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Laberinto de Chartres

Este artículo trata sobre el laberinto, uno de los grandes misterios de las civilizaciones antiguas y medievales. Su interpretación está todavía lejos de resolver algunos de los grandes interrogantes que plantea.

Se han encontrado laberintos prehistóricos grabados en la durísima piedra granítica gallega; se los ha encontrado en tejidos y enseres de los indios hopis norteamericanos; el de Dédalo en Creta fue archifamoso; el de Eleuisis se sabe que servía para realizar sobre él distintos tipos de danzas; los laberintos catedralicios medievales también se recorrían bailando sobre ellos, aunque más normalmente eran recorridos de forma individual por los penitentes. Llegados a este punto, la Edad Moderna y la Contemporánea perdieron en Europa la noción de por qué y para qué se usaban y pasaron a recrearlos tan solo de forma ornamental. Ahora la psicología da un paso adelante y parece poner sobre el tapete algunas de las respuestas al porqué de los laberintos, cuya relación con las civilizaciones que nacieron al abrigo de los grandes deltas es muy estrecha: los deltas fueron, en su día, ellos mismos grandes laberintos.

Algunas enseñanzas del Laberinto

Por Miguel Ángel Mendo Valiente
Marzo 2015

Quiero presentar el recorrido del laberinto de la catedral de Chartres como un camino iniciático, como una senda en cuyo recorrido el caminante necesariamente aprende cosas acerca de sí mismo, sea o no consciente de ello. Es claro que recorrerlo tiene un sentido muy profundo, puesto que ocupa un espacio muy importante en el ámbito de la más importante y primera catedral gótica (junto a Notre Dame de París), y en la antigüedad la mayoría de los que en ella entraban lo recorrían fervorosamente.

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No intentaremos penetrar en su más profundo misterio, ni siquiera en sus efectos sobre las sabias reacciones neurológicas y biorrítmicas, o en su incidencia en la activación de memorias o en la interconexión de procesos de lenguaje y de pensamiento que sin duda su recorrido produce, y que un día la ciencia averiguará. Aunque la neuropsicología es una ciencia que todavía está en pañales, a este respecto podemos citar como ejemplo la exitosa técnica terapéutica del EMDR de Francine Shapiro, 1987 (Eye Movement Desensitization and Reprocessing), es decir, la estimulación bilateral por medio de movimientos de los globos oculares para el reprocesamiento de recuerdos traumáticos. Se trata de que el sujeto pueda buscar información de otras redes neurológicas donde encontrar respuestas alternativas al modo en que almacenó un determinado suceso traumático. Si sólo el simple movimiento circular o bilateral de los ojos (o también mediante estimulación táctil o sonora) puede lograr desbloquear ciertas memorias y darle complejidad vivencial a una experiencia del pasado cargada de una emotividad excesivamente simplista, imaginemos lo que puede producir el recorrido a pie de este laberinto, de más de un cuarto de kilómetro de longitud (unos 1.500 pasos), con 34 giros (excepto dos, todos de 180 grados), con un patrón de tiempos, distancias y ritmos perfectamente diseñado.

Lo que sí se puede afirmar, cuando menos, es que el laberinto es un problema, un reto que la vida nos pone delante, y también es un simple juego, una espiral de curiosidad difícil de resistir, lo que supone, seguramente, la mejor forma de enfrentar los desafíos y los dilemas. Que tomen nota educadores, pedagogos y enseñantes, porque ésta es la primera gran lección, y fundamental. Aprender es, básicamente, enfrentarse a un problema con la suficiente motivación y atención como para obtener nuevos datos de dicha experiencia. Es implicarse por completo en la tarea (físicamente incluso) en forma de juego apasionante.

