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Taíd Rodríguez, siguiendo la estela de Isabel Álvarez de Toledo y de otros investigadores, estudia en este artículo algunos de los datos que permiten adivinar, casi asegurar, que debió de existir una relación más que frecuente entre Europa, África y América desde mucho antes de las fechas propuestas.

Parece que algunas de las historias que hemos aprendido no terminan de coincidir con la historia real de lo que pudo suceder. Así, puede que un día terminemos por descubrir que el Descubrimiento, el de América, quizás no sucedió tal cual lo hemos oído desde niños.

El salto a América

Por Taíd Rodríguez
Noviembre 2014

A nosotros, a quienes apenas nos han querido enseñar a leer y a escribir, que no contamos con los resortes mínimos para expresar medianamente bien nuestras ideas, nos anima sin embargo una especie de comezón interna, un impulso que clama por solucionar algún tipo de deuda, que percibimos, pero de la que no somos plena (ni aún medianamente) conscientes. En este caso ese impulso parece proceder de “Allen Mar”, “de más allá del mar”.

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Roderic de Borja, Papa Alejandro VI (http://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_VI)

Y es que hay muchos acontecimientos del pasado mal contados, mal interpretados y peor digeridos. Pero en lo tocante al “Descubrimiento de América” todo llega a su paroxismo, al colmo de lo convencional. Se nos quiere hacer pasar por sencilla y fácil de explicar una secuencia de acontecimientos que en realidad es de una complejidad casi infinita, con multitud de intereses que se solapan por todos lados, interactuando unos con otros a todos los niveles, como pocas veces quizá se hayan visto en otros momentos de la historia. Se trata en este artículo de llamar la atención sobre otras versiones de un acontecimiento que está muy lejos de ser tan claro como se nos pretende hacer creer, se trata de poner sobre el tapete que en la explicación convencional del descubrimiento hay demasiado de político, demasiado de versión escrita para la ocasión, de versión donde no hay inconvenientes, ni tropiezos, ni dificultades, donde todo va rodado desde el primer momento. Y que, no obstante, sigue estando repleta de contradicciones que todo al mundo achaca a la lejanía de los tiempos.

Pero, en realidad, la historia del descubrimiento del continente americano tiene mucho más de maquiavélica de lo que en un principio nos podría parecer. Promoviendo con muchos y por muchos medios la candidatura del cardenal aragonés Rodrigo de Borja, éste fue proclamado Papa en agosto de 1492. Es uno de los datos relacionados con la conquista de América por los que la historia oficial pasa más de puntillas: que fuese un Papa aragonés, con múltiples lazos con la monarquía de Fernando de Aragón, quien, liberalmente y “por propia decisión”, concedió la posesión de América y la jurisdicción sobre sus varios millones de almas a sus queridísimos hijos Isabel y Fernando, bajo pena de excomunión que pesaría contra quienes osasen entrar en el territorio sin su permiso, en función de una capacidad que en aquellos tiempos tenía arrogada el Papa para asignar conquistas en tierras de infieles a quien le placiese.

Esto fue producto de una serie de negociaciones secretas que acabaron en la emisión de una serie de bulas concedidas entre abril y julio de 1493. De entre ellas destacan la dos bulas llamadas Inter Caetera, la mayor y la menor. La primera recoge la cesión del territorio a los reyes católicos, la segunda, emitida tan solo un mes después, designa incluso un meridiano al oeste del cual toda la tierra descubierta sería de aquellos.

Hoy se tiende a minusvalorar la importancia de esta concesión. Se aduce que países como Francia o Inglaterra no reconocían la potestad del Papa y que las bulas pasaron sin pena ni gloria. Desde luego, el tono mesiánico que se emplea en ellas, debieron levantar el pudor hasta de los mismos reyes católicos. Pero lo cierto es que, de cara al menos a la política interna, justificaron no solo la organización de un comercio monopolístico sino además una expeditiva y eficaz arma más allá de los tribunales ordinarios. En efecto, ¿quién sería el loco, o el desgraciado que aduciría ante los reyes cartas de propiedad “anteriores al descubrimiento” para defender sus derechos? Atentar contra el dogma del descubrimiento suponía, gracias a estas bulas, inquisición. Lo cual es indicio bastante para creer que existía de hecho una competencia por establecer jurisdicciones en América y un próspero comercio del que se querían aprovechar los reyes católicos (tomando, por cierto, como modelo las casas de contratación portuguesas). Además, si bien algunos países no reconocían la potestad del Papa, lo cual es mucho decir, desde luego sí se reconocía ésta en muchos otros. Como recoge Isabel Álvarez de Toledo:

