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En esta segunda parte del artículo dedicado a aquella “linda rosa en Jericó plantada”, que fue la mística hispana del xvi, tratamos de desvelar el significado de este verso de Pacheco…

…y, a través de él, intentaremos entrar en el “secreto” de la famosa Congregación de la Granada, a la vez que abordamos su relación con el extraño fenómeno de los alumbrados.

Cual linda rosa en Iericó plantada /2

Los alumbrados

Por Taíd Rodríguez
Abril 2015

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http://en.wikipedia.org/wiki/Phosphorus_(morning_star)

Cual linda rosa en Iericó plantada,
que después que bebió en la luz dudosa
el celestial humor, más gloriosa
al fulgor de Titán se opone osada,
y en verde ástil al cielo levantada
ostenta el oro y púrpura hermosa,
Leda espira fragancia poderosa
como entre flores reina aventajada:
tal, pura Virgen, sois: aveis triunfado
del general ardor, porque el rocío
de la gracia os previno en vuestra aurora;

que en la alta divinidad que se os a dado
no quiso el grande Dios dexar vacío,
honor debido a universal Señora [1].

Héspero, previsiblemente representado a la izquierda en la imagen superior, y Lucifer, a la derecha, escoltan a Selene, la luna, en una escultura del siglo ii de nuestra era. Ambos son dos mitades separadas de una misma realidad, cuyo único vínculo de unión quizás sea la luna misma. Héspero y Lucifer son dos hermanos gemelos que no se ven y que prácticamente no se conocen. Viven en mundos separados el uno del otro, pues el planeta que representan, Venus, solo es visible en el cielo nocturno durante unas pocas horas en el ocaso o unas pocas horas al amanecer, pero nunca puede verse durante toda la noche.

Héspero representa el lucero vespertino, es decir, Venus, cuando esta estrella anuncia el ocaso; Lucifer es el portador de la antorcha, Venus cuando anuncia la llegada de la Aurora, del nuevo día. La experiencia del día anterior, simbolizada en Héspero, se condensa durante la noche, junto con otras memorias, formando las gotas de rocío. Su hermano Lucifer recoge esta preciosa herencia con la Aurora, y a partir de la aparición de los primeros rayos del sol en el horizonte, que él anuncia, lo que se había condensado empieza a evaporarse para formar parte de la memoria del nuevo día. Por eso el rocío celeste era recogido con gran cuidado por los alquimistas durante la noche, porque se tenía la idea de que el rocío era una especie de suma de memorias condensadas. Y también lo recogían los médicos espagíricos como base para sus remedios. Recogido en ciertas noches del año, se creía que el rocío celeste tenía la virtud de completar lo incompleto.

Como linda rosa en Jericó plantada, nos dice Pacheco, el pintor, en su poema, Leda bebió el celestial humor, el rocío, durante la aurora de su vida, como se nos dice más adelante: “porque el rocío de la gracia os previno en vuestra aurora”. Pacheco juega aquí, además, con la palabra latina ros, que da nombre a la rosa y que significa “rocío”.

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Sorprendente ilustración de la ciudad y muros de Jericó según el catalán Elisha ben Abraham ben Benviste, apodado Crescas o Cresques, para una Biblia bellamente iluminada del s.xiv, llamada Farhi por el nombre de la familia que la poseía, una familia sefardita establecida en Siria, pero de origen zaragozano. http://ca.wikipedia.org/wiki/Biblia_Farhi

Jericó es conocida en el Antiguo Testamento por ser la primera ciudad de Canaán (la tierra prometida) conquistada por los hebreos tras su salida de Egipto. La ciudad fue sitiada por Joshuá, que la rodeó con toda su armada una vez al día, y siete veces el séptimo día. Cuando terminó su última circunvalación y mientras las trompetas de los sacerdotes resonaban, dio a los israelitas orden de aullar, y los muros de la gran ciudad se desplomaron ante ellos. En otra versión se habla de la lucha contra los hombres de Jericó, y de cómo los israelitas, tras su victoria, y por especial mandato del Señor, no respetaron la vida de nadie, excepto la de Rahab y su familia de acuerdo con la promesa hecha por los espías. Hasta el ganado fue sacrificado. La ciudad fue arrasada y todas sus casas quemadas. Solo se respetaron las vasijas que contenían objetos de oro, plata, cobre y hierro, que fueron reservadas para el tesoro del Señor [2]. Es significativo que en la Edad Media se la representase como el centro de un laberinto amurallado.

