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Mucho se ha estudiado, dicho y escrito sobre el flamenco, un arte que a lo largo de más de un siglo no ha hecho sino crecer en todos sus aspectos, desde sus intérpretes y estilos hasta el número de sus seguidores por todo el mundo. Mediante documentales, tratados, tesis doctorales, artículos y toda clase de obras, unos y otros se afanan por comprender la naturaleza de su esencia, por penetrar el enigma de su origen.Y sin embargo se diría que los velos que envuelven sus misterios siguieran intactos, pues, por más que se averigüe, el duende se resiste a presentar sus respetos ante la mirada escudriñadora de los estudiosos. Tras esta breve justificación, presentamos un nuevo intento de aproximación que, como verán, lejos de resolver el acertijo, a lo único que acierta es a complejizarlo aún más.

DM

El Flamenco, fantasías etimológicas

por Alberto Donaire Hernández
2020

PRÓLOGO

Soy consciente de que tratar de explicar yo la etimología y la naturaleza del flamenco es tarea pretenciosa, pues soy de este arte mucho más amante que estudioso. Pero alguien a quien mucho estimo me pidió, de manera insoslayable, que pusiera por escrito las que en principio sólo fueron emociones y antojos, más que verdaderas intuiciones -cuando no meros disparates- que sobre este arte fuimos desgranando en una conversación casual. Una vez cumplido el cometido me pidió que lo compartiera con vosotros, y yo, no sin muchas resistencias y mayores pudores, he terminado por acceder. Sólo me resta solicitar vuestra lectura amable y benevolente.

Para acometer esta aventura no apelaré a Flandes y los tercios, no me voy a referir a los majos, que afirmaron el carácter español frente a los ilustrados, ni voy a mencionar el cante gitano del Fillo frente al de Silverio, pues, aún habiendo transitado por los paisajes del flamenco desde mi primera infancia, las razones de su historia y entresijos las aprendí tan sólo a veces y a cachos, y éstos superficialmente, de los verdaderos estudiosos que las conocen en profundidad.

Cuando no son los verdaderos estudiosos, de los que hay muy pocos, sino los taxónomos de la vida – esos que cuentan las estrellas o las patas de las arañas – quienes fijan su atención en el flamenco, se ponen a desmembrarlo y a clasificar sus trozos en cuadrantes interminables que luego someten a minuciosos árboles genealógicos, para concluir, como suele acaecerle a mucho de lo autóctono, que el flamenco es producto de la influencia de cuantos pueblos colonizaron nuestra geografía y nos trajeron la cultura de la que antes de ellos carecíamos. Puede que sí y puede que no, en realidad tanto da. Pues mientras las clasificaciones tratan de calmar hasta apagar la avidez del alma con sus respuestas bien cuadradas, los duendes, desobedientes, traviesos y burlones, van descolocando y abriendo todas las cajas para que los ritmos, liberados de toda razón, puedan seguir encendiendo en nosotros, antes de tiempo, atisbos de otros ámbitos. Y es que quizás las cosas del mundo, y más las importantes, no procedan en su devenir de una sucesión de carambolas mecánicas y más o menos azarosas sobre el verde tapete del tiempo. Puede que si levantáramos la mirada de la horizontalidad en que suele estar presa contemplemos cómo los hilos que las mueven y nos mueven se pierden bailando en líneas imposibles tras las brumas que rodean al entendimiento.

Así que, libre como siempre me he sentido de obligaciones y rigores académicos, y mucho más de pretensiones de decir verdad, en un ejercicio de capricho me puse un día a escuchar y a jugar con los preñadísimos sonidos de su nombre, Flamenco. Y sucedió que uno de aquellos días llegó un duende, con el que a veces me entiendo, y me sopló: ¿que qué es o que quién es El Flamenco? Y ahí empezó todo:
Y como un relámpago respondí yo: El Flamenco es el portador de la flama.

Prometeo, obra de P. P. Rubens. Foto Museo del Prado

La palabra flamenco atesora en su entraña sonora una constelación de significados superpuestos, posibles y coherentes entre sí, que transcienden las lecturas académicas habituales.

