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Dolmen de Soto 1

La función de los monumentos megalíticos, la identidad de sus artífices o la tecnología de su construcción son algunas de las preguntas que aún no han sido respondidas a satisfacción de todos los investigadores. Y sin embargo, ahí están, con sus piedras bien plantadas, con todo su peso, en nuestros campos, retando con insolencia a las más consolidadas explicaciones, tan persistentes como simplistas. 

En este artículo, el historiador Taid Rodríguez hace un breve pero contundente recorrido por algunas de las vicisitudes que sufre el magnífico y malogrado Dolmen de Soto, en el término de Trigueros, provincia de Huelva, al tiempo que denuncia la ineptitud y el desinterés irresponsable de las administraciones y personas que a lo largo del tiempo han estado encargadas de su custodia. 

El dolmen de Soto

por Taid Rodríguez
2018

Mi distinguido y querido amigo: Me pide Vd. que le haga la historia de cómo descubrí mi monumento y realicé las excavaciones, así como detalles de los sitios donde encontré el ajuar funerario.”

De esta forma tan elocuente comienza don Armando de Soto su carta al profesor y arqueólogo Hugo Obermaier, que a la postre llevaría a cabo la publicación del yacimiento. Lo haría en 1924, un año después de su descubrimiento, en una publicación de nombre un tanto ridículo, que revela el más bien escaso interés por la arqueología que existía en España en aquellos tiempos: la publicación se llamaba “Boletín de la Sociedad Española de Excursiones”.

En su carta, el señor de Soto deja claro que el monumento lo considera suyo, que como tal lo excavó a su placer, y que todo lo que allí se encontró pasó a su valija personal, puesto que estaba en su propiedad. Nos enteramos por su misiva de que fue gracias a la insistencia de su mujer por lo que se llevó a cabo la tediosa labor de desenterrar el dolmen completamente, pues el señor de la finca, pasados los primeros trabajos y viendo que el túmulo no daba tesoros (algo muy habitual por aquel entonces, cuando los primeros arados tirados por tractores conseguían arañar la tierra a mayor profundidad de la habitual), decidió dar por cerrada la aventura. Pero pesó más la opinión de su mujer, más paciente, y deseosa de ver descubierto el túmulo en su totalidad. Continuaron pues los trabajos con más ahínco si cabe, y la dura arcilla prensada fue transformándose en terrones a golpe de pico, sacando a la luz varios enterramientos y algún que otro objeto, aunque no el mausoleo de Mohamed ben Muza, matemático del siglo octavo, que es quien se suponía que debía hallarse allí enterrado según las informaciones locales.

Es decir, en la región era conocida la existencia de una tumba por aquellos cerros, y se la atribuía a un moro insigne, como era costumbre, pues estaba claro que los cristianos no se enterraban así, pero los moros no se sabía.

Los huesos, tanto los allí enterrados como los de los peones encargados de la dura tarea de sacar esa especie de hormigón en que se convierte la arcilla prensada, salían del túmulo ya sea rotos o ya molidos. En la carta se dice que algunos de esos huesos lograron sacarlos más o menos intactos junto con algunos objetos:

“Todos los restos humanos tenían a un lado hachas y al otro cuchillos, cinceles o puñales, y dos de aquéllos, además de lo dicho, conchas como las de los peregrinos. Con los restos de una madre con su hijo que se hallaron debajo de un signo que los representa, signo que Vd. me descifró, estaban el precioso puñal y el brazalete de hueso que, por su pequeño diámetro, se conoce que pertenecería al niño.

Las piedras de techo que faltan al final del dolmen, o sea en la cámara grande, no cabe duda que fueron destrozadas recientemente para aprovecharlas en construcciones, puesto que he encontrado en varios trozos, algunos grandes, las huellas de los barrenos cuyo uso es de ayer mañana.”

Si además de estos objetos se encontraron otros, no lo sabemos. Resulta bastante fácil pensar que debieron encontrarse más.