Aquí estamos ante un reto psicológico (todo laberinto lo es) que promete enfrentarnos a nosotros mismos, como en un espejo: nos insta a desplegar nuestras habilidades, nuestros recursos orientativos para salir airosos de la prueba, nos induce a que penetremos en sus fauces y desafiemos uno de nuestros más infantiles miedos ¾el miedo de perdernos¾ y, especialmente, a afrontar el desánimo, la fatiga, la falta de confianza en la tarea. A cambio nos propone un premio (no seamos tan puristas ni tan inocentes: el premio sigue siendo el motor de todo esfuerzo), una recompensa de carácter simbólico y mágico: alcanzar el centro del círculo, penetrar hasta el fondo, hasta el final del conflicto, llegar hasta donde ya no se puede avanzar más. Lo que supone el hecho de saber que se han explorado todas las posibilidades reales del camino, que ninguna se ha dejado sin examinar. El lugar del premio, el centro del laberinto, que coincide con el objetivo final es, además, perfectamente visible y reconocible desde todos los puntos del recorrido, lo que constituye una tentación constante, un refuerzo positivo permanente.

Para poder valorar la trascendencia del camino, de las enseñanzas del juego que nos propone Chartres, imaginemos (no es difícil, pues nuestra fantasía más lúdica lo está pidiendo) que las líneas negras del laberinto son, en realidad, fuertes e inexpugnables paredes de cristal. ¿No habría ya un porcentaje de personas más o menos temerosas que desistirían de entrar en tales condiciones? Sólo amplificando las dificultades de manera imaginaria, solo magnificando fantásticamente la experiencia del que entra en un laberinto podremos comprender hasta qué punto es importante cualquier detalle de lo que suceda dentro. Supongamos incluso que hace un frío espantoso que está a punto de acabar con nosotros, que estamos desnudos, que nuestra resistencia física está al límite, y que en el centro, en el círculo final, hay una maravillosa fuente de calor, un fuego reconfortante, un sol salvador. Supongamos, si es necesario, que somos perseguidos, acosados de cerca por el Mal, de cualquier forma que queramos imaginarlo, y que, como en los juegos infantiles, sólo en la casilla central estamos a salvo, en Casa.

Mucho más sencilla y clásica es, desde luego, la propuesta de sumergirse simplemente en una personal aventura de búsqueda de ese gran tesoro oculto que todo camino iniciático promete, y que sólo se alcanza una vez experimentados los distintos avatares que el recorrido guarda para el caminante. También podemos imaginarnos avanzando de rodillas sobre las frías losas, como los fieles hacían, realmente, en la Edad Media. El tesoro, por supuesto, es el más preciado deseo que el protagonista sea capaz de concebir, desde las riquezas terrenales, hasta el perdón de todos los pecados, hasta la más mística de las iluminaciones y sapiencias. El Juego de la Oca, el Camino de Santiago, y multitud de cuentos tradicionales, como El Mago de Oz, sirven perfectamente de ejemplo.

Primer tramo (rojo)

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En primer lugar hay que observar que dentro del templo, una vez percibido el laberinto, insoslayable cuando no hay bancos [1], la entrada es una invitación directa, perfectamente visible al poco de caminar por la nave central desde la puerta principal de la catedral, pues es el único pasillo abierto en toda la trama. No hay duda al respecto. Es también uno de los dos únicos trazos transversales, radiales (el otro, pegado a él, es, ya lo veremos, el de la llegada) y, en principio, se presenta en línea recta hacia el sagrado objetivo. Éste, por cierto, también resulta claramente visible, frontal y reconocible como tal desde el primer paso, pues está en el centro del laberinto y perfectamente diferenciado en forma de flor de seis pétalos. La invitación a penetrar por la única puerta que hay es clara, y, como ocurre con todo laberinto, se aparece ante el visitante como un reto a su habilidad, perspicacia e inteligencia.

