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Demasiado a menudo olvidamos que en historia y en mitología, nada es lo que parece. Con este sorprendente artículo os invitamos a conocer otra Iberia, una especie de otro yo en las antípodas que nos ha soñado en el pasado, que nos sueña en el presente y al que nunca hemos acertado a responder.

Un espejo ante nosotros que se yergue incólume como colosal enigma: ¿hubo otra Iberia? ¿dónde? ¿cuándo? ¿qué relación tiene con nosotros? Tal vez si hubiésemos prestado más atención a estas preguntas en el pasado acontecimientos luctuosos recientes en la zona del Caúcaso hubiesen tenido una respuesta más firme por nuestra parte.

Dos hermanas:

Historia de Iberia e Iberia del Cáucaso

por Taíd Rodríguez Castillo
Abril 2015

A principios de los años 80, Adolfo J. Domínguez Monedero, un destacado profesor universitario de Madrid, escribía en la revista Lucentum un artículo en el que venía a decir que “no puede comprenderse el concepto de Iberia, aplicado a la Península Ibérica, sin referirse a los Iberos y a la Iberia orientales” [1].

De ello se desprende, pues, que aún hoy seguimos sin comprender el concepto de Iberia, ni el concepto de iberos, puesto que para el 90% de la población, si no más, la existencia de esa otra Iberia oriental es totalmente desconocida.

Y sin embargo, la existencia en el mundo antiguo de una región llamada Iberia en el otro extremo del Mediterráneo, haciendo espejo con la nuestra, está bien atestiguada desde hace mucho tiempo, por lo menos desde tiempos de Heródoto: de hecho, figuraba en los mapamundi convencionales (con su nombre de Iberia escrito bien grande y bien claro) por lo menos hasta los primeros decenios del siglo xviii. Esta Iberia “oriental”, también llamada “caucásica” y “póntica”, se encontraba a los pies del Cáucaso, que constituía su linde norte, y se extendía entre dicha cordillera y la cuenca del río Aras, más al sur. El Mar Negro servía de frontera por el oeste, y el Caspio por el este. La región era llamada “póntica”, de puente, precisamente porque era paso obligado para las poblaciones que querían pasar de Europa a Asia o de Asia a Europa por tierra.

Por esta región debieron pasar, por ejemplo, los antepasados de Zaratustra, y con ellos las tradiciones que luego dieron lugar al Avesta. Y desde esta región partieron y pasaron quienes posteriormente, según la hipótesis más plausible, extendieron los idiomas indoeuropeos por toda Europa.

Desde el punto de vista griego, que en definitiva es el nuestro, y según lo que se desprende de sus mitos, Iberia era la región colindante con el reino de Cólquide, la tierra de Medea y del vellocino de oro. Estaba habitada, a decir de Estrabón, por tribus escitas muy belicosas, algunas de las cuales estaban semi-sedentarizadas y conocían el cultivo del cereal y la manera de construir casas cubriéndolas con tejas. Estrabón denomina a estos escitas georgos, “labradores”, de donde deriva, probablemente, el actual nombre de Georgia, país que junto con Armenia, Azerbaiyán y parte de Capadocia ocupa en la actualidad el territorio de la antigua Iberia Caucásica.

map of Cellarius ESP

Mapa de Christoph Cellarius (1638-1707)

De la relación que pudo existir entre esta Iberia y la nuestra se desconoce – en España por lo menos – prácticamente todo. Lo que, por una parte, no deja de ser trágico, y por otra pone de manifiesto lo poco que conocemos nuestra propia historia y lo mucho que nos vanagloriamos, sin embargo, de lo bien que creemos conocerla. La mayoría de los investigadores tiene la valentía de dudar abiertamente de su existencia, achacando la confluencia de nombres a una “mera homonimia anecdótica”. Y esta, lamentablemente, es una de las razones que más ha frenado el avance de la investigación. En su día, el mismo Estrabón apuntaba a la abundancia de oro existente en ambas regiones como uno de los nexos de unión entre las mismas, y es cierto que la finísima orfebrería de ese metal es un rasgo que caracteriza ambos extremos del Mediterráneo (ahí están los tesoros ibero-tartésicos de Évora, la Aliseda, o el Carambolo, y los que por su parte custodia el Museo Nacional de Georgia [2]). Pero, en general, parece que esta equivalencia de nombres genera en los eruditos modernos más perplejidad que interés.

