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Galera Reial

Recorrer todos los caminos por sus limites, beber de todas las fuentes, borrar las fronteras para que surjan ideas nuevas. En la sorpresa, lo inesperado, hay arte ¿Cómo puede entonces existir, arte, intención artística en lo que se sabe será rentable y beneficioso mirando solo el bolsillo? ¿Dónde se queda la sorpresa de la chispa que nos alumbra por un instante el camino?

Con este articulo se refleja la importancia de ahondar de múltiples formas, como en el claro ejemplo que sucedió con los encuentros sociales y culturales de los “alumbrados” desembocando en un manantial de arte, del que aún seguimos bebiendo.

Cual linda rosa en Iericó plantada/1

Por Taíd Rodríguez
Marzo 2015

Quizás una de las cosas que más se echan en falta de los últimos cien o ciento cincuenta años sea la existencia de círculos de encuentro y discusión, de asociaciones culturales que convoquen ideas nuevas partiendo del rescate de las viejas. Se echa en falta una actualización más ávida de los viejos mitos, o el descubrimiento de mitos nuevos, a partir del adecuado uso y valoración de una poesía y un arte que realmente lo sean. Y sobra ante nuestros ojos, por el contrario, la siniestra mercantilización que, precisamente, se ha venido haciendo de estos medios de expresión. La expresión literaria, pictórica, musical, o la que es producto del movimiento, la danza, el teatro, se han cosificado, se han convertido en cosas que se venden y se compran. Cosas cuyo valor no parece querer ir más allá de la rentabilidad económica que puedan producir. El éxito comercial y el beneficio económico son los que determinan hoy qué merece la pena ser publicado y qué no.

El arte y la intención que en él subyace ocupan siempre un lugar en la frontera, en la vanguardia de la sociedad, abriendo camino. Junto con la ciencia y la mística encarnan a las tres hilanderas, son los tres principios que tejen las guías por donde todos hemos de discurrir más tarde, son los portadores de la antorcha, o las luminarias que siguen los peregrinos en su divagar por el bosque oscuro. Por eso, en unos tiempos en que faltan luces que alumbren el camino, en unos tiempos en que los que han de marcar el paso son ellos mismos presa fácil de un mercantilismo capaz de lastrar todo espíritu de aventura, hemos querido traer a colación desde Delta de Maya un ejemplo que ilustre cómo, desde una pequeña asociación, se pueden desencadenar grandes efectos capaces de contrarrestar esta maléfica inercia.

Vamos a tratar del fenómeno que en la historia de España se conoce como los “alumbrados o el “alumbradismo. Un fenómeno social, una moda si se quiere, que tuvo lugar en la España de Felipe ii, y cuyo origen parece situarse en un pequeño círculo de personas reunidas entorno a una academia de bellas artes de Sevilla. De nuevo el arte, íntimamente unido a una atenta lectura de los viejos mitos, fue capaz de generar impulsos revitalizantes en el seno de una sociedad que parecía caer rápidamente en el tedio, de la mano de una inquisición bien dispuesta y mejor organizada, que interfería eficazmente en todo proceso creativo, y de una orden dominica que se mostraba como el culmen oficial de todo aquello que podía conseguirse dentro de la sociedad. El arte que nació de la academia sevillana de Juan de Mal Lara era un arte que se llevaba bien con sus hermanas, la ciencia y la mística, era un arte bien ligado. Y la ligazón la daba en buena parte el estudio de la mitología: porque la mitología contenía una iconografía (una serie de imágenes bien determinadas), contenía un sentido de futuro (o mística) que podía ser actualizado, y ambas cosas podían asociarse fácilmente al desarrollo técnico que propiciaban las constantes guerras del imperio español. Así, las nuevas naves de la armada de Lepanto, en especial la capitana, brindaron a los artistas del grupo de Mal Lara una excelente ocasión para actualizar la relación entre estos tres parámetros sociales y crear una nueva iconografía basada, sobre todo, en el mito clásico de los Argonautas. Este estudio del mito, esta creación de imágenes mitológicas actualizadas y adaptadas a las nuevas circunstancias políticas, fue todo un éxito (a aquella época pertenece, por ejemplo, la creación de la famosa orden del Toisón de Oro, aún vigente). No solo se convirtió la mitología en un estudio obligado para los pintores sevillanos, sino también para todo hombre medianamente cultivado. Florece así, de repente, en las dos generaciones que separan el nacimiento de Mal Lara del de Velázquez, un siglo de oro absolutamente versado en mitología. Si uno quería (y quiere aún) leer y entender a Góngora, a Cervantes, o captar el sentido profundo de los cuadros de Velázquez, tenía que saber mucho de esto. Y se sabía. Y se enseñaba. El siglo de oro español es, en este sentido, a la vez firmemente cristiano y profundamente pagano. De esta contradicción aparente emergió una síntesis de la que iría bebiendo el genio del merecidamente famoso siglo xvii.