Si no conociéramos bien el contexto en que se escribió este poema, todo en él parecería indicar que se trata de unos versos dedicados a describir un culto a Leda. Las referencias no son cristianas salvo, tal vez, Jericó. Leda bebe el rocío celeste en el templo de la Luz Dudosa, conocido por los antiguos geógrafos como Lux Dubia y dedicado a Phosphoros–Lucifer. El templo se situaba en la desembocadura del Guadalquivir, a la altura de Sanlúcar, en uno de los extremos de nuestro Delta de Maya. El nombre de Sanlúcar viene a significar, precisamente, “santo lucero” o “santa luz”, y en tiempos de Pacheco se conservaba la memoria de que allí había existido una torre, un faro, llamado por los antiguos Faro de Lucifer. Se trata de un altozano desde el cual todavía hoy se pueden contemplar las más bellas puestas de sol.

El rocío celeste se bebía y también se esparcía con un hisopo en multitud de ritos antiguos con una función purificadora. Así armada, Leda se enfrenta al fulgor del Titán, que es seguramente Helios, el Sol. Y lo hace alzada sobre un mástil verde, al modo de los pendones procesionales, lo que nos indica que tal vez se trate de una imagen rociada con rocío. El uso de pendones e imágenes procesionales y la costumbre misma de procesionar no son referencias exclusivamente cristianas. Era una costumbre antigua muy extendida [3]. Va vestida de púrpura, el color de la noche (¡el púrpura es el color complementario del verde! – se trata de un color que no existe en el espectro visible, de ahí su relación con la noche [4]), y de oro, símbolo del brillante sol, una combinación de colores que era ya muy antigua cuando fue monopolizada por los emperadores y los senadores romanos, que prohibieron su uso a personas que no fueran de este orden social.

Tampoco las referencias a una “pura Virgen” son exclusivamente cristianas. La virginidad y la pureza son atributos de deidades como Astarté, Isis, Ishtar o la misma Venus, pero también de algunas de las muchas doncellas seducidas por Zeus. “Pura” significa, literalmente, “nacida sin pecado”, “sin mancha”. En esa pureza virginal, como dice Pacheco, “no hay vacío”, no hay espacio que lo divino no ocupe. Sin embargo, Leda no era una virgen pura, era una mujer mortal, esposa del rey de Esparta. ¿Por qué, entonces, elige Pacheco a Leda y por qué la compara con la Virgen María Inmaculada?

Es cierto que Leda fue, como María, una mujer mortal que se unió de amor con la divinidad transformada en un ave blanca. Zeus (que etimológicamente es la misma palabra que “Deus”) en forma de cisne blanco, en un caso; Dios por intermedio de una blanca paloma, en el otro. Pero creemos que la miga del asunto está en que Leda era la madre de dos hermanos gemelos, llamados Dióscuros (Dios kuroi: kuroi=muchachos, hijos), de los cuales uno era de naturaleza mortal, Cástor, y el otro de naturaleza inmortal, Pólux. Zeus concedió la inmortalidad a Cástor a petición de su hermano gemelo Pólux, pero a cambio de que permanecieran en el Hades en días alternos, es decir, a cambio de que, como Héspero y Lucifer, mientras uno estuviera en la noche el otro disfrutara del día y nunca se vieran, como las dos caras de una misma moneda. ¿Conocería Pacheco las tradiciones apócrifas que hablan de un gemelo de Jesús? Muy probablemente, pero cabe preguntarse si se trata de una referencia velada a ese hecho o si más bien apunta en alguna otra dirección. Tomando a María como símbolo de la Iglesia, como habitualmente se ha hecho en la exégesis bíblica, lo que tal vez Pacheco nos esté queriendo decir es que existen dos Iglesias, de las cuales una es pública y vive a la luz del sol y la otra está oculta y vive a la sombra de su hermana, pero ambas se alimentan la una de la otra. Y que la semilla de la que está oculta fue plantada en el centro de un laberinto, cercano al templo de la Lux Dubia, donde se alimenta del rocío celeste que desciende durante la noche. Y que esta Iglesia oculta florece a plena luz del día, es decir, se enfrenta al fulgor del Titán, se expone a la luz pública aún a riesgo de perder la vida.