Durante la Feria de Abril el sr. de Soto relató su descubrimiento al sr. Conde de la Mortera, quien a su vez se lo comunicó al sr. Duque de Alba, quien a su vez volvió poco después con el insigne arqueólogo alemán Hugo Obermaier debajo del brazo. Para entonces el monumento estaba ya totalmente “limpio”, y el bien relacionado arqueólogo solo pudo hacer algunas recomendaciones sobre la conservación del maltratado yacimiento:

“En esa memorable visita escuché de labios de Vd. muy sabios y amables consejos que he procurado seguir puntualmente, para lo cual he consolidado las tres piedras verticales que amenazaban desplomarse y he sostenido con viguetas las dos piedras del techo que partí para buscar la “sepultura del moro” y otras dos más que estaban partidas por el centro y aún no se habían desprendido. También ha quedado terminada la bóveda de sillería que suple las piedras del techo que faltaban.”

El dolmen de Soto es un dolmen particular. No por la forma en que fue descubierto, bastante común, sino por sus dimensiones y por sus grabados. Estas peculiaridades llamaron tanto la atención de Obermaier que decidió llevar a cabo él mismo la carta del monumento.

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Sin embargo, recientemente ha sufrido algo peor que los golpes de pico. Ha sido sometido a una de esas restauraciones que parecen hacerse a mayor gloria del arquitecto y de la administración que lo contrata: costosa, efectista y desafortunada. En teoría, trataba de ser lo más respetuosa posible con uno de los grandes monumentos de la provincia de Huelva (ya de por sí monumentalmente rica), pero cae en la modernidad de las luces led empotradas en el suelo, la pavimentación de cemento enlucido con pintura epoxi y el masivo uso del hormigón como medio de sustentar semejantes moles de piedra. Todo para facilitar al turista su visita al monumento, pero a la vez acabando con el encanto de aquellos megalitos que llegan a nuestros días apenas alterados.

Lejos quedan los tiempos del Duque de Alba, en que el monumento se encontraba en su estado salvaje, con su primitiva impresión de cueva agreste, encontrada en medio del campo sin saber cómo sí o cómo no. Con sus enormes moles de piedras sustentadas sobre sí mismas, en vibrante y a la vez muda tensión, visibles aún las huellas de la entrada forzada por las losas del techo. El túmulo, como digo, inadvertido desde fuera, cubierto de vegetación, invisible, preparado para dar la sorpresa. Su interior oscuro, cubierto de polvo el suelo, telarañas en las esquinas, algún que otro bicho alado. Sobrecogedor, aún en la claridad del día.

El dolmen de hoy es un lugar limpio, aseado y fácil de visitar. “Fácil de escuchar”, como llaman los ingleses a las canciones de centro comercial. No hay que agacharse, ni entrar en cuclillas. Se puede entrar con zapatos de tacón o vestido de Prada o de Armani y salir sin una mota de polvo. Puede uno hacerse las fotos de su boda junto a sus piedras cubiertas de grabados diez veces milenarios porque la luz, que en un principio atentaba contra la oscura sacralidad del santuario solo dos veces al año, campea hoy a sus anchas por él, dueña y señora de un ambiente de penumbra que ya no existe. Sin acritud, sin sorpresas, sin bichos alados ni no alados. También el enorme túmulo de tierra que cubre el dolmen se encuentra desprovisto de su capa vegetal: todo lo contrario, nos lo encontramos desnudo, bien delimitado y debidamente señalizado (incluida la terminante prohibición de subirse a él, precisamente uno de los mayores atractivos de los dólmenes: subirse a ellos).

Así, de esta prosaica manera, adecuando el pasado a nuestros gustos presentes, se ha convertido el monumento agreste en un lugar común, sin mayor atractivo, que recuerda un tanto la entrada de un hotel. El Centro de Interpretación, muy moderno, semienterrado en el suelo y con dos grandes rampas de acceso (¿por qué dos?), nos provee de aseos, máquina de bebidas y gran pantalla de audiovisuales. Los visitantes solemos pasar aquí más tiempo que en el propio dolmen, dado que la visita al mismo, guiada o más bien vigilada, no sabría cómo describirlo, no dura mucho.

Pero esas piedras, a pesar de la absurda situación en que se encuentran, logran hacerse un lugar en la memoria de muchos visitantes. Uno cree marcharse de la visita decepcionado, como si no hubiese pasado nada en un lugar donde debía de haber pasado algo. Pero resulta que imágenes de esas piedras pueden venir a la memoria en los días sucesivos.