De todos es sabido, empezando por los ebereos de antaño, que en el lenguaje las consonantes articulan matices diferentes de las vocales, tienen diferente función. (Se me antoja, y lo digo entre paréntesis, que las consonantes conformasen el dibujo y las vocales el color de las palabras; o como los huesos y la carne.)

Empecemos por lo más evidente:

1.- FLAM -ENCO. La palabra flamenco empieza por f, como fuego, y sigue por l, como luz. Por fl, como todo lo que fluye, empieza flama, palabra muy cercana a llama.

El sufijo -enco significa relativo o perteneciente a, como en ibicenco, por ejemplo, que son los de Ibiza, en realengo, ahora con g, que eran los territorios pertenecientes a la corona, o también en la palabra provenzal vierginenco, que significa relativo a la virgen y es el nombre de una popular fiesta que se celebra en el entorno de La Camarga. El caso de esta lengua es sumamente interesante para el tema que nos ocupa pues, a diferencia del castellano, el sufijo -enco es en ella aún muy común; mantiene su acepción de pertenencia o relatividad a, pero ¡se refiere sólo al género femenino! Así por ejemplo se diría un cant camarguen, que significa un canto camargués, en masculino, pero si quisiéramos decirlo en femenino, una canción camarguesa, diríamos uno cansoun camarguenco. Así, en provenzal, relativo o perteneciente a la flama se diría, literalmente, flamenco. Más adelante tendremos ocasión de apoyar mejor esta propuesta.

Dicen que esta terminación es de origen germánico y que al pasar al inglés adquiere la forma -ing, que indica acción y sirve para formar los gerundios. De ahí que los ingleses llamen al flamenco flamingo. La palabra inglesa flaming significa llameante. Pero, aunque esté relacionado creo que no sería ése el matiz exacto de flamenco. El flamenco no significaría el flamante, lo que indicaría una situación no inherente sino transitoria: puede flamear ahora pero quizás no en otro momento. Por otra parte, flamante en provenzal se diría flamejant y no flamenco.

Avanzando en este juego etimológico y entrando ya de lleno a especular también en el terreno de lo mitológico, podríamos interpretar la voz flamenco como que pertenece a la flama, que es de su misma naturaleza y cualidad. Así El Flamenco podría ser El portador de la Luz o, mejor aún, El Señor de la Luz.

Si tuviéramos que pintarlo en un cuadro podríamos representarlo simbólicamente portando una antorcha, o quizás también un cirio, por ejemplo, que es un palo de cera de abeja que lleva en su interior una médula inflamable, que pudiera medir aproximadamente una vara y encendido en su extremo superior.

Una flama no es estrictamente lo mismo que una llama. La palabra flama se nos antoja más poética, como si estuviera investida de un carácter ritual o sagrado. Y es que en su fl inicial lleva la referencia a flatus, al soplo que la alienta y alimenta… Y cuál sea la naturaleza de este soplo se me antoja esencial. Sin ir más lejos, en el Génesis se dice:

“Formó, pues, El SEÑOR Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente.”

Génesis, 2:7

En su nacimiento y naturaleza, … ¿este soplo ha de ser silencioso o sonoro? Y si suena, ¿dice palabras? ¿qué clase de palabras? ¿Las entona?

2.- FALA -MENCO: Si seguimos en esta línea y prestando atención al potencial semántico de las consonantes, notaremos enseguida que, precisamente, fl también contiene la palabra habla en la voz fala, que aún se conserva en gallego, asturiano, portugués y en algunos recónditos rincones del norte de Cáceres, donde hasta el día de hoy se habla una jerga ininteligible llamada la fala.

Por otra parte, el sufijo -menco o -mengo es sonido claramente preñado de otro significado del todo pertinente al hablar de flamenco, como es el duende. Para este personaje -del que se ocupara extensamente García Lorca en su conferencia “Teoría y juego del duende”- que es oriundo del reino de los elementales, que diría Roso de Luna, se conserva en Andalucía una voz que, si bien ha llegado hasta nosotros con un matiz peyorativo, mantiene su carácter de misterio antiguo; hablamos de El Mengue. Así, cuando las cosas se tuercen inexplicablemente, aún hay quien exclama murmurando entre dientes ¡me cachis en los mengues!