“el hallazgo de impertinente moneda de Octavio Augusto se resolvió acusando a dos italianos de haberla introducida para ‘desdorar’ la gloria de Castilla. Fallecidos en el tormento, no pudieron ratificar públicamente confesión, formulada en el potro. Conocido el mal fin que acarreaban los hallazgos del pasado, quien topó con ellos huyó como de la peste” [1].

Bula inter-caetera, Alejandro vi (extracto)

Y para que -dotados con la liberalidad de la gracia apostólica- asumáis más libre y audazmente una actividad tan importante, por propia decisión, no por instancia vuestra ni de ningún otro en favor vuestro, sino por nuestra mera liberalidad y con pleno conocimiento, y haciendo uso de la plenitud de la potestad apostólica y con la autoridad de Dios Omnipotente que detentamos en la tierra y que fue concedida al bienaventurado Pedro y como Vicario de Jesucristo, a tenor de las presentes, os donamos concedemos y asignamos perpetuamente, a vosotros y a vuestros herederos y sucesores en los reinos de Castilla y León, todas y cada una de las islas y tierras predichas y desconocidas que hasta el momento han sido halladas por vuestros enviados, y las que se encontrasen en el futuro y que en la actualidad no se encuentren bajo el dominio de ningún otro señor cristiano, junto con todos sus dominios, ciudades, fortalezas, lugares y villas, con todos sus derechos, jurisdicciones correspondientes y con todas sus pertenencias; y a vosotros y a vuestros herederos y sucesores os investimos con ellas y os hacemos, constituimos y deputamos señores de las mismas con plena, libre y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción (…)

Y bajo pena de excomunión latae sententiae en la que incurrirá automáticamente quien atentare lo contrario, prohibimos severamente a toda persona de cualquier dignidad, estado, grado, clase o condición, que vaya a esas islas y tierras después que fueran encontradas y recibidas por vuestros embajadores o enviados con el fin de buscar mercaderías o con cualquier otra causa, sin especial licencia vuestra o de vuestros herederos y sucesores.

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http://www.cadizdiferente.com/visitar-el-castillo-de-santiago-en-sanlucar-de-barrameda-historia-horarios-precios/puerta-sirena-castillo-santiago-sanlucar/

En el cuerpo de la bula Inter Caetera se alude repetidas veces a que se trataba de “tierras no conocidas”, no descubiertas por nadie. Esta es la gran audacia del modo en que, finalmente, se llevó a cabo el salto a América: presentando como no descubiertas unas tierras descubiertas y exploradas desde antiguo. Tierras que, de hecho, eran frecuentadas al parecer por portugueses, andaluces y bereberes que las llamaban de distintas formas. Los andaluces que estaban en el conocimiento de ellas llamaban ir a “Berbería” tanto a las incursiones en África, como a las incursiones que se hacían en lo que luego sería llamado América, pues tanto la costa africana, como la americana, eran ambos territorios bajo dominio musulmán. Así mismo, llamaban Fortunadas o Canarias a las islas del Caribe, antillas incluidas, y “Mar pequeña” a ese cristalino y cálido mar interior.Los bereberes parece, por tanto, que pudieron haber llegado a instaurar en América varios reinos, unas veces sujetos y dependientes de los existentes en el norte de África, otras independientes, otras dependiendo algunos territorios norteafricanos de los americanos. Los principales de estos reinos se llamaron Fez, Sus y Azamor. También hubo un reino de Tre-me-cén, situado a unas tres-mil-cien millas naúticas árabes de la costa de Andalucía [2]. Todos estos reinos existían, como decimos, a la vez a ambos lados del mar, siendo a menudo el símbolo que indicaba este doble dominio una sirena de doble cola, como la que campea en lo alto del castillo de Santiago en Sanlúcar.