Conservan esta particularidad, en especial, algunas piedras grabadas, las piedras que forman las puertas interiores del monumento y la enorme masa granítica de la cabecera a la que todavía hoy, a pesar de las modernidades, van a parar los rayos del sol cuando se abren paso por el corredor hasta el fondo del dolmen. Esto ocurre durante el amanecer del equinoccio de primavera, el 21 de marzo, y durante el amanecer del equinoccio de otoño, el 21 de septiembre. En estos días (si el apagado de las luces led lo permite) “la luz solar penetra por la escuadra superior derecha de la puerta, avanza por el corredor, ilumina la piedra dintel de sostén que se halla situada a 2 m de la entrada, y se proyecta hasta la cámara durante un período de 3 minutos”[1]. ¡Se puede ver en vídeo para mayor comodidad!

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Esta piedra de la cabecera mide tres metros y medio de alto, tres de ancho y tiene una media de setenta centímetros de espesor. Su peso se ha calculado en unas 21 toneladas. Obermaier, en la primera memoria del yacimiento, decía que era de granito, pero exámenes posteriores más detallados dicen que es de “grauvaca”, una especie de amalgama compuesta con elementos procedentes de la descomposición del granito; es decir, las famosas mica, feldespato y cuarzo, pero en proporciones mucho menores.

Las canteras de grauvaca más cercanas se han localizado en las inmediaciones del monumento, en un arroyo a unos dos kilómetros de distancia. Aun suponiendo que efectivamente se extrajese de allí esta enorme mole, ¿cómo la sacaron de su nicho? ¿Cómo la desplazaron hasta su emplazamiento? Hoy en día se necesitaría un cable de acero trenzado de unos dos centímetros y medio de ancho para levantar semejante peso, pero teniendo en cuenta que se trata del alba de los tiempos, cuando al parecer no existía ni la rueda, deberíamos pensar a lo sumo en una cuerda de cáñamo. Este tipo de cuerda tiene actualmente una resistencia a la ruptura de aproximadamente 600 kg por cada centímetro de sección. Esto es, para levantar 1.200 kg se necesitaría una cuerda de 2 cm de ancho, para levantar 12.000 se necesitaría una de 20 cm, para levantar 24.000 se necesitaría una cuerda de 40 cm de ancho. Como decía un amigo ingeniero, imagina ahora a no menos de doscientos tíos en fila poniéndose de acuerdo para tirar todos a la vez de semejante amarra, intentando generar cada uno una fuerza no inferior a 50 kg. Y así dos kilómetros (que son cuesta arriba, por cierto), desde la orilla del regato cercano donde se cree que estaría la cantera.

¿Tendrían ya recuas de bueyes que tirasen de las cuerdas? ¿Habrían logrado la domesticación del toro que los mitos atribuyen a los tiempos de Gerión? ¿O serían Gigantes quienes tirasen de las cuerdas, como relatan los mitos antiguos? Como el problema tiene difícil solución, las memorias arqueológicas pasan más bien de puntillas sobre el asunto. Pero eso no quita para que el inmenso logro esté ahí, materializado en un monumento que, analizado desde el punto de vista de un ingeniero, desborda por todas partes la capacidad que atribuiríamos a los pueblos de la prehistoria. Esa gran piedra y sus compañeras fertilizan todavía hoy nuestra imaginación dormida, funcionan todavía como un inmenso tótem, cuya función es recordarnos la materialización de un logro a priori imposible.

Por esta razón resulta tan absurda la modernización de los grandes monumentos, megalíticos o no megalíticos: porque acaba anulando su alma; esto es, desvirtúa los logros de nuestros antepasados y falsifica su intención. Ponerle luces led a un monumento megalítico o puertas correderas de cristal a una iglesia románica puede que haga más cómoda la visita, pero resulta un sacrilegio evidente que, además, en el fondo resulta feo: nadie se desplaza mil kilómetros para ver la entrada de un hotel o la puerta de un centro comercial.