En la época de Pacheco es la mística la que durante la noche, protegida por los muros de los claustros, recoge el rocío de la gracia, y durante el día florece a la luz de todos los hombres con riesgo de perderse. La mística es ese Pólux inmortal que se atreve a florecer aún rodeado de un laberinto fuertemente amurallado: la Inquisición, las leyes de pureza de sangre, la censura de libros, los perros guardianes, los envidiosos, todos ellos se rindieron ante la belleza de los versos de san Juan y de santa Teresa, cuyo genio culminó con éxito el trabajo de muchas personas.

Quién plantó esa semilla, dónde y cuándo, son claves que seguramente también nos esté dando Pacheco en este poema. Y es en este punto donde su historia se enlaza con la de la Congregación de la Granada y con el alumbradismo español. No en vano, según los memoriales entregados por los dominicos a Felipe II, la Noche Oscura de Juan de la Cruz era un verdadero libro de cabecera de los Alumbrados, y se encontraba en todas y cada una de las casas en las que aquellos obtuvieron órdenes para requisar libros.

La Congregación de la Granada

Cuentan los memoriales de inquisición, y cuentan las vidas que más tarde se escribieron de algunos de los miembros más destacados de la Congregación de la Granada [5], que estaba ésta en posesión de un secreto que solo se comunicaba de maestro a discípulo. Solo estaban en conocimiento de su existencia unos pocos allegados, concretamente seis, a los que se conocía como “los del particular espíritu”. Fuera de ellos, solo el rey y la Suprema Inquisición podían ser depositarios del mismo.

Huelga decir que este secreto levantó ampollas, como cualquier secreto que se precie. Fue largamente perseguido por la Orden de Santo Domingo, cuyos frailes, en su afán por desvelarlo, acudían con frecuencia a la Inquisición con acusaciones de alumbradismo bajo el brazo. Si llegaron a descubrirlo o no, hoy lo desconocemos, pero probablemente no. Parece que, en un momento dado, el mismísimo Inquisidor General en persona sacó de los archivos de la Inquisición el memorial del fundador de la congregación, el cerrajero Gómez Camacho. En vano lamentaron los dominicos reiteradamente su falta [6].

¿Tendrán relación el poema de Pacheco y alguno de sus cuadros con este secreto?

La línea sucesoria de la congregación, que solo con el tiempo fue llamada “de la Granada”, comienza con su fundador, Gómez Camacho, una persona, al parecer, afectada de trances, visiones y con un cierto don para la clarividencia. Su historia solo se ha conservado gracias a unos pocos documentos que la mencionan. Dicen que aún siendo un humilde cerrajero afincado en Jerez era sin embargo letrado, que tenía un excelente dominio de las citas bíblicas, que refutaba a los maestros en teología de su tiempo a la vez que sus profecías eran avaladas por otros tantos, que tenía un don para la retórica y para la predicación. Su maestra espiritual fue una discípula de san Francisco de Paula que vivía en uno de los monasterios que había en la ciudad. Predicaba por la zona de Lebrija junto a un compañero, llamado Rodrigo de Valer, que más tarde sería acusado y juzgado severamente por la Inquisición. Ante ese giro de los acontecimientos Gómez Camacho pidió a Juan de Ávila que lo examinase personalmente, lo que no pudo evitar que se le abriese un proceso paralelo al de Valer. En dicho proceso los calificadores no encontraron restos de alumbradismo o luteranismo, pero sí encontraron que sus arrebatos eran vanos y fingidos. La calificación está fechada en 1541 y se recomendaba que Camacho fuese procesado por el Santo Oficio de Sevilla. Pero no se sabe nada más de este proceso porque el resto se perdió, como vimos antes. Parece que acabó “reconciliado”, quizás después de una amonestación y una breve penitencia. Castigo leve, si tenemos en cuenta la pena de confinamiento y destierro que infligieron a Valer. Se sabe, además, que Gómez Camacho siguió sufriendo trances y teniendo visiones con posterioridad a este episodio. Parece que también su esposa, Catalina Jiménez, tenía revelaciones, y en la calificación de 1541 algunos de los consultados recomendaban su examen. El padre Hernando de Mata la tuvo, según algunos documentos, en gran estima.