Los portugueses, por su parte, parece que llegaron también a conocer y explorar la región, a la que accedían a través de las islas de Cabo Verde, remontando luego el curso del Orinoco y las costas de lo que todavía hoy se llama Guyana, corrupción de la Guinea que con tanta frecuencia aparece en la documentación portuguesa y española. Los portugueses, como los bereberes, traficaban en América, entre otras cosas, con esclavos negros capturados en sus incursiones. Guinea es otro de los topónimos que hacia 1536, con la confección del nuevo Padrón Real (unida ya la corona de portuguesa a la española bajo los Austrias), debieron pasar de un continente al otro. A veces los portugueses se adentraban más al sur, aventurándose en dominios americanos de los bereberes, a cambiar sus mercaderías por oro en la región que se conocía como “La Mina”. La mercadería que más “rescataba” allí, la más apreciada en estos intercambios, eran curiosamente las conchas de múrice que producen el tinte púrpura.

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http://www.sinmimadre.com/images/stories/sinmimadre/canaillas.jpg y http://www.traditionsmexico.com/Images/Featured-Last-Murex.jpg

Casi suena a chiste que se cambiasen conchas por oro, pero lo cierto es que las conchas de múrices fueron uno de los primeros monopolios establecidos por los reyes católicos una vez que se apropiaron de este comercio. Se recogían, además, en las aguas de un golfo llamado “mar de Cartago” por Fernández de Oviedo, mar en el que existía también un puerto llamado Cartago (ver mapa 1).

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Mapa 1: América antes de América según Luisa Isabel Álvarez de Toledo, África versus América.

Otra Cartago estuvo, al parecer, en la actual Limón, un poco más al sur, en costa que fue llamativamente rebautizada como Costa Rica. Es por algunos sabido que el púrpura cotizó por encima del oro durante toda la antigüedad. Quién enseñó a las gentes de Suramérica a teñir sus lanas con el tinte púrpura tan trabajosamente elaborado a partir de conchas de múrice es algo que no estaría de más aclarar, toda vez que además de Cartagos y Cartagenas se encuentran también armenias, antioquías o palmiras en las crónicas de la conquista, que nos dan cuenta de cuán versados en antigüedades eran nuestros descubridores extremeños al poner nombres a las “nuevas” poblaciones [3]. Esto si no se dio en realidad el caso contrario: que fuesen los “americanos” quienes enseñasen el uso del púrpura a los europeos.

Sea como fuere, lo que está claro es que uno de los principales retos para consolidar el invento del “descubrimiento” fue el de trasladar la toponimia de un lugar a otro, sobre todo en los casos en que su intenso uso en los documentos impedía que se pasara por alto su presencia.

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http://www.fcmedinasidonia.com/archivo.html

Para ello, además del poder real para despojar y expurgar archivos (el de Medina Sidonia no conserva prácticamente nada anterior al reinado de los reyes católicos), se aprovecharon posteriormente los largos pleitos colombinos para recopilar cartas de marear y testimonios que sirviesen para “rectificar el Padrón Real” según lo refiere el propio Sebastián Caboto, Piloto Mayor de la Casa de la Contratación, el cual nos dice que “en muchas destas cartas ay diferentes unas de otras e que agora el licenciado Suárez de Carvajal oydor del Consejo de Yndias que agora esta en esa çibdad a mandado recoger todas las cartas de marear e que se faga un padrón general para la navegación” [4]. Tarea ardua la de confeccionar los mapas se aprovechó para hacer publicación de ellos y darlos a conocer, cosa que nunca antes se había hecho, pues siempre fueron las cartas de marear privadas y casi secretas, ya con las Canarias y el Cabo Bojador y demás topónimos en su nuevo emplazamiento. De las “muchas cartas” a que alude el Piloto Mayor, todas o casi todas se debieron perder, pues con anterioridad a estos mapas corregidos de 1536 apenas existen en la actualidad unos pocos cartularios, algunos de ellos, por cierto muy curiosos, encontrados en Turquía. Otra carta que se conservó por milagro es la de Juan de la Cosa, piloto de Colón, que recoge Cuba como una isla, y sin embargo su testimonio en los pleitos colombinos apoya la idea de Colón de que aquello no era isla sino tierra firme. Si se ha demostrado que hay algo poco confiable en este mundo esto son los testimonios colombinos.

