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El caballo y el centauro

Romualdo Molina Muñiz
Noviembre 2016

 ¡Clarines, Laureles!
Las nobles espadas de tiempos gloriosos
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros
las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros.

Rubén Darío, de Marcha triunfal.

 

Antes de que se inventase la escritura con runas, o sea con letras, la humanidad se comunicó gráficamente con jeroglíficos, solución a medio camino del origen, puesto que la primera y original escritura fue pictográfica.

Sucesiones de iconos, más o menos realistas, menos o más estilizados, decían a otros hombres lo que el testigo había visto y otros hubieran querido ver. Tal vez les bastara para transmitirse los hechos con un solo cuadro complejo, en el que coexistían tiempos distintos en el mismo espacio, a la manera que aún usó el Greco en el Martirio de San Mauricio. Tal vez requerían diversos cuadros puestos en secuencia, como las viñetas de un cómic, y ahí queda el ejemplo de la Columna Trajana, en Roma. No era demasiado difícil transmitir objetos o acciones si se llegaba dominar la técnica pictórica. Mayor problema se presentaba cuando era necesario trasladar al otro ideas, conceptos, abstracciones, pero no faltaron desde muy antiguo talentos capaces de resolver el problema; he aquí el ejemplo que mejor nos parece de los que se nos ocurren: el centauro.

Algunos ungulados pequeños, caballejos de escasa alzada, corrieron libres por las llanuras surgidos de la lenta evolución de los mamíferos. El hombre los domesticó, crió y en un alarde de ingeniería genética cuyo triunfo admite pocas emulaciones, llegó a reproducir toda la gama prodigiosa de caballos: los de tiro, incluyendo los híbridos como las mulas, los grandes y pesados percherones, todo fuerza, los afilados corredores, veloces como el viento, y ese increíble logro del caballo europeo de guerra, único capaz de ir a la batalla con el valor de un toro, la inteligencia de un can, blindado por una armadura y cabalgado por un jinete gigantesco protegido por malla y catafracto y armado con lanza, mandoble y tal vez hacha de guerra.

Cierto día el inteligente caballo y el valeroso jinete se acoplaron en amistad insuperable y formaron esa asombrosa realidad del hombre montado, que en otros días posteriores produjo el nobilísimo grado de «caballero». Desde el principio los caballistas fueron de uno y otro sexo, lo mismo que sus monturas; el nobilísimo grado de «caballero» tuvo su equivalente en el de «dama».

El caballo es una creación prediluviana porque consta la existencia de manadas en el continente americano, pero se había extinguido mucho antes de 1492 y no se lo encontró en América a la hora del Descubrimiento. Se sabe que los primeros caballos americanos, incluso las razas asilvestradas que fueron asimiladas por los amerindios, proceden de los que llevaron los conquistadores españoles al nuevo continente. Es interesante señalar que mientras los mesteños (mustangs) conservan la genética básica del caballo español, los appaloosa, gracias al trabajo de los pieles rojas, han llegado a ser una variedad completamente distinta.

Hay una probabilidad de que conozcamos el origen del vocablo jinete y sus derivados. En torno al Sinvs Onvbensis, por el occidente en el sur de Portugal y por el oriente hasta las riberas del Odiel, habitó la tribu ibera de los Quinetes o Jinetes (el sonido de la sílaba inicial se expresa con la misma letra ibera), y desde las más antiguas tradiciones constan los caballos y sus caballistas en el Suroeste de la Península Ibérica.

Imaginaos: unos caballistas corren sus corceles por las arenas de las playas de Almería, de Málaga y más ciertamente por la Costa de la Luz, a la vista de unos marineros foráneos que hacen navegación de cabotaje. Estos, al regreso, para explicar lo que han visto, no teniendo palabras, pintan centauros. No está mal. Pero tenemos una explicación mejor que no excluye la ya dicha.

En la hoy perdida “Historia Universal” de Trogo Pompeio, de la que Justino realizó una condensación o epítome, se conservaba la leyenda de Gárgor y Habis, para Fernando Sánchez Dragó la fábula más antigua de Occidente. Mucho hubo de viajar esa leyenda para que apareciera inspirando en Sumeria la parte central de la Epopeya de Gilgamesh, y para que reapareciera en la edad media coincidiendo con las desdichas de Segismundo, consagradas por Calderón de la Barca en su obra maestra absoluta “La vida es sueño”. El tema es el del padre-rey, que quiere quitarse de en medio a su hijo príncipe-heredero, por temor de él a causa de una profecía. El epítome en cuestión nos permite conocer que la tardía versión de Gárgor y Habis aún recogía matices interesantes de la versión primitiva de tiempos matriarcales, que probablemente se refería a los diversos clanes que integraban la sociedad en el delta del Gran Río, con el de los mujeres-hombres-abeja, en la cúspide jerárquica, desde luego, pero también los hombres-tritones, los hombres-canes, los hombres-toros, los hombres-venados, los hombres-lobos, los hombres-caballos, etc., por los que pasa el niño Hapis abandonado, quienes lo van sucesivamente adoptando y protegiendo, y de los que aprende todos los secretos de cada profesión, hasta que regresa, ya adulto y hecho, al clan materno de la Abeja, para ocupar el trono. Pues bien, cada clan se identificaba por una pictografía, un icono-mixto: evidentemente el icono del clan de los caballistas era una figura combinada de équido y bípedo, que en la mitología griega se llamaba centauro.

