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Invasión

En Delta de Maya estudiamos la historia para conocer el legado patrimonial de los territorios que pretendemos abarcar con nuestro proyecto. En esta aventura nos encontramos frecuentemente con que algunas de las interpretaciones de los sucesos del pasado no concuerdan con las nuestras, y eso es algo completamente lógico y habitual en el mundo de la investigación y el estudio. Sin embargo hay otras ocasiones en que se diría que los rastros hubieran sido deliberadamente borrados detrás de las versiones oficialmente admitidas, y cuando sucede esto las líneas de investigación se enfrentan a un mar de confusiones hasta que por fin se logra encontrar y restaurar algún rayo de luz enterrado.

Por ejemplo, creemos que en no pocas ocasiones se nos relatan como verdades acontecimientos históricos que carecen del necesario soporte documental, como el caso de la Invasión Árabe de España, de la que no existen referencias escritas antes del siglo X. En este artículo le invitamos a recorrer algunas de las incongruencias que, a pesar de ser ya bien conocidas, siguen hasta el día de hoy enturbiando la visión general de nada menos que varios siglos de historia.

Los contados estudiosos que se atreven a cuestionar la versión oficial, sufren el rechazo de sus colegas y ven silenciadas o ridiculizadas propuestas distintas a las férreamente asumidas en claustros y libros de texto. Y sin embargo, ¿no es un hecho que los arcos de herradura no son árabes, o que la mezquita de Córdoba, con su bosque de columnas, fue obra autóctona anterior a la llegada del Islam a la Península Ibérica?

Mentiras que me contaron en la escuela:

La Invasión Árabe

por Taíd Rodríguez y Romualdo Molina
Enero 2014

Siento tomar prestado el título de un conocido libro para este artículo, pero es que hay cosas en el mundo que habría que dejar de llamar por su nombre conocido y empezar a darles otro. Por ejemplo, a lo que se hace en la escuela no se le puede llamar enseñar y no es correcto decir: “Voy a la escuela a aprender”; habría que llamarlo “programar”, y los niños deberían decir: “Voy a la escuela a que me programen”, a que me condicionen unas respuestas y no otras. De la misma forma, al profesor no se le puede llamar por más tiempo profesor o maestro, sino que deberíamos ponernos todos de acuerdo en llamar a las cosas por su nombre, y considerarlo “operario u operaria, programador o programadora”; y llamar también al libro de texto por su nombre: “Manual de programación”.

Así las cosas, no debe extrañarnos que los manuales de programación estén escritos en un lenguaje binario (verdadero/falso) y algunos incluso en un sistema único, monolítico, donde sólo cabe una posibilidad, una que es la verdadera, por supuesto. “España fue conquistada por los árabes en el año 711 de nuestro señor Jesucristo”. Verdad verdadera. Y yo no soy quién para ponerla en duda, aunque sea mentira. La mentira cumple un rol social y estoy seguro de que, en su tiempo, esta mentira jugó un importante papel como cohesionador de voluntades y amalgama de idearios. Hacia el s. x parece que se fraguaron los primeros textos que ponían negro sobre pergamino la llegada de conquistadores llegados de la lejana Arabia a la Península Ibérica. En ellos se describían los horrores de la conquista, cómo pueblos enteros fueron arrasados, mujeres y niños maltratados; España, en fin, doblegada en tan sólo tres años. Desde aquella fatídica fecha de 711, España habría sido, según estas crónicas, por entero sometida al poder musulmán. ¿Toda? No, un pequeño reducto resiste ahora y siempre al invasor: Asturias, reducto de la resistencia hispano-goda. Allí pone España entera sus esperanzas, a la espera de ser liberada del yugo musulmán para volver a ser cristiana y romana. Es entonces cuando se inicia aquella titánica labor: la Reconquista.