Esta versión maquiavélica de la historia, en la que toda una geografía es artificialmente trasplantada de un lugar del globo a otro para justificar un descubrimiento que no es tal, tiene la virtud de explicar no solo muchas incongruencias en que caen tanto las crónicas (como aquella en que se explica cómo Colón, en su cuarto viaje, solicita a la corona un intérprete de arábigo (¿!) y la corona sin más se lo concede), como los diplomatarios (por ejemplo dos albalas reales en que se pide a los que acompañarían a Colón, repetidas veces, que “ni vosotros ni alguno de vos, no vayades a la Mina ni al trato de ella”, advertencia superflua, como dice Isabel Álvarez de Toledo, si iban con dirección oeste, por estar La Mina actual en África, muy al sur de las Canarias, es decir, en dirección opuesta), sino de explicar también algunas políticas aparentemente erráticas de la época. Una de ellas es el papel jugado por los portugueses. Grandes navegantes, más por necesidad, debido a su aislamiento, que por vocación, buscaron mucho antes que Castilla los caminos del mar, reciclando para ello buena parte de la flota templaria, que quedaría enrolada en la Orden de Cristo formando el grueso de una marina portuguesa a las órdenes de Enrique el navegante. De alguna manera se nos cuenta el cuento de que los portugueses, aún conociendo prácticamente todas las islas del Atlántico occidental, no dieron jamás con los vientos que les llevasen a las Américas, y se enfrascaron tozudamente durante siglo y medio en la infructuosa búsqueda de una ruta hacia la India a través del África occidental, como la mosca que se da de cabezazos una y otra vez contra el cristal. Mientras tanto nosotros, los castellanos, mucho más despiertos al parecer, que no contábamos no ya con una flota propia, sino tan siquiera con una mísera carabela que llevarnos a la boca, teniendo la monarquía que embargar las tres que fueron con Colón, viviendo de barcos y pilotos prestados, cinematográfico empeño de joyas y collares incluido, dimos con América a la primera y “sin quererlo”. ¡Olé!

En aquel tiempo se recurrió al milagro para explicar este hecho, pues debía ser cierto lo que después diría el Papa: que ese descubrimiento “les estaba reservado a los católicos reyes por la Divina Providencia” y que éste había de ser para ellos y para nadie más, para mayor gloria de la Iglesia Romana.

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http://es.wikipedia.org/wiki/Cruz_de_la_Orden_de_Cristo

Suponer, siguiendo a rajatabla, como si la cosa más confiable fuesen, la versión de los cronistas oficiales de Indias, según la cual Castilla dio con las rutas de América antes que los portugueses es suponer demasiado alto. Tanto por la calidad, como por la cantidad de los productos importados por los portugueses en sus navegaciones es muy difícil pensar que todo aquello procediese de una tan reseca ayer como hoy costa africana. Cuando sus crónicas, descripciones y documentos hablan de grandes pesquerías y de remontar grandes ríos de frondosidad impenetrable, esto no concuerda en nada con la realidad geográfica de la costa de africana. Por otra parte se nos dice que la expansión portuguesa encontró oro en África, con la que Alfonso v acuñó monedas de oro de 23 kilates y tres cuartos llamados “cruzados” que estuvieron casi dos siglos vigentes. Poco después el rey don Manuel “el Afortunado” emitía, además, moneda de plata llamada “indios”. Tanto unas como otras llevaban impreso en el reverso la cruz de la Orden de Cristo. Sin embargo, en principio, las rutas del oro africano no pasaban por la costa occidental, sino que cruzaban el Sahara en caravanas de camellos desde Sudán, en la otra punta del continente (esta era la famosa ruta que, en teoría, abasteció de oro el esplendor de al-Andalus, teoría que habría que revisar ahora profundamente). Si la costa occidental africana no se ha caracterizado jamás, ni antes ni ahora, por producir una sola mina de oro y mucho menos aún de plata, ¿de dónde salió todo el oro necesario para acuñar la nueva moneda? ¿Y la plata? ¿No es curioso que el mismo proceso se repitiera después en Castilla?