El siguiente en la línea del secreto es Rodrigo Álvarez. Conoció a Gómez Cama­cho de niño y entró en su pupilaje. Parece que en todo momento siguió sus consejos, marchando como estudiante de teología a Alcalá de Henares. A su vuelta, el ya padre Rodrigo Álvarez, tuerto de un ojo y con problemas de visión en el otro, ingresó en la recién fundada Compañía de Jesús, lo cual es llamativo, porque hubo de ser dispensado de esa falta de visión para poder entrar en la exigente compañía. Una vez en ella pronto des­tacó por su capacidad para distinguir los dones divinos de las posesiones diabólicas, en una época en que la popularidad de los arrebatos místicos hacía que muchos quisiesen hacer carrera a través de ellos. En aquellos tiempos un confesor avezado y una monja vanidosa, ambiciosa o demasiado despreocupada podían dar mucho que hablar, y fácilmente podían darse a conocer publicitando él los raptos místicos de ella. Por esta razón se le encargó, como confesor, el examen de Teresa de Jesús.

Supo distinguir sus raptos como divinos y sus obras como purísimas. Y supo pasar por encima de las muchas dudas que otros varones apostólicos abrigaban sobre la mística de Ávila. Esto le proporcionó después, cuando demostraron ser ciertas sus apreciaciones, una posición muy consolidada dentro de la Compañía de Jesús. Esta es la razón por la que los dominicos que iban tras el rastro del secreto acusaron directamente a los jesuitas de Sevilla de proteger a los alumbrados. La valiente acusación le valió a la orden dominica una severa llamada de atención, y al fraile que la hizo una orden de reclusión en un convento dominico de esa misma ciudad, reclusión de la que no salió con vida.

El siguiente en la línea es el predicador catedralicio Hernando de Mata, que en los Retratos de Pacheco recibe los mejores elogios y es colocado precisamente a conti­nuación de su maestro, Rodrigo Álvarez. En esta época la congregación se reúne en el patio de los naranjos de la catedral de Sevilla, junto a la capilla de la Virgen de la Gra­nada, de la que empieza a recibir el nombre.

A Hernando de Mata le siguió el padre Bernardo del Toro. En esta época aparecen los libros plúmbeos del Sacromonte, entre los que se encuentró un escrito misterioso, al que se dió el nombre de evangelio, que relataba la ascensión de María a los cielos y las visiones que allí obtuvo. Se empieza a definir cada vez con más fuerza que la Inmaculada Concepción de María debía ser dogma de fe. Para ello el obispo Rodrigo de Castro envía a la Corte al padre Bernardo con el fin de conseguir el apoyo de Felipe III, y desde la Corte será enviado a Roma como embajador junto a otros dos compañeros. Allí lograrán lo que en Sevilla será celebrado como una victoria: un Breve de Paulo V con fecha de 9 de octubre de 1617, en que se prohibía “la defensa pública, que encabezaban los dominicos, de las tesis maculistas en la concepción de la Virgen” [7].

Pacheco participa de este triunfo con tres cuadros sucesivos que tienen por tema central a la Virgen Inmaculada. En estos tres cuadros la Virgen es representada junto a tres de las más importantes personalidades de la Congregación de la Granada. Los tres cua­dros son realizados por Pacheco siguiendo un modelo anterior ejecutado por Juan de Roelas, en el que se representaba a la Virgen Inmaculada junto a su querido Hernando de Mata. Parece plausible suponer la pertenencia de Pacheco a la Congregación, y si no, en cualquier caso, queda fuera de toda duda que la conocía bastante bien.

retratos de Pacheco alumbrados

En el Libro de descripción de Verdaderos retratos de Pacheco, los de Rodrigo Álvarez y Hernando de Mata van uno a continuación del otro. Se distinguen, además, por sus elogios respectivos, especialmente cordiales, sobre todo el de Hernando de Mata.