Lo mismo que el toro, el caballo tiene raíces distintas en la voz para el macho y la hembra. No se dice caballa como hembra del caballo, como no se dice vaco al macho de los táuridos. En ambos casos el motivo es de índole religiosa.

El Vaco, Baco o Paco (el sonido de la sílaba inicial se expresa con la misma letra ibera) era el nombre de un héroe-dios, el que fundó Nebrissa (hoy Lebrija), enseñó a los hombres a fermentar el vino de la uva, viajó a la ultratumba y regresó del dominio de la muerte, y se le representaba en pintura o escultura apoyado en una vara o caduceo ornado de myrto.

Más difícil es explicar la exclusión del femenino caballa, pero no queda fuera de nuestras posibilidades, aunque dando un amplio rodeo. Veamos. El femenino de caballo en español no es, en efecto, caballa (que queda para un pez afín a la sardina), sino yeguaYegua, según Corominas, procede del latín eqvvs, a través de su femenino formado naturalmente, o sea eqva. Es interesante anotar que de ahí derivaron los juristas latinos la virtud de la equidad, como propia de los Équites o Caballeros, dispuestos a defender un trato igual para débiles y poderosos, defendido desde la potencia superior de quien cabalga.

No explica Corominas, y es lástima, de dónde nos viene el sonido j inicial, pronunciado a la manera clásica, como en francés e inglés, como una dulce y apoyada y griega a la española. Ocurre que ese sonido inicial, pero con jota fuerte o con su equivalente coloquial de hache aspirada se usa en otra palabra, usada mucho en Andalucía, para la hembra del caballo: jaca, cuyo masculino es jaco. Corominas, con lo que nos parece una extravagancia, va a buscar el origen de la voz a 1292 en un pueblecito británico llamado «Hackney» (¿?), dejando de lado la raíz esencial, Jacques, del vasco jaque y el hebreo Yakim (uno de los dos obeliscos a la puerta del templo de Salomón), y por eso el topónimo de Jaca, ciudad pirenaica, nombre traducido por «puerta», porque allí se inicia la parte principal del camino de Saint-Jacques o Santiago.

Conviene señalar que la pronunciación italiana de caballo es cabal-lo, o sea como una doble ele, mientras que la andaluza es cabayo, con sonido de consonante apoyada y griega. Pronunciada a la italiana, cabal-la suena virtualmente igual que la palabra hebrea «Cabalah» que alude a la transmisión de saberes en general entre generaciones, y en concreto a la «Tradición Esotérica» de los arcanos. Con el temor a ser sospechado de judaizante, ahí habría motivo práctico y religioso para usar otra palabra para la hembra del caballo.

¡Los andares de mi jaca!
no los pinta un pintó fino
los andares de mi jaca:
pero yo los adivino
cuando, ar pasá, se reflejan
en los charcos der Camino.

(Letra de Fandango de Huelva,
conexa con una copla de Fernando Villalón.)

En la mitología tardía helénica, la que hace recomponer a Hesíodo y otros pobres bardos a sueldo el déspota patriarcadista Esténelo, a partir de la fecha de la I Olimpiada, los centauros odiosos son indiscutible e imperdonablemente los malos-malísimos. Es claro que al nada caballeroso invasor Esténelo, procedente de Centroeuropa, epirócrata declarado, hostil a las talasocracias, que menospreciaba lo femenino y carecía de equidad, le fuñían los caballeros tanto como las damas. ¡Odio a los centauros del Poniente, los de la tradición en verso seis veces milenaria! Debió proferir el tirano más de una vez.

No había sido así antes del reajuste, remiendo y parcheado; y a pesar de las inventivas pueriles de las violentas peripecias tardías, omnipresentes en las artes plásticas de los tiempos de Solón, jamás se pudo borrar la impresionante leyenda previa del centauro Quirón.