Nuestra ignorancia acerca de este hecho, es decir, por qué dos regiones geográficamente tan distantes comparten, sin embargo, el mismo nombre, ha obligado a los pocos que se han interesado por ello a abordar la cuestión desde un punto de vista un tanto inusual, es decir, les ha obligado a echar mano del mito, un concepto controvertido entre los historiadores donde los haya. Tomando como base la mitología, los más audaces han conjeturado que la posible transferencia del nombre de un extremo al otro del Mediterráneo habría sido realizada por los propios griegos. En concreto, se sostiene que fue la Iberia Caucásica, la más cercana y la mejor conocida por los griegos, la que dio nombre a nuestra Iberia peninsular. Los historiadores son así, andan siempre preocupados, como los niños, por establecer quién fue antes y quién después.

La falta de resultados a la hora de confirmar esta teoría por la vía arqueológica o documental ha llevado a la mayoría de los estudiosos a decantarse, como decíamos, por el escepticismo, de forma que la cuestión se encuentra, hoy por hoy, estancada. O mejor dicho, aparcada, porque no creo que nadie se esté ocupando en estos momentos de investigar esta homonimia. Tampoco se le ha ocurrido a nadie incluir en los libros de texto alguna información al respecto, por breve que sea, por si alguien quisiera intentar desentrañar el misterio.

Pero la falta de información es más aparente que real. Por ejemplo, las poblaciones actuales de lo que hoy correspondería al territorio de la antigua Iberia Caucásica siguen, si no llamándose iberos, sí por lo menos teniendo presente su relación de parentesco con los iberos de poniente. Esto se puede constatar en autores e investigadores georgianos y armenios de casi todas las épocas. Ahí está, por ejemplo, el testimonio de Jean Chardin, viajero y explorador francés que vivió a caballo entre los siglos xvii y xviii, y en cuya voluminosa obra se recoge la anécdota de cómo el rey de Georgia le preguntó en una ocasión “¿Cómo está mi pariente, el rey de España?”. O el del cartógrafo georgiano Timote Gabashvili, que vivió en ese mismo siglo xviii, y que insistía en que “Kartueli” y “Shpanieli” eran sinónimos (siendo Kartli el nombre que tomó desde la Edad Media la región central de Georgia). Y antes aún, parece que en las versiones georgianas más antiguas del Hexamerón de Basilio de Capadocia se puede encontrar la sorprendente mención de “georgianos del oeste” en referencia a los habitantes de la Iberia Occidental, es decir, nosotros [3].

Como vemos, existen diversos testimonios de la existencia de una estrecha relación entre Iberia e Iberia: ¿por qué a nadie, aquí en occidente, le ha interesado seguir estos rastros?

Los estudiosos han preferido centrarse en el análisis de la mitología griega (mucho más accesible que la armenia, por otra parte: para qué complicarse la vida…). De entre quienes se han interesado por la cuestión destaca un francés, Pierre Moret, cuyos trabajos han ampliado considerablemente la lista de nombres presentes a la vez en uno y otro extremo del Mediterráneo. Entre las nuevas “homonimias” o nombres duplicados encontramos algunos tan significativos como el de los Bebryces del Bósforo, que el autor relaciona con los Beribraces pirenaicos. Recordemos aquí la leyenda del rey Bébrix, padre de Pirene. Recordémosla porque Pirene, heredera del trono de su padre y “casada” con Hércules, tuvo de éste varios hijos, unos de los cuales fue Hispán o Hispano, que heredó la parte del reino que caía del lado sur de los Pirineos, y éste tuvo a su vez una hija… ¡llamada Iberia!