Esta es la versión monolítica de la historia que, desde hace 1300 años, desde Jiménez de Rada hasta hoy, se nos viene contando a quienes tenemos el privilegio de ser educados. Poco importa que apenas existan fuentes documentales en las que fundarse y que las que existen sean posteriores a este siglo x en que lo benedictino puso letra al mundo. La escasez de documentos sólo hace aumentar la capacidad poética de los escribas, atentos a copiar y a adaptar para sus fines los romances populares. Ese romance de don Julián traicionando a España por amores, ¡qué bien queda y qué humana faz le pone a la conquista!

No existen documentos del siglo viii sobre la Conquista

Tal vez le gustaría saber al educando que no existe documento alguno del s. viii que testimonie el maravilloso hecho que fue conquistar la Península en tres años. Pero esta llamativa ausencia se capea, como digo, con facilidad, y hasta viene bien:

Los que han tratado el inicio de la invasión musulmana se han encontrado con la ausencia de fuentes documentales fiables. Por esta circunstancia se han visto obligados a especular, haciendo uso de la lógica, para reconstruir lo que ocurrió en aquellos decisivos momentos. Nosotros seguiremos el mismo camino. No tendremos seguridad completa en nuestras teorías, pero es indudable que nos habremos acercado a lo que realmente ocurrió” [1].

Tal vez le gustaría al educando saber que las primeras crónicas de la supuesta conquista fueron escritas en un país tan alejado como Egipto casi siglo y medio después de los hechos que relatan [2], y que están plagadas de todo tipo de maravillas y fantasías; tal vez le gustaría estar informado de que, en la Península, en el corazón del ilustrado al-Ándalus, se tardaron nada menos que otros ciento cincuenta años más en escribir sobre la famosa hazaña. Es decir que, en la Península, los “árabes” tardaron la friolera de casi trescientos años en poner por escrito su maravillosa hazaña. ¡Y esto en un país que se vanagloriaba ante el mundo entero por la riqueza de sus bibliotecas y la sabiduría de sus poetas!

Y hay que echar un vistazo a la rocambolesca manera en que han llegado hasta nosotros esas primeras crónicas, por ejemplo la conocida como la del moro Rasis. Fue así:

Hacia principios del siglo xiv se presentó en la corte del rey de Portugal un moro, quien se prestó a leer una crónica escrita en árabe que llevaba consigo; esta crónica pertenecería, supuestamente, a un famoso cronista andalusí llamado al-Razi que vivió en el siglo x. El moro iba leyendo en árabe y traduciendo simultáneamente al portugués. Posteriormente, un sacerdote llamado Gil Pérez fue por orden del rey encargado de traducir el relato del portugués al castellano y de ponerlo por escrito. El manuscrito de Gil Pérez se perdió, pero no antes de que influyera de manera decisiva en obras tan importantes como la Crónica General de España de 1344, que copia pasajes enteros.

Ya en el siglo xvi se dudaba claramente de la autenticidad de la crónica, que podría haber sido de al-Razi o de cualquier otro. Y posteriormente eruditos y arabistas de la talla de Ambrosio de Morales, Miguel Casiri o José Antonio Conde, que lo han sido prácticamente todo en un país que sistemáticamente ha menospreciado y tenido en poco los estudios de filología árabe, han negado incluso la autoría árabe y, por supuesto, han negado la fecha. Esta autoría ha sido reivindicada, en cambio, últimamente por Menéndez Pidal y por Sánchez Albornoz, a los cuales me gustaría haber visto discutir sobre manuscritos árabes con aquellos dos conservadores de la Biblioteca del Escorial.

En estas circunstancias no es de extrañar que los libros de texto prefieran pasar de largo sobre tan espinosa cuestión, justificándolo si acaso con un lacónico “No, es que los niños no lo entenderían”. Se da por hecho que hubo conquista y que además fue árabe. El académico que se atreva a dudarlo será severamente advertido, y si persiste en su error será reo de anatema, expulsado de los círculos académicos y su obra perseguida. Aún hoy hay catedráticos que dedican su valioso tiempo a la persecución de aquellos infelices que se atreven a seguir la estela abierta por el desdichado Olagüe, cuya obra, La revolución islámica en Occidente, escrita hace cuarenta años, recibió en su día el aplauso unánime de la crítica….¡francesa!