Barcelona Museum Maritime, Gallionsfigur Johann von Österreich

Elementos mitológicos en la galera de don Juan de Austria concebidos por Mal Lara. http://commons.wikipedia.org/wiki/Category:Real_(ship,_1971)#

La academia de Juan de Mal Lara fue un primer paso en esta dirección. Pero la síntesis definitiva se llevó a cabo en otros laboratorios cercanos, a saber, la casa de Francisco Pacheco, un licenciado bien situado dentro del organigrama jerárquico de la catedral de Sevilla, y la catedral de Sevilla misma, concretamente algunos de sus patios. Si las reuniones entorno a la academia de Juan de Mal Lara fueron el inicio de este movimiento, la consolidación del mismo llegó cuando dichas reuniones y tertulias se trasladaron a la casa de Pacheco. Y sobre todo cuando, tras la muerte del obispo Cristóbal de Rojas, con el que Pacheco había mantenido durante años amargos pleitos [1], llegó a la ciudad un nuevo obispo, Rodrigo de Castro, que resultó ser un verdadero príncipe renacentista: suntuoso en sus desplazamientos, protector de las artes y las letras, miembro del Consejo de Estado de Felipe ii, miembro del Supremo Consejo de Inquisición y honrado después con la púrpura cardenalicia; parecía como caído del cielo para la ocasión. Bajo su protección aquellas reuniones florecieron y fue posible, entre otras cosas, abordar con cierta libertad una interpretación cristiana de los mitos griegos, o intentar una vía para la asimilación ideológica de la población morisca a través de la figura de la Virgen María, venerada a la par por moriscos y cristianos. Curiosamente, ambas cosas se dieron la mano: se popularizó el culto a la Virgen de la Granada, así como el culto a la Inmaculada Concepción; y en ambas popularizaciones jugaron un papel central la granada y el nacimiento inmaculado, temas omnipresentes en las tradiciones religiosas anteriores a la aparición del cristianismo. Por otra parte, no era poca la protección necesaria. Ya Juan de Mal Lara tuvo un mal encuentro con la Inquisición, como primer aviso, y más pronto que tarde muchos de los asistentes a esas reuniones acabaron investigados por el tribunal inquisitorial. Aunque, extrañamente, ninguno de ellos llegó a ser juzgado por él. Incluso hay casos en los que, reunidas laboriosamente las pruebas, los expedientes se perdieron sin que se supiera cómo.

Francisco Pacheco era una persona que había estudiado y viajado mucho. Por aquel entonces quien quería estudiar tenía que viajar. Viajar en busca de los mejores maestros, de las mejores escuelas y de las mejores bibliotecas que, por suerte, se hallaban en su mayoría en España. Una de sus pasiones, compartida con Mal Lara, era la mitología, y la iconografía que de ella se desprendía. Cuando obtuvo un puesto dentro de la catedral se le encomendaron primeramente tareas relacionadas con la custodia de los libros de la biblioteca, así como el encargo de veedor para el Santo Oficio de los libros que solicitaban licencia de impresión (de aquí sus problemas con Rojas). Posteriormente, sobre todo a raíz de la llegada del nuevo obispo, se le encargaron diversos proyectos relacionados con la remodelación de la catedral, entre los que destaca el de la remodelación de la sala capitular. No debió hacerlo mal, porque enseguida fue persona de gran renombre en la ciudad. Un comentario de su contemporáneo Juan de Robles nos dice que “sola la envidia pudo quitarle el ser Maestro de la Magestad de Filipo III”. Igual de claro es Cervantes en la Galatea cuando, en su Canto de Calíope, lo cita el primero entre los ingenios de Andalucía:

sala capitula catedral de sevilla

Espectacular foto de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla. A las órdenes de Pacheco, que compuso todo el programa iconográfico, trabajaron pintores, escultores y arquitectos. El pavimento es un diseño derivado del de Miguel Ángel para la Plaza del Capitolio en Roma. https://www.flickr.com/photos/jmcs36/4551418565/

Pacheco es éste, con quien tiene Febo
y las hermanas tan discretas mías
nueva amistad, discreto trato y nuev0
desde sus tiernos y pequeños días.
Yo desde entonces hasta agora llevo
por tan estrañas desusadas vías
su ingenio y sus escriptos, que han llegado
al título de honor más encumbrado.