Pues bien, Heródoto recoge un mito fundacional perteneciente a los escitas helenizados que vivían a orillas del Ponto, vecinos por tanto de la Iberia Caucásica: en dicho mito se puede ver cómo también éstos creían descender de Hércules, el cual habría pasado por allí a su regreso de la isla de Eritrea tras el robo de los bueyes de Gerión (¡!), y también se habría unido de amor a una princesa, medio mujer, medio serpiente, que vivía en lo profundo de una cueva en Hilea. Con ella tuvo tres hijos que, como en el caso de la leyenda hispana, heredaron el reino a través de su madre.

Pero no solo la tradición escrita y la mitología caucásicas revelan la existencia de una relación entre ambas Iberias, sino también la misma toponimia caucásica actual. Pongamos el ejemplo del río Kuban, que desemboca en el mar Negro, cerca de las montañas del Cáucaso. Este río tuvo en el pasado el nombre de Hipán (muy parecido a Hispan e Hispania) y da la “casualidad” de que nace precisamente en el monte Elbrus (muy parecido a Ebro y a Ibero). Y siempre en relación con la palabra Hispania, existen multitud de lugares, pasados y presentes, que contienen la raíz –pan-, como la legendaria ciudad de Panópolis.

En fin, todas estas repeticiones de nombres a uno y otro extremo del Mediterráneo se han achacado siempre a los griegos, y algunas en concreto a los foceos de Asia Menor, arguyendo que los mitos de Hércules y el de los Argonautas enmarcaron y justificaron la transferencia de los nombres de un lugar a otro. El citado autor francés escribe que “el fuerte componente itinerante de los dos grandes ciclos míticos de Hércules y de los Argonautas permitió a los griegos materializar las conexiones”. Y más adelante, “vemos cómo todo se conjuga para dar sentido a la doble Iberia” [4].

Pero esta teoría choca con varios escollos, entre ellos el de no haber contemplado la posibilidad de que esos dos grandes ciclos incluyan en abundancia materiales, tradiciones y leyendas que no son en absoluto griegos, y que muy probablemente sean incluso anteriores a la existencia de los griegos arcaicos como tal pueblo. Son mitos que hacen referencia a una época mucho más antigua, cuando los griegos ni existían ni eran siquiera un proyecto; una época anterior incluso, con mucho, a la aparición de las ciudades y del grano; una época en la que aún se estaba en la domesticación del ganado y en la mejora de las condiciones básicas para vida, así como en el afianzamiento de los lazos sociales más elementales. Así pues, parece que tanto los mitos de Hércules como el de los Argonautas deberían tomarse como mitos adaptados y adoptados por los griegos, y no como “mitos griegos” propiamente dichos [5]. De hecho, para los pueblos de la costa sirio-palestina, que geográficamente se encuentran justo enfrente de la costa hispana, los mitos de Hércules, al que llaman Melkart, son tan suyos como de cualquier otro, si no más.

Visto así, desde esa otra orilla, es obvio que los análisis que se han llevado a cabo hasta la fecha (desde el punto de vista mitológico) pecan de haberse basado exclusivamente en la tradición griega. Analizando la cuestión desde allí, y siguiendo el mismo patrón de razonamiento, podría afirmarse perfectamente que quienes pusieron el nombre a las dos Iberias fueron los pueblos establecidos en la costa de Canaán. Y con sólidas razones, puesto que en su tradición sí se encuentra la raíz -ber-, que forma I-ber-ia, y puesto que también ellos gozaban de una merecida fama de excelentes marineros (antes aún que los griegos) y estuvieron presentes en ambos extremos del mundo conocido, al igual que los griegos. Es más, su contacto con los pueblos de la Iberia Caucásica, es decir, con los pueblos de la región enmarcada a grandes rasgos por los ríos Kura y Aras, fue infinitamente más estrecho que el que tuvieron los griegos, si tenemos en cuenta los últimos descubrimientos arqueológicos (fig.1) [6].