Los especialistas dan al dolmen de Soto y a los monumentos megalíticos en general una función de enterramiento. Los consideran monumentos funerarios, al menos en los libros de texto y en los documentales, debido a que es relativamente frecuente encontrar personas que se han hecho enterrar en ellos. Pero uno podría preguntarse qué esplendor le dan a un túmulo funerario, ya de por sí espléndido, unas piedras traídas a veces de muy lejos y que no son llamativas ni por su color ni por su forma. En el dolmen de Soto hay por lo menos dos bloques de piedra volcánica procedentes, seguramente, de la región del Andévalo, a más de 30 km de distancia. Otra pregunta es por qué razón personas capaces de mover un bloque de 21 Tn con cuerdas, palancas o lo que fuera, parecen no haber sido capaces de tallar esas mismas piedras para darles una mínima forma, como en las pirámides o en los templos griegos. Parece claro que si las dejaron de tallar no fue por falta de capacidad, sino por algo que los libros de texto tampoco saben explicar.

Un poco más adelante seguiremos con este asunto de los enterramientos, pero antes una constatación un tanto sorprendente. Si bien ha quedado claro que la restauración no ha sido de nuestro agrado, sí hay que reconocer que el yacimiento ha sido excavado a conciencia. Y de esa minuciosidad se han sacado conclusiones importantes. Una de las más destacadas es la certeza de que el gran dolmen y el túmulo de tierra que lo oculta son una reutilización de materiales previamente existentes. Existentes desde no se sabe cuándo. En concreto, todo parece indicar que proceden de un círculo de piedras tipo Stonehenge (crómlech), aunque yo diría más bien del tipo de las taulas menorquinas, pero a base de piedras sin tallar. El perímetro de dicho círculo coincidiría con el perímetro del túmulo actual. Las piedras estarían dispuestas de manera vertical dejando un espacio entre unas y otras. Y en el centro, tal vez, la gran piedra de la cabecera o alguna otra de las grandes losas que cubrían la cabecera del dolmen, que recordemos que es su parte más ancha, y que, como vimos, se perdieron ya antes de la excavación del sr. Soto.

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Todo esto se ha averiguado porque al excavar las inmediaciones del dolmen (deberíamos decir de los dólmenes, porque hay por lo menos otros tres menores en un radio de un kilómetro) se descubrieron los huecos donde irían los ortostatos (piedras) verticales, así como huecos y cimientos de una serie de edificaciones situadas justo enfrente de la entrada actual del dolmen. Lo que no se ha podido excavar, según creo, es lo que hay debajo del dolmen.

El momento de la reutilización de los materiales se ha datado hacia inicios de la Edad del Cobre, hacia el III milenio a.C., momento en que se transformó el monumento megalítico en un gran dolmen mediante reutilización de los menhires y las estelas. ¿Desde cuánto tiempo atrás se

vendría utilizando? ¿Habrá sido objeto de otras reutilizaciones además de esta? ¿Los grabados pertenecerían a una época, a la otra o a ambas? Y, ¿por qué dejó de utilizarse? ¿Hubo un cambio en la población, en la estructura social del territorio que hoy llamamos Huelva, que llevara a un olvido de los ritos asociados? ¿Acaso una despoblación momentánea durante algún que otro centenar de años que los hiciese caer en el olvido? ¿O una sustitución violenta? Si ha sido así, ¿cuántas no habrán tenido lugar a lo largo de los cinco o seis mil años de antigüedad que se les asignan? ¿Y antes aún?

La reutilización de materiales antiguos para llevar a cabo monumentos nuevos parece una práctica relativamente común ya en la prehistoria[2]. Se plantea entonces el problema de si generalizar o no esta práctica: ¿son los círculos de piedras y las alineaciones de menhires siempre anteriores a los dólmenes? ¿Son los dólmenes resultado de la destrucción y fragmentación en piezas más pequeñas de enormes masas de piedra monolíticas similares a los mega-menhires de Carnac? O incluso, ¿podemos plantearnos sucesivas destrucciones y reutilizaciones desde los grandes menhires hasta las columnas visigodas?

Llama mucho la atención que las diferentes formas de “piedras hincadas en el suelo”, desde el menhir inmenso hasta la columna visigoda, pasando por las estelas y los ortostatos de los dólmenes, tengan siempre aproximadamente la misma intención simbólica: delimitar un camino hacia algo que suele estar en la cabecera y que suele contraponerse de manera horizontal, normalmente un altar (una piedra horizontal elevada). ¿Se trata de diferentes formas de simbolizar lo mismo? ¿De sucesivas formas de marcar un punto?