Sin embargo, podríamos sospechar que este carácter maléfico pudiera proceder de una descalificación impuesta por un orden mitológico posterior a aquel al que perteneciera este ser, sistema acaso muy antiguo. Tal es el caso de las culebras, las bichas o los dragones, o del cuélebre de la mitología asturiana. Así, por ejemplo, determinados sitios, cuevas y pozos, se decían custodiados por uno de estos seres. Parece ser que las representaciones de este animal fantástico en capiteles y pinturas era una manera simbólica de aludir a ciertas características energéticas propias de ese tipo de lugares.

Ermita de Nuestra Señora de Las Vegas, barrio de Requijada (Santiuste de Pedraza) Foto A. Donaire

Ciertos sabios constructores de la antigüedad pudieron haber sabido aprovechar esta energía emergente de carácter telúrico para modularla y hacerla incidir de manera controlada sobre el campo electromagnético de las personas que por su mediación entrasen en esos lugares naturales o en los edificios por ellos allí construidos, generándoles así una modificación bioquímica y hormonal que resultaría en una alteración sublimada de la consciencia.

Dolmen de Menga, Antequera. Foto A. Donaire

Pues bien, existe en Andalucía un antiguo lugar, significativo, misterioso, legendario y carismático por demás, que desde hace siglos conserva al mengue en su nombre, pero ¡en su forma femenina!: La cueva de La Menga como era llamada en Antequera el hoy Dolmen de Menga. Aún se desconoce la

Dolmen y pozo de Menga, Antequera. Fotos Wikimedia Commons.

técnica constructiva empleada y la función de este edificio subterráneo, un largo corredor de 28 m. formado por enormes piedras, algunas de más de 100 toneladas, al fondo del cual se abre una anchura en cuyo centro se hunde un espectacular pozo circular de más de 19 m., excavado en la pura roca, cuya agua parece haber tenido en el pasado fama de milagrosa.

Por cierto, que, hablando de cante y piedra, me viene a la memoria una canción de Chabuca Granda, algunos de cuyos versos rezan así:

Cantero, cantérame cantererías,
que si no me canterearas no te canteruriaría.

Cantero, cantero, cantero, cantero
canta para que sueñes.

Todas las puertas cerradas, todas perdidas.
Todas las calles ajenas, sordas, todas sombrías.
Para qué picar la piedra, cantero, si está dormida.

“Amphion” Krauss, Johann Ulrich. S. XVII. Foto Wikipedia

Y la he traído a colación por no dejar de lado, aunque sólo lo mencione de pasada, el enigma que al parecer se oculta tras la coincidencia fonética del canto de cantar y el canto de piedra, tras los misterios que envuelven a las grandes piedras antiguas. Cuenta una leyenda mediterránea que Anfión, hijo de la mortal Antíope y el dios Zeus, y alumno de Hermes, refundó junto a su hermano gemelo Zeto la ciudad de Tebas. Sirviéndose del poder de su cítara, con cuyos sonidos levantaba y colocaba las grandes piedras, la cercó con toda una muralla de grandes sillares en la que abrió siete puertas.

La construcción megalítica andaluza de Menga, de carácter sagrado en su origen con toda seguridad, recuerda, cómo no, a muchas otras que, como ésta, presentan un pozo en cierto lugar, como la catedral de Chartres, la de Toledo, la iglesia de las Santas Marías en La Camarga o la de Nuestra Señora de Los Baños en Fuencaliente, en la Sierra Madrona, aunque podríamos citar muchísimos otros lugares sagrados asociados a manantiales, cuevas y pozos.