Según todo esto, parece más fácil pensar que cuando el Papa Calixto iii cedía, en 1456 al rey de Portugal, por petición de éste, el control sobre todos los territorios al sur de los cabos Bojador y Naam (ver mapa 1), en una bula que también tuvo por nombre Inter Caetera, no estaba cediendo territorios en África, sino en América [5].

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http://sobrehistoria.com/en-las-minas-de-potos/

Porque América sí se ha caracterizado, desde el primer momento de la conquista hasta hoy, por sus caudalosos ríos abundantes en oro y por sus espectaculares minas de plata. Se puede aducir que las bulas dejan bien claro que se tratan de territorios conquistados a los infieles en África. Ahora bien, ¿hasta qué punto podemos estar seguros de que, desde la antigüedad al final de la edad media, no se ha estado designando al continente americano también con el nombre de África? Este podría ser el origen de la confusión, dar por supuesto que los antiguos, ya fuesen los fenicios, ya los tartesos, ya los pueblos del norte de África, no conocieron el continente americano. Una gran diferencia, empero, separa esta primera Inter Caetera de la que se dio a los reyes católicos: y es que en esta primera la jurisdicción eclesiástica ¡quedaba reservada para la Orden de Cristo y no para la Iglesia Católica! Al ser una orden monástica quedaban estos territorios bajo jurisdicción de su gran maestre, y no en manos de obispo cristiano. Esta es la gran diferencia en la que todos vislumbraron una ganancia con el cambio: ganaba el papado unas rentas en América de las que no disponía ni podía disponer; ganaban los reyes católicos unos territorios cuyo descubrimiento se adjudican como quien no quiere la cosa. Entonces, si Portugal estuvo antes que Castilla en América ¿por qué no hizo públicos sus descubrimientos? Pues en mi opinión, es posible que por aquel entonces se prefiriese no dar a conocer las rutas hacia América, es decir, prefiriese no hacer pública la fuente de su fortuna. También tendría un cierto compromiso con la Orden de Cristo, pues las navegaciones portuguesas se realizaban bajo esta bandera, con absoluto apoyo real, pero como una empresa “privada”, por así decir. Por otra parte, es posible la teoría de que a nadie en su sano juicio se le hubiese pasado por la cabeza hablar de “descubrimiento” de unas tierras conocidas por lo menos desde varios siglos atrás. Una vez esgrimida el arma del “descubrimiento” por Castilla, Portugal puso comedidamente el grito en el cielo en cuanto tuvo conocimiento de los hechos, pues todos estos tratados y todas estas negociaciones encerraron siempre un alto grado de secretismo.

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Mapa 2: El meridiano de Tordesillas según diferentes geógrafos. A la derecha la conquista de Portugal, a la izquierda la de Castilla. http://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_de_Tordesillas

Juan II de Portugal negoció con éxito, tan solo un año después de la concesión papal a Castilla, un tratado conocido como Tratado de Tordesillas, por el cual Castilla “aceptaba libremente” desplazar el meridiano que en las bulas Inter Caetera dividía la conquista de ambas coronas en el Atlántico, unas cien leguas más al oeste, de forma que “tocase en tierra” (ver mapa 2).

Portugal debía tener elementos de peso para que la ambición política de los católicos cediese en este punto, en el que, en teoría, Portugal nada había hecho para merecer un trato tan ventajoso, dándole parte en el pastel del descubrimiento. Esta cesión “tan liberal” es aún más sospechosa si tenemos en cuenta que Portugal venía de ser militarmente derrotada por Castilla hacía apenas diez años (razón por la cual Portugal se quejaba tan solo comedidamente). Esta guerra, que enfrentó a Castilla y Portugal por los derechos de sucesión de Enrique iv, encierra en su trama, seguramente, una lucha por el control o el acceso a estas rutas del oro. En cualquier caso, la firma de este tratado debió aplacar, aunque fuese momentáneamente, las iras de los portugueses y servir, de paso, para hacerles co-partícipes del engaño. No en vano en vistas estaba la inminente unión de ambos reinos, que si bien se vio frustrada en 1500, se llevó a cabo finalmente en 1580 en la persona de Felipe ii.

