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Cibeles

En Doñana es famosa la Laguna de Santa Olaya, una bella lámina de agua que refleja el cielo rodeada de dunas de arena y matorrales. En ella abundan las aves acuáticas de múltiples especies y en sus aguas beben los ciervos, los jabalíes y también las vacas y toros mostrencos que deambulan por sus alrededores pastando entre las colmenas que algún paisano acaso tenga por allí instaladas. La veneración a esta santa Olaya, o Eulalia “la elocuente”, parece coincidir hasta superponerse a los mucho más antiguos cultos a la diosa Cibeles, la gran diosa madre protectora de la naturaleza. Sus lugares suelen presentar las mismas señales: la presencia de manantiales de agua, de aves, abejas, toros y también leones.

Toro mostrenco

Podríamos seguir comentando la relación entre los leones y los lugares consagrados a la diosa Lygina en tiempos aún más antiguos, pero no es nuestro objetivo por hoy, hoy vamos recorrer con Jaime Buhigas, estudioso ávido y multidisciplinar, algunos de las peculiaridades de otra Olaya, otra Cibeles, acaso la más famosa de cuantas representaciones se le hayan dedicado en occidente, que desde su carro regio cierra los labios: acaso esperando: La Fuente de la Cibeles de Madrid. ¿Acaso calla, pacientemente, en espera del tiempo en que nuestros dormidos oídos sepan atender al mensaje de su buen hablar?

DM

Cibeles, nuestra señora de Madrid

por Jaime Buhigas Tallón
2019

Lo siento: una rotonda no es lugar para una diosa. Un espacio inaccesible permanentemente circundado por una hilera infinita de automóviles en tránsito no es un santuario. Es preciso salvar a la Cibeles, Nuestra Señora de Madrid, de su habitáculo profanado. Urge impulsar la cruzada que libere a la gran Dama de su sepultura urbana. Esclava de las abominables leyes de tráfico motorizado, el sencillo paseante ya no puede contemplar con calma a la patrona de la Villa; ni siquiera el turista puede capturar en su artefacto telefónico una instantánea de su porte, sin que un gigantesco autobús rojo de dos pisos, cargado a su vez de más turistas frenéticos, se interponga en su campo visual, arruinando la fotografía.

Nadie lo advierte, pero la Cibeles se lamenta. Es demasiado soberbia para mostrarlo. Sin embargo, muy entrada la noche, cuando los vehículos van mermando su presencia, y menguan su tufo a carburante y  su ruido ensordecedor, los labios pétreos de la Gran Dama parecen entonar un lamento. Con la firmeza de su temple femenino, su mirada cóncava sueña con el glorioso pasado, con el eco de su Frigia natal, hace miles de años.

En aquellas tierras de orientales, no muy lejos de la mítica Troya, la diosa se llamó “Kibele” (Κυβέλη), y fue adorada como una gran Magna Mater, bajo la forma de una misteriosa piedra de intenso color negro. La ciudad de Pesinunte fue su hogar. Los frigios cantaron entonces las leyendas de esta diosa de la Tierra, y sus infortunados amores con su hijo y consorte, el hermoso efebo Atis; y de cómo el joven cometió el error trágico que desató las iras de la Dama; y de cómo el infortunado mutiló sus genitales y murió desangrado, para finalmente ser resucitado en forma de pino en los albores de la primavera, por intercesión de Kibele: la misma que le había dado la vida. El asunto mitológico es universal, y tan frecuente en todas las civilizaciones, que induce a pensar en su veracidad: Atis es Adonis, es Tammuz, es Dumuzi… Kibele es Afrodita, e Innana, e Ishtar. Nada nuevo bajo el sol… Morir y renacer entorno al equinoccio es ley.

Cibeles mas antigua todavia

El arquitecto que proyectó en el siglo XVIII la estatua fuente de La Cibeles en Madrid conocía la historia a la perfección. El padre del concepto, José de Hermosilla, y el diseñador de la figura, Ventura Rodríguez, llenaron los laterales del carro sobre el que se asienta la diosa, de meditados adornos en forma de piña. Hasta pusieron a sus pies un enorme surtidor con forma de mascarón, en el que se adivina el rostro del amado Atis. Parece ser que incluso contempló el proyecto la presencia de un enorme pino, justo en frente del conjunto, para completar la descripción del mito. La diosa se lamenta, y con razón: el pino fue mandado arrancar por algún concejal ignorante y poco amigo del arbolado urbanita. Para más tragedia, la fuente entera fue movida de su emplazamiento original, orientando el rostro de Cibeles al más prosaico Banco de España. Ver para creer.