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Basílica de San Juan de Baños. (Foto: http://www.minube.com/fotos/rincon/61297)

Los arcos de herradura no son árabes

Por ejemplo: así se lee en la segunda página de su obra monumental, para consternación de quienes consideran árabe (o siria al menos) la catedral de Córdoba.

A fines del siglo pasado empezaron arqueólogos españoles a restaurar iglesias que habían sido construidas en tiempos de los visigodos. Una de ellas, dedicada a San Juan Bautista y situada en Baños de Cerrato (Venta de Baños), había sido edificada por Recesvinto en 661, de acuerdo con una inscripción colocada en el transepto, frente a la nave principal. El hecho era indiscutible. La fecha de su construcción, muy anterior a la pretendida invasión de 711, y sin embargo poseía esta iglesia soberbios arcos de herradura. Pronto se los encontró por toda la península, algunos tan bellos como los cordobeses y… no eran musulmanes. Se han hallado copiados, hasta en Francia, orillas del Loire, que de acuerdo con la tradición jamás alcanzaron los árabes.

En fin, se averiguaba en nuestros días que habían existido arcos de herradura en fechas anteriores a nuestra era cristiana. De tal suerte que se podía establecer el proceso de su evolución desde aquellos tiempos remotos hasta su magna florescencia bajo los califas cordobeses. Uno de los mitos de la historia occidental se venía abajo. El arco de herradura, cuyas curvas inverosímiles habían permitido las más extraordinarias extravagancias, no había sido traído de Oriente por los árabes invasores.

En efecto, pertenece en sus comienzos a la arquitectura ibérica prerromana y se suele considerar (¿?) “prerrománica”, o sea de antes de inventarse el románico europeo, como tan bien ha estudiado Carlos Areán: “Cultura autóctona hispana”, Madrid, 1973.

Incluso las cuatro modalidades que consideremos autóctonas -visigóticae, asturianae, mozárabe y mudéjar- no nacieron por generación espontánea (…) consistían en (…) que se dieron única y exclusivamente en los territorios de lo que hoy son España y Portugal. (…) A partir del siglo v en España y a partir del siglo vii en Francia se comenzó a construir de un modo diferente.

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Santa Eulalia de Bóveda, Lugo. (Foto:http://es.wikipedia.org/wiki/Santa_Eulalia_de_B%C3%B3veda

En efecto, la iglesia de Santa Eulalia de Bóveda en Lugo, redescubierta en 1925, fue construida después del 411 y antes del 450, y es un prodigio “inusitado”.

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Planta de la Iglesia de Marialba en León (Hauschild,http://www.artearqueohistoria.com/spip/article212.html)

La iglesia de Marialba, a 9 Km de León, de fecha similar, de planta rectangular y un solo ábside de herradura de cinco lóbulos en su interior, está extrañamente orientado al sur (como luego las mezquitas hispanas, hacia el Peñón de Gibraltar o columna de Hércules, y no apuntando a la Meca, cuya orientación se encarga al alminar).

La de la Cabeza de la Griega, provincia de Cuenca, del siglo v según Angulo; a lo más, de comienzos del vi (hoy destruida), según testimonios del siglo xviii, tenía arcos de herradura entre nave y nave, uno muy cerrado en el ábside y otro en la entrada. Son importantes, del siglo vi o vii, la iglesia de Algezares, al sur de Murcia; y la de San Pedro de Alcántara, provincia de Máĺaga; la Iglesia de Cososa, provincia de Badajoz, y la Iglesia de Alcaracejos en la provincia de Cordóba; las tres y, probablemente, Santa María del Naranco en Asturias, con una entrada por los lados largos norte y sur.