Todo esto parece apoyar la idea de que La Menga pudiera ser el nombre o título de la entidad numinosa que, a través de aquella oquedad, otorgara al visitante aquiescencia para transcender los parámetros de su propia realidad y penetrar en los misterios de un mundo paralelo del que ella sería natural y guía. No deja de resultar interesante la idea que aporta el catedrático de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) Stefan Ruhstaller, cuando señala que el topónimo Cueva de la Menga venga de Cueva Doménica, de la Señora, lo que según él haría referencia al carácter matriarcal de aquella cultura protohistórica que lo construyó. Pero ¿por qué no tomar esta idea en sentido inverso? Entonces, la supuesta voz latina doménica vendría de do ménica, es decir, de donde La Menga. Al fin y al cabo, un dolmen es la representación de un vientre abultado, una vagina por la que se entra a un útero de piedra para, allí, con el agua y el polvo de la tierra, tras someterse a un proceso transformador, morir a la vida anterior y recibir el soplo para renacer a una vida nueva.

Según estas disquisiciones, el Flamenco sería La Fala de la Menga o El lenguaje de La Menga, de la Sierpe alada, … ¡su enseñanza!

¿Cómo sustraernos, ante la imagen que sugieren estas palabras, de la visión de una flamenca zapateando sobre la tablazón que cubre el pozo, serpenteando sus caderas y aleteando sus brazos? … por alegrías, por decir un palo.

3.- PAL -MENCO (1): Pero puestos a entender fl de flamenco como fala, bien pudiéramos también decir falo, o phalo escrito con ph, es decir, palo. Pudiera resultar excitante explicar la presencia de la f de fuego en la palabra falo diciendo que un falo es un cirio, un palo con una llama en la punta, un palo encendido, con lo que estaríamos rozando de nuevo la primera interpretación, el Señor de la Flama, pero no seguiré ya por aquí. En cualquier caso, no parece licencia excesiva todo esto si consideramos que también la palabra palo está íntima e indisolublemente ligada al flamenco, pues en palos se estructuran sus órdenes internos, sus medidas rítmicas; en definitiva, su ley.

Sentado en una silla de palo, el flamenco canta o ¡paya el palo! mientras la pal-hadora, balladora o bailaora lo baila tocando los palillos. ¿Acaso el flamenco sea tan antiguo como las viejas culturas de los palos, las de aquellos palurdos o paletos vivían en los palus, las regiones palúdicas de las desembocaduras de los ríos o flúminis? ¿De allí donde se construían balsas junto a los pantalanes, que impulsaban las velas, cuando no se remaba con palas, se pescaba con palangres, los paleros paleaban la sal y se baldeaban los palenques y palafitos levantados sobre palotes con palanganas? ¿De allí donde se construyeron los primeros palacios y se tejieron los primeros encajes de palillos o bolillos para el ajuar paleolítico de la puella ataviada con la palla de volantes? ¿De donde se construyó el primer témpalo o templo? ¿Aquel dedicado al portador de la Luz Divina, el Phosphoros, cuya fama aún se recordaba en los tiempos de Estrabón? ¿Dónde acaso primero se bordaran con primor los genes de las abejas?

Precisamente en un palus que en tiempos estuvo muy relacionado con el tartésico, el de la actual región de Camarga donde desemboca el Ródano, es donde se habla esa lengua que decíamos, la de la oca en la que aún viven los sufijos femeninos que terminan en -enco. Donde perteneciente a la flama se diría flamenco, donde, de alguna manera, hoy siguen rindiéndole culto.

Señores de la Luz, sacerdotisas de la serpiente emplumada. Me parece que todas estas fantasías y disparates que digo fueran recolocando aquel estilo musical, tan minoritario y desabrido a pesar de todo, tan propio de gentes de mal vivir que llegó a estar expresamente prohibido en bares y tabernas… – ¡EN LAS TABERNAS! – para reclamar su título de oficio sagrado, de la más honda raigambre y del más noble servicio.

Llegados hasta aquí se diría que estuviéramos hablando de un antiquísimo colegio bárdico y sacerdotal, surgido en los húmedos territorios de occidente que baña el gran río llamado del Kabiro o del Flamenco, que, desde la más remota antigüedad, a partir de una suerte de lenguaje mistérico compuesto de sonidos brujos, ritmos y movimientos, tuviera por misión llevar hasta los hombres una luz de sonoras geometrías con las que ir quebrando las cadenas de la inercia que tan de seguido lastran su mirada y su paso.