Que se trata de un reto, que no es, lógicamente, un camino simple y directo hacia el centro, lo comprobamos al poco de avanzar por el pasillo de entrada, tras haber superado cuatro niveles. Es ahí donde surge la primera desviación, hacia la izquierda, que nos hace pensar que vamos a introducirnos definitivamente en la parte más densa e inextricable del laberinto. Y, en efecto, entramos en la zona medular. Pero para sorpresa nuestra, pronto volvemos casi sobre nuestros pasos, pero un nivel más adentro, lo cual no deja de tener importancia, pues continuamos progresando, avanzando de manera centrípeta ¾y no al revés, lo que sin duda produciría cierto desánimo¾ para regresar al pasillo radial por el que habíamos comenzado.

Hemos hecho, pues, una primera y muy sencilla incursión hacia la zona media (niveles 5 y 6), hacia lo más denso del problema (aunque sin salir todavía del cuadrante inferior izquierdo), para volver a la línea directa. Para regresar a esa especie de atajo que, después de este primer aviso, de esta primera desviación, intuimos cada vez más que no lo es. (No puede ser tan fácil el problema, porque sería demasiado simple para nuestra consideración).

Esta primera y breve desviación supone en realidad una especie de cala, de precalentamiento.

La figura que hemos hecho al caminar recuerda a una pequeña rama sin arborescencia alguna que surge de la base del tronco del árbol por el que vamos ascendiendo; o una pequeña hoja de la flor en la que queremos libar.

El laberinto es cuidadoso, amable con nosotros y continúa siendo seductor: nos acerca luego, directamente hacia el centro de donde irradia el calor, hacia la solución del conflicto, que todavía no es tal puesto que percibimos que no estamos perdidos y podemos fácilmente regresar al punto de partida, renunciar, escapar, desentendernos.

Sin embargo, pasamos de largo. Rodeamos por la izquierda el anhelado refugio, reconfortados por el calor que su proximidad irradia, acariciamos casi el tesoro, como si lo tuviéramos al alcance de la mano. Aún no podemos entender lo lejos que estamos, en realidad, de él.

Segundo tramo (azul)

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En este segundo envite retrocedemos casi sobre nuestros pasos primero en sólo un nivel inferior, luego en dos, tres y hasta cuatro niveles, zigzagueando juguetonamente, rellenando el espacio que nos separaba de la primera incursión, de aquella primera cala que hicimos nada más entrar en la figura 1. Retrocedemos, desde luego, hacia el frío, hacia la ignorancia; nos alejamos por segunda vez de nuestro ansiado objetivo, de un modo no ciertamente alarmante, aunque sí algo intranquilizador. Pero no demasiado, pues, en el fondo, nos estamos moviendo en terrenos confortables, hóspitos, protegidos por el centro que “casi” hemos acariciado y por el recuerdo de la primera incursión medianamente seria que nos obligó a hacer el laberinto nada más penetrar en él.

Acto seguido nos aventuraremos, sin abandonar nunca el área central, y haciendo el recorrido circular más largo hasta el momento, de nuevo en el cuadrante superior, pero todavía a un nivel no tan distante del objetivo como el que conocimos en lo que hemos llamado la primera cala.

Según la división en tramos que, para este estudio, hemos hecho intuitivamente, es decir con un criterio subjetivo, nos encontramos al final de esta segunda etapa en el mismo punto que al final de la primera, pero tres niveles más lejos.

Hay que hacer la observación de que, en todo el recorrido, jamás nos alejaremos del centro más de un nivel por vez, es decir, que no habrá desagradables sorpresas de desplazamientos de castigo hacia la oscuridad exterior, sino, como ocurre en este tramo, siempre serpenteando. Moverse transversalmente, cruzando diversos niveles a la vez, sólo se produce en sentido positivo, es decir, hacia el interior, y sólo en las dos ocasiones citadas: al entrar, como ya hemos visto, que se dan dos saltos de 5 niveles cada uno, y al finalizar, donde, como ya veremos, ocurre lo mismo.

También es cuidadoso el laberinto en este aspecto, pues, aunque ya en este punto intuimos fácilmente que tendremos que recorrer todas y cada una de las callejuelas, evita el desánimo que provocan los alejamientos repentinos.