Los alumbrados

Así abre el maestro Marcelino Menéndez Pelayo, en su archifamosa y aún inigualada Historia de los Heterodoxos Españoles, su descripción del fenómeno de los alumbrados:

“Este pseudomisticismo enervador y enfermizo es muy antiguo en España. Le profesaron los agapetas, le difundieron en Galicia los priscilianistas y duró, en tenebrosos conciliábulos, hasta el fin de la monarquía sueva. Permaneció en el s. xiii con los albigenses de Cataluña y León, y, no ahogado del todo por el humo de las hogueras que encendió san Fernando, volvió a salir a la superficie en el xvi, era tristísima en que se removió todo el cieno.”

Queda claro que el fenómeno alumbrado tiene que ver con derivaciones peligrosas de fenómenos asociados a la mística. En su vertiente pseudomisticista fue dado a conocer a raíz de los memoriales tenazmente elaborados por el fraile dominico Alonso de la Fuente, que los empezó a investigar en su pueblo natal de Extremadura, tras examinar a su propia sobrina. En esos memoriales daba las claves que podían hacer caer sobre una persona la sospecha de ser alumbrada, como por ejemplo: “que dan a entender que quien no es de su doctrina no se puede salvar”; “que mandan a las mujeres abstenerse de la comunicación con sus maridos, con ciertos títulos de perfección”; “que sienten mal del matrimonio”; “que comulgan con muchas formas alterando el rito eclesiástico”; “que hablando del sentimiento divino, lo califican heréticamente, llamándole movimiento sensible”; “que realmente se alzan y toman por suyas las personas que tratan y comunican, y las quitan de cuyas son, apartando doncellas del servicio de sus padres y las casadas del servicio de sus maridos, y los esclavos de la obediencia de sus señores: con lo cual desconciertan todos los estados y son perniciosos para la vida y para la policía cristiana”; “que mandan a las Alumbradas que no se confiesen sino con ellos, porque no se descubran sus maldades”; “que sienten mal de las religiones”, y otras por el estilo.

Todas estas acusaciones figuran en el memorial contra alumbrados que fray Alonso envió a Felipe II[8]. Como vemos son muy generales, y no es de extrañar que, yendo con ellas a los tribunales provinciales de Inquisición, le diesen más de una vez con la puerta en las narices, de lo que se queja el fraile: “uno de los fundamentos que tenían los Alumbrados para deshacer las cosas que yo predicaba era el ver el poco efecto que yo hacía en la Inquisición. Por lo cual hacían burla de verme ir y venir al Santo Oficio”. Sin embargo, aquellos que se burlaban pecaron de incautos. Su tenacidad acabó poniendo contra las cuerdas a los franciscanos reformados del monasterio de La Lapa y a los franciscanos de Zafra. La misma orden de San Francisco tuvo que ayudar al dominico durante cuatro meses en un proceso que se saldó con cinco prisiones. La relación de los reformados franciscanos, los “descalzos”, con los Alumbrados, es constante en el memorial del dominico hasta el punto de llegar a identificarlos:

“Los frailes descalzos de la Provincia de san Gabriel se dividían en dos parcialidades, Alumbrados y no Alumbrados (llamados relajados). Acudieron a favorecerles los primeros y a predicar contra mi”; y “cuando yo predicaba en algún pueblo luego enviaban a un descalzo a reformar lo que yo había hecho. (…) En este tiempo se comenzaron a manifestar los Alumbrados del monasterio de La Lapa, de la Orden de san Francisco”.

