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Hefesto y los dioses

Se enseña en los colegios y en los libros de texto que la mitología griega fue griega solamente y que refiere hechos ocurridos allén de los tiempos en aquel país. Pero parece que no es tanto así: muchos mitos puestos por escrito por los griegos eran anteriores a ellos y referían tradiciones compartidas por todo lo ancho y largo del Mediterráneo.

 

Gargor, los gigantes y los divinos Curetes

Por Taíd Rodríguez Castillo
Diciembre 2015

Un desconcertante texto de Justino, historiador romano del s. ii o del s. iii d. C., nos dice que “En los bosques de los Tartesios, en los que se dice que los Titanes hicieron la guerra a los dioses, habitaban los Curetes, cuyo rey antiquísimo, Gárgoris, fue el primero que inventó el uso de recoger la miel” [1].

Es difícil decir más en menos espacio. Y es curioso que esta referencia, única en la literatura clásica en tratar este tema, aparezca en un resumen de una obra hoy perdida dedicada a describir el auge, desarrollo y caída de la dinastía macedonia. Porque Justino resume o más bien lleva a cabo una compilación de extractos de una obra escrita unos tres siglos antes por un galo romanizado de la región de Narbona llamado Pompeyo Trogo. El abuelo de Trogo seguramente había servido a Pompeyo en las guerras contra los hispanos lo suficientemente bien como para ser adoptado por aquél y poder llevar su apellido. También su padre sirvió a Roma, en este caso a César, como intérprete. Quién sabe, tal vez fuera una de las personas que informaron al gran general sobre las costumbres de los galos, informes que inspiraron después su famoso libro La Guerra de las Galias, uno de los pocos documentos históricos que nos han transmitido algo, aunque sea poco, de las costumbres de este pueblo.

Por su parte, el propio Pompeyo Trogo debió vivir en la época de Augusto. Su saber era, al parecer, bastante amplio, abarcando desde la historia natural a la mitología, la literatura o la historia, si bien es cierto que eran saberes que estaban por aquel entonces mucho menos separados que ahora. Obras suyas parecen haber ayudado a otros escritores y naturalistas posteriores, como Plinio el Viejo. Es curioso, porque precisamente este autor es la excepción que confirma la regla: en él se contiene la otra única referencia a la presencia de Curetes en la Península (dando por hecho que los bosques de los tartesios estaban en el territorio de la actual e histórica Tartessos) y, concretamente, en el sur peninsular. Se trata de un topónimo contenido en una de sus obras, el litus curense, que sitúa frente a Gades [2]. Gracias a la existencia de esta otra referencia no se ha asumido hoy plenamente la corrección que se hace al texto de Trogo (¡cómo nos gusta tocar las escrituras!), corrección que sustituye Curetes por Cunetes o Cinetes y que podría llevar al error histórico de confundir a los “curas” con los “jinetes”, nada más y nada menos (y que recuerda a aquella traducción de Lutero donde eliminaba de un plumazo la palabra Tharsis de la Biblia y la sustituía por “barcos de Tharsis”, y luego solo por “barcos”).

El saber enciclopédico y abarcante de Trogo es lo que explica su capacidad para enriquecer una obra que en principio debía ser meramente histórica. En cualquier caso, reafirma nuestra fe en su texto el hecho de que fuese oriundo de la región de Narbona, y por lo tanto conocedor de las tradiciones de los iberos que durante mucho tiempo habitaron a ambos lados del Pirineo, entre el Ebro y el Ródano. Estos iberos es posible que, mucho tiempo atrás, viviesen en un ámbito geográfico distinto. Es posible que estos iberos fueran los mismos o que estuvieran en relación con aquellos otros que al parecer habitaron la desembocadura de los ríos Lixus e Iber, fundaron y habitaron la ciudad de Herbi y fueron vecinos inmediatos de los Tartesios, como nos dice Avieno en su Ora Marítima [3]. Más extraño resultaría que quien con tanta minuciosidad y acierto nos informase fuese un griego, acostumbrados éstos a trabajar sus informes a partir de materiales recopilados, de segunda o tercera mano, y a mostrar su escepticismo ante a ellos. En la referencia de Trogo, en cambio, no hay rastro de escepticismo, la descripción es sintética y precisa, como si fuera algo que se conociera de toda la vida. Enlaza además con el relato de la leyenda de Gárgor y Habis, otra leyenda de la cual él es uno de los pocos referentes escritos, y otra leyenda que parece decididamente acuñada en el extremo occidente europeo.