Tercer tramo (verde)

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Este tercer tramo inaugura nuestro ingreso en el hemisferio derecho, y lo hace acercándonos de nuevo hasta los límites más próximos al objetivo. Es decir, tras el primer y breve alejamiento anterior, que podría haberse confundido con el comienzo de una verdadera y temida inmersión en las profundidades de lo inextricable, se produce ahora un nuevo y grato acercamiento a la luz. Y por el lado derecho.

Estos conceptos de derecho e izquierdo que ahora introducimos tienen su importancia. No es un despropósito afirmar que el laberinto puede recordar a un cerebro humano con sus circunvalaciones y sus dos hemisferios. Sabemos que el hemisferio izquierdo alberga el pensamiento racional, analítico, y el hemisferio derecho el emocional, intuitivo, analógico. Pues bien, si el laberinto recoge esta profunda y antigua simbología, como creemos, las dos primeras fases del recorrido (incluyendo, por supuesto, la entrada) se han producido dentro del ámbito de lo deductivo, de lo metódico. Es una propuesta importante, y muy sugerente desde el punto de vista de la pedagogía y del aprendizaje en general: el laberinto nos propone que nos enfrentemos a cualquier problema, que abordemos los primeros pasos y dificultades de cualquier actividad en la que esté implicado un proceso de crecimiento personal bajo el punto de vista de la lógica, de la coherencia intelectiva, de la comprensión razonada, del análisis metódico y, sólo una vez que nos hayamos familiarizado con el núcleo de estos componentes más intelectivos y comprensivos de la tarea, podremos dar el salto hacia lo intuitivo, lo creativo, aunque todavía, como vemos, sin volar demasiado. Esto es justamente lo que propone este tercer tramo.

Por otro lado, es sumamente curioso que sólo sea en el semicírculo superior donde se pueda transvasar de un hemisferio lateral al otro, puesto que en la zona inferior, el acceso entre ambos está cortado precisamente por las líneas radiales de entrada y llegada. ¿Qué significa esto? Aquí debemos acudir a otra clásica división del cerebro en dos zonas básicas: el prosencéfalo y el telencéfalo. Se trata de una división estructural organizada de acuerdo con una progresiva complejización, resultado de la evolución tanto del reino animal como del género humano. La idea es que los procesos de pensamiento más finos, elaborados y recientes, en definitiva, más complejos (ubicados en la corteza cerebral o telencéfalo) descansan sobre la base de otras estructuras neuronales más antiguas, más primitivas, más asociadas a funciones motoras, sensoriales y de coordinación relacionadas con la supervivencia (paleoencéfalo) y el control de los movimientos instintivos y las emociones (mesencéfalo). Naturalmente, ambos niveles (superior e inferior) contienen hologramas pensantes tanto analíticos como analógicos (hemisferios izquierdo y derecho), con lo cual, reuniendo las cuatro categorías, que se superponen, se puede establecer un esquema como el siguiente:

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El hecho de que no pueda accederse al hemisferio derecho, a la intuición y la creatividad, por la parte inferior, por el pensamiento primario, podría indicar que sólo en los niveles de conciencia superiores, más evolucionados, es adecuado ese salto, ese transvase. El pensamiento analógico a niveles bajos, es decir, asociados a funciones primarias, naturalmente existe, y es necesario pasar por él, como vemos en las líneas más bajas del laberinto, pero no se llega a ellas directamente desde las funciones más animales. El paso está cortado por ahí abajo, como si por la parte inferior los hemisferios laterales fuesen estancos.

El trazo de la figura 3 nos muestra precisamente ese primer acceso al lado derecho, muy cerca del núcleo, casi unido a él.

