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Expulsion_del_paraíso

En este nuevo artículo de Delta de Maya, el escritor, lingüista y psicólogo Miguel Ángel Mendo reflexiona sobre algunos de los misterios que impregnan la capacidad humana del habla, acaso un síntoma más de nuestro parentesco con los mismísimos dioses.

El pecado del habla

por Miguel Ángel Mendo Valiente
2018

Espontáneamente, cuando no pensamos en ello, el proceso respiratorio se realiza de forma involuntaria, automática y no-consciente gracias a los centros inspiratorio y espiratorio asentados en el bulbo raquídeo (que controlan la frecuencia respiratoria) y en la protuberancia anular (que controla la profundidad respiratoria), según las necesidades de nuestro organismo en las muy diversas circunstancias vitales, tanto físicas como psíquicas o emocionales. Sin embargo, cuando hacemos respiraciones o retenciones de forma consciente, en lugar del sistema nervioso neurovegetativo utilizamos determinadas zonas de la corteza cerebral. Cuando, aún más allá, unimos exacta y encadenadamente la expulsión del aire a la verbalización, es decir, cuando hablamos, para que se produzca la fina coordinación motora necesaria, así como para la articulación y la expresión verbal, interviene también la parte más moderna de nuestro cerebro (neocórtex o cerebro racional), en concreto el área de Broca.

El control voluntario de la respiración es una facultad que poseemos exclusivamente los humanos. Para resaltar su importancia, diremos que se trata de una de las pocas funciones vitales a la que tenemos acceso de forma intencional, lo cual representa una especie de relativa “intromisión” de la consciencia en el funcionamiento puramente animal. Este es un hecho de vital importancia. También es cierto que existe un inestimable mecanismo de seguridad que salta automáticamente y, cuando el organismo necesita aire urgentemente o nuestra consciencia no es capaz de dar respuesta a las exigencias fisiológicas (por ejemplo, cuando hacemos un esfuerzo físico), el sistema nervioso autónomo vuelve a tomar el control de la respiración al instante. Pero en estado de reposo y sin estar sometidos a ninguna tensión emocional, disponemos de una plena aunque limitada capacidad de respirar del modo que queramos y al ritmo que queramos. No podemos controlar el ritmo cardiaco, la actividad digestiva, el complejísimo sistema glandular…, ni ningún otro componente funcional de nuestro organismo de índole capital. Pero la respiración sí. Un auténtico privilegio cuyo sentido desconocemos.

No obstante, si observamos el uso que le damos a esta capacidad, quizá podamos extraer algunas conclusiones.

Desde tiempos inmemoriales, el control de la respiración ha sido una herramienta primordial en las técnicas de desarrollo personal, especialmente en el Yoga. Puesto que la cantidad de aire que tomamos, el ritmo al que lo tomamos y la zona de los pulmones donde lo tomamos influye decisivamente en la oxigenación de la sangre, en los complejos procesos de combustión celular y en otros muchos factores, mediante determinadas inspiraciones y espiraciones, altas, medias o bajas –o incluso mediante retenciones del aire al comienzo, en diversas partes o al final de cada una de ellas– se puede alterar la capacidad perceptiva, sensitiva y motora, así como la actitud pensante. El deporte y la psicología conocen algo del valor de su manejo consciente. Pero, desde un punto de vista bio-antropológico, donde más trascendencia ha tenido ha sido en el desarrollo del habla. Sólo es posible la expresión verbal si se es capaz de controlar y dosificar adecuadamente la toma y la expulsión del aire de los pulmones. No es difícil imaginar que las primeras formas de expresión oral del ser humano hayan sido los sonidos guturales inarticulados, como manifestación de sensaciones muy primarias de alegría, miedo, rabia, bienestar… Muchos animales, singularmente aves y mamíferos, disponen de esa capacidad, que requiere de un control bastante básico de la espiración. Las crías humanas también, por supuesto.

El componente emocional de la lengua

Desde este punto propongo que mantengamos la atención puesta en el curioso paralelismo que se da entre el desarrollo filogenético (de la especie), tal y como aquí se pretende exponer, y los procesos de adquisición del lenguaje en el niño, esto es, el desarrollo ontogenético.

El salto evolutivo trascendental, desde el grito o el gemido hasta la palabra, es decir, al sonido oral con significado conceptual (no puramente emocional) radica en la nueva capacidad humana de generación de símbolos, esto es, de representaciones cognitivas consensuadas que tienen como referentes objetos del mundo, externos al lenguaje: la palabra.