Las tradiciones mitológicas del Mediterráneo

Lo que nos dice el Texto de Trogo es básicamente que en los bosques del delta antiguo del Guadalquivir coincidieron Titanes, dioses, tartesios y Curetes. La mezcla es total. A priori, no sabemos quiénes son de la zona y quiénes no, quiénes son invasores y quiénes invadidos, o si hay o no hay tal invasión. Tampoco nos dice quiénes son unos y quiénes otros. Si se lo contamos tal cual a alguien que no conozca la leyenda puede creer que se trata de una guerra entre vecinos, o de un conflicto legendario, o ilusorio, o sencillamente que se trata de una composición poética que describe una situación de forma simbólica, pero sin trasfondo histórico ni intención de registro alguna.

Para intentar esclarecer un poco ante el público contemporáneo la capacidad sintética de Trogo hay que ponerse primero en situación. La guerra entre los Titanes y los dioses no es un tema baladí, es, de hecho, uno de los temas preferidos por la mitología griega. Lo cual no quiere decir que sea un tema inventado por los griegos, sino tan solo que éstos lo consideraron suficientemente importante como para darle ese lugar de preferencia en sus escritos. A nosotros nos ha llegado (casi exclusivamente) precisamente a través de éstos, pero no como un relato uniforme e inequívoco, sino a través de fragmentos e informes que se contradicen, se complementan y se confunden unos con otros. Los nombres, las descendencias y la sucesión de acontecimientos que nos da Hesíodo, por ejemplo, son contradichos en los versos órficos, y ambos, a su vez, se ven completados y enriquecidos por referencias escritas mucho tiempo después por algunos escritores romanos (como el mismo Trogo o Séneca), que parecen darnos versiones locales de esos mismos mitos.

Esto enlaza con que acontecimientos sorprendentemente similares se narren en tradiciones mitológicas aparentemente alejadas entre sí, aunque sea con otros nombres. El ejemplo más claro es el del “Diluvio”, que aparece en la mitología griega en el contexto de esta gran guerra, pero que aparece también en la mitología sumeria en el contexto de una lucha entre dioses muy similar, con héroes y monstruos casi casi permutables, como Hércules (que, por cierto, parece que fue considerado en más de un momento como un Curete) con Marduk o Echidna con Tiamat. Esta confluencia de historias hace pensar en un fondo legendario común, como mínimo, para todo el Mediterráneo.

La guerra de los dioses contra los Titanes

Esta guerra, en su versión griega, enfrentaba dos órdenes de seres supremos: los Titanes, más antiguos, liderados por Cronos (que representa el Tiempo cronológico, el del reloj, el que avanza de forma inexorable y lineal de un punto hacia otro) y los “dioses” o “dioses olímpicos” encabezados por Zeus (que representa la velocidad del rayo, en cierta manera también el pensamiento), hijo de Cronos y morador del monte Olimpo en Grecia. Se trata, por tanto, de una guerra entre Titanes, solo que a los Titanes vencedores la posteridad les reservó en exclusiva el nombre de “dioses”, borrando el rastro de que también los otros lo fueron.

Veamos quién es quién en el texto de Trogo:

  • Los Titanes

Mitológicamente, los Titanes y las Titánides fueron los descendientes de la unión entre Urano (el Cielo, que era considerado masculino) y Gea (la Tierra, que era considerada femenina). De esta unión nacieron seis hermanos y seis hermanas, que fueron los primeros “dioses” o seres primigenios que poblaron el Cosmos. Todos los Titanes representaban o ejercían su dominio sobre algún tipo de poder o elemento. Ya hemos hablado de Cronos, que representaba el tiempo concebido de manera lineal e irreductible, que fue el más joven de los Titanes. Hermano mayor suyo fue Hiperión, la Luz, de quienes descendieron, en una segunda generación de Titanes, el Sol, la Luna y el Amanecer. Éstos descendieron de la unión de aquél con su hermana Theia, que representaba el sutil Éter. Otro hermano mayor de Cronos fue Japeto, de quien “desciende” la raza humana y las habilidades propias de la misma, padre de Atlas, Prometeo, Epimeteo y Menotio, Titanes de segunda generación, pero también inmortales como sus progenitores. Vemos, por tanto, cómo fueron llamados Titanes tanto los padres como los hijos, y cómo estos se unieron tanto a otros Titanes como a otros órdenes de seres (entre ellos los seres humanos).