4.- FLAMINES Y FLAMÉNICAS: Precisamente, parece que pudiéramos encontrar algunas trazas de una institución de nombre cercano, si bien en una versión funcional tardía y degradada. En la vida religiosa romana, complicada y llena de ritos y cargos, existía desde  el siglo VIII a. C., es decir, desde su misma fundación, un colegio sacerdotal que destacaba por encima de los demás por su prestigio especial. Cuando el heredero de Rómulo el gitano, Numa Pompilio, allá en el Palus del Tíber, los reafirmó en su cargo, ya eran una institución muy antigua, que al parecer tuvo origen y fama en la Hispania Ulterior, allá en las estribaciones occidentales de La Bética.

El comportamiento y aspecto de aquellos sacerdotes debían ser impecables pues eran considerados la mismísima encarnación viva de la divinidad. Entre los numerosos preceptos que debían observar, estaba el de no utilizar más metales que el bronce, no tener contacto alguno con la muerte, o no entrar en relación ¡con ninguna clase de ataduras! Estos sacerdotes solían estar casados y su esposa participaba, de igual manera, del mismo estamento sagrado y de los mismos privilegios, a diferencia de las demás mujeres.

Ellas, sacerdotisas, tenían entre otras misiones la de tejer una capa púrpura para que su marido la vistiera durante las ceremonias, en tanto que ella vestía una de color dorado.

Llevaban la cabeza cubierta y, en el tocado, él lucía rama de olivo y ella de granado. Su nombre procedía del acto más significativo de cuantos tuvieran asignados, el de soplar el fuego sagrado ante el altar consagrado a la divinidad a la que estuvieran encomendados. Ese acto era el flatus, el nombre del sacerdote era Flamen y el de la sacerdotisa Flamínica. La palabra flamen viene de flo, soplar, y significa, literalmente, el que sopla. Aquí el acto de lucir, lumen, brillar, fulmen, o fluir, flumen, serían consecuencia del acto de soplar, que sería previo, por lo que el flamen no es el que flamea sino el que sopla, el que aporta el aire, el oxígeno que activa la combustión de la flama. ¿Era también el flamen el encargado de aportar la chispa inicial?

Pero, más allá de estas especulaciones, ¿se sabe que aquellos sacerdotes y sacerdotisas hubieran cantado, bailado o tocado instrumentos como parte de su ministerio? Parece probado que flo y por tanto flamen proceden del indoeuropeo bhel-, que en sánscrito antiguo produce la palabra brahmán, también sacerdote. El filólogo e historiador francés Georges Dumezil (1898-1986) se ocupó a lo largo de todo un libro (Flamen-Brahman, Ed. P. Geuthner, Paris. 1935) de la similitud de ambas palabras y de sus implicaciones históricas y culturales. En esta obra nos aporta una pista interesante sobre este sonido: según se acentúe forma dos palabras distintas que, aun perteneciendo al mismo grupo semántico, dan un significado diferente; así, mientras que <*bhlã-men, brahmán significa sacerdote, <*bhlã-mn, bráhman significa sortilegio o plegaria. Parece que cabe aventurar que el flamen tuviera también, o hubiera tenido alguna vez, la misión de pronunciar palabras mágicas, sonidos investidos de un poder transformador, que en el fondo es lo que son los sortilegios y las plegarias.

5.- PAL -MENCO (2): Pero el sonido pal corre también en otra línea semántica paralela y que nada tiene que ver con las culturas de los palos que se asentaran en los deltas de los ríos. Y es de nuevo en la vida religiosa de Roma donde encontramos una hebra de la que tirar. Entre los vestigios con que se compone las leyendas de su origen hallamos otras resonancias aún más lejanas, que también parecen subyacer a las anteriores capas etimológicas ya propuestas y cuyos significados amplían y enriquecen este juego de palabras, si bien también lo confunden más.

En abril los romanos celebraban una de sus fiestas más importantes, las Palilia o Parilia. Esta celebración, que da nombre al mes, estaba consagrada a Palis, antigua y extraña diosa protectora del campo, de los ganados y de los pastores, cuya naturaleza se desdibuja junto al titán Palas, dios de la sabiduría y supuesto padre de Atenea.