Otra de las políticas dudosas de la época que reciben nueva luz con la teoría de una trasposición tardía, en los mapas, de lugares originalmente situados en el continente americano a su nuevo emplazamiento en la costa africana occidental es, claro está, la (necesariamente) intricada conquista de las islas Canarias. Para quienes no hayan oído hablar de esta odisea, baste saber que los pocos habitantes de las islas resistieron no una, ni dos, ni tres, sino hasta cinco, seis o más armadas tanto castellanas como portuguesas. Y no armadas cualesquiera, no, algunas con más de trescientos soldados a bordo. La resistencia de sus siete reyes se hizo proverbial, siempre a golpe de honda y piedra. Tan buena puntería tenían estos honderos que la conquista del archipiélago se extiende durante años y años sin que parezca nunca estar afianzada. Los nobles ceden, venden y revenden sus derechos de conquista hasta que es la Corona quien se hace cargo de la misma. En un momento dado la isla de Gran Canaria llega a tener hasta tres propietarios distintos; media docena de conquistadores nutren los anales militares de las islas: el primero y más insigne de ellos fue el normando Jean de Bethancourt, que vino desde el carismático puerto de La Rochelle en expedición pagada por su primo Mosen Rubi (o Rabí) de Bracamonte; la continuó su sobrino Maciot, sobre el que han caído todo tipo de improperios, pues fue quien vendió sus derechos hasta a tres compradores distintos. Luego llegaron Fernán de Peraza, Diego de Herrera, Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo.

Semejante nivel de complejidad en la conquista de un puñado de islas no se entiende. Sí se entiende, en cambio, si suponemos que se trata de una conquista americana, donde la reserva de guerreros y la capacidad de organización de las poblaciones para ofrecer resistencia es infinitamente mayor (ver mapas 1 y 3).

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Mapa 3: En amarillo: “conquista española”; en ocre: “conquista” portuguesa; en gris: berbería (según Álvarez de Toledo)

Aclarada la presunta y grave ceguera de Portugal en lo tocante a sus descubrimientos, y aclarada la imposible conquista del puñado de islas que componen las actuales Canarias, queda por ver quiénes fueron algunos de los perjudicados en este prodigio de la desinformación. El citado Mosen Rabi de Bracamonte había comprado al Papa los derechos de conquista de las Islas de Canaria o Fortunadas, tal vez por mandato de la comunidad judía, como indica Juan García Atienza en su novela La fuerza de un linaje, pero el primer detentador de este derecho, la persona para quien fue creado en 1344, sesenta años antes, fue Luis de la Cerda, bisnieto de Alfonso x, primer Príncipe de la Fortuna. En aquel momento fue un acto de cierta notoriedad: hubo lectura pública, así como rito de infeudación perpetua con anillo y cetro de oro incluidos. El Papa envió una serie de misivas en las que conminaba a los reyes de Aragón, Castilla y Portugal entre otros a ayudar en lo posible en la conquista de estas islas, incluso fueron previstas las mismas gracias que a los cruzados de Tierra Santa. Pero, y aquí está la gracia del asunto, Luis de la Cerda no había pedido las Fortunadas al Papa por nada, o por una supuesta participación en una armada francesa contra ellas como se puede leer en algunos libros poco informados. Las había pedido porque las traía en dote su mujer, Leonor Pérez de Guzmán, hija de Guzmán “el bueno”, venido de Allen Mar, es decir, del otro lado del Atlántico.

Luis de la Cerda murió antes de poder emprender la empresa y esta quedó vacante. Es la razón por la que los duques de Medina Sidonia fueron uno de los tres compradores de los derechos de conquista que tan extrañamente puso a la venta Maciel de Bethencourt, comprando dos y hasta tres veces lo que ya tenían. La casa ducal insistentemente buscaba legalizar una situación de la que fácilmente podía ser desposeída, pues como hemos dicho, no se podía alegar ningún tipo derecho sobre una tierra oficialmente “aún no descubierta”.