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Plano de la Villa de Bruñuel, Jaén. (http://www.redjaen.es/francis/?m=c&o=13895&letra=&ord=&id=13898)

Debemos detenernos pues es para aburrir, pero no dejaremos sin citar el tema de la excavación en Jaén, en el Cortijo de Bruñel: al sureste de la provincia. Las otras son edificaciones pequeñas, pero ésta mide 49 metros de largo en el interior y 51 en el exterior; no lleva altares ni enterramiento, sí un ábside en cada extremo. Contemporánea, debe de ser un templo arriano. Como lo fue la primera fase de la llamada Mezquita de Córdoba, cuando era Catedral de San Vicente. Todo esto, antes de nacer Mahoma.

En 453, los godos Federico y Teodorico estrangulan a su padre el rey Turismundo el tercer año de su reinado, y lo substituye éste último, ferviente arriano, cuando la variante herética polígama e iconoclasta alcanza en occidente su momento de mayor impulso desde el poder.

Los independientes suevos se convierten del cristianismo romano al arrianismo en el 465, durante el reinado de Remismundo, sin duda a causa de las instigaciones de Teodorico el godo, quien casó a su hija con el suevo. En lo que Menéndez Pelayo califica de prodigioso, esos “fieles” regresan de la herejía a la divinidad de Cristo y la Trinidad en menos de 150 años, de lo que quedan poquísimos datos (el fin del reino suevo conquistado por Leovigildo el arriano, ofrecerá un nuevo sesgo hacia el monismo, sólo frenado un poco por la rebelión de San Hermenegildo).

Siguiendo a Ignacio Olagüe:

  1. Ni templo romano, ni iglesia paleocristiana existe de antiguo en el 370 en el solar de la actual Mezquita de Córdoba.
  2. Hacia el 371, sobre su parte del actual solar, se concluye una catedral, sede del arzobispo arriano de Córdoba, con nueve naves, separadas por ocho filas de columnas dispuestas de cuatro en cuatro en una profundidad de doce travesías. La nave central es más ancha que las otras. Según cronistas árabes muy posteriores a estas fechas, el templo estaba dedicado a San Vicente.
  3. Según estos mismos autores, casi cuatro siglos después, con las dimensiones, los arcos de herradura y mismo aspecto que el atribuido tradicionalmente a la construcción, y que aún conserva en su parte más antigua, Abd al Rahmán, el Emigrado, había construido hacia el 786 la mezquita primitiva. ¿Había poseído esta primitiva mezquita un patio? Unánimes se muestran los autores: se ha construido el templo en un año, de 785 a 786.

(En ese año 786 el arzobispo arriano de Córdoba reconoce como Primer Emir Musulmán a Abd al Rahmán I, recién llegado con veintiséis años, según citan esos cronicones.)

  1. Al final del siglo VIII erige Hixem I el primer minarete.
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    Bosque de columnas de la Mezquita Catedral de Córdoba.(Foto: http://es.wikipedia.org/wiki/Mezquita-catedral_de_C%C3%B3rdoba#mediaviewer/File:Mosque_of_Cordoba_Spain.jpg)

    Abd al Rahmán II emprende en el 833 la ampliación de la mezquita, sin modificar su interna disposición; es decir, sin estropear el esbozo del bosque de columnas ya existente. Lo ensanchó al contrario, añadiendo dos naves suplementarias a las extremidades este y oeste del templo primitivo.

Pero es que hay mucho que decir de la orfebrería y la artesanía autóctona. Por ejemplo: antes de que se hiciera el palacio hispalense de Don Pedro El Cruel, como atestigua el estudioso sevillano José Antonio Utrera, se ensayó esa arquitectura y decoración en la iglesia de Santa Marina de Sevilla; y ambas sirvieron de ensayo, modelo e inspiración para la Alhambra de Granada.

Como otras veces, la sólida arqueología desmiente a las mendaces fuentes manipuladas.