Cuarto tramo (amarillo)

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Anteriormente hemos visto el paso a la zona derecha y el primer trazo de un recorrido que ahora va a continuar hasta completar simétricamente el dibujo que habíamos hecho ya en nuestro camino por el lado izquierdo. No es, por tanto, un trayecto en el que estemos absolutamente despojados de referencias. Protegidos por la cercanía al centro y por una situación de espejo, es evidente que se puede caminar asustado, a tientas, porque el sendero es siempre nuevo, pero no tanto como podría temerse. Parece una constante, hasta el momento: hay que correr la aventura de lo desconocido, pero apoyándose lo más posible en la experiencia que se ha ido acumulando desde la partida para hacer que la vivencia no sea algo descarnado, angustiosamente heroico. El hecho ¾tal vez no perfectamente concienciable por el que recorre el laberinto, pero sí de alguna manera inscrito en su memoria inmediata más básica (orientación, espacios, ritmos…)¾ de que estamos siguiendo unas vueltas y revueltas ya recorridas en el otro lado, seguro que produce en él una especie de confianza interna muy beneficiosa, sin menoscabo del inexorable avance que se está produciendo. Hay un lógica (o una clarividencia) muy zen en todo esto.

Profundizando en el significado de este hecho, lo que este trazo como continuación del anterior nos sugiere es: ¿no sería maravilloso en cualquier proceso de trabajo poder realizar el mismo tipo de operaciones mentales, o, mejor dicho, cubrir las mismas áreas experienciales, primero desde el lado analítico e intelectivo y después desde el aspecto más creativo, poético, en un orden casi idéntico (es decir, simétrico)? Sin embargo, las técnicas de enseñanza tradicional en cualquier tipo de disciplina (la palabra parece que lo dice casi todo), en cualquier actividad de aprendizaje que nos planteemos, parece que olvidan, no ya esta situación de crecimiento en espejo, sino, directamente, todo el hemisferio derecho.

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Vemos también en esta figura 4. cómo el camino, alejándose del centro, cruza el cuadrante superior, como antes lo había hecho el segundo trazo, el azul. El paso de lo que hemos llamado pensamiento primitivo al pensamiento complejo (hemisferio inferior – hemisferio superior), y viceversa, se produce constantemente (hasta ahora se ha dado en todos y cada uno los cuatro trazos), y ésta es seguramente otra de las claves para el aprovechamiento máximo de la experiencia: se trata, como vemos, de combinar biorrítmicamente, y hasta el momento de un modo constante, las elaboraciones mentales sensitivo-sensoriales (inferior) con las intelectivas (superior), tanto en el lado de la lógica y la inteligencia verbal (izquierdo) como en el lado de la comprensión espacial, visual y de la expresividad (derecho).

Quinto tramo (naranja)

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Asistimos ahora a un paso importante, puesto que nos encontramos en un trazo central haciendo el único transvase (nivel 6) que hay de derecha a izquierda. Los otros dos (ya vimos uno en el nivel 9 (fig.3) y veremos otro en el nivel 3) son en sentido contrario. Y estamos en lo más denso del laberinto, del problema, en el ecuador del viaje, aunque no coincide este lugar con el punto medio en cuanto a longitud total del camino (¡que son ni más ni menos que 262,5 metros!), puesto que hasta ahora hemos recorrido los trazos circulares más pequeños. Sí es central también en cuanto a giros, pues en la mitad de este quinto tramo hemos dado 17 giros, y quedan otros 17.

Hemos llegado a la mitad, pero el trabajo que hemos realizado, en distancia, es más corto que el que nos resta. O dicho de otra manera, hemos hecho lo más sinuoso y central, de recorrido más rápido, con ritmos de giros más breves, y ahora, como veremos, nos quedan los trayectos más largos y más externos, pero también los más sostenidos en cuanto a ritmo.