Sin embargo, en sus Sermones Pacheco nos deja claro cuán pesado resultaba servir a la voluntad del emperador y en cuántos trabajos inútiles se embarcaban quienes tomaban para sí ese cuidado, capaz de acabar con la salud y la paciencia del más pintado. Es sorprendente la libertad con que escribe el canónigo Francisco Pacheco acerca de Felipe II y de los vicios de la corte, siendo, como era, persona tan conocida:

“Bajo los anchos pórticos de la corte se pasea, haciéndose notar por su adorno y por sus alas rociadas de estrellas, un ejército de pavos reales con el cuerpo acicalado como hembras, así como águilas jactándose de pertenecer a un linaje divino, terribles por sus uñas rapaces, cuervos charlatanes y cornejas estridentes (…) asnos afectados y chillones y zorras con toga. Entre todos ellos sería difícil encontrar a uno sólo con el juicio de Ulises.

Los jefes de esta manada, en cambio, podrían inspirarte respeto (…) pero si hurgaras en el otro lado de su cara, ¡por el mismo Júpiter, cuánta basura encontrarías, cuánta podredumbre, cuánto trato rijoso, cuántas arañas negras colgando larguísimas telas! [2]

Suspiraba, tras estos arranques de ira, por sus retiros en la peña de Aracena, junto a sus queridísimos amigos Arias Montano y Pablo de Céspedes. Esta dura opinión de la aristocracia cortesana de su tiempo, junto con su pasión por el estudio atento, la escritura y la poesía, debieron pasar de forma natural al que luego sería su ahijado. Pieza fundamental del engranaje renovador que florecía al amparo de Rodrigo de Castro, Pacheco se vio con fuerza para acoger en su casa a cuatro sobrinos suyos (se dice que huérfanos) procedentes al parecer de Sanlúcar, de los cuales uno, el mayor, llamado Francisco Pérez de Río, fue tomado bajo su especial cuidado. Al parecer demostraba éste una enorme capacidad para retratar in situ y a mano alzada a los invitados que su tío recibía en su casa. Este don le valió una gran facilidad para entablar rápidamente relación con los retratados quienes, a la luz de su genio, cuando tuvo edad suficiente, le encargaron a su vez la decoración de algún convento, del que salió tan bien parado ante la pública opinión que de ahí en adelante no le faltaron los encargos, de manera que pudo desde muy joven montar su propio taller.

El joven sobrino pintor tomó para sí el nombre de su tío, lo que ha provocado no pocas equivocaciones entre los historiadores. Con el nombre de Francisco Pacheco debió recibir, más adelante, a Diego Velázquez, al que decidió después casar con su propia hija tras cinco años de educación y enseñanza.

Escribiría después que “no tenía por mengua (de la honra) aventajarse el discípulo al maestro”, y ponía el significativo ejemplo de Leonardo da Vinci teniendo por discípulo a Rafael, tal vez porque él, como aquel, no quiso nunca dedicarse de lleno o en exclusiva a la pintura. Cierto es que en su taller no faltaban los encargos, pero los cuadros pintados por él de principio a fin son pocos. Y entre estos pocos destacan, claro, los tres dedicados a fijar la imagen de la Inmaculada Concepción. Más bien parece que lo que le gustaba era idear la obra, fijar la geometría de un retablo, de un cuadro, de un espacio destinado a recibir una decoración. Tal vez influenciado en esto por el gusto de su tío.