Pero aun sin entrar en el tema de las fuentes, lo cierto es que lo de la invasión árabe huele bastante mal. Porque, ¿cómo es posible que una serie de humildes y desperdigadas tribus de camelleros del desierto de Arabia, hasta entonces en perpetuo estado de enemistad mutua, se hayan unido así, de repente, y con sus solas fuerzas hayan dominado Siria, el país por entonces más rico de Oriente, en tan solo un año, en el 635? ¿Y cómo, si no fue por milagro o intervención divina, cayó la grandiosa Ctesifón en el 637 sin oponer mayor resistencia de la que opondría una pequeña aldea perdida en la llanura? ¿O cómo pudieron acto seguido y casi sin descanso conquistar Jerusalén y Palestina en el 639 o ¡Mesopotamia entera entre el 636 y el 639! o ¡Egipto, con su capital Alejandría, y una población estimada cercana a los 10 millones de habitantes en el 641!? ¿Se multiplicaban por el camino, se desdoblaban por arte de magia, se multiplicaban como los peces y los panes? Someter de la noche a la mañana a la flor y nata de los países civilizados, someter la historia del mundo ¡en menos de seis años! Y no para ahí: ¡señores de Irán, en el 643; del Punjab, que es media India, en el 664, de todo el norte de África, en el 670!

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El aún coronel Edouard Brémond (http://www.penseemiliterre.fr/le-general-edouard-bremond-1868-1948-ou-l-anti-lawrence-d-arabie_1012543.html)

Repasemos un poco la geografía del norte de África con ayuda del General Brémond [3], jefe militar de la misión aliada que durante la guerra de 1914 independizó Arabia de la dominación turca: 3000 kilómetros separan una Alejandría recién conquistada de Cartago. De por medio, el vasto desierto de Libia. Pues bien, las crónicas árabes hablan de que se conquistó Tunicia con 20.000 hombres. Calculando 40 litros diarios de agua para cada caballo y suponiendo tan solo 10.000 caballos el resultado son ¡400.000 litros diarios de agua potable a sacar de debajo de las piedras en medio de uno de los desiertos más áridos de la Tierra! ¡La ausencia de fuentes documentales no lo puede entender un niño, pero esto en cambio sí!

A veces la historia que nos cuentan choca inescrupulosamente con la cruda realidad de los hechos. El General Brémond no pudo conseguir en 1914 para sus 14.000 hombres víveres para más de 8 días, a pesar de los recursos considerables que le llegaban de India y de Egipto por barco de vapor, y nos quieren hacer creer que un ejército a caballo de 20.000 hombres, se mantuvo en ese desierto durante por lo menos dos meses. A lomos de caballos sin herrar y sin estribos porque aún, al parecer, no se habían inventado. No ha cambiado tanto la realidad física y climática de Libia en estos años como para que nos podamos creer, sin más, semejante hazaña. Si hubo conquista, esta desde luego no fue árabe. Pero, ¿hubo conquista?

¿Por qué hablan las fuentes del s. x de conquista? ¿Y por qué en árabe?

Desde luego, si alguien pasó del norte de África a la Península hubo de hacerlo en barco. Los godos jamás supieron navegar. Navegar era un arte cuya enseñanza era tabú, estaba prohibida y severamente perseguida en época romana. Ni los godos tenían flota, ni los alanos, ni los vándalos. Tampoco la tenían los bereberes.

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Expansión islámica entre 661-750 (Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Guerras_%C3%A1rabo-bizantinas) En marrón: Expansión bajo el profeta Mahoma, 622-632. En naranja: Expansión durante el Califato Patriarcal, 632-661. En amarillo: Expansión durante el Califato Omeya, 661-750.

Sí la tenían en cambio los hispanos de las costas de Cádiz. Los hispanos de Tartessos. Tenían flota y tenían pilotos, conocían los puertos de ambos lados del estrecho. Si alguien pasó de un lado a otro, fue con su consentimiento. Luego, ¿es posible hablar de conquista? ¿O hay que hablar más bien de rebelión, de un recurso a tropas bereberes para luchar por el poder? Puestos a enseñar mentiras, esta es, por lo menos, mucho más creíble que hacer llegar desde el desierto de Arabia a veinte mil jinetes a uña de caballo. Recordemos que por esta época los visigodos dominaban ya desde hacía tiempo algunas plazas del norte de África y tenían conocimiento de cómo funcionaba el complejo sistema social de las kabilas o tribus bereberes.