Según el fraile, que contaba sin duda con el apoyo de su orden, los Alumbrados de su región acabaron refugiándose en el arzobispado de Sevilla, “donde se les hace mucha honra”. Por otra parte, en las proposiciones contra los Alumbrados podemos ver una mezcla curiosa. Enseñanzas complejas, muy antiguas, traspasaban los claustros y llegaban al pueblo, pero cuando llegaban al pueblo éste las interpretaba de las más maravillosas maneras, y a veces, si no siempre, de la forma más heterodoxa. Esto es porque comprendían la libertad que se les daba, pero no en qué se fundamentaba esa libertad. Se disfrutaban y se admiraban, y conmovían, los versos de san Juan y de santa Teresa, pero se estaba muy lejos, entonces como hoy, de comprender su fundamento teológico. Surgen pues heterodoxias y malinterpretaciones por doquier, nacidas de esa lectura libre y de las interpretaciones erróneas que hacen los confesores. Cuando la inquisición prende a uno de estos confesores, o a sus discípulos, o a sus allegados, éstos dan a la Inquisición versiones muy rudimentarias de sus prácticas, a menudo ininteligibles, llenas de contradicciones. Por eso es tan difícil de caracterizar el fenómeno como herejía, porque más bien se trata de desviaciones de carácter más o menos común que se dieron en la práctica religiosa de aquel tiempo, pero sin un fundamento doctrinal claro. No obstante, los dominicos recopilaron todos los datos relativos a estas prácticas heterodoxas, examinaron cuáles se repetían con más frecuencia y armaron con ello una especie de decálogo que fue luego la base para la publicación del “Edicto contra Alumbrados” dado en Toledo, en 1525, del que hemos seleccionado los que hemos creído más significativos:

  1. Que no hay infierno y si dizen que lo ay es para espantarnos
  2. Que también había encarnado el padre como el hijo
  3. Que no abia Dios podido hacer más perfecta, o más humilde una persona de lo que era
  4. Que más enteramente venía Dios en el ánima del hombre que estaba en la ostia y que esta no era más que un poco de masa.
  5. Que a los que lloraban sus pecados los llamaban penitenciarios propietarios de sí mismos y lloraduelos
  6. Que la confesión no es de derecho divino sino positivo
  7. Que el amor de Dios en el hombre es Dios y que se “dejasen” a este amor que ordena la persona de tal manera que no puede pecar mortal ni venialmente
  8. Que estando en “dejamiento” no había de obrar.
  9. Que los actos exteriores de la oración no hacen al caso ni son menester
  10. Que la oración había de ser mental
  11. Que negaba por palabras y gesto las obras hechas con caridad (…) sino por propio interés
  12. Que no se había de tener caridad con el prójimo sino cuando se pudiere remediar su necesidad

Con toda la razón hacía don Marcelino aquella relación que leíamos más arriba poniendo en un mismo hilo a agapetas, priscilianistas, cátaros y alumbrados. Todos tienen en común su tendencia al ascetismo, sus formas religiosas más cercanas al monacato que al clero secular, su más que cierto recelo hacia el rígido orden jerárquico establecido por Roma y hacia los ritos que, como la confesión, la sustentan, etc.

Pero son éstas tendencias comunes en toda búsqueda de uno mismo al margen de un orden establecido, son tendencias comunes en los anacoretas, en los eremitas, en la soledad de los claustros, en los monjes itinerantes, en los peregrinos. El peligro que detectaron los dominicos era un peligro conocido: semejante tipo de vida es en casi todos sus aspectos contrario al orden social establecido, su éxito hace tambalearse los cimientos de la familia y, por tanto, amenaza la jerarquía de la Iglesia. Lo que les sorprendió no fue el hecho de encontrárselo, sino de encontrárselo tan consolidado fuera de los claustros. Estas prácticas propias de la mística claustral, habitualmente bien controladas, saltaron los muros con los que se creía poder contenerlas. Y llegaron, no se sabe muy bien cómo, a infiltrarse en todos los órdenes sociales. El mismo fray Luis se encontraba en contenciosos con la inquisición por “haber prometido camino de perfección común e general a todos los estados, sin voto de castidad, pobreza e obediencia”.

Sin duda se daban las condiciones para que ese trabajo tradicionalmente confinado, fuertemente custodiado, saliese ahora a la luz del día. Para que saltase de los claustros al reino. La amenaza de una secesión de los Países Bajos apoyando y apoyándose en las doctrinas Protestantes debió ser un acicate para ello. Parece claro que Felipe ii protegió en un momento dado este tipo de movimiento, parece que quiso combatir las doctrinas protestantes apoyando resueltamente la propagación de nuevas formas de vida religiosa. Se permite, en España, una reforma de las órdenes religiosas, que a menudo llevan consigo nuevas formas de devoción, tanto públicas como privadas, o la revitalización de otras que habían caído en desuso. Cobra fuerza la expresión pública del hecho religioso, cobran fuerza las fiestas, las procesiones, la magnificencia de los altares, la profusión de imágenes, sobre todo de la Virgen, cobra fuerza, en suma, todo aquello que el protestantismo se esforzaba en suprimir.