La galería de retratos que comenzara en su juventud fue continuada por él mismo hasta pocos días antes de su muerte. Esta circunstancia nos ha brindado una obra de valor incalculable, nos ha traído una verdadera instantánea de los ingenios de la época, de su carácter, de sus rasgos, de su psicología, plasmados por la mano de Pacheco. Sus pinturas anticipan la profundidad psicológica de algunos de los grandes retratos de Velázquez. La galería que, aunque mutilada, aún puede consultarse hoy [3], es sencillamente impresionante: Juan de la Cruz, el maestro fray Luis de Granada, el padre Juan de Pineda, el maestro fray Luís de León, seguramente Teresa de Ávila, el poeta Fernando de Herrera, Pablo de Céspedes, el historiador Gonzalo Argote de Molina, el gran teólogo de su tiempo, amigo íntimo de su tío, Benito Arias Montano… Una impresionante nómina de ingenios que van del teólogo al orfebre, del místico al pastor, del historiador al literato, del arquitecto al poeta. Están representados todos los sectores de la actividad humana (en un asombroso y temprano ejemplo de eso que hoy llaman con tanta pompa “interdisciplinaridad”) y, en buena manera, debieron formar todos ellos una tupida red de relaciones en la que unos y otros se influenciaban mutuamente de manera constante a través de estas reuniones y de los encuentros y contactos que propiciaban.

De manera similar, en época reciente, el famoso círculo de Eranos (Carl Jung, psicoanalista; Richard Wilhem, filólogo; Joseph Campbell, Walter Burkert, mitólogos, simbolistas; Hugo Rahner, cardenal, autor de Mitos griegos en interpretación cristiana; Gershon Scholem, cabalista; Erwin Schrodinger, científico; etc.…) ha producido encuentros semejantes de los que han salido trabajos brillantes, que constituyen a su vez la base de muchos otros trabajos contemporáneos.

De esta forma, la casa de los dos Pachecos se vio convertida, en opinión de don José María Asensio, en “cárcel dorada del arte, academia y escuela de los mayores ingenios de Sevilla, al decir de D. Antonio Palomino. Reuníase en ella una tertulia artística y literaria a un tiempo, a la que concurrían frecuentemente los más insignes oradores sagrados de aquellos días, y los poetas de mayor estilo y más alegre inspiración”.

Pero, ¿qué relación tuvieron estas tertulias y encuentros con los alumbrados? Anticipando la segunda parte de este artículo, hemos de decir que se constata en la galería de retratos de Pacheco la presencia de dos personalidades poco conocidas en nuestro tiempo, pero que debieron ser piedras angulares del suyo. A ellas les dedica Pacheco el pintor los mejores elogios. Son el padre Rodrigo Álvarez, de la compañía de Jesús, y el licenciado Fernando de Mata. Ambos fueron miembros destacados de la Congregación de la Granada, congregación que estuvo en el ojo del huracán del alumbradismo, así como en el punto de mira del fraile dominico que destapó el tema, y que dedico el último tercio de su vida a perseguirlo.

Pero en Delta de Maya nos interesa la posible relación de esta congregación con la popularización del culto de la Inmaculada en los pueblos que rodean el Rocío, y su posible relación con el Rocío mismo. La propia iconografía de la Virgen Inmaculada, de pie sobre el creciente lunar, coronada de estrellas, su insistencia en ella como una figura central y esencial del hecho de ser cristiano, el símbolo de la granada y el problema simultáneo de la asimilación de los moriscos de Granada, el hecho de apoyarse en la cultura monástica antes que en la nobiliaria o aristocrática, todo nos lleva a pensar que Francisco Pacheco el pintor jugó un papel destacado en la fijación y popularización del culto a la Virgen del Rocío. Un culto que serviría como vehículo entorno al cual vertebrar una rápida y consistente respuesta a los tremendos interrogantes que, desde Europa central, cuestionaban en la práctica la validez de la religión en el mundo.

[1] Licenciado Francisco Pacheco, El túmulo de la reina doña Ana de Austria, Sevilla, 2004. Edición a cargo de Bartolomé Pozuelo Calero, es uno de los pocos libros en que podemos encontrar noticias más o menos fidedignas sobre la vida del licenciado Francisco Pacheco. Los datos que siguen están tomados de la introducción a este libro.

[2] Pozuelo Calero lo trae, junto con otros párrafos, en la obra de la que hemos extraído estas noticias.

[3] Por ejemplo, José María Asensio, Francisco Pacheco: sus obras artísticas y literarias: introducción e historia del libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones. Sevilla, 1886. Se trata de una recopilación de los retratos (en su testamento Francisco Pacheco nos indica que eran más de 160) que, contra la voluntad del autor, se dispersaron tras su muerte. Faltan retratos, sobre todo de mujeres. Esta edición trae una breve pero muy interesante biografía del pintor que es la que aquí utilizamos.

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)