Se cuenta que Quirón, —mejor escrito Kyrón—, era hijo del dios primigenio Kronos: el tiempo secuencial, en que discurre la historia (cuyo similar latino era Saturno, el de la edad de oro, o tiempos antiguos). Por deseo de su padre, Arthemis, la Luna creciente, enseñó a Kyrón a cazar y le transmitió conocimientos de Agricultura, Quiromancia, Artes plásticas, Literatura, Música, Adivinación, Matemáticas, Astronomía, Magia, Cirugía y Medicina.

«El sabio Quirón nos da los nombres exactos de las hierbas «médicas» que curan los diferentes males para que, reprimido el dolor, podamos aspirar a la felicidad. También nos enseña los alimentos que transmiten sus virtudes al hombre, además de alimentar»

Vicente García de Diego

En tiempos de Platón y Aristóteles aún se recordaba que Kirón había sido el maestro de los grandes héroes antiguos: Peleo y su hijo Ligirón, al que el centauro cambió el nombre por el de Aquiles; Asclepios (fundador de la medicina helena); Jasón (líder de los argonautas); Palamedes (el genio inventor de los dados y el juego de damas, de varias letras nuevas para el alfabeto y de la moneda, del cálculo de los meses, y otros asuntos con los astros): Ayax Telamón (el primero en entrar en Troya); Ayax el chico, rey de Salamina; Heracles, Medeo, Acteón, Ulises, Céfalo, Meleagro, Teseo, Castor y Pólux y, por parar, a Eneas, mítico fundador de Roma, según Virgilio. Si quisiéramos traducir este juego de fantasías a una proposición histórica, diríamos que las creencias mitológicas griegas suponen que su civilización primera deriva del programa de estudios del Occidente europeo, el de la Koiné Atlántica, enseñado en sus universidades peripatéticas en forma de espiral, que concedía títulos en tres grados: vates, bardos y druidas.

Kirón, el anciano centauro, personificación de los antiguos saberes postdiluvianos, prenda de los antiguos tiempos de Cronos o Saturno; sabio bueno-buenísimo, fue siempre una figura del todo incoherente con las peripecias groseras de un Hércules de tebeo, los irreflexivos lapitas, los feroces centauros y las alocadas centauresas. Su biografía permanece indomable. Como es de oro puro, basta frotar un poco, quitar la ganga, revisar la cronología, y recuperamos un Mito esencial de los antepasados (oi palaioi), que, ¡oh maravilla!, nos descubre como un fino tesoro el mundo de los Kyrios, o los ungidos, los Quirós o maestros, y los Curetes o Coritos, sus súbditos, los paios habitantes del valle del Kérete, que inventaron con sus hoces dentadas la cosecha cerealera del centeno, la cebada y el «tríticvm» dorado.

«Quirón. (declama)_
¡Himnos!
Las cosas tienen un ser vital: las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas;
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma;
en cada átomo existe un incógnito estigma;
cada hoja de árbol canta un propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar;
el vate, el sacerdote, suele oír el acento
desconocido; a veces enuncia el vago viento
un misterio; y revela una inicial la espuma
o la flor…, y se escuchan palabras de la bruma.
Y el hombre favorito del Numen, en la linfa
o la ráfaga, encuentra su mentor: Demonio o Ninfa.
……………..
No es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo;
son formas del Enigma La PALOMA y el CUERVO.
……………..
¡Vaso de miel y mirra brotó de la amargura!
Ella es la más gallarda de las emperatrices;
princesa de los gérmenes, reina de las matrices,
señora de las savias y de las atracciones,
señora de los besos y de los corazones.
……………….
(La Muerte es la victoria de la progenie humana.)
……….
(La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.)
……….
La Virgen de las vírgenes es inviolable y pura:
nadie su casto cuerpo tendrá en la alcoba oscura,
ni beberá en sus labios el grito de victoria,
ni arrancará a su frente las rosas de su Gloria.»

Rubén Darío, de Coloquio de los centauros.

Dios-Kuros, Kyrón, el centauro, Maestro ungido, era inmortal porque su madre, llorando, así lo había solicitado de los dioses olímpicos, y éstos se lo habían concedido, no se sabe si con las peores intenciones.

Más adelante, el druida de larga barba blanca, el anciano centauro, el «gentleman equitativo», el caballero sabio, fue herido injustamente por una flecha perdida, envenenada con tóxico letal: no pudiendo morir, no se curaba de su dolorosa llaga, ni dejaba nunca de sufrir la vida. Hizo al fin un intercambio sagaz con el generoso Prometeo, el titán que amaba a los hombres: aquél le cedió a éste su inmortalidad a cambio de la Muerte.

Y murió feliz.

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Imagen de portada:  Centauro de Royos, figura griega de primera mitad s. VI a. C., importada en territorio ibérico. Museo Arqueológico Nacional. Foto de José-Manuel Benito Álvarez (Wikipedia).