Siendo esta explicación mucho más sencilla, ¿por qué se sigue insistiendo en el tema de la conquista y en el protagonismo de los árabes? Pues muy sencillo, porque entonces habría que buscar un motivo para una rebelión tan general. Uno menos prosaico que la traición por amores. Y aquí la cosa se pone fea para la Iglesia. Y para la “unidad de España”. “Única siempre, pero nunca unida”, como decía José Bergamín.

No resulta nada fácil imaginarse a las autoridades educativas franquistas de los años cuarenta introduciendo en sus temarios la noción de que seguramente no hubo conquista alguna llevada a cabo por extranjeros infieles llegados de la lejana Arabia, sino una violenta insurrección contra esos salvajes iconoclastas fariseos y arrianos, dispuestos a destruir toda figura humana en los mosaicos, los frescos y los altos y bajorrelieves, o bien una rebelión generalizada de la población iberohispana contra el poder establecido, seguramente por motivos de esclavitud, impuestos o religión. Ni resulta fácil imaginarse al maestro de escuela rural diciendo: “Pues sí hijos, sí: España en aquel periodo no era tan cristiano toledana, apostólica y romana petropaulina, como arriana, priscilianista, politeísta y judía, o devota de Santa Ana, la Madre Virgen, el Niño Jesús y La Magdalena”, a menos que nos encontremos en el contexto de una película berlanguiana. Tampoco resulta fácil la imagen de unas autoridades educativas franquistas rompiendo con la tradición histórica heredada. Ellos, que habían asumido como propios todos y cada uno de los símbolos de poder isabelino, ¿iban a dejar ahora a la gran reina huérfana del título de señora que cerró la Reconquista? ¿Y qué sería de Santiago matamoros, patrón de España?

Por eso digo que hay mentiras que por fuerza deben ser verdad. Lo que me extraña es que en pleno siglo xxi, cuando no se otea ni se atisba necesidad alguna de justificación del poder, ni necesidad alguna de tener que tomar como referencia un supuesto pasado glorioso de unidad y casticismo, siga habiendo catedráticos de historia empeñados en criminalizar a quienes se atreven a poner en duda la versión monolítica, medieval y franquista de una historia heredada, altamente especulativa y, desde luego, que defiende unos puntos de vista muy concretos, como son la defensa del tema de la unidad de España y su esencia católica. Ya es tiempo de que esto cambie un poquito.

El asunto del paganismo tenía raíces muy hondas en la península, especialmente entre la gente del pago, los payeses o payos, los habitantes del campo, o sea “los paganos” y, sobre todo, la perspectiva religiosa femenina en general. Unos y otra tienen un papel determinante aquí porque son autóctonas: las ideas patriarcalistas han venido siempre de fuera a esta piel de toro, en que el macho está siempre “enamorao” de la Luna. El arrianismo existió en este país, Prisciliano tuvo infinidad de seguidores en este país, y lo ibero tiene, en este país, una estrechísima relación con lo hebreo, hasta extremos que se nos harían difíciles de imaginar. Y ante la escandalosa, y llamativa, ausencia de documentos altomedievales en favor o en contra de cualquiera de las versiones, qué menos que dejar abierto el abanico de posibilidades. Esta sería la actitud correcta y la más científica de buscar la verdad.

[1] Wenceslao Segura González, “Al-Qantir”, 11 (2011). La cursiva es mía.

[2] Ibn Habib y al-Hakam. Para una descripción de estas fuentes se puede consultar el número 10 de la revista “Al-Qantir”, 11 (2011) en http://www.alqantir.com/10.pdf.

[3] Citado por Olagüe, su obra se titula Berberes et arabes, Paris, 1950.

(La Asociación Delta de Maya ha contado para la publicación de este artículo con la ayuda económica de Asociación Bislumbres)