Por lo tanto, habría que contemplar seriamente la posibilidad de que a los griegos sus propios mitos les estuviesen velados en gran parte por multitud de referencias geográficas, políticas, sociales y religiosas absolutamente ajenas a ellos, de ahí la necesidad de oráculos que los interpretasen (de hecho, son los oráculos, quienquiera que fueran, los que dirigen la expansión griega por mar); y tanto desde el punto de vista de los griegos como del de los habitantes de la costa de Canaán, habría que contemplar la posibilidad de que sus respectivos mitos hubieran sido “tomados de otros” o “traídos por otros”. En este caso, los mitos que relacionan las dos Iberias, como el mito del “vellocino de oro”, serían de procedencia Ibera, transmitidos por poblaciones que descendían de la región de los ríos Kura y Aras: los reinos mítico-históricos de Cólquide, Iberia y Aria, y el posterior reino histórico de Urartu/Ararat.

Entre esos “otros” transmisores de mitos parecen haber estado los hebreos, cuyo origen está en el famoso monte Ararat (en Iberia Caucásica) y que dicen descender de un patriarca llamado Eber, que los eruditos han interpretado a menudo como una región geográfica periférica respecto a los grandes imperios que dominaban el Alto Éufrates. Otros grandes transmisores de la tradición de las dos Iberias podrían haber sido los hurritas, los amoritas, los hititas capadocios, los caldeos de Iberia….

Vemos así cómo el problema del nombre de Iberia parece remontarse mucho más atrás en el tiempo de lo que los historiadores querrían creer. Parece poner de manifiesto una grandísima antigüedad de las rutas que antaño surcaron el Mediterráneo de costa a costa, de una Iberia a otra, toda vez que los primeros rastros de las culturas Kura-Aras se remontan nada menos que al tercer milenio antes de Cristo. La arqueología misma está sobre la pista, y desde hace varios años hay estudios que vienen defendiendo que estas rutas mediterráneas, que más tarde utilizaron precisamente griegos y fenicios tras la guerra de Troya, ya existían con anterioridad a los mismos [7].

Remitir, pues, a los griegos la transmisión del nombre de Iberia de un lado a otro parece fuera de lugar. No todo en el mundo mediterráneo es griego, romano o fenicio. Hay otros territorios por explorar.

map of kura araxes dispersion ESP (1)

Expansión de la cultura cerámica Kura-Aras desde Iberia Caucásica hacia la costa sirio-palestina. M. Iserlis, R. Greenberg y otros, “Bet Yerah, Aparan III and Karnut I: Preliminary Observations on Kura-Araxes Homeland and Diaspora Ceramic Technologies”. TUBA-Ar 13 (2010): 245-262

[1] A. J. Domínguez Monedero, “Los términos ‘Iberia’ e ‘Iberos’ en las fuentes grecolatinas”, Lucentum 2 (1983), págs. 203-224.

[2] Ambas se pudieron ver juntas en una extraordinaria exposición llamada “El oro de los argonautas” que tuvo lugar en Sevilla, en el año 2010, organizada por la Fundación Duques de Soria.

[3] Todas estas referencias han sido extraídas de alguna de las pocas obras de autores georgianos y armenios traducidas al inglés, en concreto de las de E. Khintibidze, The Designations of the Georgians and Their Etymology, (Tbilisi, 1998), pág. 71; y de la de G. Gabeskiria, Where a Georgian comes to: the heritage of Georgia, (Tbilisi, 2001).

[4] G. Cruz Andreotti, P. Le Roux, P. Moret, La invención de una geografía de la Península Ibérica. I. La época republicana, (Málaga-Madrid, 2006), págs. 37-73.

[5] Ver, por ejemplo, Eusebio de Cesarea, Preparación Evangélica, (Madrid, 2010), Libros I y II, donde dice que los griegos tomaron sus mitos de fenicios y egipcios. Efectivamente, parece que ha habido una apropiación griega de mitos antiguos.

[6] M. Iserlis, R. Greenberg y otros, “Bet Yerah, Aparan III and Karnut I: Preliminary Observations on Kura-Araxes Homeland and Diaspora Ceramic Technologies”. TUBAAr 13 (2010): 245-262; R. Greenberg and Y. Goren eds., Transcaucasian Migrants and the Khirbet Kerak Culture in the Third Millennium BCE, (Tel Aviv 2009).

[7] M. Ruiz Gálvez Priego, Con el fenicio en los talones, Barcelona 2013, pág. 179, recogiendo trabajos de M. E. Aubet.