otros, siempre mejor comunicados de lo que cabría esperar desde nuestro punto de vista actual. Estudiar con atención este tipo de tradiciones literarias que narran largos viajes, aparentemente no vinculadas a los hebreos, nos puede deparar más de una sorpresa.

Así mismo convendría volver a revisar con ojos nuevos los objetos de los museos del bajo Ródano, en especial el de Arles, en busca de objetos que hayan podido pasar desapercibidos o que, por creer que estaban fuera de contexto en el s. i d.C o en siglos anteriores a este (por tenerse la idea de que no había hebreos en esa época) hayan sido asignados por los especialistas a épocas posteriores.

Por último debemos tener en cuenta que las tradiciones orales de los hebreos medievales de la región que estudiamos tienen que haber dejado más testimonios acerca de sus orígenes de los que hemos sido capaces de encontrar. Tal vez no sea tan fácil como en la Península encontrarlos, pero sería muy raro que hubiesen dejado tan pocos.

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Foto de portada: Miniatura mostrando a Santa Ana, con las tres Marías la madre de Jesús, Salome y Jacobea.

[1] Licenciado en Historia por la UCM, Diploma de Estudios Avanzados en Historia Medieval( UCM).

[2] Faillon, Monuments inedits sur l´apostolat de Sainte Marie-Madeleine…, Paris, 1848.

[3] Vanucci, Viviana, Maria Maddalena: storia e iconografía. Roma, 2012.

[4] Por ejemplo, en Julio Caro Baroja, Los judíos en la España moderna y contemporánea.

[5] Esto es conocido hasta del cine, ver si no la laureada El violinista en el Tejado, de Norman Jewison. Otro ejemplo claro es la forma en que los judíos peninsulares se agruparon en el Amsterdam donde se crio Baruch Spinoza.

[6] Blumenkranz Bernhard, “Les premières implantations de Juifs en France, du Ier siècle au début du Ve siècle” en: Comptes rendus des séances de l’Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, 113ᵉ année, N. 1, 1969. pp. 162-174.

[7]  Colette Bémont, Christian Lahanier, Lampes tardo-républicaines à Glanum:essai de détermination typologique et physico-chimique.Revue archéologique de Narbonnaise, Année 1985, Volume 18  Numéro 1 pp. 221-261.

[8] Rahel Haklili, Jewish funerary custums, practices and rites. Leiden · Boston, 2005.

[9] En los escritos de Abravanel, o de Aben Ezra, por ejemplo, recogidos en Julio Caro Baroja, Los judíos en la España moderna y contemporanes, vol. 1.

[10] Para aclaraciones, detalles o ampliar información sobre este punto remitimos a la magnífica Historia de España de Espasa: Menéndez Pidal (coord.), Historia de España. España Romana, Madrid, 1982, donde hay un capítulo expresamente dedicado a este tema.

[11] Garcia Iglesias, Los judíos de la España antigua. Madrid, 1978; Joseph Vaissete, Historie generale de Languedoc, t. iv. Toulouse, 1851.

[12] www.deltademaya.com, Publicaciones, “Presencia ebrea en Doñana”.

[13] Por ejemplo el conocido Lebor Gabala o Libro de las invasiones de Irlanda dedica varios capítulos a las idas y venidas de un extremo del Mediterráneo a otro de un tal Mil y de sus milesios.