La Cibeles se lamenta en su sepulcro madrileño. Convertirse en un icono turístico de la ciudad no hace sino agudizar su dolor. Ser el estúpido punto de encuentro para festejar las victorias de unos deportistas sobrevalorados, empeora su situación. Los madrileños la desconocen, y por lo tanto no pueden rendirle su merecida pleitesía. Sin pino y desplazada, la diosa recuerda dolorosa cada noche su gran peregrinación que cambió para siempre su lugar entre los humanos.

Corría el año 205 a.C. y los romanos del Lacio, se batían a muerte contra el pequeño imperio cartaginés, por el control de las aguas mediterráneas. Los oráculos sibilinos fueron rotundos: para ganar la contienda, hacía falta la llegada a Roma de la famosa piedra negra de Pesinunte. Y así ocurrió. Kibeles fue secuestrada de Frigia y se instaló en el monte Capitolino. El betilo negro, pronto se fue humanizando, y adoptando la forma de una dama romana de rostro oscuro. Su nombre cambió a Cibeles, y su historia se fundió con la de la titánide Rea, de la teogonía griega. Poco importaba: la Magna Mater es siempre la misma, y tiene mil rostros. También era Isis, de rostro negro, como el limo fértil del Nilo…

Roma exportó a Cibeles/Isis/Rea por todo su Mare Nostrum. Cuando llegó a la Península Ibérica (bastante más celta que íbera, y sobre todo profundamente tartésica), se encontró con una tierra especialmente fértil para semejante culto. Hacía ya incontables siglos que los moradores de Hispania veneraban a la diosa de rostro oscuro. Cambiarle el nombre no fue un problema, con tal de que los ritos a la Madre no se vulneraran. No hubo necesidad: los ritos a la Magna Mater son semejantes en todos los confines del planeta… ¿Llegó la diosa de oriente a Roma, y de Roma a Hispania?, ¿O más bien la diosa regresó a su casa original, en los confines de occidente?… Vaya usted a saber. Poco importa ya. Los carpetanos, moradores de las tierras centrales, entre las sierras del sistema central y el valle del Tajo también fueron adoradores de la diosa. Eran gentes seminómadas, que se sabían protegidos por los sobrecogedores espectáculos que siempre han ofrecido los cielos de Madrid. En su manifestación nocturna, los carpetanos adoraron a la constelación del carro, la que los griegos vincularon con la gran Osa. No es baladí que en el escudo actual de Madrid la bordura de azur cargue siete estrellas de plata. No son otras que las que componen el venerado catasterismo carpetano. Esto induce a pensar, que el supuesto “oso” del escudo, es en realidad hembra: una osa.

Osa

La simbología de la osa nos lleva a cultos ancestrales de la magna mater. Cada año, la osa se entrega a su hibernación estando ya preñada. En la gestación se da un fenómeno muy peculiar que es conocido como implantación diferida. Mediante este mecanismo las hembras con capaces de postergar el momento en que comienza a desarrollarse en su interior un óvulo fertilizado. El futuro embrión permanece en un estado de latencia hasta que la madre determina que la estación es la más favorable para seguir adelante con su gestación, el parto y el cuidado posterior de la cría. Cuando llega la primavera y la osa sale de su guarida en las entrañas de la Tierra, lo hace con sus oseznos ya nacidos. Este hecho no le pasó inadvertido a nuestros más remotos antepasados mediterráneos, que vieron así en la osa una prefiguración de la magna mater, un símbolo de la fertilidad y poder regenerativo de la Naturaleza, que brota cada primavera de los adentros de la roca con su camada. A las afueras de Atenas, en la época clásica, las muchachas atenienses eran iniciadas en los secretos femeninos en el santuario de Braurión, donde la diosa Artemisa (señora de las bestias) se presentaba en forma de Osa. Allí, las niñas pubertas se disfrazaban de oseznas para perpetuar los ritos iniciáticos que demandaba la Gran Diosa de la fecundidad. La constelación del carro era para los griegos la ninfa Calisto, a la que la terrible Artemisa había convertido en Osa, estando encinta. Para muchos eruditos, Calisto es una manifestación de la misma Magna Mater.

Una urbe cuyo emblema exhibe una osa, es un enclave de fuerza femenina. Si a esto le unimos la presencia de agua subterránea como base para el asentamiento de la ciudad, la feminidad del emplazamiento se duplica. Don Juan López de Hoyos, en su Declaración de las armas de Madrid y algunas antigüedades, es quién nos rescata el lema fundacional de la villa:

“Sobre agua fui construida, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón”