Cronos reinó sobre todos ellos en la llamada Edad de Oro tras destronar a su propio padre Urano, a instancias de su madre Gea y con la ayuda de sus hermanos. Gea quería liberar así a una parte de su descendencia maltratada por Urano: los gigantes. Cronos se conjuró con sus hermanos y derrocó a Urano. Para ello esperaron a que Urano, el Cielo, se uniera a Gea. Entonces cada uno de los cuatro hermanos, situados cada uno en un extremo de Gea, asieron a su padre y Cronos, armado con una hoz, segó los genitales de su progenitor, manando de la herida multitud de gotas de sangre origen de infinidad de seres.

Reinó Cronos entonces, tomando por consorte a su hermana Rhea (literalmente “fluir”, deidad de la fertilidad, la maternidad, en todo semejante a Gea y a la posterior reina consorte, Hera). Sin embargo, no cumplió su promesa de liberar a los gigantes y recibió de su madre la profecía (tal vez la maldición) de que él mismo sería destronado por uno de sus hijos. Para evitar tamaño mal, Cronos, que no quería ser despojado de su poder, a medida que iban naciendo sus hijos con Rhea los iba devorando. (El Tiempo devorando sus propios hijos. Reflexión que ha inspirado un buen número de obras de arte). Pero Rhea esto no lo podía soportar y con ayuda de sus hermanas engañó a Cronos y salvó al último de sus seis hijos: Zeus, al que ocultó en una cueva del monte Ida, en una isla en medio del Mediterráneo, para que nadie lo pudiese encontrar. Rhea encargó la tarea de protegerlo a un grupo de fieles Curetes, representados por los griegos como jóvenes guerreros de armas resplandecientes, y de criarlo a un grupo de ninfas que lo amamantaron con leche de cabra y miel. Recordemos que en la Edad de Oro no existía la guerra, ni siquiera el conflicto. Esto se iba gestando en este momento. Por lo tanto, los Curetes no solo fueron los primeros guerreros, sino los primeros seres en poseer armas y, sobre todo, capacidad para forjarlas.

  • Los “dioses”

Zeus era hijo de un titán y un titán él mismo, aunque nació y creció rodeado de los nueve selectos Curetes y de las ninfas encargadas de criarle. Rápidamente, el número de habitantes de la isla creció. De los nueve primeros se pasó rápidamente a cien guerreros, llamados también Dáctilos del monte Ida, tal vez porque se agrupaban de diez en diez. El número de Curetes (de los que hablaremos en el siguiente apartado) acabó por dar nombre a la isla: Creta. (Aquí, el mito tropieza con la historia. Lo que hemos visto hasta ahora cae sobre todo dentro del dominio del mito; pero es llamativo que Creta haya sido, curiosamente, entre 2.500 y 3.000 años antes de Cristo, la mayor y casi la única potencia comercial y marítima del Mediterráneo oriental. Historia y mito confluyen, y no es posible decidir si fue el mito el que precedió a la historia, o la historia la que construyó el mito).

Guiado por su madre y otras Titánides, Zeus fue creciendo en poder. Llegó un momento en que Rhea le planteó la posibilidad de derrocar a Cronos usando para ello la fuerza de los gigantes y la habilidad para forjar armas de los Curetes. Pero antes, mediante una nueva treta, hicieron vomitar a Cronos los bebés que se había tragado: Hestia, Demeter, Hera, Poseidón y Hades. Otras fuentes dicen que Zeus abrió el estómago de Cronos para sacar a sus hermanos, como el cabritillo del cuento. Cuando más tarde liberó a los gigantes de sus cadenas, estos le regalaron su principal atributo: el rayo.

  • Los gigantes y los divinos Curetes

En algunas fuentes los Curetes de Creta son llamados también Telchines, palabra que recuerda bastante a “técnicos”. También son confundidos o identificados con los Dáctilos del monte Ida, como hemos visto, y con los Coribantes y los Cabiros. Parece que toda una serie de pequeños grupos custodios de diferentes tipos de misterios y secretos rodearon el nacimiento de la civilización olímpica. En la mitología griega, esta es una de las partes más difíciles de dilucidar, de ahí la importancia del texto de Trogo, que parece situar el lugar de origen de los Curetes en Tartesso, o que, cuando menos, dice que también allí hubo Curetes.