 

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Todas estas preguntas vienen a cuenta de la catalogación de los dólmenes como monumentos funerarios, según decíamos antes. Evidentemente, en algún momento algunos de ellos fueron utilizados como tales. También en el interior de las iglesias se han llevado a cabo enterramientos, pero, ¿era esa su función principal? ¿Son las iglesias tumbas o monumentos funerarios? Entonces, ¿podemos afirmar que los dólmenes fueron concebidos como monumentos funerarios? La verdad es que no, y no estaría de más que los libros de texto se esforzaran más por aclarar que se trata tan solo de una hipótesis. Una que, lejos de estar comprobada, a pesar de la certidumbre con que se nos presenta, deja todavía muchos interrogantes en el aire. Para contestarlos, se han propuesto varias otras hipótesis que se plantean como complementarias, pero que ponen de manifiesto que estamos aún lejos de encontrar una respuesta satisfactoria al asunto de los dólmenes y los menhires.

Una de las funciones alternativas que se les ha asignado recientemente a los dólmenes es la de “marcadores territoriales”. Estos grandes monumentos servirían para “señalizar” los límites del territorio de un determinado clan. Vendría a ser algo así como la meada de un perro, que sirve para marcar su territorio frente a otros miembros de su misma especie. A cada clan correspondería un marcador o un grupo de ellos. Lo curioso es que este “lenguaje” de demarcación se extendiera por toda Europa y llegara incluso a Asia y a África. Una vez más, lo mismo se podría decir de las iglesias. Sus grandes campanarios servían para delimitar los límites de una parroquia y aún para destacar su existencia misma.

También se ha expuesto la teoría de que servirían como factor de diferenciación social, como marca de estatus vinculada al nacimiento de las jefaturas (problema éste, el del origen de la diferenciación social, que preocupa mucho a los especialistas, no sé por qué). Se trataría una vez más de una función compartida con las iglesias, donde por lo común solo los más poderosos podían hacerse enterrar, cuanto más poderosos más cerca del altar. Según esta teoría, solo los poderosos podían enterrarse en el monumento. En principio, se entiende por poderosos a los jefes del clan y su círculo de familiares más cercanos. Queda excluido, por el momento, que se enterraran en ellos los chamanes o magos.

Pero la pregunta es que si los monumentos megalíticos, y en especial los dólmenes, remedan muchas de las funciones de las iglesias, remedan también su geometría arquitectónica constituida por un pasillo de columnas y un altar, remedan la característica de homogeneidad estilística y constructiva a lo largo del tiempo, y además tienen ambos, aproximadamente, una misma distribución geográfica (están presentes en Europa, Asia y África, con un porcentaje de presencia muy parecido: abundan más en Europa y menos en los otros dos continentes), ¿no podrían ser las iglesias las que remedan a los dólmenes? Y, ¿no es el rezo la función principal de una iglesia? Parece claro que se debería empezar a llamar a los dólmenes “monumentos rituales” y no monumentos funerarios, por más que sea difícil hallar un rito que no tenga que ver con la muerte y el nacimiento.

En el caso de la luz, la relación entre dólmenes e iglesias llega a extremos todavía más llamativos. Tanto en los unos como en las otras la penumbra y la orientación juegan un papel determinante, y con mucha frecuencia los solsticios son en ambos fechas señaladas. Esto supone, además, que en uno y otro caso han existido una serie de cálculos astronómicos que se han transmitido de generación en generación durante milenios. ¿Quién o quiénes se responsabilizaron de preservar esos conocimientos, durante tanto tiempo y en toda Europa? ¿Familias, clanes o tribus de alcance local y sin mayor contacto entre sí? La hipótesis propuesta por los manuales de historia, en la que todos concuerdan, hace hincapié en que los dólmenes serían monumentos funerarios erigidos por iniciativa de cada uno de los clanes o tribus locales, como decíamos antes, en un intento por marcar ante otros su territorio y hacer notar el esplendor de su familia. Esta es la teoría más divulgada y la que cuenta con más aceptación. Pero se encuentra con serias dificultades para explicar la enorme difusión en el tiempo y en el espacio del fenómeno de los dólmenes y, sobre todo, para explicar la homogeneidad técnica del fenómeno. Algo tiene que haber que sobrepase el ámbito estrictamente local del clan o la tribu.