Multitud de cursos de agua dibujan los caminos subterráneos de Madrid. Una red de arroyos invisibles, como sierpes indómitas de líquido elemento, sobreviven aún hoy, pese a la red de metro y los faraónicos túneles que tratan de descongestionar la capital de vehículos. Pero el agua siempre se abre camino, y más en Madrid. ¿Saben los madrileños que la historia de su escudo aparece frecuentemente la serpiente en forma de dragón, como custodio de las aguas subterráneas? Lo pueden ver en la plaza de la Villa, o en la de Arganzuela… Pero claro, para eso hay que mirar, que cada vez es más difícil… Una enorme sierpe roja (nos dice López de Hoyos) apareció dibujada en las ruinas de la vieja Puerta Cerrada cuando se desmanteló en el siglo XVI… El lema era cierto: la villa flota sobre ríos de agua que corre secreta. Nunca necesitaron los madrileños del humilde río Manzanares, que jamás alcanzará la nobleza de río fundacional, como el Tíber, el Támesis o el Sena. Y es que cuando los carpetanos del lugar necesitaron agua, perforaron la tierra. No es casualidad que el santo patrón de la villa, el bueno de Isidro, fuera más bien un pocero que un labrador. Otros lo llamarían zahorí. Otros, sacerdote de la diosa, pues parece ser que pasaba la mayor parte de su tiempo venerando las imágenes marianas de rostro oscuro, de las que Madrid jamás supo prescindir: la Almudena, la de Atocha, la de la Encina… ¿No viene el mismo nombre Isidro, de “Isidoro”, esto es “el don de Isis”? ¿O solo fue el paso de la reliquia del gran arzobispo homónimo por tierras carpetanas la causa de su bautismo?… Vaya usted a saber.

Pero del santón zahorí deberemos hablar en otro escrito. Hoy es la Magna Mater nuestra prioridad. Kibeles, Cibeles, habita en su legítima tierra: un hogar de la diosa. Cuando el padre Jerónimo de la Quintana escribe para Felipe III su estrafalaria y apasionante historia sobre el origen mitológico de Madrid, no duda en apelar una vez más a la diosa. Y lo hace con el nombre de Metragirta, que, bajada del cielo en un carro tirado por bestias, salva al troyano Ocno Bianor, de su autoinmolación, reclamada por Apolo para la correcta fundación de Mantua Carpetana, esto es, Madrid. El relato no tiene desperdicio. Y nos vuelve a resultar tan familiar…

Cuando la poderosa Isabel de Farnesio vino a ser reina de las Españas, no pudo tolerar las insuficiencias de la supuesta capital. Ella y su muy ilustrado Carletto (así llamaba a su hijo mayor, rey Carlos III), proyectaron un Madrid borbónico a la altura de las circunstancias. Y como consecuencia de su rica formación clásica, sabían que en toda ciudad hay que potenciar aquello que Vitrubio llamó “genius loci”, es decir, el genio del lugar. Había que hacer de Madrid una gran capital, y para ello era imprescindible dar con ese mito. ¿Qué forma tiene el genio del lugar en la capital del reino?, ¿Quién lo sabía?…

A día de hoy, en el mismo solar donde vivió y murió Isidro el Zahorí, se levanta el palacio de los condes de Paredes de la Nava. En su hermoso patio hay una sorpresa que nos aguarda en silencio. Dos esculturas olvidadas entonan un lamento muy parecido al de la diosa en la otra punta de la Villa. Se trata de una osa y un dragón. Son las dos piezas talladas como surtidores de la fuente que brotaba a los pies del proyecto de la Cibeles, hace ya demasiado tiempo. La osa, que evoca a la sublime constelación, y a la fecunda bestia ctónica, impone su regia figura paralela al dragón, custodio de las aguas sanadoras del vientre madrileño. Estos son los genios del lugar que un día acompañaban el carro de su gran Dama, la del carro solemne, la de la corona de bastión amurallado de pedernal, la que sujeta firme a las fieras que la hacen avanzar eternamente, y que por descontado, son dos leonas… Otro reformador urbano con mal gusto y peor documentación despojó a la Dama de sus genios para siempre. Luego llegaron esos indecentes angelotes regordetes que juegan ilegítimamente tras el carro divino. Lo dicho: el despropósito es una maldición en la villa.

Tráfico

Una rotonda que gestiona el tráfico urbano no es lugar para una diosa. Nuestra Señora de Madrid, como bien la bautizó la maravillosa arqueóloga Pilar González Serrano, no cesa en su lamento nocturno. Sus sollozos siguen sin calar en los madrileñitos de a pie que por causa de la costumbre, la desidia o la ignorancia, no saben las leyes del suelo que pisan, y por lo tanto, no saben donde pisan. Madrid, ciudad de agua, piedra, osa y estrellas; Madrid, ciudad de vírgenes negras y poceros de cuerpo incorrupto; Madrid urbe fémina de los Carpetanos, es ingrata a su esencia.

Amanece en el centro de la ciudad. La diosa espera latente, cauta, inadvertida, una mirada que parece no llegar jamás. Pero ella es paciente y no claudica. Es soberbia, y se sabe muy superior a los viandantes acelerados, que osan ignorarla…

 

                                                                                                          Jaime Buhigas Tallón

Base gráfica (baja)

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