Tramos 6 (morado) y 7 (celeste)

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La constancia debe ser aquí la principal aliada del caminante. Son largos y monótonos trayectos casi en la oscuridad que nos alejan del objetivo hasta el límite mismo del laberinto, hasta la frontera que nos separa del mundo exterior al paraíso, primero por la izquierda, alcanzando además el punto más bajo, más primitivo, justo junto a la entrada (final de línea morada, comienzo de línea azul). Podríamos reconocer este instante como el de mayor desánimo y desasosiego, pero es tan largo el camino que hemos hecho hasta llegar aquí, que apenas hay posibilidad de volverse para atrás. Estamos atrapados entre las murallas de nuestra noche oscura, y no hay más remedio que seguir avanzando. En efecto, la línea azul va a ir ascendiendo hasta el punto más alto, más evolucionado y acto seguido se produce un acercamiento al segundo nivel, y luego al tercero, en el que nos introducimos en el lado de las emociones, en el semicírculo derecho.

Tramos 8 (marrón), 9 (verde) y 10 (morado)

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En primer lugar, dentro de estas etapas de “travesía del desierto”, hay un pequeño respiro hacia lo frondoso y cálido, pues al principio seguimos adentrándonos dos niveles más, hasta llegar al 5º. En esta última parte de la línea marrón estamos en el mismo nivel, de hecho, que aquel que alcanzamos nada más entrar al laberinto (lo que habíamos llamado la primera cala), solo que en la parte derecha. Tampoco es tan grave.

Sin embargo este pequeño impulso de optimismo es el que nos va a tener que alimentar en los siguientes tramos. El verde es, de nuevo, un alejamiento largo y constante y, lo que es más comprometido, por el lado emocional. Y el morado, el 10º tramo, nos lleva de nuevo a recorrer la mitad del perímetro exterior, larguísimo y oscuro, como antes sucedió. Hemos llegado de nuevo junto a la entrada, que, curiosamente, es el punto más bajo y distante. Pero ahora es más dramático aún, puesto que hemos llegado aquí tras un largo y despiadado descenso, y ésta es la zona más antigua, menos evolucionada de lo intuitivo, de lo emocional. Necesitamos hacer uso de nuestra más primaria, nuestra más básica fuerza de voluntad para seguir adelante.

Tramo 11 (gris)

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Afortunadamente, tras esta máxima dificultad, surge la vía directa (casi directa) hacia el ansiado objetivo. Entramos en la segunda línea transversal que desde el nivel 1 nos llevará en volandas al desconocido y ansiado nivel 12, tras una segunda breve cala hacia la médula de lo intuitivo, al centro mismo de la zona derecha. Una cala que, por cierto, es mucho menos violenta, puesto que, como en el tramo 1, el de inicio, contiene el único giro en todo el periplo que no es de 180 grados, es decir, donde no parece que tienes que volver sobre tus pasos. Se trata de un verdadero salto desde el sufrimiento máximo, desde el desánimo más intenso (capa 1, en lo más primario) a la resplandeciente y reconfortante luz que ansiábamos. Luz que, en la topología del esquema del cerebro que hemos superpuesto simbólicamente al laberinto, correspondería al hipotálamo, la región nuclear del cerebro más importante para la coordinación de conductas esenciales, exactamente entre los dos hemisferios, y donde se encuentra la hipófisis, glándula rectora de todo el sistema endocrino. O tal vez a la glándula pineal, aquella que ya Descartes denominó «tercer ojo» porque, según su concepción dualista, constituía el correlato físico del alma.

En todo caso, es digno de señalar que el recorrido que hacemos en este último tramo es muy semejante, o mejor diríamos, prácticamente igual, solo que “en espejo”, al que hicimos al ingresar en el laberinto. Con (además de la obvia) una diferencia fundamental: en este último trayecto el caminante lleva dentro de sí la experiencia de haber pasado por todos y cada uno de los recovecos del laberinto. El ímpetu vertical y la poca dificultad del paso final son semejantes a los del comienzo, pero ahora con un aprendizaje vital añadido.

[1] Tradicionalmente el único día del año en el que se apartan los bancos y se puede recorrer el laberinto es el 21 de Junio. Actualmente sin embargo, en verano, los viernes también suele estar despejado.

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)