Es decir, y siempre siguiendo la línea argumental de Isabel Álvarez de Toledo, Allen Mar (escrito así, con mayúsculas, como nombre de lugar, para diferenciar del otro uso, más general, “allen del mar”) no solo era un lugar al otro lado del Atlántico, en América, sino que además era una población en Berbería. Barrantes Maldonado, uno de los cronistas más agudos de la casa, bien claro nos dice que el primer Guzmán procedía de Berbería, de “allen del mar”, aunque nos diga a continuación y nos recalque que era cristiano y de los mejores y más fieles. Este Guzmán fue uno de los que trajo a la Europa cristiana el conocimiento de las rutas atlánticas. Las aprovechó él, y tuvieron conocimiento de ellas todos los que entroncaron con su casa, empezando por Alfonso x, cuya primera consorte fue doña Mayor Guillén Guzmán, y siguiendo por la hija de ambos, Beatriz, reina de Portugal, que lo llevó consigo a este país, sin olvidar al citado Luis de la Cerda. El enlace del rey sabio con doña Mayor pudiera haber respondido, incluso, a un bien concebido tratado político por el que se abriesen al rey sabio no solo las puertas de estas rutas, sino, sobre todo, las puertas a una unión pacífica, por vía matrimonial, del reino de Niebla. Esto explicaría cómo pudieron los Guzmanes entroncar tan fácilmente con la casa real, las dificultades para que se oficializase el matrimonio y que la paz con la población musulmana de Niebla apenas sobreviviese un año a la muerte de doña Mayor. Por último, fue obra del rey sabio, relacionada con esto, la creación de la orden naval de Santa María de España, con sede en Cartago-Cartagena, cuyo fin era la conquista en Berbería.

Es teniendo en cuenta la existencia de este comercio transatlántico como se explicarían fácilmente las despampanantes rentas de la Casa Medina Sidonia hacia 1530, y el rapidísimo ascenso de la casa Guzmán hasta esa fecha. Dicha casa comprendía por entonces un total de 6000 km2 de superficie, que corrían continuos desde Palos hasta Sanlúcar (cuando lo normal era que los señoríos estuviesen desperdigados por el territorio), siempre en territorios recién conquistados. Sus ocho mil vecinos pecheros pagaban rentas por valor de 11 millones de maravedies al año, a lo que hay que unir las rentas que se cobraban en especie por valor de 10.000 fanegas de trigo y 2000 de cebada [6]. ¿Qué se hacía con todo ese trigo? Se exportaba con destino a América.

Su puerto de Sanlúcar, que con razón se llamaba Bonanza, era puerto capaz para contener nada menos que hasta 300 navíos, con una longitud que rondó entre 8 y 10 kilómetros de largo. Solo con la aduana de este puerto sacaban los duques a principios del xvi cerca de dos millones de maravedís al año [7]. La suma de las aduanas de todos los otros puertos de Andalucía no llega ni a la décima parte. Se aduce como explicación que Sanlúcar funcionaba como antepuerto de Sevilla. Evidente. Y de Amsterdan y de Londres y de Génova. En Sanlúcar se almacenaba todo el producto que en América se cambiaba por trigo.

Este comercio se realizó desde el primer momento de la conquista, pues en 1288 Sancho IV ya autorizaba a Guzmán “el bueno” para exportar, libre de derechos, 300 cahíces de pan terciado (trigo) al año, para llevarlo “a Allen Mar, do es él”. En los mapas de América del siglo xvi y xvii aparece la punta de Allende, Alinde para los portugueses, en la costa de Marañón.

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Retratos de Isabel la Católica, por Juan de Flandes y de Fernando el Católico, Antonio del Rincón http://www.arteespana.com/juandeflandes.htm y http://cvc.cervantes.es/actcult/borja/introduccion_02.htm

Los reyes católicos, tras su victoria sobre Portugal en la guerra sucesoria castellana, se pusieron en fin manos a la obra a arruinar a quienes habían real o supuestamente apoyado al bando contrario. Pusieron inquisición en Sevilla, que se llevó buen número de gentes de Sanlúcar por delante, pusieron interventor en la casa de los duques de Medina Sidonia, que se enterara bien de lo que allí se cocía y por último, don Fernando de Aragón, intentó forzar la alianza matrimonial del joven heredero Guzmán con una familiar cercana suya. Tras la huida de éste a Portugal, el aragonés entró a hacer saqueo de Niebla, estandarte y símbolo del imperio Guzmán y también lugar donde se guardaba su tesoro. Con ejército permanente, artillería y todo el despliegue que la guerra moderna permitía, forzó las potentes murallas de la ciudad y, al modo de Beziers, pasó la población poco menos que a cuchillo. Que sirviese de lección.