Pero ¿acaso las palabras, cada una de ellas, fueron creadas de forma meramente racional? ¿Acaso su valor simbólico les fue adjudicado desde la pura inventiva, tal y como ahora los científicos, por ejemplo, ponen nombre a una nueva partícula atómica, logrando a posteriori que el nuevo término sea aceptado y usado por el resto de la comunidad científica y por el público en general? ¿Estas representaciones cognitivas originarias, las primeras palabras, fueron creadas y consensuadas de manera arbitraria? ¿El significante es irrelevante en lo expresivo? No tiene sentido tal cosa. Puesto que existe un modo natural de significación mediante el cual los sonidos guturales, los gestos sonoros pre-verbales asociados espontáneamente a estados de ánimo, emociones y sensaciones (placer, asco, fatiga, rabia, atracción…) son universalmente comprendidos. Y son fácilmente asimilables a específicos sonidos consonantes. Es por eso por lo que los ruidos y las onomatopeyas que aparecen en los cómics son perfectamente comprensibles en todo el mundo, una vez hechas las correspondientes trasposiciones fonéticas idiomáticas. O lo que es lo mismo, enfocándolo desde el otro lado, desde el campo de lo verbal: los sonidos de los fonemas poseen, y expresan, diferentes significados pre-racionales, emocionales, primarios. La vibración sonora de cada letra de una determinada palabra ya está manifestando de por sí unas determinadas sensaciones en el oyente, de forma previa o paralela a lo que vaya a transmitirnos globalmente el significado conceptual, y es importante incluso para la conformación de las palabras más complejas y de esa pequeña sinfonía de resonancias que es ya una frase. El fonema, según Vygotsky, es “la más pequeña unidad fonética indivisible que afecta al significado.” Y Vicente García de Diego, en su “Diccionario de voces naturales” afirma que “el valor de la expresividad y del simbolismo de cada letra en la percepción y creación del lenguaje es considerable”. Por eso es por lo que hay que otorgarle una importancia fundamental a la onomatopeya como generadora universal del lenguaje humano. Podríamos hacer un símil –burdo como todos los símiles– entre los colores que puede desplegar un pintor en su paleta, con sus profundos significados sensoriales, y los sonidos consonantes de que dispone el hablante en el idioma en que se expresa. Los sonidos vocálicos serían, tal vez, la trementina, la sustancia que se emplea como medio en el que se transportan y se mezclan.

Si nos centramos ahora en el desarrollo del bebé en el presente, en el proceso ontogenético, veremos que todo concuerda, puesto que el aprendizaje básico y fundamental de este mecanismo de asociación de la gama de sonidos consonantes a los diversos estados de ánimo, y viceversa, procede en el individuo humano, como mínimo (puede que un día se demuestre su origen genético), de su largo y fundamental período de gestación en el seno de la madre. Es allí donde el feto, a partir de entre la doce y dieciséis semanas de gestación –que es cuando sabemos taxativamente que puede dar respuesta a los sonidos del habla de la madre–, percibe y aprende a reconocer los casi infinitos matices de esta relación biunívoca de sonidos con emociones de manera pura, es decir, aún sin tener la opción de conceptualizarlas: inmerso en la experiencia sensorial y expresiva de la persona en cuyo seno se está formando. Los sonidos del habla de la madre retumban en el pequeño cerebro del organismo que se está desarrollando en su interior y, al tiempo, éste no puede dejar de recibir en su ser, asociados correlativamente a ellos, los cambiantes estados emocionales de la madre, de los que es forzoso partícipe: por la propia sinestesia interna de los movimientos, por los cambios de temperatura, de densidad del medio en que habita, y sobre todo, por las microscópicas y permanentes alteraciones glandulares que se vierten en su torrente sanguíneo y que definen directamente su modo de sentir el mundo, sin que sepamos específicamente qué otras repercusiones pueda producir este hecho, puesto que el periodo prenatal es, para la psicología, aún una zona oscura y desconocida.

Posteriormente, ya como un ser desarrollado, al igual que hace el pintor mediante un trazo del pincel, un movimiento de danza el bailarín, o una nota musical el compositor, el hablante intentará también conectar con algún tipo de percepción primitiva interna, de índole no racional y, en lugar de buscar intuitivamente un color en la paleta, una tecla en el piano o un gesto del cuerpo, que al materializarlos pueda confrontarlos con dicha percepción, buscará un sonido que su garganta pueda articular. Surgen así en su mente determinados sonidos verbalizables que tienen algo que ver, intrínsecamente, con la emoción que pugna por salir, como si su eco, en cierto modo, representase o, mejor dicho, contuviese la energía que vibra en su interior para elaborar cada uno de los eslabones de esa cadena de significantes que llamamos frase. Vibra la emoción y el hablante intenta encontrar el sonido armónico más cercano, el sonido verbal que más se ajuste a sus particularidades, el fonema que más sintonice con el sentimiento, por leve o intenso que sea. Luego, una vez seleccionado automáticamente, vibra el sonido de dicha consonante en su mente y el archivo de su memoria busca y encuentra al instante en su lexicón el vocablo más ajustado que disponga de esa vibración y de las que lo completen. Todo ello en décimas de segundo.