Algunas fuentes mitológicas sugieren que éstos fueron de la raza de los gigantes y como tales los cuenta, sobre todo Hesiodo. Pero debido a la confusión que reina entre Curetes, Telchines, Dactilos, Cabiros y Coribantes la realidad es que no queda nada claro si los Curetes eran de la estirpe de los gigantes o si eran de la estirpe de los seres humanos. O si, quizá, tenían algo de ambos. O si, tal vez, fueron gigantes que, en el contexto de la guerra entre los Titanes y Zeus, se acercaron a los primeros seres humanos para enseñarles determinados tipos de secretos, codificados a través de ritos y misterios.

Sea como fuere, en la larguísima lucha entre un orden y otro, su papel fue determinante. Los Curetes del monte Ida fueron los primeros en dar publicidad a determinados tipos de misterios que después fueron llevados a otras islas de Grecia y por último alcanzaron el continente. Formados en estos misterios, los héroes griegos jugaron un papel capital a la hora de decantar la victoria del lado de Zeus, sobre todo en los momentos finales de esta larga lucha, cuando, prácticamente derrotados los Titanes, algunos gigantes, capitaneados por Echidna y Tifón, intentaron un último asalto al Monte Olimpo.

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Los gigantes fueron representados por los griegos, en su mayoría, como seres cuya mitad superior era humana y la mitad inferior de serpiente o de algún animal marino. Al revés de lo que se piensa hoy, eran considerados seres principalmente relacionados con el mar, salvo los Cíclopes, que eran herreros a las órdenes de Hades http://www.theoi.com/Gigante/Gigantes.html

La palabra “gigantes” significa casi literalmente “nacidos de Gea” (en francés se ve muy bien: geant), se cuenta que “nacieron hechos”, sin participación de Urano, de las gotas de sangre que manaron tras su mutilación. Otros en cambio dicen que su padre fue Tártaros, aunque debemos más bien leer que nacieron en el Tártaro. Este lugar era la contraparte del cielo, algo así como la bóveda inferior de la Tierra. Sin embargo, se tenía la idea de que era a la vez un lugar geográfico concreto (o que se accedía a él a través de una región concreta).

Los gigantes eran tres hermanos: Aigaion (también llamado Briareo, las “columnas de Hércules” llevaron antes que el nombre del famoso héroe el suyo), Gyges y Cottus. Tenían cada uno cien brazos y cincuenta cabezas por lo que se les conocía por la palabra griega que describe esta peculiaridad, Hecatonquiros, si bien es así mismo posible que este nombre derive de la Titanide Hécate, también hija de Tartaro y también representada con tres caras. Tenían dominio sobre las tormentas y, tras ser liberados por Zeus, guardaron las puertas del Tártaro, abriéndolas y cerrándolas para él.

Algunas fuentes señalan que fueron hermanos suyos los tres Cíclopes cuya principal destreza era la forja, y su hábitat natural la fragua. Juntos trabajaron también para Zeus forjando armas y artilugios a las órdenes de Hades y, aunque esta versión parece un intento de llegar al número de seis hermanos, como en los Titanes y en los dioses Olímpicos, no cabe duda de que deben ser contados entre los gigantes.

Hubo, por último, un cuarto Hekatonquiro, llamado Tifón. Fue un rival temible para Zeus y para los dioses del Olimpo, los cuales enviaron contra él y sus descendientes a los héroes griegos. De él y de Echidna nacieron los principales rivales de aquellos: Cerbero, Orto, Escila, Esfinge, Hydra, el Dragón de Kolia y el dragón que guardaba las Hespérides (en otras fuentes llamado Ladón)… hasta el águila del Caúcaso encargada de dar tormento al “traidor” Prometeo. De Echidna nació también Gorgo y las Gorgonas, que (y aquí está lo interesante del asunto) parecen trasuntos de Gargor.

  • Gargor y las gorgonas

Las versiones existentes de estos antiguos mitos los griegos las recogieron y las reelaboraron a su imagen y semejanza. Es decir, los recogieron más o menos fielmente, pero distorsionándolos para adaptarlos a su propia visión del mundo, a su propia manera de entender y organizar las cosas. Nos llegan pues filtrados por su propia luz y reflejan una mezcla de preocupaciones propias y ajenas. Cuando recogen un mito lo adaptan en la mayoría de los casos a sus propios usos morales, a su propio orden social, lo trasladan a su propio orden político. De la misma forma que la iglesia cristiana a través de sus doctores “cristianizó” infinidad de leyendas y mitos más antiguos que ellos, los griegos “helenizaron” infinidad de leyendas y mitos anteriores a ellos. Al hacerlo, tanto unos como otros adaptaron esos mitos a su propia manera de entender el mundo.