Establecido el monopolio del comercio con Indias en la Casa de la Contratación se puso esta en Cádiz y después en Sevilla, despojando a Sanlúcar. Movido por la pura codicia de unas arcas reales permanentemente exhaustas, el único fin que se buscó en el comercio de Indias fue el oro. Cuando se dio en sus fuentes, no se dudó ni por un momento en limitar su entrada. La llegada incontrolada de oro y plata americanos disparó el flujo monetario y provocó una escalada de precios sin precedentes que en dos generaciones dejó a media Península sumida en una atroz pobreza. Preguntados por las causas de la misma, los arbitristas no atinaban con la enfermedad. Acostumbrada la realeza, convertida ya en Estado, al gasto incontrolado, cuando el flujo cesó entró en bancarrotas sucesivas que acabaron con el imperio a base de impuestos extraordinarios. Parece que en esto nada hemos cambiado. En Europa, por contra, sirvió para financiar, paradojas de la vida, tanto la rebelión masiva contra la Iglesia Católica, como la secesión de los Estados protestantes.

El salto, o el “asalto” a América, por parte de los reyes católicos, aceleró la creación de estados modernos, dotando a las realezas de medios para soportar ejércitos permanentes pagados directamente por ellos y dotarse de la infraestructura burocrática necesaria para controlar cada vez mejor todos y cada uno de los aspectos de la vida de un país. Al no tener que depender por más tiempo de la participación de los nobles en la guerra, se desentendieron de estos. La nobleza perdió su oficio, su señorío y poco después hasta sus beneficios. Sobre todo perdió su papel como contrapeso y como mediador. Las monarquías se hicieron, por ello, y se llamaron, “absolutas” en poco más de cien años. En este sentido, parece que la Orden de Cristo actúo de forma no solo mucho más comedida, sino además mucho más responsable, manteniendo un severo control sobre rutas y barcos, no haciendo publicidad de ellas, permitiendo a la realeza financiar las expediciones pero no monopolizarlas y controlado la cantidad de oro que se acuñaba e incluso en qué se gastaba actuando, como el Temple probablemente lo hizo antes, al modo de un embrionario banco central.

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Mapa 4: Situación actual de algunos topónimos americanos. Lo más probable es que la trasposición se llevara a cabo con la “Remodelación del Padrón Real” de 1536 (Álvarez de Toledo).

[1] Luisa Isabel Álvarez de Toledo, África versus América, cap. i.

[2]. En el s. ix Alfagrano calcula en 66 millas náuticas la longitud de un grado terrestre. Existen 43º de diferencia entre el Cabo de San Vicente y la desembocadura del Amazonas; 48º entre aquel y el curso inferior de este río donde Luisa Isabel Álvarez de Toledo sitúa aproximadamente este reino (ver mapas).

[3] Ya tiene qué justificar Fernández de Oviedo el encontrarse con una Cartagena inesperada en plena conquista. Lo atribuye a algún barco de pescadores castellanos desviado por el viento. Lo que no explica es la presencia de Cartagos, y menos aún la presencia de topónimos como Antioquía, Palmira, Armenia o Susa. Ver Álvarez de Toledo, obra citada, en los primeros capítulos.

[4] Pleitos Colombinos, t.viii, p. 482, recogido en Ricardo Cerezo Martínez, La cartografía naútica española en los siglos xiv, xv y xvi.

[5] América tuvo un nombre antes de Americo Vespucio y parece ser que este fue África. África se llamaba también, a decir de Álvarez de Toledo, ya desde la antigüedad a la tierra situada al otro lado del Atlántico.

[6] Isabel galán Parra, El linaje y los estados señoriales de los duques de Median Sidonia a comienzos del XVI. En La España Medieval, nº 11, 1988.

[7] En otro lugar hicimos el cálculo de que un maravedí de esta época debía equivaler, aproximadamente, a unos 10 euros, luego solo por la aduana recaudarían ¡entorno a 20 millones de euros anuales!

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)