El balbuceo como reconocimiento

La función del balbuceo en el bebé sería entonces la percepción y el reconocimiento en su garganta, a través de su propia voz por fin –pero en contraste permanente con los sonidos verbales que escucha en los que le rodean–, de la gama de significantes sonoros con que va a contar para expresarse oralmente. Sonidos que produce su laringe y que, en sí mismos, de manera mágica, retumban en su sensibilidad, aprendiendo una y otra vez, una y otra vez, a diferenciarlos por las emociones pre-conceptuales que en él despiertan.

(Idea para la enseñanza de idiomas: Tal vez, antes de nada, habría que someter a una intensa etapa de balbuceo a todo adulto que pretenda aprender un idioma nuevo. Para que, como sabiamente hacen los bebés, consiga reconocer y sentir la sustancia que atesoran los sonidos consonantes de la nueva lengua, hacerlos suyos, penetrar en sus profundos matices sensoriales, tan diferentes siempre a los de su propio idioma, mucho antes de memorizar el significado de una sola palabra de su vocabulario.)

Parece que ya estamos preparados, históricamente y psico-evolutivamente, para las palabras. Para los conceptos. El gran salto filogenético. ¿Cómo se producirá? Sin duda, a través de esas palabras que se pronuncian de un solo golpe de voz: los monosílabos. ¿Cabe considerar que las palabras monosílabas fueron en su momento las más importantes, las primigenias, las que servían como representación sonora y conceptual de lo esencial para la convivencia de un grupo de personas? Hay que pensar que sí por dos razones: 1. son en la práctica las más fáciles de articular (aunque en este caso el término articular sea excesivo, por la relativa sencillez de su pronunciación), y 2. son las más rápidas de decir, por breves, lo cual facilita la comunicación en situaciones de emergencia, momentos clave para apreciar la eficacia de la palabra.

Primero la emoción subjetiva, el matiz de cada sensación personal, y más adelante los objetos del entorno, la clave verbal que los identifica, de pronto convertidos en sinestesias significantes para una comunidad, en símbolos lingüístico-emocionales sorprendentemente reconocibles por los otros. Todo el que haya visto la película “El milagro de Ana Sullivan” (The Miracle Worker, Arthur Penn, 1962), basada en hechos reales, recordará la intensa emoción que experimenta la niña Hellen Keller, sordociega desde los 19 meses de edad, incapaz por tanto de hablar y de comunicarse por falta de referentes semánticos, semisalvaje, cuando comienza a asociar el nombre común (común de comunitario) de las cosas a las cosas mismas por el sistema de deletreo táctil que le ha enseñado su maestra y tutora Ana Sullivan. Impresionante.

La tentación más lógica, pues, es pensar que los monosílabos fueron la base del vocabulario más arcaico, y que, seguramente, apoyados en la potencialidad expresiva de los sonidos verbales, en su capacidad sinestésica, pudieran ser la base de un único idioma universal, como expresa la parábola de la Torre de Babel. De hecho, hay ciertos sonidos consonantes, aún antes de formar palabras con significado, que siguen perteneciendo al acervo común, que no han podido ser enteramente modificados, porque tal vez se trata de correspondencias senso-verbales anteriores a la aparición de la cultura tal y como hoy la entendemos, y que permanecen vivas. La idea de ‘madre’, o de ‘mamá’, por ejemplo, está casi universalmente asociada al sonido “mmm”. El sonido “erre” transmite esfuerzo, resistencia. El sonido de la “ele” lo asociamos a lo fluido, a lo líquido. La ñ en el interior de una palabra nos aporta connotaciones de algo profundo, frágil y entrañable… Etc., etc.[1] Con respecto a esto, los lingüistas comparativistas parten de un hecho a mi entender irrefutable: “…hay ecuaciones o igualdades sistemáticas entre distintas lenguas que no pueden ser atribuidas a la casualidad. La hipótesis es que esas lenguas proceden de un lenguaje prehistórico único (…)” (Roberts y Pastor. “Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española”, 1996)