En el caso de la mitología griega se nota que todo es de orden patriarcal: Zeus Pater es el protagonista absoluto, el eje en torno al cual todo gira. A su alrededor todo se ordena de determinada manera. Tiene una esposa con un rol o un papel fijo, tiene unos hijos, vive en un determinado sitio en unas determinadas condiciones, tiene unas determinadas relaciones “extramaritales” más o menos consentidas. image001En el desarrollo literario de los mitos, la deidad masculina, el padre o el héroe tienen un peso inconmensurablemente más destacado que la deidad femenina, la madre o la doncella. Apenas existen las heroínas y cuando existen (Ariadna, Atalanta) su leyenda presenta claros rasgos de ser mucho más corta de lo que anteriormente debió ser. Lo mismo pasa con los ciclos mitológicos de las amazonas, de Circe, de Medea, de Hékate o de Diana.

Con esto queremos decir que Gargor, rey de los Curetes, pudiera muy bien haber sido Gorgona reina de los Curetes. Esto ayudaría a comprender mejor la figura de Gargor que, de otra manera, aparece como una figura aislada dentro de la mitología griega. Gorgo y las Gorgonas son también seres ubicados por los griegos en ese ecosistema tan singular que es el Tártaro.

El Tártaro y Tartessos

Estrabón, en el libro iii de su Geografía, si mal no recuerdo, da como fabulosa la etimología popular que en su época identificaba Tártaro con Tartessos, etimología basada en las descripciones que situaban el reino de Hades (dios olímpico, hermano de Zeus) en el último confín de la Tierra, allá donde se pone el sol. Menos descreído, y más en la línea seguida por Trogo, el magnífico sátiro que fue Aristófanes, en su comedia Las Ranas, sitúa la entrada del Tártaro en Tartessos e indica incluso cómo llegar por tierra y por mar. Se atreve después a llamar “morena tartésica” nada menos que a la terrible Echidna.

Son ejemplos claros de cómo los griegos del s. vi a.C. situaban a toda esta caterva de seres ancestrales (Titanes, Gigantes, Gorgonas) en el Tártaro (el país de los ancestros). El hecho de que los sabios Curetes pudieran proceder también de aquí cuadra bastante bien tanto con su genealogía (en las versiones que los describen como Gigantes), como con su maestría (son los mayores quienes enseñan los misterios de la vida a los más jóvenes). Una y otra vez los héroes griegos surcan los mares matando monstruos marinos ancestrales, dominando hidras, sometiendo fieras para llegar a algún confín del mundo de donde buscan llevarse algo: un vellocino de oro, unas manzanas de oro, unos bueyes domesticados, la cabeza de Medusa… Se ven constantemente requeridos por los dioses del Olimpo a tareas que a menudo tienen que ver con robar secretos civilizatorios ajenos. Pero, ¿quién sino los Curetes podrían indicarles dónde conseguir esos tesoros?

Sin embargo, siguen sin aparecer los restos de una civilización occidental que iguale la minoica (cretense) y que sea anterior o muy anterior a ésta en el tiempo. Palacios como Cnossos o Pilos, que sean claro exponente de una civilización pasada rica y bien cultivada, no han aparecido en Occidente. En una palabra, el país de Gorgo y las Gorgonas, arqueológicamente, no existe y por tanto es difícil decidir si el orden de los Titanes tuvo un trasunto histórico tan claro como lo tiene el orden olímpico. Sin embargo, todo hace pensar que si lo hubo en un caso, bien pudiera haberlo en el otro.

Mientras aparece o no, textos como el de Trogo nos hacen soñar con que los restos de ese otro orden descansen bajo nuestros hespéricos pies.

[1] Saltus vero Tartessiorum, in quibus Titanas bellum adversus deos gessisse proditur,
incoluere Curetes, quorum rex vetustissimus, Gargoris mellis colIigendi usum primus
invenit (Just. XLIV, 4, 1).

[2] Fernando Gascó, “Gárgoris y Habis” en la Revista de Estudios Andaluces, nº 7 (1986).

[3] Ver en Delta de Maya la publicación “El santuario infernal de Palos”.