Pero, paralelamente, Felipe ii no solo no desmiente a Erasmo en España, sino que lo cuida y lo mima, y los profesores erasmistas hacen carrera con facilidad en las universidades españolas. Una pura contradicción, un jugar a dos bandas que dio pie a un reinado lleno de poderes y contrapoderes, donde lo uno y lo opuesto se alimentaban con la misma energía. En un momento dado, el mismo Felipe ii podría haber pensado en jugar la carta del protestantismo como religión de Estado. Pero la respuesta de ferviente adhesión del pueblo a las nuevas formas de religiosidad que se proponían desde los claustros bien pronto debió quitarle semejante idea de la cabeza.

Queden, pues, en un mal recuerdo, estas justas palabras de Juan Ginés de Sepúlveda poniendo maravillosamente los puntos sobre las íes respecto del tema de Erasmo:

“Buena habrá sido tu intención, pues tantas veces la afirmas; pero la letra es peligrosa. No te excuses diciendo que el Elogio de la locura es un escrito burlesco y no serio (…). Condenas no a los malos monjes, sino la vida religiosa, que tachas de ociosidad, como si no hubiera más ocupaciones que arar y sembrar la tierra y fueran inútiles el predicar, el confesar, y las misas, y los rezos… Dices que debía disminuirse el número de los monasterios. Nadie quiere que todos los ciudadanos sean frailes; pero como a todos los religiosos llamas hipócritas, puercos y fariseos, claro que no pides la reforma, sino la abolición del monacato (…). Creen muchos que sin las quejas y burlas de Erasmo jamás hubiera venido el luteranismo. Ofende a Erasmo la muchedumbre de los monasterios; Lutero los demuele todos. Hace el primero alguna indicación contra el culto de los santos; Lutero los execra en absoluto. Quiere el uno poner tasa a las ceremonias, cantos y fiestas; el otro las suprime todas”.

Foto de portada: Leda y Zeus, éste forma de cisne, representados en un vaso griego de figuras rojas 
http://www.theoi.com/Gallery/K1.11.html

[1] Este bello poema de Francisco Pacheco, el pintor, se recoge en Manuel Cañete, Carta al Sr. D. José María Asensio y Toledo sobre sus opúsculos al pintor Francisco Pacheco. Madrid, 1868. Se ha modernizado un poco la ortografía y se ha elegido un tipo de puntuación que diera sentido al poema, pues se ha conservado en dos tradiciones muy distantes la una de la otra, como recoge el opúsculo al que hacemos mención.

[2] http://www.jewishencyclopedia.com/articles/8597-jericho

[3] La interesantísima bibliografía del teólogo Odo Casel está dedicada prácticamente toda ella a estudiar este tema.

[4] Por ejemplo, César Urtubia, Neurobiología de la visión. Barcelona, 1996.

[5] Sobre la parte del alumbradismo que tratamos aquí son fundamentales los primeros volúmenes de Álvaro Huerga, Historia de los alumbrados (v vols.). Madrid 1975 y ss. También Antonio González Polvillo, “La Congregación de la Granada, el inmaculismo sevillano y los retratos…” en Atrio, 15-16 (2009-2010); Fernando J. Campese Gallego, “Gómez Camacho: un profeta paradójico del siglo de oro” en Investigaciones históricas, nº 28 (2008); y del mismo autor “Rodrigo Álvarez SJ (1523-1587). El sucesor del profeta” en Jerónimo Zurita, nº 85 (2010). Todos ellos se basan, en buena medida, en fray Pedro de Jesús María, Vida, virtudes y dones soberanos del Venerable y Apostólico Padre Hernando de Mata. Málaga, 1663.

[6] Campese Gallego, op. cit.

[7] Antonio González Polvillo, “La Congregación de la Granada, el Inmaculismo sevillano…”, en la revista Atrio, nº 15-16.

[8] Memorial disponible en Álvaro Huerga, Historia de los Alumbrados. Vol I. Apéndices.

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)