Primero el monosílabo

Muchos monosílabos, como muestra del valor supremo de lo breve, rápido y fácil de pronunciar, han permanecido en nuestros idiomas actuales asociados a términos de enorme envergadura, insoslayables. Aún decimos en castellano yo, mi, mío,  tú, él, no, sí, sol, paz, pan, mar, pez, sal, voz, sed, más, un, dos, tres, seis, diez, luz, fe, con, en, por, tras, dios, día, haz, hoz, tea, tez, bien, mal… verbos: di (de decir), da, ten, trae, ir, ve, voy, sal, ver, veo… y cientos de términos más, en su mayoría de capital importancia. Y cabe pensar que antiguamente fueron muchos más, siendo sustituidos poco a poco por palabras más complejas. Como muestra de los rastros que aún quedan de ese valor semántico supremo de la síntesis verbal, si revisamos someramente el Diccionario de la Real Academia encontraremos, por ejemplo, muchos bajo el epígrafe de ant. (antiguas), entradas como: al (otra cosa), ax (dolor, achaque), bel (bello), blao (azul), can (perro), do (donde), don (señor), faz (rostro), fer (hacer), fuer (fuero), ful (falso, fallido), fiar –yo fío (afianzar), jur (derecho, poder), lid (combate, pelea, + ant. pleito judicial), loar –yo loo (alabar, dar por bueno), liar –yo lío (hacer, contraer alianza con alguien), man (mano), olor (olfato), onde (por lo cual), otar –yo oto (mirar desde un lugar alto), prez (honor, fama), pues (después), sece o sez (dieciséis), sen (sentido, juicio), sol (solamente), seer (estar sentado)… En la actualidad hay en el español cientos de palabras monosílabas, mucho más modernas, que no cumplen con el requisito de ser esenciales, importantes en cuanto a su valor antropológico e histórico: se enturbia la comunicación desfigurando el idioma con términos de uso fugaz, por mera comodidad y, por qué no decirlo, con enorme atrevimiento. Muchas de estas palabras proceden del inglés, idioma plagado de monosílabos etnológicamente intrascendentes: bar, bus, bit, fan, fax, pub, pop, etc, etc…

En el niño las palabras monosílabas son fácilmente reconocibles como sus primeras incursiones en lo semántico. Más, tú, pan, sí, no, ya… Y, tanto en su boca como en la voz de otros, comienza a reconocer, a identificar sonidos verbales simples con objetos o acciones. Toda confirmación del adulto en estas operaciones supone un hito para él, una enorme emoción. Decir “má” (más) y conseguir que la madre le de otra cucharada de papilla o vuelva a hacerle la misma cuchufleta vale un imperio para él. Está nombrando por primera vez un deseo, una volición. Y comprueba no solamente que es comprendido, sino que produce un efecto en los demás.

Veamos el posible paso de los monosílabos a las palabras articuladas. A los bebés los animamos a que se lancen a complejizar su habla, a que vayan pasando de la fase del balbuceo y de los monosílabos a las bisílabas mediante un método para sustantivar muy simple y eficaz: las sílabas sin trabar repetidas son fáciles de articular: nene, papa, caca, pipí, dodó, rorró, popó, bobo, coco, bebé, tata, mamá… Así los vamos introduciendo en la adquisición de términos de más compleja hechura. Si variamos después una de las vocales, por ejemplo, manteniendo el mismo sonido consonante, tenemos un tercer paso: nena, queco -a, (aparece el género), mami, papi, (aparece el diminutivo), mimo, ¡viva!, dedo, pupa, nani, chucho, etc…

El cuarto paso sería la introducción de bisílabas con diferentes consonantes, pero aún simples, sin trabar: luna, lobo, moto, pera, casa, niño, mesa, etc… Después las trisílabas y, al tiempo, las más difíciles de pronunciar para ellos: las palabras con consonantes trabadas: tras, per, dis, col, den…

Lenguaje y civilización

En todo caso, constatando de nuevo el paralelismo filogénesis-ontogénesis, lo importante para el tema que estamos tratando es observar cómo a medida que se va haciendo más intrincado el habla, añadiendo verbos, adverbios, pronombres, complementos, hasta llegar a formalizar una oración completa, se va complejizando al mismo tiempo el proceso del control de la toma y la expulsión dosificada del aire. Pero es que, unido irrevocablemente a esto, la puesta en común de constataciones, sensaciones, sentimientos y pensamientos mediante el habla es la columna vertebral del espacio mental de lo colectivo, la argamasa donde se fragua la percepción de la “otredad”, y por lo tanto donde se forja el juicio de valor, la moral, la idea del bien y del mal. No sería vano ni exagerado decir que el habla, la capacidad de designar y nombrar y, junto a ella y como origen de ella en el aspecto fisiológico, la posibilidad de dosificar el aire que respiramos, podrían considerarse como el pecado de soberbia que según el Génesis cometieron Adán y Eva al comer la fruta prohibida del árbol de la ciencia del bien y del mal, que provocó su expulsión de jardín del edén. ¿Soberbia? Bueno, quizá desde la óptica maniquea y contraria a toda rebeldía a la autoridad de las religiones hebrea, musulmana y cristiana, Adán y Eva, por el hecho de nombrar, de elegir decir o no decir, de referenciar y autorreferenciarse, de tener capacidad de puesta en común de su singularidad y de reflexión sobre el comportamiento propio y el ajeno, de juzgar, por tanto, bien pudieran ser considerados como seres con la pretensión de igualarse a los dioses. Si abandonar el inane y plácido estado de animalidad es soberbia, soberbios fueron, en efecto.