Pues bien, resulta que Rómulo y Remo eran descendientes de pastores venidos de oriente cuya genealogía se remonta a Anquises -padre del héroe de Troya Eneas- que fuera pastor en la actual Turquía. Además, se cuenta que fueron adoptados por los pastores Fáustulo y Aca Larentia, siendo todos ellos adoradores de la diosa Palis. Curiosamente las Palilia conmemoraban la fundación de Roma, aunque Ovidio dijera que eran en realidad muy anteriores. Parece inevitable considerar que la fundación de la Urbe deba relacionarse con un antiguo pueblo de pastores venidos de oriente cuyos orígenes se pierden en las brumas del pasado más remoto, mucho antes de los tiempos que ahora nos ocupan, llamados precisamente Pastores Palis, y que a decir de algunos contaron entre sus miembros ilustres al mismísimo patriarca Abraham.

Los Pastores Palis habrían partido del Valle del Indo, desde donde habrían iniciado una diáspora hacia oriente llegando hasta Siam, Tailandia, y hacia occidente llegando hasta las costas del Atlántico. Según algunos estudiosos, topónimos como Palestina o Híspalis darían testimonio del movimiento de aquella migración. Sobre Híspalis, el nombre antiguo de Sevilla, Arias Montano corrige a San Isidoro, quien erróneamente -según aquel- había interpretado Hispalis como fundada sobre estos palos, dada la identidad fonética entre ambas líneas, palis y palus. Y debemos tomarlo en cuenta pues los Pastores Palis suelen salir a relucir al estudiar el origen de pueblos de pasado incierto, como los gitanos, hebreos o hicsos. Aquel pueblo índico parece relacionado con el Pali, una lengua literaria, que no verdaderamente hablada y muy cercana al Sánscrito antiguo, que sirviera de vehículo a la expresión y transmisión del budismo. Se ha dicho que se llama así por las líneas o palos en que se escribía por emplearse como soporte las hojas de palma. ¿Estarán los pueblos Palis en el origen del prefijo griego paleo, antiguo? ¿Serían los Palis Οι παλαιοί, los antiguos a los que se referían los griegos y de los que ellos mismos decían proceder? Así, palmenco o palismenco significaría relativo a los antiguos.

A propósito de estos pastores míticos, encontramos en un libro de reciente publicación unas líneas, preñadas de noticias sugerentes por demás, en las que quisiera apoyarme para cerrar este texto con broche de oro, y añadiendo más misterio y al tiempo coherencia a todo lo hasta aquí expuesto:

«En la cueva sagrada donde nace la serpiente, cerca del sexo, entre los cimientos de las nuevas arquitecturas, los pastores palis recitan con herméticos cantos la misma letanía: “el ritmo no sube a una frontera del tiempo porque asusta la responsabilidad de la alianza mistérica, y no baja a la otra porque la muerte guarda su guadaña y te deja perdido con los sacos de memoria pegados a la campana muda del sacro por siempre”. Los pastores palis saben que mientras no asumas tu responsabilidad tendrás licencia para seguir engañándote, pero aunque puedas machacar una piedra en el continuo perpetuo, no distinguirás si es o no superior a ti.”

49 Respuestas a la aventura del pensamiento. Eduardo Pérez de Carrera. Fundación Argos. Madrid, 2004

EPÍLOGO

Los flamencos, que estructuran los palos en tercios, suelen formar trinidad: el bardo, que canta un mensaje sin doctrina, la sacerdotisa que baila convocando el vuelo de la sierpe y el citarista, que abraza y acaricia la efigie hueca de la diosa pulsando las seis cuerdas sobre el tronco de su espina dorsal. No son siete cuerdas, por cierto, sino seis, quizás porque la séptima no ha de ser tocada desde la voluntad, o quizás porque seis son las líneas con que las melisas labran su fanal de miel.

Alberto Donaire Hernández

1 de enero de 2020

Base gráfica (baja)

© Alberto Donaire Hernández 2020