Las antiguas estructuras de clanes, y no digamos ya las de las tribus, estaban formadas por pocos individuos, a lo sumo una veintena, una centena, y estaban expuestas a innumerables vicisitudes relacionadas con una muy difícil supervivencia. ¿Fue en el interior de estas estructuras, en apariencia tan frágiles, donde se gestaron, se conservaron y se difundieron conocimientos tan complejos? Y por otro lado, ¿adquirir todos esos conocimientos para llevar a cabo una única construcción?

Conocemos algunos casos, no tantos como pudiera parecer, de una extensa uniformidad técnica y formal a lo largo del tiempo y del espacio. En Europa el más llamativo es, como decíamos, el de las iglesias románicas y góticas. En este caso sabemos que esa uniformidad se debe al desplazamiento a grandes distancias de cofradías de carpinteros, canteros y herreros. Pero, como se sabe, las cofradías o hermandades no responden a la estructura habitual de un clan o de una familia extensa. Se trata de individuos que entran a formar parte de una hermandad diferente y que, por tanto, pueden desligarse de sus lazos familiares y territoriales. Esto es lo más importante: que se trata de estructuras “supraterritoriales”, internacionales diríamos hoy, inmersas en un océano de relaciones locales y funcionando como factor de relación de unas con otras. Son, por tanto, de una importancia capital para la transmisión de la cultura en Europa.

¿No sería más fácil pensar, visto lo visto, que también en el caso de los dólmenes y de los menhires debió de haber algo semejante a este tipo de cofradías itinerantes? ¿Es acaso tan difícil pensar que ya por entonces determinadas personas fueran capaces de salir de su medio local y recorrer grandes distancias en pequeños grupos? ¿Qué es lo que causa tanto rechazo de este tipo de teorías?

Por lo general, tendemos a otorgar a nuestros antepasados una capacidad de pensamiento muy limitada, tanto más limitada cuanto más alejados en el tiempo. Pero esto no tuvo por qué ser así. Incluso si las difíciles condiciones de supervivencia condicionaban la adquisición de ciertos tipos de conocimiento por parte de la mayoría de la gente, esto no excluye que, como en la Edad Media, pequeños grupos de gente alcanzasen extraordinarios niveles de conocimiento. Incluso comparados con los actuales.

A los Neandertales, por ejemplo, tradicionalmente se les ha negado la capacidad de sentir la muerte de un hermano, de un hijo o de un compañero. Se les ha negado hasta la capacidad de tener pensamiento abstracto (¡!). Y, por supuesto, capacidad artística. Sin embargo, la arqueología, y sobre todo los nuevos métodos de datación, están arrojando fechas cada vez más tardías para algunos objetos y representaciones de arte rupestre que se estimaban propios tan solo del homo sapiens; es decir, nuestros. Las nuevas dataciones están empezando a arrojar serias dudas sobre que el arte rupestre sea exclusivamente atribuible al sapiens. Las pruebas sobre las que se asentaba una supuesta y cuasi infinita superioridad intelectual de nuestra “especie” se están viniendo abajo, y con ellas el concepto mismo de “especie”. Nuestra actitud psicológica de creernos superiores a los demás está empezando a quedarse tan solo en eso: en una actitud psicológica.

El caso de los dólmenes, incluido el del señor Soto, no hace sino abundar en esta idea. En la idea de que nuestra supuesta superioridad intelectual hay que empezar a ponerla en cuarentena. El maravilloso I Ching, fuente y origen de buena parte de la profunda filosofía china, fue puesto por escrito cerca de dos mil años antes de Cristo y compuesto fácilmente hace cinco o seis mil años. Precisamente en la época de los constructores de dólmenes y menhires.

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[1] La página web, muy detallada es: http://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/21600660/helvia/aula/archivos/repositorio/0/1/html/wwwtierra/0000009da80efaa04/0000009da80f1492e/0000009daa1013c1f/index.html. Contiene también un enlace a la memoria de Hugo Obermaier.

[2] Pilar López Garcia (coor.), La prehistoria en la Península Ibérica. Madrid, 2017. En el capítulo sobre megalitos, se da una pequeña idea de las épocas de estas reutilizaciones. En Huelva hay varios casos de destrucción y reutilización de crómlechs, por ejemplo, “Los Gabrieles”.