Soberbio es, en fin, el bebé que lleva dentro esa inquietud, esa búsqueda ininterrumpida de la comunicación con el mundo y con todos los que lo pueblan, sus compañeros de aventura vital; porque tiene tanto que decir, aún sin tener palabras… Solo falta que, al recordarle cómo hablar, cómo respirar al modo de los dioses, no sofoquemos su mensaje y su búsqueda, como invariablemente terminamos haciendo.

Indudablemente, todos estos procesos de aprendizaje (y no debemos olvidar que el término aprendizaje equivale para nosotros invariablemente a reconocimiento) requieren su tiempo. El periodo de madurez de la cría del humano es el más largo de todo el reino animal. Es tanta la magnitud de lo que pueden y deben desarrollar, y es de una índole tan compleja, que las crías humanas deben estar atendidas y protegidas durante mucho más tiempo, antes de que puedan manejarse por sí solas. Pero eso solo puede conseguirlo una especie que no esté sometida a la amenaza de la agresión externa (a la depredación), o interna (la manada, el clan, la familia) y, en nuestro caso, que otorgue suficiente importancia al desarrollo no solo físico, sino también intelectual (moral, religioso, social…) de sus crías. A esto lo llamamos civilización.

De ahí que cuanto más avancemos en esa protección, tanto en el tiempo como en cuanto a profundidad e intensidad, más civilizado será el hombre. Pero ¿de qué estamos hablando, en definitiva? Estamos hablando de extensos lapsos de tiempo de permisividad. De consentir que nuestras crías puedan explorar, probar, experimentar, sin la responsabilidad ante el error que se exige al adulto. Sólo se puede aprender si existe la protección y la tolerancia que permite la práctica del ensayo-error sin consecuencias reales. Tal es la base de la creatividad: permiso para explorar, para jugar. Tal es la base de la civilización. Dicho de otra forma: no se puede crecer interiormente, no se puede desarrollar la inteligencia y el lenguaje sin el balbuceo. El balbuceo real y el balbuceo como metáfora en todas las etapas del desarrollo, en todas las edades, algo que después, entre los adultos, será tan denostado. Si la cría no puede equivocarse (porque el entorno y sus peligros lo impiden), no puede haber desarrollo, no solo del lenguaje verbal, sino de todos los lenguajes. TODO es lenguaje, todo es comunicación, con las cosas, con el entorno, con los otros. LOS OTROS es el futuro.

Con respecto a esto, es bien visible que la civilización humana ha evolucionado, sobre todo en un sentido globalizador. Todavía existen sin embargo extensos ámbitos donde al niño se le exige madurar demasiado pronto (trabajar, tener excesivas responsabilidades, ir a la guerra…) Incluso en la civilización occidental, en países altamente desarrollados, tanto las instituciones educativas como la estructura social capitalista (de la que las mentes de sus pobladores están impregnadas) impiden el desarrollo máximo de las capacidades de sus retoños, algo cuyos límites, por lo tanto, y por el momento, desconocemos. La educación tiene demasiado en cuenta todavía unas supuestas necesidades de supervivencia, permanentemente promocionadas para que el miedo colectivo cumpla su función de sometimiento, que terminan convirtiéndose en imposiciones desde las edades más tempranas: necesidad de centrar el aprendizaje solo en tareas consideradas “útiles”, necesidad de aprender a un ritmo normativizado y sin tener en cuenta las individualidades, necesidad de que los críos compitan para demostrar su supremacía sobre los demás, necesidad de ser severamente “evaluados” diariamente… Y tantos y tantos etcéteras…

[1] Véase mi blog La Caverna Sonora. (http://cavernasonora.blogspot.com/)

Imagen de portada: “Caída del Hombre, pecado original y expulsión del Paraíso”, Michelangelo Buonarroti, Capilla Sixtina, Vaticano, Roma.

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